jueves, marzo 20, 2008

Incontenible

Hace unos cuantos años yo era hincha de Boca. Era una bostera adicta a la pelota, tenía problemas psicológicos graves y mi pared estaba empapelada de fotos de Diego Latorre y Martín Palermo. Iba a la cancha y le gritaba a Oscar Córdoba que lo amaba y saltaba con la 12 como si tuviera dos bolas venosas en le entrepierna galopando al ritmo de los cantitos.
La tarde en la que más cerca estuve de cagarme encima fue una en la que volvía del colegio San José de Quilmes y de pronto, en una concesionaria de autos caros, me pareció ver a Palermo. Tenía el flequillo, la cara, las piernas, todo. Yo, como buena fan, tenía la remera de boca trucha puesta desde hacía una semana. No dudé un segundo en bajarme del colectivo y correr hacia mi ídolo de la pelota. El problema fue que el 85 paró 4 cuadras más lejos que donde el tipejo estaba parado. Recuerdo correr y chivar por esas cuadras y sentir al tiempo que me acercaba, un sorete en la puerta del ojete nervioso que golpeaba por salir y empaparme la bombacha.
Esta había sido mi situación límite… hasta ayer.
Salí del trabajo a las 5 de la tarde en punto. A las 5 y cuarto estaba arriba del 60, el recorrido hasta el subte en Cabildo y Congreso de Tucumán tiene una duración de 25 minutos aproximados. Llegando al minuto 14, un retorcijón se apoderó de mi panza. Al lado mío estaba sentado un muchacho de tez negra azabache que no hablaba castellano, aproveché el ruido del motor para descargar un gasesito. Mi problema surgió entonces. Lo que era un retorcijón devenido en pedo, era ahora una imperante necesidad de cagar.
Pensé: “Tranquila Mel. Ahora te bajás y la cuadra que caminás hasta el subte va a ayudarte a que el sorete se meta para adentro de nuevo”. Esto no pasó.
Subí al subte, me senté y comencé a sentir el dolor de los cachetes del culo apretados. La sensación era la de que si dejaba de hacer esta fuerza, una fuente de mierda regaría mi calza y mi vestidito blanco.
En José Hernández volvieron los retorcijones. Subí el volumen del MP4 y me puse los anteojos para evitar que la gente viera como las gotas de sudor me cruzaban la cara y los ojos se me ponían en blanco con cada semi contracción anti gas. Ahora, la torpeza de emanar el más mínimo pedito podía significar una catástrofe ecológica, el pedocaca era casi inminente.
Rezándole a las diosas de la sequía intestinal me sorprendió la estación Pueyrredón. Una sola faltaba ahora para llegar a mi destino subterráneo. Luego restaría solo caminar las 4 cuadras hasta mi casa, subir el ascensor y correr por el pasillo hasta el baño.
En Pueyrredón el subte se detuvo. Pasaban los segundos y no volvía a funcionar. Con cada minuto de demora, los ríos de mierda se hacían más y más turbulentos. Los tubos de mi intestino estaban colapsados, el recto nunca había estado tan lleno, rebalsante, invadido de almuerzo y de merienda descompuesta. Apenas arrancó volví a apretar el culo con las fuerzas renovadas. Cagarme en el subte no era una opción.
El primer pie que puse en la calle Uriburu fue en forma de zancada. Los pasos kilométricos que estaba dando no tenían una medida exacta, me hacían doler los talones y desprendían las gotas de transpiración que pendían de la espalda. No podía más. Al hacer dos cuadras evalué que podía meterme en alguna calle vacía, cagarme encima, tirar la calza y caminar el resto del camino solo con mi vestidito blanco, sin bombacha, con olor a verdura y la cara amarilla tapada por lo anteojos. Gracias a este pensamiento pude seguir avanzando.
Las viejas, los carritos, los cirujas y zapateros se cruzaban en mi camino, pero yo no podía detenerme. Pasé por encima de un caniche, no le di paso a una mujer con cochecito e hice equilibrio por el cordón de la vereda para evitar un choque que me demorara y liberara el caudal anal ya casi incontenible.
Abrí la puerta de mi edificio, me temblaban las rodillas. Me senté en la escalera a esperar que bajara el ascensor e hice fuerza hacia abajo con la cadera para mantener el agujero cubierto con el piso. Abrir la puerta del ascensor y esperar llegar al piso 3 nunca fue un proceso tan largo. Por un segundo perdí las esperanzas y pensé en dejarme llevar por la intención de mi estómago desbordado, pero faltaba tan poco para disfrutar del inodoro…
El departamento fue abierto de un modo que aún no puedo descifrar. Mientras corría por el pasillo me sacaba la mochila, me desataba el cable del celular y me bajaba la calza, las medias y la bombacha todas juntas. Esto solo quitó obstáculos a la diarrea, que volvió a insistir con más fuerza que antes, pero por suerte, el baño ya estaba a la vista.
Qué lindo es estar en casa, aún en esos casos en los que el ano se te desangra.

martes, marzo 11, 2008

Descargo necesario

Volver a la rutina debe ser peor que cagar después de vivir a queso dos meses. Es como la sensación de muerte en vida, de que te vas secando como un confite de huevo de pascua berreta.
Ayer empecé nuevamente a cursar en la facultad. Si bien este es el último año, es inevitable que me ofusque y me replantee: “¿es este mi camino correcto?”.
Tantas veces me equivoqué en las decisiones estudiantiles que todavía no puedo creer estar a un paso de tener un título más allá del que me corona como “Ganadora de Concurso de Tetris de Mar de Ajó”.
Pensaba hoy mientras miraba a los pendejos escolares en el subte, cuánto más fácil era todo antes, cuando me levantaba y caminaba 5 cuadras hasta el colegio, me comía un sándwich de salame, hablaba de filosofía, dibujaba alguna cosa en forma de boceto y volvía para mirar a Rial, o MTV. En esa época me podía sentar diez horas a mirar videos sin que ni siquiera me picara el orto.

Hoy es un día melancólico, si todavía no se dieron cuenta continúen leyendo, sino sean cautos y abandonen.

Lo peor es trabajar. De todas las cosas que pueden haber en el mundo, la peor (sin dudas) es la de levantarte para ejercer funciones desamoradas para un ente corporativo que nada me ofrece más allá de un sueldo y ticket restaurant. Lo peor es el camino a transitar por la senda previa al labor que uno desea. El vil metal nos mueve, nos tiene tan agarrados de los pelos de la concha que no nos da siquiera opción: si no laburamos, nos morimos. Pienso sin embargo opciones, pienso en jugar al Quini 6, pero en la inversión termino perdiendo una mínima posibilidad de ahorro que hasta hoy no descubrí. Pienso en hablar con la persona indicada en el 60 para que me muestre el camino al éxito y… nuevamente, me haga millonaria. Pienso en entrar al banco un día y encontrar una bolsa de dólares y las cámaras apagadas. Pienso y me quemo. En realidad, ya me quemé.

jueves, marzo 06, 2008

Abierta

Ni el humor, ni el clima, ni la vida estaban de mi lado. Cuando estas tendencias fallan, algo raro está ocurriendo. Los astros no están alineados o las vacaciones no fueron suficientes.
Tenía que proveerme de líquido para la noche, y de pan y tomate para mis Patys. Bajé al chino que está exactamente frente a mi casa. Habían 8 personas en la cola. Ya de pensarlo me daba ganas de robar, correr y vivir por siempre en un mundo sin filas.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que apoyé mi jugo de pomelo y la mayonesa Light en el escritorio de la cajera. Los chinos no tienen cintas transportadoras, ese es un dato aparte sin importancia, pero necesitaba compartirlo.
Cuando ya todo estaba registrado y solo restaba pagar con débito, una cara familiar apareció ante mí, ante la cajera peruana y ante la china, que es como la matrona del antro. Era un empleado del subte de cara de familiar directo de Polino, con rasgos labiales y pomulares acentuados, un color anaranjado en su pelo y el rostro hecho concha, un ser que muy fácilmente usted podrá identificar si frecuenta la línea B entre Pellegrini y Pasteur. (Quiero que noten mi no deseo de delatar a este sujeto, sino de dejarlo a su propio reconocimiento mis queridos leyentes).
Este empleado del metro se paró detrás de la caja sin saludar a la cajera, encaró directamente a la china, alzó el dedo índice y señaló el dispenser de preservativos Camaleón que colgaba entre un pela papas y un magiclick. Pidió uno y se puso colorado. Pagó justo y desapareció.
Ahora me toca contextualizar para que se comprenda por qué dicha acción despertó mi curiosidad: eran las siete y cuarenta de la tarde, no era de noche y el caballero estaba uniformado todavía. Ya sea por la hora o por el atuendo, el tipejo seguía trabajando. La compra consistió solo de UN preservativo Camaleón de 2 pesos de valor, motivo de queja para el laburante insalubre que creía fervientemente que valía 1 peso, sin darse cuenta de que ahora coger por un peso implicaría usar papel film alrededor de la poronga.
Las preguntas que me surgen y me ahogan son las siguientes:
¿Los empleados del subte cojen en los baños del transporte público que nos venden como clausurado?
¿El coito sucede detrás de boletería? ¿Es por esto que nos dicen que no tienen monedas? ¿Para así despacharnos y seguir sosteniéndole la cabeza a quien gentilmente les chupa el pirulo?
Abro el espacio para el debate. Ojalá nuestro lujurioso amigo estuviera presente… otra vez será.

viernes, febrero 29, 2008

Bicho y el barrenador

Ahora que estoy acá nuevamente, rodeada de pánicos por lluvia y hecha toda una fanática del reality de Fabián Mazzei, me doy cuenta de cuánto extraño la costa.
Un día de playa en las arenas de Mar de Ajó era una experiencia para no olvidar jamás. Nuestro guardavidas tenía pelo gris por los hombros y una panza que podía tranquilamente contener a toda una familia virgen de lobos marinos hibernando. La pregunta era cómo mierda este hombre que no podía mantener a flote sus propias bolas sudadas iba a sobrevivir en un intento de salvataje.
Nadie nunca se ahogó, pero el peligro acechaba en todo momento. Apenas llegamos, mi hombre manifestó su deseo de comprar una sombrilla y dos esterillitas. Para aquellos que no sepan a qué me refiero con “esterillitas”, les comento que son como lonas de madera balsa unidas por hilitos que permiten el ingreso de arena y no son aptas para mujeres con tetas. El único modo de tomar sol sobre una cosa de esas (siendo mujer) es habiendo previamente cavado 2 pozos en la arena bajo la esterilla de modo que esto permita hundir ahí los pechos, en lugar de chocarlos contra la piedra molida.
Ya con todas las pelotudecitas encima, fuimos a la playa. Mi varón de los 4 mares comenzó a cavar un túnel para meter la sombrilla del horror con el objetivo de que quedara parada. Una vez que creyó que ya estaba, penetró el caño blanco y yo, para asegurarme, le tiré arena mojada encima y a los costados. Cabe destacar que esta arena no hacía más que volvérsenos encima como una maldición budista. Cada vez que intentaba levantar la bulba para refrescarla en las aguas negras de la costa, el miedo me poseía y debía volver a sostener la sombrilla. No sé si habré estado traumada por el joven al que se le clavó un cubre sol de estos en la nuca o si habrá sido pura intuición, pero los primeros dos días no pude levantarme y dejar a mi sombrilla tricolor sola. La sola idea de mis cantos golpeándose unos a otros mientras yo corría a detener al paraguas gigante me desesperaba, me daba ganas de llorar. Prefería asarme con ajo y perejil con una remera de Ginno Renni antes de tremenda vergüenza.
Estos días de vigiliaporposiblevuelo sirvieron para hacernos de conocidos visuales. Entre ellos solo hay una pareja que es necesario mencionar. Ellos eran Bicho y el barrenador.
Bicho era una mujer de malla enteriza, mulatona y de bigotes, con celulitis invasora tipo A, que descansaba en la carpa que el barrenador gentilmente le había construido y solo gemía desde el suelo cuando la arena la acechaba debajo de su toallón. Bicho usaba collares llamativos y sandalias atemorizantes, era una adefesio, una malformación de la madre tierra… pero tenía un barrenador a su lado.
El barrenador era un gil. Pero un gil total, así como deben ser los hombres sometidos. Tenía ojeras negras y cara de necesito un perro que me quiera. Cuando Bicho se dormía y la esperanza de que hubiera muerto renacía en el corazón del flacucho barrenante, él lentamente se alejaba, se calzaba las patas de rana y el traje de neopreno, tomaba su tabla con ambas manos y caminaba hacia atrás hasta la orilla, ante la mirada atenta del guardavidas que no sabía si dejarlo morir entre algas para evitarle una vida junto al bicho o aconsejarlo para un pronto regreso. Una vez dentro del agua, el muchacho chequeaba que bicho no supiera dónde poronga estaba y se adentraba en las olas turbulentas. Aún cuando todos esperábamos una pirueta, un brusco cambio en la marea, el gil se tiraba de panza y barrenaba como un infante hasta la zona de caracolitos enterrados. ¿Bicho lo alentaba como buena dama de compañía? No. Claro que no. Entonces él, luego de varias panzadas y oleadas, volvía, mojadito, a sacar con la palita la arena que ya para esa altura, cubría las rodillas de su espantosa mujer.
Este ritual fue visto en más de 3 oportunidades hasta que compramos un utensilio que fue lo único que regresó con nosotros al departamento: “un pituto”, lo llamó el kiosquero. Esto era un taladro de plástico que se encastraba en la parte perforadora del palo sombrillal y luego literamente se enroscaba hasta donde uno quisiera dentro de la arena. La firmeza que adquiría el palo no se comparaba con nada, ahora comprendíamos el placer de tener una sombrilla, la emoción de saber que nadie, ni el Rey Arturo ni Arana nunca la arrancarían del suelo. El temor a la sombrilla había quedado en el pasado… y Bicho también.

martes, febrero 19, 2008

¡Kching!

El sol no nos había dado tregua por más de 4 días. De pronto, mientras miraba el final de “Son de Fierro” esperando la inminente muerte de algún otro integrante de la desdichada familia de Lapport, noté que mis pies estaban plagados de granos. La alergia a la gran bola de fuego suprema comenzaba a esparcirse desde mis extremidades, creando forúnculos de diversos tamaños, colores y puntas. Entonces pedí un deseo: “Que llueva así descanso del sol un rato”.
Al otro día decir que estaba nublado, encapotado, sería poco. El cielo estaba inundado de su propia agua, la garúa por momentos caía con arena, otras veces con cornalitos y quizás, si la suerte estaba de nuestro lado, traía una sombrilla tricolor nadando entre algas muertas. La manera en la que llovía no tenía comparación.
Fue en ese instante, de hecho después de desayunar tostadas con manteca y azúcar, cuando se nos planteó la duda de qué poronga hacer en la costa con un día semejante. A dos cuadras estaba el Casino, parecía una buena opción.
Caminamos bajo el viento hasta llegar a la puerta. Era azul y los vidrios dejaban ver un detector de metales que adornaba la entrada y, a metros, las maquinitas, organizadas por fila y bordeando las pareces. Todo el espacio eran maquinitas. Cada ficha que uno metía valía $1, esto daba 4 oportunidades, valiendo así 25 centavos cada crédito.
Cambiamos 30 pesos y nos entregaron 3 vasitos plásticos con 10 monedas cada uno. Si agitaba los 3 vasos juntos, por dentro sentía como el efecto de la Bayaspirina C, pero en lugar de en la lengua, en el estómago y la cachufla.
Medio reacia me senté en un banquito sosteniendo el pulóver en la mano y no apoyando por completo los cachetes del orto, sino como “a punto de irme”. Quién iba a saber que tan incómoda pose terminaría siendo una cábala para mi cerebro adicto al juego…
De repente una vieja se me acercó, era chiquita y tenía sombra color azul en los ojos de sapo muerto. Me miró y se acercó con la cara, le temblaba el corazón y eso la hacía moverse de modo extraño. Me dijo:
- Cuidame esta máquina. Ya le jugué 500 pesos y recién me di cuenta que todas las máquinas me robaron monedas. Todas. Así que voy a ir a buscarlas. Guardame esta máquina. Pero guardámela, no te vayas, estate cerca.
Sentí miedo, no sé si por el temor de convertirme en ella o por perder su máquina y que mande un pitbull a arrancarme una teta. Sea como sea, me fui de ahí y nunca más volví a cruzármela.
Nos quedaban tres monedas para jugar. No habíamos tenido ganancias, mucho menos habíamos recuperado los 30 pesos invertidos. Decidí probar suerte en otra maquinilla, metí una ficha, nada. Metí otra ficha y por fin la suerte se anticipó a mi vida. Dos 7 de color verde y un hermoso círculo que decía DUPLICA. Instantáneamente las monedas comenzaron a caer como cataratas de sorete post choclo, golpeando contra la base de la metálica cajota haciendo resonar un constante “Kching! Kching! Kching!”, rebotando contra las paredes, esquivando los vasos ajenos que habían sido olvidados en el piso. Sentí que era millonaria y tomé la decisión más sabia de mi vida: volver a casa. Había ganado 60 pesos. Había duplicado mi inversión… y ya hablaba como una jugadora empedernida.
El ruido de las monedas “kchingueando” no se borraba de mis recuerdos. Intenté creer que era un sonido ambiente de todos los casinos kching, para que la gente sintiera que siempre hay alguien ganando kching, pero no. Eran reales, el dinero flotaba allí dentro, era mi chance de ser millonaria kching, de ser la reina del Once kching, la que sobrevive al incendio, la que desafía las leyes universales del casino kching kching kching…. Entonces volví a cruzar esas puertas de vidrio, volví a arriesgar 30 pesos, y 20 más, y 20 más, tiré una moneda, luego otra, así todas, hasta la última…. Y perdí. Perdí hasta quedar seca, disecada, muerta en mi propio vasito. Perdí como se pierde en el casino, o todo o nada. Todo.


Kching.

viernes, febrero 15, 2008

Evolucionamos

Finalmente mi caballero de armas me renovó la imagen.
Todos agradecidos y a la espera del post veraniego.

lunes, febrero 11, 2008

Empujá que entra

(Este post posee un alto porcentaje de contenido desagradable)


Era el momento perfecto. Tenía que volver a la cama solar, pero el período menstrual me estaba atacando desde hacía 20 horas. El caudal de líquido que estaba derramando en la toallita horizontal era extremo, abundante y espeso.
Mientras sostenía el cupón de ingreso al solarium tuve un momento de revelación: necesito usar tampón.
En mis 22 años jamás logré este objetivo. Año tras año postergándolo, aplazándolo sin excusa más compleja que la de "no lo necesito". Esta vez la marca de la malla estaba en juego. No quería tener esa bombacha blanca durante los meses que dure el bronceado.
Recordé que una vez había comprado una caja de estos capuchones blancos tamponeantes que todavía estaba cerrada y juntando polvo en algún bolsillo de la bolsa que me cuelga en el baño a modo de mueble.
Me senté en el inodoro a meditar y no pude evitar cagar de los nervios. Tomé la caja de OB y comencé simplemente a leer las instrucciones en voz alta, sola: "Colocarse en una posición cómoda, por ejemplo sentada o con una pierna sobre el bidet". Mierda. No tengo bidet. Me paré entonces frente al espejo, temblando, sudando, y apoyé una pierna en la bañadera. "Sostenga el tampón entre el dedo mayor y el índice", ¿el mayor era el gordo o el de fuck you?. Lo sostuve como pude. "Abra con las manos limpias los labios exteriores de la cuchufleta". Ah no. Esto ya es desagradable. Marcha sin abrirse.
Por unos segundos me sentí confiada, casi en el aire, adulta, madura y pensante. Me creí más limpia por solo tener ganas de intentarlo, pero nunca había pensado la abismal diferencia entre la lectura y la colocación.
Seguía parada en la misma pose, me goteaba un chivo de la axila derecha que me daba frío en el pupo. Me puse la punta, despacio y ya nada podía alejarme de mi cometido.
Tenía 8 minutos para lograrlo. A las 19.30 tenía que salir para la cama de sol y mi puntualidad por momentos es obsesiva.
La punta ya estaba, ahora, según el papelito instructivo, debía empujar "relajada" con el dedo índice hasta que el pirincho blanco no se viera más, pero sin olvidar que todo el hilito debía quedar afuera.
Mientras empujaba solo pensaba en mí llegando al Hospital de Clínicas con las manos ensangrentadas, la caja de tampones en el bolsillo y el maldito OB perdido en mi interior nadando entre panchos y puré. Me imaginé a un paramédico con una tenaza hurgando en la búsqueda del cornalito cachuflero y no pude evitar morir en mi fantasía, morir de vergüenza.
Al tiempo que empujaba, soplaba como si tuviera contracciones. Era como un acto reflejo. Por momentos hacía berrinches, pero luego leía en el instructivo que no hay que desistir si no te entra, porque requiere de práctica. No sé qué coño esperan de una, ¿que cuando tenga un rato libre pruebe a ver cómo me meto el chupa sangre? En fin, ahí estaba entonces con la punta adentro y empujando con timidez. Sentí como de a poco, si me relajaba, el camino parecía no tener estorbos y el tamponcito se hacía camino como un dedo en concha mojada de boliche, sin dolor, pero con sensación extraña.
De pronto hubo una especie de succión, como si ya nunca pudiera recuperar el pequeño absorbente de la cavidad donde se había escondido, pero el hilo seguía afuera, algo tenía que haber hecho bien, pero no estaba segura… mejor llamar a un conocido.

- Hola Sam, perdoname que te moleste… ¿estás ocupada?
(Sam estaba comiendo algo) – No, decime
- Bueno, este, me acabo de poner mi primer tampón
- Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeennnnn Meeeeeeeellll
- No, no. Bien no. Necesito saber si está bien puesto, ¿cómo garcha me doy cuenta?
- Si te mirás, ¿está ahí?
- Ehh… no. Pero si toco un poquito sé que está ahí. Camino raro, lo siento.
- Bueno Mel, vos seguí caminando, si no se sale está bien, pero si sentís alguna molestia, algo está mal…
- Pero mal cómo
- Y quizás te lo metiste torcido

Ya estaba blanca y no solo por estar desangrándome por la entrepierna, sino por la posibilidad de tener un algodón comprimido y torcido deformándome la chula. El solarium estaba a 4 minutos.
Caminé por el pasillo unas cuentas veces, hice fuerza como para cagar y se me presentó un interrogante: ¿Cómo meo con esto ahí?. Antes de descubrirlo salí a la calle. Me sentía como con cistitis, como si tuviera un pedazo de hielo seco humeando desde mi agujerito.
Llegué al solarium y no tenía turno para broncearme, por un momento me indigné por el arduo trabajo que había hecho en vano. Me informaron que volviera un día después, ya sin sangre y definitivamente, sin ningún otro tampón en mi putísima vida. Me queda una caja casi completa, ¿alguien la quiere?

jueves, enero 31, 2008

En la cama

La playa está próxima, ya huelo el mar y avisto a las viejas carroñeras en la orilla destruyendo caracoles cada vez que depositan el orto en la arena para mear sin que el guardavidas les vea caer el chorro. Mar de Ajó está a días de distancia, tengo que prepararme.
Mi última visita a la playa estuvo marcada por ampollas, ronchas y una hinchazón hasta en el clítoris que el sol me había causado en sus horas no recomendables. Como este año el sol eterno que tenemos los argentinos cada vez pica más, decidí no solo comprarme bronceador factor 1000 y crema de aloe vera post fritura, sino también darme una base de cama solar.
Era mi desvirgación dentro de esa máquina de la muerte, por eso llevé a mi hombre alado para que me acompañara en el sentimiento. Grande fue mi pesar cuando supe que solo podríamos entrar de a uno.
La chica que me atendió dentro del "solarium", como le llaman las gronchas, tenía el color exacto con el que una teme quedar al salir de dicho espacio. No era naranja, sino más bien color sambayón con cerezas. Primero me comentó las módicas sumas a las que debía enfrentarme en cada sesión, luego se sinceró y afirmó: "A vos te recomiendo que empieces con una baja intermedia de 6 minutos". Claro, porque soy verde. Está queriendo decir que soy verde esta hija de puta, la odio.
La muchacha sambayón me dijo que la siguiera porque me iba a explicar cómo debía comportarme dentro del tubo del horror y lo más importante, cómo debía accionarlo. La cama horizontal donde uno se asa tipo colita de cuadril estaba rota, así que me indicaron una especie de transportador espacial vertical en donde yo debía pararme sin mover el culo para no quemármelo con unas luces violetas y sostenerme sin soltarme nunca de unas manijas que colgaban del cielo. Para que todo arrancara, debía toquetear un botón negro.
Después de este primer instructivo, esta misma yegua me dijo que me "preparara" en otro cuarto, lo que yo entendí como ponerme en bolas antes de asarme, pero no. Era desmaquillarme. Me saqué un poco el delineador, tomé los anteojos verdes antiparrescos que me habían dado como protección y salí a enfrentar al sol de mentira.
No quería tener marcas de malla ni de bombacha por lo que realmente me quedé desnuda. Desnuda, con un rodete y los anteojos verdes. Estaba lista para volar a Marte para ser fecundada por un ganso. Me paré ahí adentro, tomé las manijitas, cerré la puerta y toqué el botón. Automáticamente unas turbinas de calor comenzaron a escupirme su violácea fragancia a verano que no es. Empecé a sudar casi al tiempo que la radio que ponen para que uno no se desespere pasaba un tema de Mika que me hace delirar a puntos extremos.
Un contador de minutos marcaba el ritmo descendiente de los 600 segundos que debía tolerar antes de salir con un bronceado casi estupendo. Una especie de desmayo me quiso atacar, pero no lo permití, ahora sonaba Diego Torres y no quería sucumbir ante su canto. Cuando faltaban segundos para terminar, el tubo solar conmigo dentro quedó a oscuras. Sentí que me cagaba, las turbinas ahora tiraban aire fresco que me entraba por la cachucha y me la congelaba. Lo que me faltaba era salir con cistitis. Por alguna razón, seguía aferrada a la manija.
El viento, los anteojos, el miedo de que un peluquero desorbitado me entrara a chupar un pezón chivado… todo comenzó a girar en la oscuridad y de pronto: pffffffffffffffff. El contador de segundos llegó a su fin. La puerta se destrabó y yo, desnuda, transpirada y sin maquillaje me miré al espejo para descubrir que nuevamente y como antes, seguía siendo color verde musgo.

viernes, enero 25, 2008

Abrime el agujero

Los días antes de las vacaciones con como una cinta de caminar eterna que nunca se detiene, que nunca te hace perder calorías, que te hace chivar y le suma puntos al mal humor habitual. De pronto, a 5 días de correr despavorido a oler almejas, te ves a vos mismo desde las alturas odiando hasta a las Vaquitas de San Antonio, esos bichos de mierda que habría que denunciar por calumnias porque jamás en su puta existencia me han cumplido un mísero deseo.
Esperando estaba cuando decidí que me había hartado de respirar con un solo agujero de la nariz. Sí. Exacto. Nunca creí que las personas tuvieran decisiones de ese tipo, pero las tienen, las tuve. Me pedí un turno en el otorrinolaringólogo y lo anoté en mi agenda para nunca olvidarme.
Cuando llegó el día me invadió una sensación rara, parecida a la vergüenza. Una persona con nariz importante, prominente, impactante (todos sinónimos que le dan menos carácter auto discriminatorio) es feliz siempre y cuando nadie se detenga a mirar su nariz. Es simple: si alguien tiene una verruga con pelos erectos en el cachete y una se pone a mirarlo como esperando que la salude, una cierta sensación de extraña vergonzocidad atrapa al portador de dicha deformidad. De igual modo sucede con el órgano olfateador. De pequeña solía incomodarme cuando la maestra explicaba el sentido del olfato, de más grande al hablar de perfil laboral. Hoy me siento adaptada a mi parte, pero al ver mi respiración afectada quise ver qué solución existía…
El otorrino gracias a la Virgen Santa de los Párpados Caídos era una mujer. Al momento en que ingresé en el consultorio me dijo “¿cuándo querés operarte?”. Epa, cálmese señora, pensé, y acto seguido me encontraba en una camilla con la vieja chota hurgando en mi napia como si fuera un fenómeno del circo de los deformes. Me mandó a hacerme una tomografía. La tortura recién comenzaba…
Entré a la clínica sin darle paso a una embarazada y arrojándole la puerta encima a un decrépito con bastón. Realmente no fue a propósito, pero para todos los que me vieron me convertí en el peor ser humano que jamás se había hecho una tomografía computada. Mientras esperaba solo pensaba una cosa: me van a sacar fotos de la nariz, nada podría ser peor. Me imaginaba a decenas de doctores rodeándome con martillos, peleando por destruir mi tabique, sentía los flashes de las fotos quemándome las fosas nasales como con cloro. Sentí cosas horribles… hasta que llegó mi turno.
Mi tomografiante era alto, gordo y amigable. Me miraba la nariz, eso es claro, pero también me miraba las tetas, por lo que no me preocupé ya que no me catalogaba como un ser asqueroso. Hablamos de mi tabique, de mis accidentes en la pileta, de mi poca respiración y de los ronquidos que nunca tuve, pero debería tener. Me metió en un tubo ruidoso y me hizo sacar la hebilla del pelo.
Minutos más tarde volvió, yo esperaba acostada a que me diera la orden de levantarme. Cuando lo hizo me paré, me dijo que el lunes retirara el estudio, acotó que mis agujeritos napiales eran hiper pequeños, que seguro todo iba a salir bien y que se había olvidado de preguntarme si estaba embarazada, que no lo hizo porque no parecía estarlo. Le agradecí por el cumplido aunque sabía que tenía las tetas hinchadas por la premenstrualización. Lo saludé con un apretón de manos, me indicó el camino y salí a la calle. Mi lección del día es que nada es tan malo como ir al dentista.

lunes, enero 14, 2008

Perseguidos

Siento como de a poco se va friendo mi culo en el asiento del colectivo. Percibo como las gotas de transpiración le sirven de aceite y me dibujan la espalda llena de hongos, la surcan, la contornean, la mojan con una capa grasa que conjuga mugre, desodorante, crema sedal para los rulos y cuero del bondi.
Leo un libro de Saramago mientras los días pasan. Tengo que leer las carillas dos veces para entender qué carajo quiere decirme con su modo de viejo ancestral rebuscado, pero una vez que lo capto realmente me intereso y hasta recomiendo su lectura. Se llama “Las intermitencias de la muerte”.
Como siempre, como cada día banal que pasa, me subo al 60 a la salida del reclutamiento laboral, me siento en el espacio disponible u observo con detenimiento a las primeras filas y me ubico próxima al que más movimientos corporales esté haciendo, o a la que esté guardando el celular, o acomodándose las tetas, todos esos son actos que un ser hace cuando está por bajar del colectivo. En este viernes particular yo elegí bien a mi presa, era un señor de bastón que estaba casi parado para el momento en que llegué, le goteaba lagaña por la cara y miraba como llorando a todo el mundo, como pidiendo un Lexotanil. Me senté y abrí mi libro en la página 98 en la que me había quedado después del subte.
Pocos minutos pasaron hasta que las sirenas de tres patrulleros y un camión me dejaron los oídos sangrando y acto seguido el colectivero hizo un giro brusco y estacionó sobre la Panamericana, parecía como si de pronto Sandra Bullock hubiera tomado el volante y todos fuéramos a morir impactados contra un local de panchos en el Unicenter. Los patrulleros de pronto estaban alrededor del colectivo, los 4 señores bronceados por la naturaleza que más últimos habían subido al 60 estaban agolpados contra el vidrio de adelante y las viejas, adolescentes y generación con auriculares estaban blancos, cagados o cagándose encima esperando que alguien explicara por qué tanto quilombo.
Antes de los motivos que esperábamos, los hombres de la ley fueron subiendo al colectivo gritando, corriendo, saltando como Heidis terroristas y repitiendo la siguiente frase: “Abajo las cabezas y arriba los bolsos”.
Si bien una podría pensar que estos individuos venían a robarnos hasta los tampones chorreantes que nos colgaban de la entrepierna, realmente intentaban hacernos el bien. Con las escopetas que cada uno de los polis tenía, tocaban las mochilas erectas para ver qué llevábamos adentro, casi como si hubiéramos estado en contacto con la bulba de Shakira en su etapa de piojos más feroces.
Los morenos del vidrio de adelante pecaban por portación de rostro. Pobrecitos, primero sonreían hasta que notaron que tenían todas las de perder, o ganar, ya a esta altura todos pensábamos que solo podía ser peor estar escuchando a Ricardo Montaner cantar alguna melodía feliz.
Resulta que los señores buscaban a un ladrón maléfico que había huido con una camioneta roja y un bolso negro y se había subido a un 60 (de los mil que circulan por Panamericana a esa hora) por la puerta de atrás. Imagínese la cara de la señora ahora que sabía que había entre nosotros un mal viviente que en cualquier momento podía empezar a los tiros desde el fondo, dejándonos a nosotros a su merced, haciendo con esto el hecho más memorable del 2008 para todos los viajantes, o al menos para los que lograran sobrevivir…
Con la mochila alta y las tetas goteando naranjú, los policías me perdonaron. Nos perdonaron a todos. El ladrón no era uno de los nuestros, ni siquiera había tocado con la punta del pito una ventanilla de nuestro transporte.
Un gran operativo para los años de milicia. Un golpe desacertado para los tiempos que corren...