martes, septiembre 25, 2007

Casi...

La salida del trabajo parecía lo mejor que me había pasado en el día. Caminé las 6 cuadras hasta la estacón por la que pasa mi 60 como con un pijazo de 25 centímetros incrustado en las pantorrillas. Estaba harta, cansada de los que te piden que les mandes un mail, hinchada los huevos de la facultad, ya no toleraba ni siquiera al pobre portero que día a día me provee las monedas que me mantienen con vida.
Me aguardaba una noche de facultad, esas que duran lo que una diarrea en hogar ajeno, pero lo soportaba porque “ya falta poco”, como dicen los que intentan consolarte, es casi Navidad. “Qué bueno”, pienso entonces yo. Navidad, otra fiesta que me da náuseas y ganas de matar patos y comerlos con ají molido y en pelotas.
Me subí al 60 y no había asientos. Ni uno. Aún cuando yo salí antes del trabajo para cazar al que viene vacío, estaba lleno. No importa. Es solo un viaje. Me paré cerca de la puerta y noté que, sentado en frente mío había una cruza entre boliviano e irlandés que tenía las manos tatuadas al estilo tumbero. Me dediqué a mirarle la mano, a diferenciar los tatuajes. No tengo nada contra aquellos que felizmente no escaparon de una condena penitenciaria, de hecho me caen bien, fui la primera en votar a Diego Leonardi y en colgar de mi pared su cara triunfadora después del segundo reality.
De pronto un cosquilleo. ¿Me habré cagado? Era imposible. El cosquilleo venía del bolsillo donde guardo mi celular y mi tarjeta del subte que, entre paréntesis, para su funcionamiento mañana, hecho que termina de completar mi infelicidad repentina.
Miré el bolsillo y el celular brillaba por su ausencia. Había desaparecido en lo más profundo de la concha de la madre de Hijitus y nada tenía sentido porque hacía menos de un minuto, había chequeado que la hora era 18:19. Alguien era el culpable y aún estaba cerca de mí, lo que me generaba un semi orgasmo mezcla con ira y pedocaca.
A mi lado había un muchacho con un piercing en la boca, de color mate y mirada de gato siamés castrado. Lo supe. Lo miré. Coloqué mis ojos de tal forma sobre ese hombre, de arriba abajo cumplía con los requisitos que mamá y papá siempre me dijeron que cumple un ratero del 60: la campera sobre el brazo y las uñas largas.
Los segundos en los que nuestras miradas se cruzaron no habrán sido más de 10. Mi respiración gritaba ME ROBARON y su cara confesaba “Sí, fui yo y ahora no viene una maldita parada para que huya”.
Extendió su mano y me devolvió el celular. Mi cara se puso verde. Mis ojos se inyectaron de sangre y un pie me temblaba histéricamente, sentí que iba a explotar.
Por un minuto creí que todo había sido un deja vú, esa expresión pelotuda que uno usa para no decir que está medio del culo y confunde lo que sueña con la vida misma, pero no… Me devolvió el celular sin haber cruzado palabras y se quedó a mi lado, como si hubiese sido una práctica sencilla de cómo afanarle a minas boludas en medio de un colectivo lleno. Se quedó parado a mi lado un ratito. Me miraba las tetas. Yo seguía en shock hasta que de pronto estornudé. Sí. Estornudé y luego le toqué el codo a la gorda que se paraba a mi derecha y leía cosas que no sé ni me interesan:

- Vos viste lo que acaba de pasar?
- No, qué?
- Uh si te tengo que contar me hincho las bolas…
- Contame!

En ese momento dos muchachos se sacaron los auriculares y yo, que realmente no quería hablar, me senté en un asiento desocupado con la sorpresa de que quien me lo estaba ofreciendo en un acto de humildad era mi casi chorro.

- Bajate porque me pongo a gritar acá mismo que me quisiste robar (le digo enojadísima)
- Ah, era eso? (me pregunta la gorda)
- Sí, era eso.
- Ah.. a mí también recién me tironeó la cartera.

Y sí… Buenos Aires es genial.

viernes, septiembre 21, 2007

Están entre nosotros

La mañana era normal, como cualquier otra, salvo por el hecho de las flores, los colores, la pelotudez, las ganas de coger de la mayoría de los seres humanos, la sensación de que SE DEBE coger antes de (mínimo) las 17, porque aún hay solcito, aún es LA primavera, esa fiesta súper feliz que no hace más que opacar al Día del Estudiante, que para esta altura es lo mismo ya que son ellos los que ensucian hasta el culo de la estatua de la rotonda de Plaza Italia en su necesidad de hacernos saber a la humanidad toda que hoy es primavera y hay que estar rebozante de alegría, algarabía, boludez.
Me senté en mi oficina vestida con una remera amarillo flúo y zapatillas rojas, todo porque un comunicado informaba que solo aquellos que pudieran ridiculizarse lo suficiente recibirían helado. Me gusta el helado. Hago lo que sea.
Me regalaron una flor amarilla, qué justo. Ahora puedo combinar la flor semi muerta con mi torso vestido. Todos tienen flores. Una chica sopla un palito, haciendo entrever sus dotes putales en todos los ángulos y de ella salen de a decenas, de a centenas, de a miles y miles de burbujas brillantes y gordas. Hasta pensé en abrir la boca y probar alguna, pero ya alguien compró facturas, claro, por el día de la primavera y realmente no da mezclar sabores.
Tomé café y noté presencias extrañas en la sala de recreos. La primera de ellas era de pelo rubio, muy alta, un cuerpo imponente y terribles tetas. La segunda presencia de Lucifer era morocha y tenía un tatuaje en la cara interna del brazo, sentí respeto… hasta que noté que sus curvas anales eran superiores a las de toda la Tierra. La tercera tenía una cicatriz extraña en la cara, pero ni siquiera eso la afeaba, al contrario, daba ganas de suturarla con la lengua usando hilo sisal de la túnica de la Virgen de los Tomates Perita.
Las tres tenían remeras iguales, pero de diferentes colores. Eran tan altas, tan. Me sentí una lesbiana envidiosa a punto de cometer un asesinato, mi violencia aumentó al saber que la morocha tenía una hija y pese a eso, se veía como recién bajada del asiento de la derecha de Jebús Todopoderoso.
Pensé en cerrarles la puerta de la sala, dejarlas ahí para siempre para que nadie pudiera verlas, para que nadie oliera sus perfumes dulces ni su pelo con spray. Me sentí un Fitito. Un Fitito quemado, sucio, sin asientos, con mierda de paloma en el vidrio y con una calcomanía de Los Parchís, estacionado al lado de un Land Rover, cualquiera de ellos, imponente, limpio, perfecto.
Minutos pasaron hasta que salieron de esa sala, cruzaron la puerta y entraron al espacio de trabajo. Los hombres aullaban, se tocaban, se erectaban al ritmo de los temas de Pablito Ruiz y se daban vuelta a admirarlas. El fin de sus paseos era repartir unos caramelos y algunas cosas ricas. Solo para eso, la moral femenina de la empresa se sintió ultrajada, estafada, ignorada y fea. Sobre todo fea.
Las chicas hermosas siguieron la fila de personas que, sentadas, esperaban babeantes por un caramelito hasta que llegaron a mí. Mi mirada clavada en el escote, con ganas de desinflárselo de una mordida, mi paso por los ojos verdes de la rubia maldita, por su pelo no quemado, por su cintura de mujer que le cabe jugar con el aro desde tercer grado en gimnasia. La observé y pensé un discurso moralista con el que sorprenderla para que llorara, se afeara y yo triunfara en la primavera nueva que hoy se inicia. Nada me salió. Me dio dos caramelos. Me los comí. Al rato volví a saludarla en la sala de recreos y le serví un vaso de agua a la que le puso un juguito Light para saborizar, claro, porque es primavera, hay que mantenerse en forma.


Feliz Primavera para todos.
Ojalá que llueva, que venga el Cucumelo.

miércoles, septiembre 12, 2007

El vestido III: Producto Terminado

Dormí toda la noche pensando cómo solucionaría mi falta de zapatos y cospiño, pero lo que más me preocupaba era el tema del maquillaje y el peinado.
Desde épocas ancestrales, mi único maquillaje ha sido el delineador. Salir a la calle sin él en la mochila y bordeando mis ojos es prácticamente imposible, siento que no soy mujer, que soy una tortuga, vieja, seca, dormida, siento que solo soy una nariz que deambula por la vida con pestañas a la vista.
Otro maquillaje que suelo usar es la sombra. Tengo una que compré por dos pesos en Farmacity, se me trituró y ahora la mezcla de los colores constituye el color único que poseen mis ojos. Maravilloso.
Por mucho que me asesoraron, la idea de tener que pensar que el tapa ojeras va después de la base, que la base debe ser del mismo color que mi piel, que el color de mi piel debe llegar hasta el cuello, que el rush va con brillo si mis ojos tienen mucho color y van de color rojo furioso cuando mis ojos no tienen color y la recalcada concha de la primer mujer que hizo de salir todo este sacrificio, todo eso era demasiado para mí, ya suficiente trabajo tendría la selección de corpiño.
Lo primero que hice fue ir a buscar un porta tetas estilo Thalía, como dos conos que le dan a las lolas la misma forma que un puño, las hace ver artificiales como cuando nos poníamos una media en bollito para simular pechos redondos, o cuando nos frotábamos con la almohada para sentir que estábamos con un hombre… eso ya es otra historia. La cuestión es que en el mismo momento en el que me estaba sentando en el probador, poniéndome en tetas y probando el corpiño, entró la vendedora solamente para gritarme en la cara: NO SE PRUEBA DESNUDAAAAAAAAA. No entiendo cómo desean que uno sepa cómo se ven sus tetas en una funda, sin ponerlas jamás en la funda…
Los zapatos fueron un trámite fácil también. Un morocho que me insinuaba cosas como “cuántos años tenés”, “podría decirte que sos bastante linda” y groncheses similares me trajo varios modelos de lo que yo llamo zapatossinmuchotaconegrosdepuntaredonda y uno de ellos, brillantes, negros, de Cruella de Vil de Isat a las once de la noche, me quedaron perfectos.
Salí entonces a la calle a comprar mis maquillajes cuando decidí que mucho mejor sería ir a la peluquería y pagar para que me maquillaran y peinaran. Fui a una escuela de peluqueros manejada por armenios. Entre ellos hablan un idioma extraño, son serios y se gritan, pero a los clientes los tratan con dulzura, en un castellano villeril mezcla de colombiano con australiano binladenenesco y mirándote a los ojos. Yo había ido lista para el maquillaje y había salido por primera vez en 1 año y medio sin una gota de delineador. El último episodio similar había ocurrido en la costa cuando se me acabó el lapicito mágico y la farmacia estaba muy lejos, una crisis de nervios me detuvo por minutos, pero finalmente logré salir aún viéndome como el cuco indispuesto.
El armenio me miraba mientras me hacía uno a uno los bucles y un colombiano me decía cuánto le gustaba la Argentina. Las revistas del año 96 estaban apiladas, muertas, una sobre otra pidiédome por favor que las salve del suplicio de ser toqueteadas una y otra vez por viejas chotas o una travesti rubia que acababa de entrar. No las agarré. El armenio me hacía cosas, me metía clips, los clavaba con fuerza en lugares extraños y volvía a buclear. Me hacía jopos, les tiraba brillantina y volvía a buclear. Todo tardaba demasiado. Una hora después, mi pelo estaba bellísimo, pero yo seguía sin delineador y faltaba una hora para el casamiento.
Me senté en la silla para que me maquillaran. De pronto llegó con una cajita de madera dibujada, sucia, una señora con cara de mujer del orto, de sufrida, de no soy feliz para nada y voy a odiar maquillarte. Comenzó por lavarme la geta con una cosa que picaba. Cada vez que me acercaba el delineador, mis ojos convulsionaban, lloraban, se abrían y cerraban manchando todo lo que estuviera a su alcance. La señora me odiaba realmente.
Polvos de colores, pastas naranjas, rush sabor cítrico, delineador con olor, una cosa azul que aún ahora me pregunto para qué poronga a usó. Me miré en el espejo… estaba bronceada. Naranja. Color coral y ya era la hora del casamiento.
Escuché un golpe en la puerta del local, miré, era mi caballero amado, que en su ansiedad, me gritaba desde la puerta indignado en lugar de profesarme su amor por el producto terminado.
Me arrancó casi a los tirones de la peluquería, me metió en casa, me dijo “te ves bien” “en serio? No me veo bronceada?” “nono, estás bien Mel”, me tiró el vestido por la cabeza sin desarmarme un solo bucle, me calzó los zapatos y… salí a la calle, bronceada y de azul eléctrico. El casorio estaba en puerta y yo estaba completa. Al ver las fotos, Lucas hizo un comentario:

- jaja, es cierto Mel… parecías bronceada.



FIN DE LA TRILOGÍA, festejá Dami.

miércoles, septiembre 05, 2007

El Vestido II

Y salí, sin chistar. El casamiento era mañana. Pedí ayuda a una segunda mirada femenina que me asesorara en las escasas 3 horas que distanciaban hasta las 22, momento en el que el shopping cerraría sus puertas y yo, sin vestido lloraría sobre un linyera en plena calle Corrientes.
A las 19.30 salimos rumbo al Abasto, con la tarjeta de débito suspendida en un orgasmo dentro de mi bolsillo.
Los locales varios llenos de hembras con pelo alaciado me esperaban con cara de porquevenisahoraqueestamoscerrando y yo, sin importarme, avanzaba entre los percheros comiendo vestidos cual polilla adicta y una vez tras otra, me desilusionaba, lloraba y volvía a avanzar, galopante, chivada, sin delineador.
Llegamos de pronto a Zara, un local de señoras bien que cumple todos los requisitos de fiesta: vende zapatos, vende abrigos y vende vestidos. Comencé a seleccionar y a arrojar en un guardarropa con espejo y luz amarilla, esa que hace ver mejor los bigotes y las estrías, ni hablar de la celulitis, Jebús nos libre.
Mis opciones iniciales de Zara fueron: un vestido de mangas anchas, escote, algo corto y negro. Otro vestido de iguales características, pero con muchos colores tornasolados que por alguna extraña razón dejaba ver mis cachetes culísticos con cada paso acelerado y otro vestido, naranja, de verano que daba ganas de frotarme los pezones con una valerina seca.
Volví a salir, triste por no haber encontrado esa opción que me volviera loca. Las mujeres sabrán que para ir vestida a medio pelo, no voy vestida, voy en tanga y causo sensación, vómitos y otras cosas. Sinceramente, quería moverle el piso a la novia, quería ser más que ella, pese a pertenecer ahora a la misma familia que yo.
De todos los locales del Abasto, tan solo 2 no ofrecían vestidos con mostacillas, pelotitas de colores pegadas sin sentido a lo largo y a lo ancho, lentejuelas o alguna combinación de texturas tipo felpa y gabardina que era chocante al tacto, a la vista y al buen gusto.
Encontré un local más que tenía mucho color rosa. Nos atendió una dama que parecía vivir en el Planeta de las Vendedoras Infelices, en donde tu trabajo apesta tanto que no tenés ni siquiera reparo de insultar a tu jefa mientras ella está a tu lado: “Lo pueden creer, me quise ir un fin de semana a Bariloche, a esquiar, a comer pingüinos y no pude salir porque ACA NO ME DEJARON”, levantó la voz. A toda esta cháchara, yo estaba en tetas, intentando ponerme un vestido color CORAL de tiras cruzadas que pusiera como lo pusiera, siempre me dejaba una pocha afuera. Creo que no lo compré por el miedo que me daba no poder ponérmelo el día del casorio.
Siendo ya las 21 y 45, tenía que decidirme. Me senté con Sam en el medio del Abasto, en un banco de madera. Noté cuánto me dolían las piernas. Evaluamos las opciones y Sam recordó que uno de los vestidos de Zara, el negro, ella lo había visto en el cuerpo de otra perra, pero en color azul eléctrico. “Qué bien me queda ese azul”, pensé. Tenía que tenerlo. Entramos a Zara nuevamente, ya pensaban que teníamos problemas de adicción al local de viejas, entré al probador buscando a la yegua o al vestido colgado solo en el perchero de los probadores. No estaba. Lloré en tetas y en soledad hasta que de pronto: “Mel, lo tengo”, dijo Sam. Me lo probé y fue amor a primera vista. Era mi vestido.
Lo que faltaba ahora eran detalles: los zapatos, el corpiño, el abrigo, el pelo y el maquillaje, pero el vestido ya estaba. Qué alivio.


Continuará…

miércoles, agosto 29, 2007

El vestido

La tarjeta del casamiento descansaba sucia atrás de un mueble hacía más de un mes. Me advertí a mí misma no dejar para el último instante la adquisición del vestido, me previne, ahorré y hasta consulté mi guardarropas para finalmente darme cuenta que la compra sería inevitable. Lo que quedó del período post cumpleaños de quince de todo el secundario era simplemente un vestido color lavanda que, lejos de mostrar mis tetas como blandas, elimina mi cintura y hace de mi cadera una tarta poceada de moras verdes. Vestidos así deberían ser mandados a la horca de lavandina.
Si hay algo negativo en las compras de este estilo es que siempre son gastos estilo Cenicienta: un vestido para una noche, con zapatos para esa noche y ese vestido y un abrigo para esos zapatos ese vestido y esa noche. Por ende, son plenamente indignantes para el bolsillo. Deben hacerse borrachos o inconcientes.
De repente me vi acorralada por la última semana antes de la fiesta, me vi aún entonces sin vestido, sin zapatos, sin nada, solo la tarjeta y el dinero ahorrado. Conocí por Internet a una muchacha que hace maravillas baratas con su máquina de coser y le encargué el vestido más lindo del mundo. Era negro, con la falda voladora, el escote pronunciado y un moñito rojo entre las tetas. No era elegante, estamos de acuerdo, pero proyectado con unos zapatos de taco rojos y un abrigo de pelos rojo era el sueño de la noche porteña, del sexo post fiesta. Fui feliz. Lo encargué desde el trabajo y aquí se presentó el primer inconveniente: tenía que tomarme las medias con carácter de urgencia, recordemos que mi diseñadora contaba con solo 4 días para hacer su arte. Era la 1 del mediodía y necesitaba un centímetro.
Sin mercerías ni viejas a quien robarles un medidor de curvas, procedí a usar mi conocimiento adquirido de Mc Giver a los 11 años mientras merendaba Lincolns con café con leche. Tomé una hoja A4 que mide 297 milímetros. Le pedí a la señora que limpia la oficina que me facilitara una soga, robé un fibrón verde e hice lo siguiente: Entré al baño ante la mirada de las yeguas que cagaban, me levanté la remera y comencé por las tetas. Las rodeé con la soga, marqué con el fibrón hasta dónde llegaba y luego usé los 297 mm de la hoja A4 como referencia. De ese modo saqué mis 3 medidas y me sentí tan ingeniosa como Wanda Nara agarrando las bolas con ambas manos para que ninguna se escape. Volví a mi computadora y le mandé a la muchacha los números resultantes. Todo era perfecto. El viernes a las 17.30 estaría mi vestido en Facultad de Medicina esperándome embolsado. Debía estar bien ya que el casamiento sería el día después.
Rápidamente se hizo viernes. Aún restaba comprar abrigo y zapatos, pero primero pasaría por mi casa a probarme mi reciente adquisición.
Llegué casi corriendo, con una gota de sudor a punto de resbalarse de mi nariz porosa, saqué con velocidad el vestido de la bolsa papel madera, era hermoso. Lo olí. Olía a nuevo. Lo toqué. Era suavemente duro. Pensé en depilarme antes de probármelo, los pelos destruirían la elegancia… pero el tiempo escaseaba, ya era casi de noche. Bajé el cierre, me saqué el corpiño. El frío endureció pezones y el flujo que quedó en la bombacha por la corrida anterior. Me saqué las zapatillas. Coloqué una pierna, luego otra. Subí la tela negra y sucedió lo que iba a suceder porque el elefante miador jamás abandona los pagos de Once: ME QUEDÓ GRANDE. ENORME. Era como una bolsa de brócoli con concha pelada y las tetas caídas. Desastre. Me sentí una boa cambiando el pelaje, una gorda adelgazada sin dinero para cortar la flaccidez, como una lombriz dentro de un súper pancho, un pitocortoenconchadeputa. Me sentí mal. El casorio era al día siguiente, tenía que salir a comprar… desde cero.


Continuará…

lunes, agosto 20, 2007

Traición

La lavandería me había devuelto mis bolsas de ropa cagada. Eran pasadas las siete de la tarde y mi pareja estable demandaba que fuera al supermercado a comprar una gaseosa. Fuimos entonces del chino de la ropa, al chino del súper. Entre chinos vivimos en Buenos Aires, pronto cobrarán peajes en las esquinas y se harán cargo de las verdulerías de los bolivianos. Pronto todo será amarillo, como la bandera papal.
Al supermercado iba a entrar sola. Mi caballero se quedaría en la puerta fumando un cigarrillo durante los escasos 2 minutos que me tomaría entrar, agarrar una botella de Sprite, que me la cobrara la cajera amiga y salir a su encuentro nuevamente.
Metí un pie dentro del supermercado, hice 5 pasos y me di vuelta a consultar un detalle de la adquisición cuando me encontré con el espanto en cámara lenta, la imagen que jamás podré olvidar, borrar de mi mente, ni siquiera con ácido, con plastilina, con nada. Ahí estaba él, dándose vuelta como si un imán estuviera pegado con flujo en su frente, para mirarle el culo a un corcho con sombrero que entraba a comprar sus víveres de la noche. Mi propio novio, mi propio hombre, mi macho, mi todo, mirando un culo desconocido con un rostro caliente, asquerosamente lleno de infidelidad visual, de deslealtad.
Me llené de odio, de rencor. Me imaginé chistándolo desde la distancia a la que me encontraba, estallar en llanto y clavarle una banana en el orto. Le miré el culo a la extraña, era realmente un culo de mierda, lo cual más indignó mi cerebro inflamado de ira. Tragué saliva y avancé sin hacer gesto. Podía ver aún sus ojos clavados en esos cantos de pantalón negro, pantalón de corderoy, ese material que “no le gusta”, pero que en culo ajeno puede lograr que se de vuelta, baboso, asqueroso a mirar sin pudor.
Finalmente tuve que salir, enfrentar sus ojos pecadores y arrojar:

- Tranquilo eh, mirale el culo cuando quieras
- Jajajja ehh… bueno, si sabía que estabas no lo hacía
- ESTABA UN PASO MÁS ADELANTEEEEEEE, encima era un orto horrible
- Sí, pero qué se yo. Siempre hay que mirar por las dudas.

“Por las dudas” habría que castrar a los machos argentinos, extirparles las bolas con un sacasarro de dentista y cocinarlas con cebolla de verdeo. “Por las dudas” habría que mirar bultos por la calle y evaluar su tamaño y forma con quien quiera escuchar, “por las dudas” no contrate mucamas jóvenes, “por las dudas” los novios deberían tener ojos desmontables en ausencia de mujer responsable.
Para no sufrir, cómprese un pez o… cásese con un chino.

miércoles, agosto 15, 2007

Perdí la fe

La tarde laboral estaba por acabarse. La temperatura tibia hacía que mis cantos se sintieran libres de fruncimiento, aunque un tanto chivados. El reloj parecía estar atado a los pechos carnosos de Flor de la V, estático, inamovible en las 16 y 24.
Muchas acciones comenzaron de pronto a tener lugar a mis espaldas, pero no me percaté hasta el momento en que unos carteles plásticos fueron colgados a medio metro de mi codo, lo cual causaba una sombra en mi monitor que me irritaba un pezón, lo frotaba y lo paspaba. Me di vuelta entonces para ver el motivo de tremendo quilombo y ahí, en ese preciso instante, supe que nunca debería haber girado mi nariz:

- Ponete esta remera, dale mamita, rápido.
- ……….. Qué?
- Dale dale dale dale dale dale
- Bancá que no me peiné el flequillo, no me depilé el bigote, tengo olor y me voy en… minutos
- Te vas cuando terminamos
- … (laconchadelatíadeRuckauf)

Me puse la remera que, como siempre suele suceder cuando alguien te hace usar algo y no sos modelo, ni trola de paraguas en carreras, la remera me quedaba de camisón, pero no un camisón buena onda, sino una especie de bata gorda que cuadradizaba mi cintura, le daba forma de pera madura a mi culo y hacía mis piernas cortas, grasosas y más peludas.
Me ordenaron que me sentara, con mi remera puesta, y simulara tomar donaciones para una importante campaña de recaudación de dinero: Un sol para los chicos, de UNICEF.
Me senté, me puse los auriculares, abrí Internet y escuché una voz. Una voz que había teñido mis tardes de café con Lincoln en Quilmes, un sonido que recuerdo en cassete, en CD, en mi vida, en mi micro del colegio. Me recuerdo cantando como ella, simulando ser ella, una negrita, morocha, petacona, culona, pero bondadosa, amiga de Mariano Martínez, ex de Nicolás cabré y actual de Gastón Pauls, pese a su incipiente pelada que copará pronto toda su superficie bochal. Estoy hablando, ni más ni menos, que de Agustina Cherri.
Contuve el gargajo y tragué el vómito con alfajor que me causaba la situación, le puse las tetas al show y esperé más órdenes. Será que por no haber comido mucho estaba con cara de tortilla de Constitución o será que efectivamente, se me notaba el bigote, vaya uno a saber por qué, pero Agustina se me paró al lado. No tenía olor, lo cual me sorprendió. Me la imaginaba con fragancia a pino o a cachufla con crestita, en fin.
Ella empezó a hablar, a repetir la misma frase y me dijo que hacía calor, lo cual efectivamente era cierto. Muy observadora. Su discurso incluía números y cifras recaudadas en la campaña en vivo que no salían de lo normal salvo por el hecho de que esto se estaba grabando dos semanas antes del show en el Luna Park, lo cual significa, a mi corto, pobre, precario entender, que la recaudación de UNICEF, el único ente al cual le tenía confianza porque está Ginóbili, también está comido por las águilas come bolas de muerto que impregna el sistema argentino.
Las 5 de la tarde llegaron prontamente. Agustina seguía repitiendo recaudaciones, cada vez más altas al tiempo que aumentaban las tomas. Ella transpiraba y los chicos le sacaban fotos, esperando que pelara escote en algún momento y los deslumbrara con pezones negros y abundantes, pero no. Nada nunca pasó. A las 5 y un minuto, me saqué la remera, se la pasé a otro voluntario y marché rumbo a mi casa. Ya no creo en UNICEF, pero si repitieran Chiquititas I, sería su fan nuevamente sin dudarlo.
Que viva la pepa.

martes, agosto 07, 2007

Suave como las bellotas

Lo prometido es deuda: La carta de amor


Mi amor,

Esto de empezar las cartas como quien no sabe muy bien para qué la está escribiendo, medio desentendiéndose del objetivo real y divagando entre "Holas" y " Quetales" no es algo en lo que me desempeñe con facilidad, así que no voy a andar con vueltas.
Desde el día en que te conocí en el trabajo, no tuve más nada en la cabeza que invitarte a casa y hacer la cosa chancha. Intenté reprimirme, reprimirte, pero finalmente trajiste el vino, me tiraste sobre un mueble y nuestros cuerpos calientes tomaron forma de pan trenzado con sésamo.
Junto a vos conocí partes mías que jamás hubiera imaginado. Aprendimos juntos, crecimos juntos. Yo descubrí un modo de tirarme los pedos más estruendosos sin hacer el más mínimo ruido, abriéndome los cantos con una delicadeza que día a día nos sorprende. Y vos, vos aprendiste a separar el eructo para primero tirar al aire el ruido y luego escupir con ternura el olor hacia otro lado, lejos de mi importante nariz.
Desde el primer momento supe que este amor no tenía límites ni fronteras. Fuimos en tren a Martínez, a Mar de Ajó en un micro lechero que nos mostró desde San Clemente hasta los bigotes de la tonina madre de Las Toninas. Luego arribamos a Mar del Plata para comer caracoles vivos de patio en la ciudad que nos hizo helar las papadas y volar los tampones al ritmo de una viaje compartido marca garófalo.
Sos todo para mí. Cuando me levanto y te miro dormir, roncar como una obra en construcción arriba de la casa, tirar manotazos al aire y patadas en mis tobillos mientras tenés alguna pesadillita, me sirve para darme cuenta que las ganas de quemarte los pezones con una pistolita de goma al ver el tatuaje de tu ex mujer en tu muñeca son solo temporales y que pese a eso, sos el amor de mi vida. Sí, el amor de mi vida, aunque dejes acumular la basura en el pasillo, aunque seas adicto a la Pepsi caliente y necesites comer sal en el medio de la noche.
Todavía recuerdo el momento en que me presentaste a tu hijo. Pobre, lo primero que vio fue mi tabique. Sin entender la pobre criatura de dónde salía tal anomalía, simplemente esbozó: "Está roto". Qué tierno.
Te agradezco tanto por todo el amor que me das, por estar siempre. Estás ahí para comerte una empanada de carne picante que me ayude a vomitar en plena borrachera, sos el que me regaló a mis mascotas de peluche y simuló quererlas como propias.
Sin vos, mi corazón se marchitaría como las flores de nuestro balcón, mi alma vagaría perdida golpeándose contra los palos de luz, acumulando chichones al ritmo de algún tango triste. Los días serían largos como los domingos sin fútbol y las noches no dejarían avistar la luna, ni las estrellas, ni la llamada a Batman desde Ciudad Gótica.
Quiero que nos amemos para siempre, quiero que hagas el trámite de divorcio, que desaparezcan todas tus ex y las competencias desleales. Quiero que juntos recolectemos bellotas en los pastos de la ciudad y si no las encontramos, como así no encontramos a ningún bicho bolita, igual nos tendremos uno al otro como siempre, con o sin bellotas, con o son bichos bolitas.
En síntesis, te amo mi amor.

viernes, agosto 03, 2007

Anuncio importante

Paseando por Buenos Aires ha logrado un éxito histórico:

¡¡¡¡¡¡3 derrotas en 3 concursos en 6 meses!!!!!!

Podría decirse que tengo un 100% de efectividad en perder y humillarme públicamente, de lo cual estoy más que orgullosa.

Llevamos acumuladas:
1 derrota en La Feria del Libro
1 derrota en el concurso de cartas de amor de Metrovías (era un poco guarra, solo un poco)
1 derrota en el Concurso de Blogs de Intel (pero OJO, llegamos a ser finalistas ehhh)
¡Y vamos por más!

Gracias a los que votaron al pedo, menos mal nadie les cobraba sino hoy tenía a 40 monchos esperándome para tirarme de los pelos del orto. Un placer participar y perder.

Saludos, Paseantes.

jueves, agosto 02, 2007

Dame dolor

Las semanas avanzaron con urgencia y el gran día llegó: tenía que ir a tatuarme. Mis desvirgaciones en el campo de éste arte eterno comenzaron hace ya varios años haciéndome tatuajes hippies que hoy perduran en mi cuello (una dama en pelotas) y en la base de mi espalda (un gato negro confundido erroneamente con el maldito gato de Árbol, diseño que mi padre asocia con prostitutas amigas), con orgullo, con firmeza. Más tarde, mi caballero de armas desarrolló su habilidad tatuadora y me presté para su práctica, temiendo lo peor, pero logrando excelentes resultados en mis hombros raquíticos y deformes.
Lo bueno de tatuarse con personas conocidas, personas cercanas, es que uno puede sencillamente mariconear. Ésto implicará llorar, pellizcar, gritar como un chancho orgásmico, gemir, no molestarse si la bombacha sale por sobre el pantalón o mucho menos si la rayita inocente del ano cagado asoma como febo por arriba del jean.
En éste caso, mi nuevo tatuaje sería con un hombre alto, desconocido, de pelo largo, tal como uno podría imaginar a Jebús si tuviera onda, tatuajes y buen olor.
Sonó la alarma, se me frunció entero el ojete. Desde el ojo titilante hasta el fondo de la tripa más sucia de mi intestino, todo se cagó en las patas. Los augurios de la noche anterior no habían sido alentadores: "Te vas a desmayar Mel, no te la vas a bancar, no vayas a hacer papelones, para eso no vayas", lo cual agregaba aún más presión sobre mí.
Tenía que desayunar, pero no me pasaba ni una pastilla de Nerds por la garganta. El café solo me hacía pensar que, de tomarlo, me agarrarían ganas de cagar en el medio de la sesión y no tendría más alternativa que tragarme el sorete con ansias hasta la hora de salida y eliminarlo en el Mc Donalds de al lado.
Salí a la calle, llegué al local. Me senté y el sudor frío ya recorría feliz el sendero entre mis tetas. Me dejé puestos los guantes para tener algo que morder sin necesidad de acribillar masivamente a todas mis uñas. Me acosté en la camilla y de a poco las flores fueron tomando forma.
No grité ni me desmayé, no lloré ni me cagué, tan solo me mordí los brazos con la misma potencia que Sofovich ejerce sobre su pierna irreal y me dejé moretones del tamaño de ostras de Mar Chiquita que aún hoy subsisten amarillos e inflamados.
Una vez finalizadas las 3 horas de martirio que los tatuadores llaman "la gracia del tatuaje", hecho que no comprendo después del primero: NO SERÍA MEJOR PARA TODOS SI DOLIERA UNA VEZ Y DESPUES EXISTIERA LA CURA DEFINITIVA? La pastilla que todo lo cura? La anestesia que todo lo olvida?. No. Para ellos el dolor es "la gracia". En fin, una vez pasadas 3 horas tenía que levantarme para irme. Me miré, me gustó, pero me olvidé de observar el estado de mi cara. Salí, me tomé el subte y al llegar a mi hogar, medio moribunda, con la presión baja, pero la felicidad de encontrar a Rial en la tele, me miré en el espejo y mi reflejo mostraba un maquillaje corrido hasta la pera, ojos carentes de delineador, sombra rosa desparramada por los cachetes, los dientes llenos de pelusas de los guantes rojos que me encontré en la bolsa del laverrap, la boca seca como el culo de Mirtha y las hebillas desarmadas, formando una especie de pija sobre mi frente que hacía un efecto Oaky de los suburbios.
Viva el dolor que te sigue hasta la tumba, viva las mujeres horribles que "no buscan ser perfectas" y toman H2O!, viva el desarreglo, la vergûenza ajena y los calditos Knorr. Ya tengo tatuaje nuevo, todo lo demás no importa.