Me encontraba en un edificio, de esos que están bastante próximos a los de al lado. Desde mi ventana podía ver que en frente se estaba dando una conferencia de prensa con muchos invitados, todos sentaditos como labradores obedientes. Quien dictaba la conferencia era el abominable George Bush.
Por algún motivo que desconozco, George me resultaba interesante en el sueño, lo observaba con detenimiento por la ventana. En un determinado segundo él me devolvió los ojos y yo alcé la mano saludándolo. Bush y yo estábamos intercambiando movimientos de mano.
Seguí curioseando hasta que su conferencia finalizó y repentinamente sonó el teléfono del cuarto en el que yo estaba.
- Hola
- Hola. Usted tiene una llamada del Señor George Bush. Presione 1 si acepta ir a cenar con él. Presione 2 si no acepta ir a cenar con él.
Recuerdo haber presionado la opción 2. No deseaba ir a cenar con Bush, de eso estaba segura. Automáticamente el cielo se nubló y alguien golpeó a mi puerta. Por el agujerito de la llave vi que era el ex presidente de Estados Unidos quien cacheteaba la madera insistentemente. Me insultó y se arrodilló. Rogaba que lo acompañara en una salida, en una cita. Seríamos Bush y yo en una mesa de 2. Nada más nauseabundo.
Volví a negarme, esta vez con más énfasis. Bajé al lobby del edificio y le pedí encarecidamente a un portero vestido de marinero que no dejara entrar más a Bush a mi piso, porque estaba haciéndome daño.
Minutos después, el maldito George había enviado un OVNI a la ventana de mi departamento para tener control de todos mis movimientos. No tenía cortina en mi sueño, por lo que me resultaba complicado escurrirme del maldito mirón.
Los siguientes minutos de sueño transcurrieron de manera borrosa. Bush volvió a llamarme, yo nunca más atendí y eso trajo malas consecuencias: para el momento de despertarme estaba yo siendo apresada por unos guardias que salían del OVNI vigilante. Bush coreaba canciones felices de las que solo me acuerdo una parte: “inmigrante ilegal inmigrante ilegal”. Me ataron las manos y las piernas alrededor de una silla y una vez más, las opciones funestas resonaron en mi cabeza: “Usted tiene una llamada del Señor George Bush. Presione 1 si acepta ir a cenar con él. Presione 2 si no acepta ir a cenar con él.” Tanto en sueño como en vida útil, prefiero morir atada a la silla.
viernes, enero 02, 2009
martes, diciembre 16, 2008
Ya no son lo que eran...
Como cada diciembre, no solo las fiestas obligadas por el mundo me atacan por la entrepierna. Al iniciarse el mes se sucede el cumpleaños de una de mis hermanas menores. Al día de hoy tengo 3 hermanos reconocidos: uno de 17, fruto (como yo) del primer matrimonio de mi madre y otras dos, de 9 y 7, retoños del segundo matrimonio de mi progenitora. El evento esta vez involucraba a la pequeña de 9 (que en ese momento tenía 8).
NOTA: El primer hombre que realice un comentario de dudoso cariño con respecto a mis hermanas, sufrirá la maldición de la Virgen de la Pampa Seca: se le encogerá la pija a límites no conocidos hasta transformársele en un nuevo pupo, al que para hacer acabar habrá que apretar como a un acné hasta ver desprenderse la puntita amarilla.
Eran las 11 de la mañana de un domingo que vomitaba sol. Subí junto a mi pareja estable al 159 que sale del Correo Central y a mitad de viaje comencé a recordar que no sabía cómo llegar al salón de fiestas. Solo tenía la certeza de que el nombre del lugar hacía alusión a un pato… las variantes eran infinitas: Pato Felíz, Pato Ñato, Patolandia, Pato Félix, Pato Román, Pato Catrasca...
Cuando los 45 mensajes de texto a mi madre, mi hermano y mi padre no arrojaron resultados certeros sobre la locación del evento, decidí apelar al pedido desesperado: “Pa, me bajo en Las Flores y Mitre, ¿me pasás a buscar?”.
Llegué a la fiestita con dos paquetes bajo el brazo. Uno, el más grande, para mi hermana cumpleañera. Ella había pedido una Barbie Mariposa, esa a la que se le destraban las alas sin encanto ni delicadeza, pero que gusta por ser rubia, por tener tetotas y brillitos en la cara que justifican el abono de más de 120 pesos. El otro paquete, el pequeño, tenía un Pequeño Pony de color rosa para mi segunda hermana, la que simplemente liga por tener cachetes apretables y cara de triste si no le llevo nada.
Arrojé mi regalo en un cofre de madera y al instante una ola de niñas apareció frente a mí. Tenían preguntas complejas como “¿por qué sos hermana de Ailén si tu papá no es su papá?”, “¿por qué no la visitás mucho a tu hermana? Ella te extraña” o “¿vos estás casada?, porque me dijo tu hermana que vivís con tu novio”. El miedo me invadió. Las nenas no son las que eran, las que jugaban a la casita, a la boutique, a la Juliana Maestra. Tampoco son las que cantan “en Cocolandia vivo yo con flores alrededor”, ni disfrutan con Bob el Constructor o con los maravillosos Ositos Cariñosos.
De pronto, casi sin darme tiempo a responder sus interrogantes, las infantes de 9 años volaron hacia el medio de la pista, al grito de “YO ADELANTEEEEE”. No entendía bien qué ocurría hasta que Casi Ángeles se hizo presente al tiempo que una máquina escupía espuma sobre los pelos de las nenas. Todas las niñas de pronto se prostituyeron y comenzaron a mostrar movimientos pélvicos, bordeando lo erótico, en coreografías hechas para gente con tetas, o al menos gente que ya menstrúa. Por un segundo tuve miedo de que mi hermana de 9 años me robara a mi novio de 31. Luego el miedo se disipó cuando pude observar a los varones del mismo curso jugando al supermercado en otra esquina del salón, totalmente deserotizados. Esto puede ser bueno: no tendrán sexo temprano dentro de su propia aula. También puede ser malo: tendrán sexo temprano fuera de su propia aula con profesores, preceptores o alumnos de quinto año.
Pasé las siguientes dos horas sentada al lado de una ventana, comiendo chips, palitos y sándwiches de matambre. Todo parecía demostrar que nada cambiaría su rumbo... hasta que mi hermana me nombró capitana de su equipo de juego y tuve que pararme, ponerme un gorro de colores y correr a los empujones con mi hermano (el capitán de los varones) para ver quién se sentaba primero en una silla donde ni siquiera me entraba el ojete, y adivinaba el tema que sonaba de fondo. Adiviné dos, la Pantera Rosa y Los Pitufos. Confundí El Chavo con Blancanieves y al Inspector Gadget con el Súper Agente 86. Chivé por cien, me caían gotas de la frente, me empujaron violentamente más de 3 veces y encima se me despeinó el flequillo de manera atroz. Cuando mis pulmones ya eran esponjas patito negras, le pasé la posta a mi madre y, minutos después, nuestro equipo perdió. Ella hizo lo posible, pero no pudo contra la sapiencia de miles de nenas agrupadas buchoneándole a su contrincante. Ni ella ni yo volveremos a ser Capitanas, una verdadera pena hereditaria.
NOTA: El primer hombre que realice un comentario de dudoso cariño con respecto a mis hermanas, sufrirá la maldición de la Virgen de la Pampa Seca: se le encogerá la pija a límites no conocidos hasta transformársele en un nuevo pupo, al que para hacer acabar habrá que apretar como a un acné hasta ver desprenderse la puntita amarilla.
Eran las 11 de la mañana de un domingo que vomitaba sol. Subí junto a mi pareja estable al 159 que sale del Correo Central y a mitad de viaje comencé a recordar que no sabía cómo llegar al salón de fiestas. Solo tenía la certeza de que el nombre del lugar hacía alusión a un pato… las variantes eran infinitas: Pato Felíz, Pato Ñato, Patolandia, Pato Félix, Pato Román, Pato Catrasca...
Cuando los 45 mensajes de texto a mi madre, mi hermano y mi padre no arrojaron resultados certeros sobre la locación del evento, decidí apelar al pedido desesperado: “Pa, me bajo en Las Flores y Mitre, ¿me pasás a buscar?”.
Llegué a la fiestita con dos paquetes bajo el brazo. Uno, el más grande, para mi hermana cumpleañera. Ella había pedido una Barbie Mariposa, esa a la que se le destraban las alas sin encanto ni delicadeza, pero que gusta por ser rubia, por tener tetotas y brillitos en la cara que justifican el abono de más de 120 pesos. El otro paquete, el pequeño, tenía un Pequeño Pony de color rosa para mi segunda hermana, la que simplemente liga por tener cachetes apretables y cara de triste si no le llevo nada.
Arrojé mi regalo en un cofre de madera y al instante una ola de niñas apareció frente a mí. Tenían preguntas complejas como “¿por qué sos hermana de Ailén si tu papá no es su papá?”, “¿por qué no la visitás mucho a tu hermana? Ella te extraña” o “¿vos estás casada?, porque me dijo tu hermana que vivís con tu novio”. El miedo me invadió. Las nenas no son las que eran, las que jugaban a la casita, a la boutique, a la Juliana Maestra. Tampoco son las que cantan “en Cocolandia vivo yo con flores alrededor”, ni disfrutan con Bob el Constructor o con los maravillosos Ositos Cariñosos.
De pronto, casi sin darme tiempo a responder sus interrogantes, las infantes de 9 años volaron hacia el medio de la pista, al grito de “YO ADELANTEEEEE”. No entendía bien qué ocurría hasta que Casi Ángeles se hizo presente al tiempo que una máquina escupía espuma sobre los pelos de las nenas. Todas las niñas de pronto se prostituyeron y comenzaron a mostrar movimientos pélvicos, bordeando lo erótico, en coreografías hechas para gente con tetas, o al menos gente que ya menstrúa. Por un segundo tuve miedo de que mi hermana de 9 años me robara a mi novio de 31. Luego el miedo se disipó cuando pude observar a los varones del mismo curso jugando al supermercado en otra esquina del salón, totalmente deserotizados. Esto puede ser bueno: no tendrán sexo temprano dentro de su propia aula. También puede ser malo: tendrán sexo temprano fuera de su propia aula con profesores, preceptores o alumnos de quinto año.
Pasé las siguientes dos horas sentada al lado de una ventana, comiendo chips, palitos y sándwiches de matambre. Todo parecía demostrar que nada cambiaría su rumbo... hasta que mi hermana me nombró capitana de su equipo de juego y tuve que pararme, ponerme un gorro de colores y correr a los empujones con mi hermano (el capitán de los varones) para ver quién se sentaba primero en una silla donde ni siquiera me entraba el ojete, y adivinaba el tema que sonaba de fondo. Adiviné dos, la Pantera Rosa y Los Pitufos. Confundí El Chavo con Blancanieves y al Inspector Gadget con el Súper Agente 86. Chivé por cien, me caían gotas de la frente, me empujaron violentamente más de 3 veces y encima se me despeinó el flequillo de manera atroz. Cuando mis pulmones ya eran esponjas patito negras, le pasé la posta a mi madre y, minutos después, nuestro equipo perdió. Ella hizo lo posible, pero no pudo contra la sapiencia de miles de nenas agrupadas buchoneándole a su contrincante. Ni ella ni yo volveremos a ser Capitanas, una verdadera pena hereditaria.
jueves, octubre 16, 2008
Momento Egocéntrico
Prometo ampliar, pero por ahora les cuento dos cosas:
1- El suplemento NO del diario Página 12 de hoy tiene una nota de mi autoría, jeje. Se llama Ecuación Perfecta y habla de la 9na fecha del Pepsi Music.
2- A partir de Noviembre comienza a salir mi columna de nombre "Complicada e Histérica" en una revista llamada MAVIROCK.
Tiro ambas bombas y prometo, juro sobre el cadáver de mi propio óvulo menstruado que esta semana subo un post decente y explicativo de ambas cuestiones.
Gracias a todos por leer y seguir leyendo, pese a la inconstancia de los últimos meses.
1- El suplemento NO del diario Página 12 de hoy tiene una nota de mi autoría, jeje. Se llama Ecuación Perfecta y habla de la 9na fecha del Pepsi Music.
2- A partir de Noviembre comienza a salir mi columna de nombre "Complicada e Histérica" en una revista llamada MAVIROCK.
Tiro ambas bombas y prometo, juro sobre el cadáver de mi propio óvulo menstruado que esta semana subo un post decente y explicativo de ambas cuestiones.
Gracias a todos por leer y seguir leyendo, pese a la inconstancia de los últimos meses.
miércoles, septiembre 24, 2008
Paraíso Confitado
Apenas llegué al mundo, mi familia todavía no tenía hogar propio, entonces vivíamos con mis abuelos maternos. Ellos ocupaban el primer piso y nosotros tres (mamá, papá y yo), el segundo. La casa tenía una especie de balcón que bordeaba el segundo piso, parecía un pasillo largo techado, pero que daba a un patio sin pasto.
Yo debía tener 1 año en el momento que me regalaron mi mascota de la infancia. Era un conejo gordo con pintitas negras. No me interesaba demasiado entrar en contacto con el animal, simplemente me dedicaba a observarlo correr a lo largo del pasillo. En esos tiempos yo medía algo así como 45 centímetros de alto, no había demasiada diferencia con el conejo. Me daba miedo, no me resultaba adorable. No entendía por qué razón tenía que quererlo. De hecho no recuerdo su muerte, así que jamás debo haber sentido amor por el pobre orejudo.
Sin embargo un día de verano mi madre me sentó en ese balcón-pasillo a jugar con la naturaleza, y yo pude descubrir algo magnífico que estaba sobre el suelo, en forma de hilera. Eran decenas de confites de chocolate, perfectos, brillantes y tentadores. Nada podía ser más gratificante en mi vida. En el instante en que mi madre se alejó de mi persona comencé la ardua tarea de comerlos uno a uno, todos. Los ponía en la boca y los mascaba rápido para llegar a ingerirlos completamente antes de que llegara cualquier familiar a censurar mi glotonería.
La verdad es que no sentía ese gusto a chocolate intenso que tenían los alfajores, pero seguí comiendo los confites hasta que no hubo ni uno solo en el suelo.
Pasaron varios días en los que repetí el mismo menú: mi madre me llevaba al balcón-pasillo a jugar con mi conejo, ella se alejaba y yo comía el chocolate que sorpresivamente siempre estaba en el piso. Mi mente joven asociaba al dulce gratuito con Papá Noel, los Reyes Magos, mi futuro cumpleaños y hasta con mi abuela, a quien yo creía capaz de desafiar las leyes de mi madre y a quien imaginaba arrojando chocolates para que yo los encontrara en mis cortos momentos de libertad.
Una tarde mi madre y mi abuela se reunieron en mi lugar de postre y tomaron dulcemente al conejo en sus manos. Yo recuerdo mirarlas desde abajo, a escasos metros de donde estaban paradas. El diálogo que tuvieron fue algo similar al siguiente:
- ¿Qué pasa con vos conejo?- preguntó mi progenitora
- Es imposible… - se quejaba mi abuela – no puede ser normal…
- Si este animal sigue sin cagar vamos a tener que llevarlo al veterinario- dictaminó mamá.
La tentación fue más fuerte que las ganas de entender la charla que tenían las dos señoras. En un segundo en que creí que ambas estaban distraídas, tomé un nuevo confite de chocolate y lo llevé a la boca: “Mmmm… qué iiiiicoooo”, exclamé en voz alta, sin medir mi tono festivo.
Mi madre miró a mi abuela. Mi abuela miró al cielo. Los 4 ojos y Dios me observaban con asco y ninguna se acercaba a detenerme ni a alentarme. Entonces tomé otro confite y repetí la acción hasta que una de las dos mujeres me preguntó:
- Melisita, ¿vos estás comiendo la caca del conejo, linda?-
Segundos después entendí por qué los confites no tenían ese gusto a chocolate intenso que tenían los alfajores. Después de esa tarde de verano, del conejo no se supo más nada.
Yo debía tener 1 año en el momento que me regalaron mi mascota de la infancia. Era un conejo gordo con pintitas negras. No me interesaba demasiado entrar en contacto con el animal, simplemente me dedicaba a observarlo correr a lo largo del pasillo. En esos tiempos yo medía algo así como 45 centímetros de alto, no había demasiada diferencia con el conejo. Me daba miedo, no me resultaba adorable. No entendía por qué razón tenía que quererlo. De hecho no recuerdo su muerte, así que jamás debo haber sentido amor por el pobre orejudo.
Sin embargo un día de verano mi madre me sentó en ese balcón-pasillo a jugar con la naturaleza, y yo pude descubrir algo magnífico que estaba sobre el suelo, en forma de hilera. Eran decenas de confites de chocolate, perfectos, brillantes y tentadores. Nada podía ser más gratificante en mi vida. En el instante en que mi madre se alejó de mi persona comencé la ardua tarea de comerlos uno a uno, todos. Los ponía en la boca y los mascaba rápido para llegar a ingerirlos completamente antes de que llegara cualquier familiar a censurar mi glotonería.
La verdad es que no sentía ese gusto a chocolate intenso que tenían los alfajores, pero seguí comiendo los confites hasta que no hubo ni uno solo en el suelo.
Pasaron varios días en los que repetí el mismo menú: mi madre me llevaba al balcón-pasillo a jugar con mi conejo, ella se alejaba y yo comía el chocolate que sorpresivamente siempre estaba en el piso. Mi mente joven asociaba al dulce gratuito con Papá Noel, los Reyes Magos, mi futuro cumpleaños y hasta con mi abuela, a quien yo creía capaz de desafiar las leyes de mi madre y a quien imaginaba arrojando chocolates para que yo los encontrara en mis cortos momentos de libertad.
Una tarde mi madre y mi abuela se reunieron en mi lugar de postre y tomaron dulcemente al conejo en sus manos. Yo recuerdo mirarlas desde abajo, a escasos metros de donde estaban paradas. El diálogo que tuvieron fue algo similar al siguiente:
- ¿Qué pasa con vos conejo?- preguntó mi progenitora
- Es imposible… - se quejaba mi abuela – no puede ser normal…
- Si este animal sigue sin cagar vamos a tener que llevarlo al veterinario- dictaminó mamá.
La tentación fue más fuerte que las ganas de entender la charla que tenían las dos señoras. En un segundo en que creí que ambas estaban distraídas, tomé un nuevo confite de chocolate y lo llevé a la boca: “Mmmm… qué iiiiicoooo”, exclamé en voz alta, sin medir mi tono festivo.
Mi madre miró a mi abuela. Mi abuela miró al cielo. Los 4 ojos y Dios me observaban con asco y ninguna se acercaba a detenerme ni a alentarme. Entonces tomé otro confite y repetí la acción hasta que una de las dos mujeres me preguntó:
- Melisita, ¿vos estás comiendo la caca del conejo, linda?-
Segundos después entendí por qué los confites no tenían ese gusto a chocolate intenso que tenían los alfajores. Después de esa tarde de verano, del conejo no se supo más nada.
jueves, septiembre 11, 2008
El robo imperfecto
Era muy simple. Tenía que ir al supermercado chino sola, sin supervisión masculina y comprar manteca, leche, batatas, pollo y servilletas de papel. Bajé enroscada en mi pullover negro y preocupada por que no se me volara el flequillo que tanto me cuesta amoldar.
Entré al chino y arranqué por el pollo, algo que ya me predispone mal porque no hay nada más incómodo para una mujer con tetas que tener que pedir “dos pechugas”. Es como una invitación a la sonrisa y la mirada tetal, como un autobombo bizarro en el que solo yo participo. Lo hice y colgué la bolsita con ambos pechos de pollo de mi brazo izquierdo.
Tomé la manteca, la leche, una Pepsi con la promoción loca del festival de música solo porque era parte de esa promo y no puedo evitar tener la esperanza de ganar algo destapando una botella, también agarré dos chocolates y llené una bolsa con 5 batatas. Agarré un frasco de café instantáneo de los más chiquitos, lo puse bajo mi brazo porque ya no tenía manos libres y seguí hacia la caja.
Me cobraron tranquilamente y salí a la calle cargada como un container de escarpines. Me sentía orgullosa de mí completando una tarea y encima llevando cosas que estaban fuera de lo planificado. Me había convertido en una gran improvisadora de súper… hasta que me di cuenta de que me había robado (ROBADO) el pote de café.
Estaba parada en la puerta del supermercado. El chino me miraba desde adentro y yo no sabía realmente por qué, pero mi cerebro solo indicaba una cosa: el oriental está vigilando que no me vaya mientras llama al 911.
En mi conciencia solo resonaba este dilema: “¿Vuelvo a entrar y le digo que me equivoqué, que no fue intencional y que me cobre ahora mismo así dejo de sentirme una pelotuda? o ¿robo el frasco definitivamente, cruzo la calle entre taxis con el riesgo de morir y a partir de mañana cambio de súper? Cambiar de súper me daba paja, entonces mi angelito bueno respondió. Volví a entrar al supermercado con la cara color bordó y el pote de café temblando en la mano. Era una ladrona arrepentida, un fiasco triste, un delito inacabado.
- Me llevé esto abajo del brazo sin querer – le dije al chino que no entiende nada más que dos oraciones: “¿Cuánto pesa” y “¿Cuánto sale?”.
- No impota no impota no impota no impota – repetía frenéticamente mientras pasaba el producto por el confirma-precios
- Te juro que fue sin querer, no me di cuenta – continuaba yo, casi llorando
- Ja ja ja – rió el chino, demostrando claramente que no me había creído
Pagué 4 pesos con 50 centavos por mi café instantáneo que ni siquiera es apto para consumo urgente porque viene sin azúcar. Ahora no solo tengo un café que me da diarrea, sino que el chino cree que soy una ladrona sin cojones. Subí a casa sonriendo y al abrir la puerta noté que había olvidado comprar las servilletas de papel. Por tercera vez en 20 minutos volví al súper al que había casi robado. Esta vez la tarea fue terminada con éxito.
Entré al chino y arranqué por el pollo, algo que ya me predispone mal porque no hay nada más incómodo para una mujer con tetas que tener que pedir “dos pechugas”. Es como una invitación a la sonrisa y la mirada tetal, como un autobombo bizarro en el que solo yo participo. Lo hice y colgué la bolsita con ambos pechos de pollo de mi brazo izquierdo.
Tomé la manteca, la leche, una Pepsi con la promoción loca del festival de música solo porque era parte de esa promo y no puedo evitar tener la esperanza de ganar algo destapando una botella, también agarré dos chocolates y llené una bolsa con 5 batatas. Agarré un frasco de café instantáneo de los más chiquitos, lo puse bajo mi brazo porque ya no tenía manos libres y seguí hacia la caja.
Me cobraron tranquilamente y salí a la calle cargada como un container de escarpines. Me sentía orgullosa de mí completando una tarea y encima llevando cosas que estaban fuera de lo planificado. Me había convertido en una gran improvisadora de súper… hasta que me di cuenta de que me había robado (ROBADO) el pote de café.
Estaba parada en la puerta del supermercado. El chino me miraba desde adentro y yo no sabía realmente por qué, pero mi cerebro solo indicaba una cosa: el oriental está vigilando que no me vaya mientras llama al 911.
En mi conciencia solo resonaba este dilema: “¿Vuelvo a entrar y le digo que me equivoqué, que no fue intencional y que me cobre ahora mismo así dejo de sentirme una pelotuda? o ¿robo el frasco definitivamente, cruzo la calle entre taxis con el riesgo de morir y a partir de mañana cambio de súper? Cambiar de súper me daba paja, entonces mi angelito bueno respondió. Volví a entrar al supermercado con la cara color bordó y el pote de café temblando en la mano. Era una ladrona arrepentida, un fiasco triste, un delito inacabado.
- Me llevé esto abajo del brazo sin querer – le dije al chino que no entiende nada más que dos oraciones: “¿Cuánto pesa” y “¿Cuánto sale?”.
- No impota no impota no impota no impota – repetía frenéticamente mientras pasaba el producto por el confirma-precios
- Te juro que fue sin querer, no me di cuenta – continuaba yo, casi llorando
- Ja ja ja – rió el chino, demostrando claramente que no me había creído
Pagué 4 pesos con 50 centavos por mi café instantáneo que ni siquiera es apto para consumo urgente porque viene sin azúcar. Ahora no solo tengo un café que me da diarrea, sino que el chino cree que soy una ladrona sin cojones. Subí a casa sonriendo y al abrir la puerta noté que había olvidado comprar las servilletas de papel. Por tercera vez en 20 minutos volví al súper al que había casi robado. Esta vez la tarea fue terminada con éxito.
jueves, septiembre 04, 2008
Confianza
Jueves a la mañana chateando con mi madre. Café en la mesa. Chocolinas cada 5 segundos.
Mamá: ¿Así que bien el festejo del nuevo aniversario?
Mel: Sí, re bien por suerte
Mamá: Disfrutá el momento, que sea bieeeen bieeeen ANAL
Mel: jajajajajajaja, dale Ma
Mamá: (insistente) .... ¿te podes sentar bien hoy?
Mel: Anal... Dolor. Odio el dolor.
Mamá: ¿En serio?
Mel: ….. (esquivando con incomodidad)
Mamá: Igualmente, es como cagar para adentro... y te cura las hemorroides.
Mel: ........... (en shock)
4 minutos después
Mel: Ma, necesito tu permiso para publicar esto en el blog. Si te molesta no lo hago.
Mamá: Más me molestó el primero que me lo hizo y el olor a mierdita con semen. Que lo sepa el mundo.
Mel: Estás haciendo demasiado mérito Ma. Demasiado.
Definitivamente, está en los genes.
Mamá: ¿Así que bien el festejo del nuevo aniversario?
Mel: Sí, re bien por suerte
Mamá: Disfrutá el momento, que sea bieeeen bieeeen ANAL
Mel: jajajajajajaja, dale Ma
Mamá: (insistente) .... ¿te podes sentar bien hoy?
Mel: Anal... Dolor. Odio el dolor.
Mamá: ¿En serio?
Mel: ….. (esquivando con incomodidad)
Mamá: Igualmente, es como cagar para adentro... y te cura las hemorroides.
Mel: ........... (en shock)
4 minutos después
Mel: Ma, necesito tu permiso para publicar esto en el blog. Si te molesta no lo hago.
Mamá: Más me molestó el primero que me lo hizo y el olor a mierdita con semen. Que lo sepa el mundo.
Mel: Estás haciendo demasiado mérito Ma. Demasiado.
Definitivamente, está en los genes.
lunes, agosto 25, 2008
Hallelujah
El viejo se tambaleaba
dibujando un eterno berrinche del Chavo con sus piernas y brazos,
un pichón de pato,
un mal bailarín robótico.
Triste.
Las piernas se le enroscaron como cables anudados,
el torso desnucado hacia el frente
doblado como una tostadora
(la bolsa de los mandados seguía atrapada a su brazo izquierdo)
Tambaleó intensamente, babeaba…
El suelo y su cara se conocieron de pronto.
Chichón rosa.
El viejo convulsionaba
se estrujaba en el suelo,
se hacía bolita y volvía a extenderse
como una píldora de esponja en aguas histéricas.
Sostenía su pecho con el brazo sin bolsa
nadie sostenía sus lentes,
le goteaban por la nariz
rotos.
Mis auriculares cantaban My Sweet Lord
compás feliz con presagio funesto,
la combinación perfecta para un adiós memorable.
El 60 no se detuvo, era la hora pico.
Nadie se detuvo. Zombis rutinarios.
Murió solo;
babeando;
abrazado por sus propios brazos.
Por fin el berrinche había cesado.
“Really want to see you, lord
Really want to see you, lord
But it takes so long, my lord
Hallelujah”
dibujando un eterno berrinche del Chavo con sus piernas y brazos,
un pichón de pato,
un mal bailarín robótico.
Triste.
Las piernas se le enroscaron como cables anudados,
el torso desnucado hacia el frente
doblado como una tostadora
(la bolsa de los mandados seguía atrapada a su brazo izquierdo)
Tambaleó intensamente, babeaba…
El suelo y su cara se conocieron de pronto.
Chichón rosa.
El viejo convulsionaba
se estrujaba en el suelo,
se hacía bolita y volvía a extenderse
como una píldora de esponja en aguas histéricas.
Sostenía su pecho con el brazo sin bolsa
nadie sostenía sus lentes,
le goteaban por la nariz
rotos.
Mis auriculares cantaban My Sweet Lord
compás feliz con presagio funesto,
la combinación perfecta para un adiós memorable.
El 60 no se detuvo, era la hora pico.
Nadie se detuvo. Zombis rutinarios.
Murió solo;
babeando;
abrazado por sus propios brazos.
Por fin el berrinche había cesado.
“Really want to see you, lord
Really want to see you, lord
But it takes so long, my lord
Hallelujah”
viernes, agosto 15, 2008
Un tostado, por favor
Le chorreaba pus por la mano. Las gotas amarillas con reflejos verdes y anaranjados le recorrían la muñeca a la vieja de 80 mil años que recién subía al subte y ella, con una delicadeza enfermante, las secaba con una servilleta Susex que para esta altura tenía el color de las agendas de papel reciclado que uno compra para sentirse mejor persona.
La señora traía una cartera enorme pegada a la barriga, se sentó a mi lado, agarrándose del palo metálico y dejando en él una marca asquerosa y húmeda con todos sus desechos purulentos.
No podía evitar mirarle la mano. En lo que sería el muslo del dedo gordo, ese espacio que solemos apoyar en la mesa para tipear en el teclado, esta vieja tenía una ampolla en la que podía bañarse un chihuaha de pelo corto, totalmente repleta de jugo infectado. La solución que la señora se había encomendado era la de apretar los alrededores de la ampolla para que ésta vomitara todo el líquido que ahora seguía chorreándole por la muñeca. La apretaba y la exprimía sin siquiera mostrar una mueca de dolor o una arcada desagradable. Recé a todos los santos porque la muy conchuda sacara una curita y acabara con el sufrimiento de los curiosos que no podían siquiera quitar los ojos de su fuente de pus virgen.
La piel de los bordes ahora estaba siendo arrancada por la vieja. Lentamente peló la ampolla, dejándola rosada y amarilla, a la vista de todos. Tranquilamente esa imagen podía compararse al relleno de un tostado de jamón y fiambrín bien derretido y sin el pan. Claro que en caso de ser comido, el pus no mentiría sobre su consistencia, diferenciándose recién ahí de la buena feta de fiambre.
Con la mano que le quedaba libre, la pusulenta abrió la cartera y sacó una crema. El subte estaba lleno y expectante. Abrió el pomo con violencia y descargó abundantemente su contenido blanco sobre el charco de fiambrín derretido. La sensación de ardor me causó una especie de tirón conchal que solo logré calmar apretando bien fuerte la costura del jean contra mi entrepierna. Mi mirada seguía los actos de la vieja con el interés que solo me genera jugar a El Gran DT.
Con la crema puesta en forma de tubo sobre la ampolla desarmada, la señora comenzó ahora a masajearse la mano logrando que por primera vez apartara la vista de su proceso de curación, no podía tolerarlo. Frotaba y frotaba ensuciando de amarillo a todo el resto de su manopla, que ahora estaba color patito deprimido portador de HIV. El olor a pus y diprogenta se estaba esparciendo ferozmente por el vagón. Con el dedo índice la añeja dama presionaba fuerte el centro del dolor, empastando bien todo el agujero ampollado, terminando la limpieza sin dejar un solo espacio sin crema.
Ahora esa mano no podía sostener la cartera, entonces la cambió de mano en el preciso momento en que le tocaba bajar. Sus piernas viejas no tenían la fortaleza suficiente como para levantarse del asiento sin una ayuda extra, así que apenas el subte estacionó, la mujer cruzó su mano asquerosa por delante de mi nariz, tomó el palo metálico nuevamente, dejando otra vez su huella impúdica marcada a base de crema en el subte. Logró al fin levantar el orto, las piernas y su propia vida, y se alejó del subte, ya no chorreando ni desgarrando su piel como un jerbo enfurecido, pero dejando abandonado el recuerdo firme de su propio masoquismo en mi mente perturbada y mórbida. Ahora al menos tengo claro que nunca comeré un tostado de fiambrín en mi putísima vida.
La señora traía una cartera enorme pegada a la barriga, se sentó a mi lado, agarrándose del palo metálico y dejando en él una marca asquerosa y húmeda con todos sus desechos purulentos.
No podía evitar mirarle la mano. En lo que sería el muslo del dedo gordo, ese espacio que solemos apoyar en la mesa para tipear en el teclado, esta vieja tenía una ampolla en la que podía bañarse un chihuaha de pelo corto, totalmente repleta de jugo infectado. La solución que la señora se había encomendado era la de apretar los alrededores de la ampolla para que ésta vomitara todo el líquido que ahora seguía chorreándole por la muñeca. La apretaba y la exprimía sin siquiera mostrar una mueca de dolor o una arcada desagradable. Recé a todos los santos porque la muy conchuda sacara una curita y acabara con el sufrimiento de los curiosos que no podían siquiera quitar los ojos de su fuente de pus virgen.
La piel de los bordes ahora estaba siendo arrancada por la vieja. Lentamente peló la ampolla, dejándola rosada y amarilla, a la vista de todos. Tranquilamente esa imagen podía compararse al relleno de un tostado de jamón y fiambrín bien derretido y sin el pan. Claro que en caso de ser comido, el pus no mentiría sobre su consistencia, diferenciándose recién ahí de la buena feta de fiambre.
Con la mano que le quedaba libre, la pusulenta abrió la cartera y sacó una crema. El subte estaba lleno y expectante. Abrió el pomo con violencia y descargó abundantemente su contenido blanco sobre el charco de fiambrín derretido. La sensación de ardor me causó una especie de tirón conchal que solo logré calmar apretando bien fuerte la costura del jean contra mi entrepierna. Mi mirada seguía los actos de la vieja con el interés que solo me genera jugar a El Gran DT.
Con la crema puesta en forma de tubo sobre la ampolla desarmada, la señora comenzó ahora a masajearse la mano logrando que por primera vez apartara la vista de su proceso de curación, no podía tolerarlo. Frotaba y frotaba ensuciando de amarillo a todo el resto de su manopla, que ahora estaba color patito deprimido portador de HIV. El olor a pus y diprogenta se estaba esparciendo ferozmente por el vagón. Con el dedo índice la añeja dama presionaba fuerte el centro del dolor, empastando bien todo el agujero ampollado, terminando la limpieza sin dejar un solo espacio sin crema.
Ahora esa mano no podía sostener la cartera, entonces la cambió de mano en el preciso momento en que le tocaba bajar. Sus piernas viejas no tenían la fortaleza suficiente como para levantarse del asiento sin una ayuda extra, así que apenas el subte estacionó, la mujer cruzó su mano asquerosa por delante de mi nariz, tomó el palo metálico nuevamente, dejando otra vez su huella impúdica marcada a base de crema en el subte. Logró al fin levantar el orto, las piernas y su propia vida, y se alejó del subte, ya no chorreando ni desgarrando su piel como un jerbo enfurecido, pero dejando abandonado el recuerdo firme de su propio masoquismo en mi mente perturbada y mórbida. Ahora al menos tengo claro que nunca comeré un tostado de fiambrín en mi putísima vida.
viernes, julio 11, 2008
El Ganso
Estábamos enfrentados en el anteúltimo vagón del subte. Ambos en el asiento del medio de los apoya anos de 3. Eran las 7 y 20 de la mañana y había olor a fiambrería que pasó la noche sin luz.
El ganso tenía el pelo lasio, de color Balá, que le caía a los costados de las mejillas. Eran pelos finitos y brillantes, era claro que esta mañana se había bañado y quizás hasta planchado cada mecha con una molesta delicadeza.
Su piel era anaranjada para los 45 años que seguramente se le acumulaban a modo de arrugas en el esfínter anal. Tenía ojos color avellana y daba esa extraña sensación de poder ser un villero así como un productor de soja caramelizada.
El ganso traía puestos unos pantalones deportivos verdes, unas zapatillas que prácticamente rebotaban por la cantidad excesiva de resortes que tenían en la suela y una campera asquerosa a tono con el pantalón. También traía un bolsito de mano bastante triste y desteñido que lo hacía parecerse a un profesor de educación física de séptimo grado, esos que los alumnos torturan y torturarán hasta el fin de los tiempos por ser justamente unos relajados amantes del buen vivir y fanáticos del programa de Mónica y César en su quinta de bananas.
Pasaron dos estaciones y el ganso se paró de su asiento para mirar unos papeles que estaban pegados en la pared del vagón. Claro está que ni 2 segundos después de haberse ido a Sevilla, alguien le cagó su silla de manera estrepitosa. Ese alguien era una muchacha de bufanda violeta que siempre supo que el fulano no iba a bajarse, pero sin embargo cerró los ojos y emprendió su mala acción del día.
Despojado de su espacio, el ganso se paró en la puerta del subte y decidió que era un buen momento para descargar las calorías sumadas con la cena de anoche. Comenzó a realizar una apertura de piernas de 180º, de puerta a puerta, intentando rozar el suelo con las bolas colgantes, algo imposible dada su altura y su poca elasticidad. Así parado, con las piernas abiertas apretadas por el pantalón que ahora estaba por encima de los tobillos y dejaba ver unas medias color caqui que daban náuseas, se quedó un par de estaciones.
Minutos después este fracaso hiperactivo hacía flexiones contra la misma puerta, y descansaba haciendo trotecitos cada vez que el subte hacía pie en alguna estación.
Un ejercicio que repitió varias veces fue el de colgarse de los palos que rodean al asiento de las embarazadas. Una vez que se sostenía con una mano, se dejaba caer hacia atrás y luego cambiaba de brazo y hacía su trotecito de descanso. Era tan idiota toda la escena, que varios pasajeros estábamos en estado de shock.
Sin siquiera un preaviso, la pasajera que viajaba a mi lado se paró y bajó, dejando el asiento libre. El ganso vino hacia él como atraído por un estante repleto de pornografía animal y pósters de Mónica Farro vestida. Se acercó trotando y revoleando su bolso, sus pelos finitos y sus ropas deportivas y arrojó sobre él todo su cuerpo sudado para dar finalmente inicio al peor de todos sus movimientos: la rotación de cuello.
Sentada a su izquierda, sentía su melena rotar cada 5 segundos de manera idéntica cada vez y dejando sentir un “UFFFFFFF” de aire calentito exhalado al finalizar cada serie. Me daba tanto asco sentir sus ojos miel en mi cachete que opté por usar su rotación para rotar yo también de igual manera, evitando así todo tipo de contacto visual con este ente grasoso. Parecía que el final no llegaría nunca y aún me quedaban varias estaciones hasta llegar a Juramento. La rotación obligada que estaba haciendo me estaba mareando y los recuerdos de Balá de mi infancia me atormentaban a cada instante. Cuando el colapso nervioso estaba por desbordarme e ideas como cortarle con un cuchillo de plástico el talón de Aquiles al ganso, quemarlo con sal cual babosa persistente o denunciarlo con el dios de la educación física se acumulaban despacito en mi cabeza, el ganso se paró, trotó un segundo en la puerta y se fue. Solo quedó de él la sensación de asco con que lo miraba la dama de bufanda violeta y un olor a jabón neutro que aún ahora, a la distancia, me despierta diarrea líquida.
El ganso tenía el pelo lasio, de color Balá, que le caía a los costados de las mejillas. Eran pelos finitos y brillantes, era claro que esta mañana se había bañado y quizás hasta planchado cada mecha con una molesta delicadeza.
Su piel era anaranjada para los 45 años que seguramente se le acumulaban a modo de arrugas en el esfínter anal. Tenía ojos color avellana y daba esa extraña sensación de poder ser un villero así como un productor de soja caramelizada.
El ganso traía puestos unos pantalones deportivos verdes, unas zapatillas que prácticamente rebotaban por la cantidad excesiva de resortes que tenían en la suela y una campera asquerosa a tono con el pantalón. También traía un bolsito de mano bastante triste y desteñido que lo hacía parecerse a un profesor de educación física de séptimo grado, esos que los alumnos torturan y torturarán hasta el fin de los tiempos por ser justamente unos relajados amantes del buen vivir y fanáticos del programa de Mónica y César en su quinta de bananas.
Pasaron dos estaciones y el ganso se paró de su asiento para mirar unos papeles que estaban pegados en la pared del vagón. Claro está que ni 2 segundos después de haberse ido a Sevilla, alguien le cagó su silla de manera estrepitosa. Ese alguien era una muchacha de bufanda violeta que siempre supo que el fulano no iba a bajarse, pero sin embargo cerró los ojos y emprendió su mala acción del día.
Despojado de su espacio, el ganso se paró en la puerta del subte y decidió que era un buen momento para descargar las calorías sumadas con la cena de anoche. Comenzó a realizar una apertura de piernas de 180º, de puerta a puerta, intentando rozar el suelo con las bolas colgantes, algo imposible dada su altura y su poca elasticidad. Así parado, con las piernas abiertas apretadas por el pantalón que ahora estaba por encima de los tobillos y dejaba ver unas medias color caqui que daban náuseas, se quedó un par de estaciones.
Minutos después este fracaso hiperactivo hacía flexiones contra la misma puerta, y descansaba haciendo trotecitos cada vez que el subte hacía pie en alguna estación.
Un ejercicio que repitió varias veces fue el de colgarse de los palos que rodean al asiento de las embarazadas. Una vez que se sostenía con una mano, se dejaba caer hacia atrás y luego cambiaba de brazo y hacía su trotecito de descanso. Era tan idiota toda la escena, que varios pasajeros estábamos en estado de shock.
Sin siquiera un preaviso, la pasajera que viajaba a mi lado se paró y bajó, dejando el asiento libre. El ganso vino hacia él como atraído por un estante repleto de pornografía animal y pósters de Mónica Farro vestida. Se acercó trotando y revoleando su bolso, sus pelos finitos y sus ropas deportivas y arrojó sobre él todo su cuerpo sudado para dar finalmente inicio al peor de todos sus movimientos: la rotación de cuello.
Sentada a su izquierda, sentía su melena rotar cada 5 segundos de manera idéntica cada vez y dejando sentir un “UFFFFFFF” de aire calentito exhalado al finalizar cada serie. Me daba tanto asco sentir sus ojos miel en mi cachete que opté por usar su rotación para rotar yo también de igual manera, evitando así todo tipo de contacto visual con este ente grasoso. Parecía que el final no llegaría nunca y aún me quedaban varias estaciones hasta llegar a Juramento. La rotación obligada que estaba haciendo me estaba mareando y los recuerdos de Balá de mi infancia me atormentaban a cada instante. Cuando el colapso nervioso estaba por desbordarme e ideas como cortarle con un cuchillo de plástico el talón de Aquiles al ganso, quemarlo con sal cual babosa persistente o denunciarlo con el dios de la educación física se acumulaban despacito en mi cabeza, el ganso se paró, trotó un segundo en la puerta y se fue. Solo quedó de él la sensación de asco con que lo miraba la dama de bufanda violeta y un olor a jabón neutro que aún ahora, a la distancia, me despierta diarrea líquida.
sábado, julio 05, 2008
¿Te pica?
Me sentía como el culo. No sabía si era fiebre, si eran anginas, si era gripe, incubación, bronquilitis o dengue. Me latía la frente desde la mañana como si por dentro hubiera una maratón de liendres estallando descontroladamente en piojos.
En frente de casa tengo una farmacia que no pertenece a ninguna cadena, salvo a la de sus dueños, 4 sujetos fácilmente identificables: un viejo pelado de cara deprimente y ojeras blanditas, otro viejo de iguales condiciones, pero más avejentadas y dos mujeres mayores, claramente madre e hija. Ambas rubionas de pelo corto, una de ellas no entiende muy bien lo que la realidad le ofrece día a día y la otra la lleva un poco mejor. Todos los dueños podrían tranquilamente morir hoy y nadie diría que se fueron muy jóvenes.
En fin. Entré a la farmacia a comprar ibuprofeno 600 y un termómetro. El último me explotó cuando lo reboté contra la mesa mientras intentaba bajarle la temperatura. Tuve bolitas de metal hasta en el orto durante casi una semana. Cuando estaba en plena transacción entró un muchacho de pelo melenita morocho, vestido con ropa deportiva y una mochila. Volvía de laburar como cualquier cristiano. Se acercó al más joven de los viejos pelados de caras deprimentes y ojeras blanditas y le susurró en idioma argentino bajo:
- ¿Tené algo paá acá bajo? - señalándose la zona pélvica – poque me salió como un sarpullido, pero blanco y arrugado y etá por toda partes.
El farmacéutico tuvo su emoción del día. Si bien le dio pudor mirar el pindongo del caballerito, no pudo evitar bajar la cabeza cuando se le indicó por dónde venía la mano. Ahora era medio homosexual y toda su familia lo sabía o suponía.
En seguida, ante la evidente tensión, me alejé más hacia el sector de la caja, donde las dos viejas me miraban casi congeladas, o muertas, aún hoy es difícil distinguir la diferencia. Mi termómetro llegó desde el fondo de la farmacia y lo último que escuché fue que el farmacéutico preguntó:
- Y… ¿Te pica?
- Mucho – respondió el cliente, dando a entender con sus ojos que ni siquiera bañándose en una pelopincho llena con Caladril puro lograría detener el ardor.
El farmacéutico entonces corrió a otro sector privado del lugar, escarbó entre los estantes y sacó un frasco amarillento y unas pastillas. “A la mañana y a la tarde”, dijo cómplice, imaginando mientras los herpes purulentos saliendo de la maraña peluda de la entrepierna del pibe. Tampoco podía olvidar que había por allí una prostituta solitaria y abandonada, también portadora de tremendos adornos contagiados.
Yo le pagué a la señora más vieja de las viejas un segundo después que el muchacho y caminé hasta la puerta. Me topé con la balanza gratuita, esas viejas que te hacen sentir batata cuando te pesás y en las que siempre, una vez abajo, decís “igual sin las zapatillas son dos kilos menos”. Quedé conforme con lo que indicaba la flecha. Ahora realmente no me sentía tan mal.
La última vez que lo busqué con la mirada, el flaco ya estaba cruzando Corrientes con la bolsita del remedio bailando enroscada en su muñeca. Estaba feliz. Y ahora yo podía tomarme la fiebre.
En frente de casa tengo una farmacia que no pertenece a ninguna cadena, salvo a la de sus dueños, 4 sujetos fácilmente identificables: un viejo pelado de cara deprimente y ojeras blanditas, otro viejo de iguales condiciones, pero más avejentadas y dos mujeres mayores, claramente madre e hija. Ambas rubionas de pelo corto, una de ellas no entiende muy bien lo que la realidad le ofrece día a día y la otra la lleva un poco mejor. Todos los dueños podrían tranquilamente morir hoy y nadie diría que se fueron muy jóvenes.
En fin. Entré a la farmacia a comprar ibuprofeno 600 y un termómetro. El último me explotó cuando lo reboté contra la mesa mientras intentaba bajarle la temperatura. Tuve bolitas de metal hasta en el orto durante casi una semana. Cuando estaba en plena transacción entró un muchacho de pelo melenita morocho, vestido con ropa deportiva y una mochila. Volvía de laburar como cualquier cristiano. Se acercó al más joven de los viejos pelados de caras deprimentes y ojeras blanditas y le susurró en idioma argentino bajo:
- ¿Tené algo paá acá bajo? - señalándose la zona pélvica – poque me salió como un sarpullido, pero blanco y arrugado y etá por toda partes.
El farmacéutico tuvo su emoción del día. Si bien le dio pudor mirar el pindongo del caballerito, no pudo evitar bajar la cabeza cuando se le indicó por dónde venía la mano. Ahora era medio homosexual y toda su familia lo sabía o suponía.
En seguida, ante la evidente tensión, me alejé más hacia el sector de la caja, donde las dos viejas me miraban casi congeladas, o muertas, aún hoy es difícil distinguir la diferencia. Mi termómetro llegó desde el fondo de la farmacia y lo último que escuché fue que el farmacéutico preguntó:
- Y… ¿Te pica?
- Mucho – respondió el cliente, dando a entender con sus ojos que ni siquiera bañándose en una pelopincho llena con Caladril puro lograría detener el ardor.
El farmacéutico entonces corrió a otro sector privado del lugar, escarbó entre los estantes y sacó un frasco amarillento y unas pastillas. “A la mañana y a la tarde”, dijo cómplice, imaginando mientras los herpes purulentos saliendo de la maraña peluda de la entrepierna del pibe. Tampoco podía olvidar que había por allí una prostituta solitaria y abandonada, también portadora de tremendos adornos contagiados.
Yo le pagué a la señora más vieja de las viejas un segundo después que el muchacho y caminé hasta la puerta. Me topé con la balanza gratuita, esas viejas que te hacen sentir batata cuando te pesás y en las que siempre, una vez abajo, decís “igual sin las zapatillas son dos kilos menos”. Quedé conforme con lo que indicaba la flecha. Ahora realmente no me sentía tan mal.
La última vez que lo busqué con la mirada, el flaco ya estaba cruzando Corrientes con la bolsita del remedio bailando enroscada en su muñeca. Estaba feliz. Y ahora yo podía tomarme la fiebre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)