martes, enero 26, 2010
Talón Mojado
Durante mi ausencia, el lugar de 4 x 3 se transforma en el cuarto de costura de la tía Carmen. Una ventana ubicada sobre la puerta permite el acceso ininterrumpido de arañas, polillas y mosquitos, los cuales acechan desde lo alto, esperando el momento preciso en que me entrego a los placeres de la cama de una plaza, para picotear mi cuello, talones y partes íntimas.
La tía Carmen me plancha, me cocina y me prepara el desayuno. Si mi horario de llegada supera las 2 de la mañana me pregunta si cogí. Si comparto la comida, me pregunta si cojo con quien la comparto.
Dos noches atrás tuve ganas de hacer pis a eso de las 3 de la madrugada. El baño está fuera de mi pieza, cruzando el pasillo y el cuarto de la tía. Para acceder al preciado inodoro debo atravesar el pasillo, una puerta metálica pesada, despertarla, despertar a Colita, la pequinesa que duerme a los pies de su cama, esperar que prenda el velador, shushee a la perra y sentarme a largar el cloro con la culpa de haber perturbado su plácido sueño.
Al principio evité cualquier tipo de bebida después de las 21:30, horario en el cual la tía se acuesta a mirar Tinelli. Esto no funcionó. Me encontré despertando a las 2 de la mañana día tras día, aguantando el pis hasta largar una partecita en la bombacha. Me dolió la vejiga durante días enteros. Pero una noche la situación se me fue de las manos.
Había tomado medio litro de Coca Cola, de postre sandía y me había llevado un vaso con agua a mi cuarto, por las dudas. Como la cena había constado de pizza y anchoas, la sed estaba fija en mi boca como el sarro de mis dientes inferiores. Hice mi regular pis de las 21.20, miré tele hasta las 23.50 y me dispuse a dormir. Pasaron menos de 3 horas cuando me levanté desesperada por evacuar la “porta meo”. Tenía la panza hinchada, las piernas estiradas y aún así, el pis no dejaba de pujar contra mi chula. Decidí que no podría dejar de despertar a mi tía esa noche. Decidí atravesar el pasillo, una puerta metálica pesada, despertarla, despertar a la perra que duerme a los pies de su cama, esperar que prenda el velador y shushee a la perra. Pero un inesperado obstáculo se sucedió en el proceso: la puerta metálica, la siempre abierta puerta metálica, estaba esa noche cerrada.
Me senté en la cama con las rodillas entrelazadas y pensé todos los objetos dentro de los cuales podría mear: El balde tenía dentro ropa y jabón, por lo que quedaba descartado. Cacerolas y bowls me generaban asco: sentí que cada vez que mi tía Carmen cocinara dentro de alguno de ellos, una arcada se suscitaría por mi tráquea hasta mutar en vomitito. Miré con cariño a mi botellita personal de agua, pero la sola idea de mancharme las manos en el intento de emboque del chorrito me dio frío y, nuevamente, objeto descartado. Fue entonces cuando mis ojos se cruzaron con la alcantarilla del patiecito interno…
Apagué todas las luces de la casa y tomé el celular para alumbrar mi camino. Con la vista fija en la puerta metálica, apoyé la espalda contra la pared, quedando en posición de sentada, pero sin silla, como en el aire. El primer chorro de pis salió de mi vejiga como impulsado por una catarata de chinos escapa tifón, mojando enteros mis talones. Intenté por todos los medios contener mis paredes vaginales, intentando hacer menos potente al eterno disparo de meo, pero ya era demasiado tarde. Al caer mi pis en la alcantarilla y hacer contacto con la mugre que allí moraba desde 1952, un olor nauseabundo empezó a teñir el aire. Fue en ese instante y gracias a la pantalla de mi celular, cuando vi las cucarachas saliendo de mi eventual pelela. Trepaban por las rejas de la alcantarilla, todas empapadas por mi meo y corrían despavoridas con rumbo incierto. Una de ellas chocó contra mi talón, lo que ocasionó que saltara, cagada del miedo, y mojara con pis naranja las botamangas de mi pijama gris. Ahora mis talones no eran los únicos con evidencias de la difícil noche.
Segundos más tarde, todo el líquido había desalojado mi vejiga y siendo las 3.07 de la madrugada, me dispuse a dormir en paz. A la mañana, mientras desayunaba café con leche instantáneo con Criollitas y mermelada, mi tía Carmen, mientras prendía un espiral para los setenta y cuatro mil doscientos dos mosquitos que nos acechaban, exclamó: “¡Qué olor! Esta perra de mierda seguro meó en el patio”. Mal o bien, yo también culpé a Colita.
COLUMNA PUBLICADA EN LA EDICIÓN DE ESTE MES DE "MAVIROCK REVISTA"
domingo, enero 17, 2010
Renacer
La oportunidad lo arrojó de frente a un corsa blanco vendido por uno de mis primos, nuevo, divino. Con estéreo. Llegamos a la conclusión mística de que al Fiat 1 le había ido tan mal por no haberlo llevado a bendecir a Luján, como a todos los autos familiares previos a ese. Con una semana de anticipación comencé a torturar la mente de mi padre con mensajes de estilo “el domingo vamos a Luján, no rompas mi ilusión”. El sábado me quedé a dormir en tierras quilmeñas, solo para despertarme el domingo a las 11 y partir rumbo a esta gran sede de catolicidad extrema.
Partimos 11 y cuarto. El calor me derretía las suelas de las ojotas, me despegaba el protector diario de la bombacha… aún cuando el aire acondicionado estaba creando estalactitas en las gotas de sudor que le chorreaban a mi padre por la pelada. Decidimos que la FM Hit con todo su pop reggeatonero feliz y amigable para viaje sería una emisora lo suficientemente impactante para emprender la hora de camino. Hicimos varios kilómetros cantando partes de temas mal recordados, hablando banalidades y festejando que por primera vez en años podíamos viajar con aire acondicionado. No podíamos evitar quejarnos por la cantidad de autos que habían decidido tomar esa misma ruta un domingo a la mañana. Ni en las peores predicciones hubiéramos imaginado al camino tan atestado. La visión era la de un rompecabezas de mil piezas desparramadas sin orden sobre el asfalto.
Entonces, sin un segundo de mentalización, el vehículo que venía frente a nosotros se detuvo como pija post inyección de viagra. David Bisbal estaba en la radio cantando ese tema idiota en el que le cuenta a su pareja actual que no para de pensar en su ex. Mi viejo volanteó hacia la derecha y el auto comenzó a girar descontrolado. Durante la primera vuelta recuerdo haber preguntado, desde una inagotable paz mental: “¿Qué está pasando, pa?”. Papá sostenía el volante y los dos nos sosteníamos del asiento. Las decenas de autos que nos secundaban nos esquivaban casi en un acto ensayado con Tom Cruise y todo el elenco de Misión putamente Imposible. El segundo trompo me dejó ver de frente a los acompañantes de los demás autos, llevando sus manos a la boca, sorprendidos de que no estuviéramos de cabeza en la ruta, destripados como codornices en las fauces de un bretón.
Luego de los giros, nos pegamos de espalda contra el guardarraíl y cabeceamos hacia adelante. Nos miramos, estábamos blancos, en silencio. Salimos a ver los daños que el auto se había hecho: eran nulos. Solo un raspón. El tema de David Bisbal había terminado. Le dije a mi padre que si moríamos llevando el auto a bendecir, iba a ir al Cielo a comenzarle un juicio político a Dios por practicarnos terrible paradoja. Pasamos unos minutos sentados al lado de la ruta viendo pasar a la gente. “Analicemos lo que acaba de pasar”, le sugerí a mi viejo, muriendo de risa: “No era el día para morir”.
Veinte minutos después, la Basílica de Luján nos recibió. Mi escepticismo se diluyó como tomates hervidos en colador y en seguida acepté el rosario pulsera que mi papá me regalaba. Compramos santos para toda la familia, colgamos un llavero del Sagrado Corazón en la llave del auto y un pequeño rosarito del espejo. Cuando llegamos a casa abrimos una cerveza, volvimos a mirarnos y sonreímos. Hoy, 17 de enero del año del mundial, mi padre y yo volvimos a nacer.
miércoles, diciembre 30, 2009
2.0.1.0
1- Quedarte sola un tiempo, te da ganas de estar sola.
2- Cuando los tipos tienen exceso de amor es porque mientras pulen tu estatua de bronce, te están moldeando una cabeza de toro: “Mejor pirata conocido, que amoroso demostrativo”.
3- Como escribí hace un tiempo: “Confiar que las cosas pueden salir bien es bueno de vez en cuando”.
4- Mudarte cerca del trabajo, siempre será una buena opción.
Quiero aprovechar este solemne acto de estupidez humana para agradecer a todos los que de alguna manera estuvieron presentes en estos momentos bisagra que me desconcharon la brújula de la monotonía.
Brindo con todos para despedir a este año pedorro.
Apostemos a uno mejor... o que al menos nos agarre mejor parados.
Feliz 2010.
PD: Se vienen las crónicas de soltería en la casa de la Tía Abuela Carmen… respiren hondo y aguarden.
jueves, diciembre 17, 2009
Araña en la Pared
Seis centímetros de largo,
patas flacas y es marrón
Se encuentra arriba de la puerta
mirando al techo con firmeza
y moviendo sus carnitas con dolor
Está a dos metros para arriba
y yo sin raid ni red,
tampoco un buen insecticida
que la queme como a un papel
Entonces una idea
de palo, elástico y ojota.
Esta última encadenada al primero,
pegoteados por un nudo fabricado con el segundo:
un aplasta arañas de pared.
Y salto y golpeo y erro
Y marco un cuarto creciente color gris en la pared
Y salto y golpeo y erro
y el bicho del infierno se mueve;
me cubro la cabeza y pausa.
Y ahora sí:
salto y golpeo y aplano
achicharro, desprendo y mato
a mi araña en la pared.
Cae rendida en una bolsa,
con sus patas entregadas,
el cuerpo frío... sí. Murió.
Una servilleta y un coraje,
la entierro entre los dedos,
(el papel amortigua el tacto)
y a su tumba la regalo,
en el tacho, en la cocina,
en lo más alto de la bolsa.
Chau araña del infierno,
chau mi bicho en la pared.
viernes, diciembre 11, 2009
Hermandad
Íbamos a ponerte “Bianca” si eras mujer. A pedido mío, claro, solo porque amaba a una ratona que llevaba ese nombre en el mundo de los dibujitos. No sabía si quería tener un hermanito. Menos que fuera varón. Era una competencia absoluta por el amor de nuestros padres. De todos modos fui feliz a la clínica. Eras violeta y tenías las bolas negras y gigantes. Las tuyas, querido hermano, fueron las primeras pelotas de hombre que vi. Y te llamamos Franco.
Empezaste el jardín de infantes cerca de casa y me emocionaba irte a buscar, a vos te daba lo mismo. Nos llevábamos como el culo, yo abusaba de mi tamaño y vos cedías ante mi desespero por usarte como a un juguete. Te hice personaje de mis tardes de te con peluches, de mis obras de teatro de títeres y hasta te pegué con el pañal puesto solo para escuchar el ruido apagado que hacía sin que siquiera lloraras. Ahora sí podía afirmarlo: me gustaba tener un hermanito.
Verte con el uniforme del colegio el primer día de tu primer grado fue divertido. No nos cruzábamos mucho en el colegio, pero a veces me quedaba un ratito más para verte entrar y huevear entre los tuyos. La mochila te quedaba enorme sobre tu espaldita, eras petizo y tenías noventa millones de rulos perfectamente amoldados sobre tu cabeza. Mamá te peinaba con raya al costado para disimularlos, pero nada menos disimulable que un niño color mota con pelo lacio achatado.
De pronto estoy preparándome para ir a tu fiesta de egresado del secundario. De pronto creciste. Y es raro cómo funciona el tema de la “hermandad”… ese amor incondicional por personas que, si uno se pone a pensar, no ve tan seguido como a algunos amigos, novios, chongos, lo que sea. Pero los hermanos están siempre. Y en esos momentos tan importantes de la vida, o tan intrascendentes, por qué no, queremos abrazar a un hermano. Nos enorgullecen los logros de los hermanos como no lo hacen los de los amigos, nos inflan el pecho. Sufrimos a través de sus heridas y reímos con sus triunfos y primeras borracheras.
Aprovecho entonces este momento importante. Lo hago mío porque te vi crecer, hacerte la persona que sos, con tus fallas, tus ataques de histeria, tu frenética canalización de estrés golpeando tu cabeza contra la pared. Hago mío este momento porque lo merezco luego de que arruinaste casi la totalidad de mis muñecas pintándoles los ojos con fibra roja simulándoles sangre. De más está decir todo lo que te quiero, pero igual lo hago. Y te felicito, hermano. Te felicito por haber crecido.
lunes, noviembre 16, 2009
Mi Primer Beso
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Empecé a ir a Mar de Ajó teniendo 12 años. Era una época funesta de mi vida en la que abundaban las bermudas anchas de algodón con la cara de Ciro Pertusi, zapatillas deportivas y medias de distinto color. Si a esto le sumamos una raya al medio, frizz y ondas peinadas a cepillo, bien esponjosas y sin rebajar, entenderemos por qué lo de la calificación nefasta.
A esa edad, envuelta en una bandera de Boca, un día nublado de playa, me levanté a pedirle agua caliente a los guardavidas (recuerdo que uno se llamaba Cacho, otro Roberto) cuando una voz joven me increpó: “Eh, vos, bostera amarga”. Lo miré y me enamoré. Se llamaba Chrisitan Benito. Tenía los ojos más azules que jamás hubiera visto. Convengamos que con mi apariencia andrajosa no obtenía cumplidos más allá de mi tercera generación parental.
A la fuerza, para lograr que al menos me dirigiera la palabra, nos hicimos amigos. Esto me afectó un poquito cuando él me comentaba de sus experiencias sexuales de viernes, sus compañeras de trabajo peteras y demás especimenes de la naturaleza femenina que ya todas conocemos o todos degustaron.
Llegué al punto de desear tanto pasar al menos un día en Mar de Ajó, que pujaba para aventurarnos a la vacación ante cualquier festejo personal o feriado. Para mis 15 años, ya amando a Christian por casi 3, mi madre me ofreció: “Meli, ¿hacemos una fiesta o un viaje a algún lado?”. Yo elegí irme a Mar de Ajó. Tres meses. En Mar de Ajó.
Me convertí en una amadora en silencio, deseando cada verano que Chris se enamorara de mi versión evolucionada, pero no fue hasta la noche del 5 de enero de 2001, mi cumpleaños de 15 soñado (pizza, un dije de “15” con los colores de Boca, regalo de mi hermano que todavía guardo celosamente), cuando se produjo el milagro.
Yo esperaba sentada en la puerta del departamento, jugando a armar un rompecabezas de Bart Simpson y leyendo a Borges, “Historia Universal de la Infamia”. Mi amado volvía de Coto alrededor de las 00:30 y yo le ofrecía mate y algo de comer sin que él jamás lo pidiese. Como debía pasar por mi frente antes de llegar a su hogar, una cuadra adelante, yo era un paso obligado (casi).
Esa noche me senté en la puerta con mis crines mojadas y un vestidito de algodón color sambayón. La luz de afuera no funcionaba, mi madre y su esposo ya dormían, mi hermano también. La temperatura estaba ideal y me habían dado sidra por mi cumple feliz, así que estaba encantada y rosada.
Christian llegó de pronto en su bicicleta, se sentó a mi lado y se tomó un mate. Recordó entonces, por una sobra de torta que yo le había resguardado, que hoy llegaba a los 15 años y era una noche especial, sin contar que ya era Reyes y la magia estaba pegoteada en la humedad de la noche.
Comiendo torta nos manchamos la boca. Limpiando la boca, me dio mi primer beso. Su barba pinchaba en mi pera, mi nariz rebotaba en su pómulo y su lengua raspaba tanto. Entendí que si cerraba los ojos todo se vería mejor y dejaría de asustarme por sus ojos entreabiertos medio zombis que me miraban en blanco tan de cerca. Fue entonces cuando noté que me estaban sangrando las comisuras de la boca. Se ve que Christian no tenía tanta acción como todos pensábamos. El gusto metálico y su lengua tan exitada me empezaron a dar miedito, pero este fue reemplazado por la primera tocada de orto que de pronto me anticipó en una nalga. No contento, me tomó con una mano entera un cachete del culo. Por el susto, me fui hacia adelante raspándome las rodillas, sangrando notablemente y delirando con que mi madre abriría la ventana y asumiría instantáneamente mi desvirgación anal.
Nada de eso pasó. De pronto Christian se calmó y los besos cesaron. Su lengua se resguardó y mi regalo de 15 había sido alcanzado. Nunca más, desde ese día, Chrisian volvió a insinuarse. Yo tampoco volví a usar bermudas anchas de Ciro.
sábado, octubre 31, 2009
Los Hermanos Sean Unidos
- MEL dice: "Hermano te tengo que mostrar algo, ¿podés ver?"
- F R A N C O dice: "Depende qué, a ver, decime qué es..."
- MEL dice: "Christian castro. Mirá esta FOTO y decime cuando hayas visto."
- F r a n c o dice: "Listo, la vi. ¿Qué pasa?"
- MEL dice: "Es igual al de esta FOTO"
- F r a n c o dice: "Cuándo y en qué momento se te ocurrió la comparaciónnnnn, jajaja
- MEL dice: "Recien. Es IGUAL, IGUAL."
- F r a n c o dice: "Muy parecido, la mirada... le falta una pija en el culo a E.T nomás"
- MEL dice: "Ahora cada comentario de alusión homosexual que escucho me hace acordar a Toti Pasman, te juro"
domingo, octubre 25, 2009
Cuarzo Rosa
La siguiente es una canción. De hecho, es la primera canción compuesta utilizando la "FÓRMULA ARJONA", a la inversa. Por "FÓRMULA ARJONA" se entiende la utilización y abuso de cualquier tema femenino repugnante para generar canciones románticas para llorar. Ejemplos: la menstruación, los 40 años, las carnes blandas.
El pensamiento que subyace bajo este tema es "si a Arjona le funcionó hablar mojadamente de los temas escatológicos femeninos, a mí debe funcionarme a la inversa, es decir: hablar mojadamente de los temas escatológicos masculinos".
La siguiente canción, "Cuarzo Rosa" es la primera hija de esta fórmula, haciendo en sus líneas una clara alusión a la disfunción eréctil. Otros capítulos futuros referenciarán a la eyaculación precoz, la mierda en el calzón blanco y muchas cosas más.
Porque si Arjona pudo, nosotras podemos.
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Había robado maquillajes
de carteras de mis amigas,
lencería nueva, medias y hasta un portaligas,
fragancias, velas, la luz baja
y un cuarzo rosa sobre la mesa
(es bueno para hacer el amor, lo dice en las librerías)
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Y no se te paró...
como un kanikama al sol,
no, no se te paró
no te preocupes, son cosas que pasan,
¿dónde escondo nuestra noche de amor?
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Bordeaste mi panza y me mordiste una costilla,
sentí cosquillas en los dedos,
un circo de libélulas se anidaron en mis huesos...
pero de pronto te alejaste
“ya vuelvo hermosa”, te levantaste
tan apurado y tan distante,
la luz del baño no fue discreta…
quise dar vuelta la mirada,
recibir una llamada,
pero tarde era para escapar
.
Y no se te paró.
la materia no se solidificó,
no te preocupes, les pasa a todos,
¿qué otro día en esta semana te queda mejor?
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No se te paró,
el placer se alejó,
no, no se te paró,
ya vendrá nueva ocasión…
Si quiero.
miércoles, octubre 07, 2009
Un éxito
Las 5 de la tarde del lunes no llegaban más. Las agujas parecían determinadas a hacer lo más tediosa posible la espera.
Mi Nani me recibió en su cuarto a las 2 de la tarde. Como siempre, festejó mi entrada como si hubiera hecho algo para merecerlo, más que adorarla con el alma entera. Ella estaba nerviosa, yo desesperanzada. No podía expresarlo, pero sus ojos lo decían a gritos. Perdía la vista en la ventana y desfilaba su cabeza rapada con orgullo. Se acomodaba la cofia y me señalaba lo nuevo de su camisón. Le dije que si salía de esta, iba a comprarle pañuelos para que saliéramos juntas a lucirlos. Se me cagó de risa en la cara. “Si salgo, no cocino más”, arrojó. Fue la frase más clara de la tarde.
Arrimando a las 16:30, quiso dormir una siesta. La dejamos sola mientras por dentro pensábamos si esta sería la última vez que íbamos a verle la sonrisa, la cara rosada y los ojitos ansiosos.
Me senté en el pasillo con mi mamá, mi abuelo, mi hermano y familiares varios. Me reencontré con mi madrina después de 16 años. El sillón me escupió al suelo y apoyé la espalda en la pared. Rompí a llorar y me acordé del jardín de mi Nani. La vi cortando camelias y poniendo dos rosas en la mesa para servirme el desayuno que yo tardaba 8 minutos en comer. La vi sirviéndome mi almuerzo de colores: un puchito de cada verdura, armando un degradé de comidas a lo largo y ancho del plato playo.
La vi haciéndome girar a upa mientras La Ola Verde estaba en su máximo apogeo. Me vi asustándola con una serpiente de vidrio, haciéndola caer por una escalera. Me vi estática pidiéndole perdón y a ella, hecha concha en el piso, riéndose y perdonándome.
A las 17:30 nos avisaron que se iba para quirófano. De a uno podíamos pasar a darle un beso para regalarle ánimo. Sin pensar en despedidas, me levanté y enfilé para su cuarto. Me temblaban las piernas. No quería creer que este podía ser el último beso en esos cachetes tirantes de 75 años. Pero lo pensaba.
“Te quiero mucho”, le arrojé mirándole los ojos tristes y asustados. Hundí mis labios mojados en su pómulo. “Mucho, mucho. Cuando salgas nos vamos a cagar de risa de esto”. Soné hipócrita en mis propios oídos. La fe de los realistas deja tanto que desear…
Salí y, de nuevo, me ahogué en el llanto de la espera. El segundo beso lo dio mi hermano. El miedo nos hizo uno.
Y comenzaron las charlas triviales. Asaltos, muerte de Mercedes Sosa, gas pimienta, cocinar cuando el novio cocinero está en Manila, terapia. El celular pedía aliento y energía positiva, esa que el cuerpo deja de fabricar cuando el cagazo es inmenso.
A dos horas de operación, el neurocirujano se hizo presente en la sala. El silencio cuajó las paredes. “Los familiares directos al quirófano, por favor”. Mi mamá caminó al instante. Mi hermano y yo la seguimos. Ante la duda, el olor a mala noticia se hace tangible.
“Bueno. La operación fue un éxito, sacamos un 80% del tumor, la paciente ya está extubada y con los ojos abiertos. Un éxito todo. Ahora lo restante lo tratamos con rayos, pero ya podemos decir que lo más difícil ha pasado.”
Mi mamá abrazó al cirujano.
Me reí con la boca entera.
Los ojos de mi hermano se emocionaron como cuando mi papá le regaló un tren ruidoso a los 7 años.
Mi abuelo, que justo había salido a respirar un poco, saltaba en la planta baja y salpicaba de llanto feliz a quien se le pusiera en frente. Sesenta años de amor lo habilitan para llorar como un mocoso.
El llanto de mi garganta se almacenó bajo llave.
Confiar que las cosas pueden salir bien es bueno de vez en vez.
Gracias a todos los que se preocuparon, los que alentaron por cualquier vía y a los que pensaron desde lejos.
sábado, octubre 03, 2009
Vale todo
En general, soy de las que vive esperando el batacazo ante la primera oleada de cosas buenas. Es sabido que lo choto de la vida se acumula en pequeñas dosis largadas de a grupo en momentos inoportunos o demasiado felices. Llegan para romper la estabilidad, cachetear a la rutina y recordarnos que somos mortales, que no valoramos lo que debemos o que directamente (y peor) damos mucho por sentado.
El miércoles 23 mi hombre alado viajó a Manila, en la berruga de Filipinas. A la vuelta de la concha de mi primera perra. El jueves lloré. Me molestaba su olor como en un constante aviso de llegada pronta, de nunca ido. Alteraba mi mente ver su desodorante en el baño, su barba cortada en la afeitadora que le regalé y uso para podar mi flequillo. Extrañarlo me arde como arrebato de sol en cuerpo aceitado. Hierve la aorta.
El viernes mi abuela es internada porque se le caían los vasos mientras lavaba y se la veía incómoda pelando una naranja. El viernes también le encontraron un tumor del tamaño de una ciruela en el lado izquierdo del cerebro. Ahora de pronto tampoco se le entendía una oración y se enojaba con ella misma porque se le escapaban algunas palabras.
De pronto los motivos para llorar y berrinchear se acumularon como protectores diarios en tachito de baño. Le abrí la puerta al momento en el que el escéptico interpreta señales divinas y el más fuerte se quiebra ante la impotencia escondida en la sorpresa. Ah, sí. Uno se lo veía venir… es grande. ¿Uno se lo veía venir?
Y de pronto una decisión: ¿se lo saca o se lo hospeda? La ciruela crece rápido y el deterioro ya está a medio tachar en la lista de “To do’s”.
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Se opera.
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El lunes a las 17, el escéptico estará optimista.
El lunes a las 17, el realista confiará en el destino de que será lo que tenga que ser.