viernes, agosto 27, 2010

Solas de Shopping


La soltería es una constante salida de shopping con saldo libre en la VISA. Durante nuestra etapa de noviazgo, circulábamos por el paseo de compras a fin de mes, sin un centavo, mirando todo lo que nunca podríamos comprar. Una vez que las parejas estables caducan, ya no nos contentamos con ver la vidriera, sino que entramos a los locales, preguntamos precio y, en los casos de mayor satisfacción, nos probamos y compramos repetidas veces.
Jueves, día de trampa por excelencia,  un cumpleaños y la necesidad imperante de beber unas copas me orientaron a un after office en el hipódromo de San Isidro. Me clavé las botas, el escote, me depilé por las dudas y fui junto a mis dos amigas solteras a disfrutar de la velada, sin mayores expectativas. Sala llena, pizzetas a 25 pesos y picadas a 45 fueron los elementos sorpresivos de la noche. Antes de siquiera tomar la primera cerveza ya había gastado 60 mangos.
Predecible escenario: Los hombres sosteniendo su bebida con la mano derecha, de manera tal que el anillo de casamiento quedara lo más adentro del bolsillo posible. Las mujeres, de todas las edades y estratos sociales, en plena exposición cual vacas en cintas transportadoras esperando ser ordeñadas.
Junto a mis 2 damas de compañía comenzamos a circular de la barra al patio, del patio al baño, del baño al otro extremo del lugar. Una y otra… y otra vez. Fue entonces cuando Desconocido Número 1 (DN1) se acercó a mi oreja izquierda, me comentó que tenía casi 40 años, que estaba solo y agotando sus últimos cartuchos para encontrar una chica, por esa razón se animaba a hablarme. Interesante técnica de seducción la de DN1. Al hacerle notar que estaba haciéndome sentir su último recurso, huyó despavorido ante la falta de respuestas ocurrentes, excusando que era yo muy joven para él.
Gran parte de la noche la transité escapando de un señor canoso con hombreras, trajeado, a quien llamaremos Desconocido Número 2 (DN2), quien le atribuía al poder del universo y el destino el hecho de que nos cruzáramos en distintos lugares en repetidas ocasiones. Intentaba, por medio de este sistema, obviar el dato puntual de que estábamos compartiendo la misma locación y el mismo camino para ir al baño y tomar aire. Gediento como pocos, intentó arrebatarme un beso y no logró más que babearme un cachete y tocar frenéticamente mi panza.
Ya para las once de la noche, dos horas luego de haber dado el presente en el boliche de piratas, los que no habían conseguido pareja eventual era porque esperaban un horario razonable para ir a pernoctar. Una de mis dos compañeras solteras ya me había abandonado y la otra se había encontrado a su Polvo Fijo (PF) tomando un ron con cola (de las bebidas más desagradables que este milenio ha combinado) junto a un grupo de sus amigotes. Mi amiga soltera a quien llamaremos “La Sola”, no quería estar demasiado encima de su PF para que este no sintiera una intimidación, una intromisión a su salida de machos treintañeros. La Sola esquivaba machos encaradores a diestra y siniestra ya que, pese a lo no estable de su polvo presente, los códigos de respeto mutuo aplicaban al caso. No daba estar enroscándose con un caballero en presencia de este otro. Fue entonces cuando la escena de la catástrofe tuvo su hora de inicio…
Iba La Sola por el medio del boliche cuando, en medio de la multitud, Polvo Fijo, con sus dos metros de altura, pelo rizado y granos volcanosos se apareció ante sus ojos chapándose a una petiza petardo. La Sola, al grito de “los códigos, oh Dios mío, los códigos”, luego de mirar fijamente al traidor por unos segundos, se sentó a lamentarse en una escalera con vista a la pista de los caballitos. Oportuno momento eligió Desconocido Número 3 (DN3) para entrometerse en la escena. Este sujeto había intentado un acercamiento con La Sola minutos atrás, pero ella, reticente, escudada en el respeto a su Polvo Fijo, le había arrojado poco menos que Zelton extra fuerte en las pelotas. Al ver a DN3, La Sola exclamó: “Siempre tuviste razón, los códigos me los meto en el orto”.
La noche llegaba a su fin cuando La Sola, acompañada por Desconocido Número 3 me encontraron en la puerta del boliche de piratas. Ya era la madrugada del viernes cuando el caballero, canoso, millonario, recién separado y estafado por un familiar directo, nos subió a su camioneta blanca y, cual príncipe de fábula encantada, nos alcanzó a mi hogar burlando todos los controles de alcoholemia del paqueto barrio de Olivos. Alcanzado el destino y sentadas en mi living luego de haber eliminado a Polvo Fijo de MSN, Facebook y cualquier plataforma social existente en el planeta, La Sola y yo finalmente lo aceptamos: Ya no buscamos que los caballeros sumen. Simplemente… que no resten.   

martes, julio 27, 2010

Fran, no era necesario...

Yo confié en que vos tenías claro el tema de las condiciones de permanencia en este condominio. Claramente, cagarme la bañadera no era una de las cláusulas. Justo sobre la rejillita. Encima de la pequeña rejita plástica blanca, tu soretito marrón claro y oscuro, medio veteado, hecho un espiral perfecto.


Ai, felinito. Hay momentos en que te tomaría del lomito ese que se despega de atrás de tu cuello y te estamparía contra la pared. Te haría explotar. Como cuando me mordés los pies, las manos, los dedos cuando tipeo, te frenetiza ver mis dedos tipear... llegás a un momento adrenalínico tal, que a veces te dejo morderme porque recuerdo que te voy a castrar y tenés que empezar a ser plenamente feliz alcanzando pequeñas cosas.

Es de mi empeine desde donde mayormente logro arrojarte hacia algún sólido que te haga reflexionar. No es normal saborear la sangre del amo que queda en tus uñitas. No entiendo por qué querrías lastimarme a mi, que te doy de comer, que cambio bastante frecuentemente tus piedritas… Autoreflexiono: Podría yo hacerlo mejor con las piedritas. Es que el Glade rojo quita malos olores y como que no hay necesidad de renovarte el baño tan seguido. Sí, ya sé que lo de la bañadera fue una venganza, una manera de expresar tu disconformidad con mi sistema de limpieza actual. Pero, ¿sabés qué? Fumala. No, mejor dicho: Fumamelá.

En este momento me sangra un dedo porque intentaste arrebatarme la mitad de una milanesa de pollo y forcejeamos. Me quedaban dos batatas, necesitaba esa mitad de milanesa. Y me zarpaste una uña en el pellejo del dedo gordo de mi mano izquierda. Volaste contra el sillón. Después te dejé chupar la mayonesa y comer un pedacito de batata, aunque sé que hubieras querido un poco de ese pedazo de pollo empanado.

Pero no era necesario, Fran, para nada necesario, que cagaras la rejillita de la bañadera. Y de la forma en que la cagaste, ocultándola con pelo, pedacitos de servilletas de papel, boletos de colectivo... Igual te quiero, sí. Pero hoy no dormís con mantita.

jueves, julio 01, 2010

Bienvenidas, cortinas

Pasé 4 meses pensando que alguien podía estar masturbándose mientras yo me paseaba por mi living en pijama o haciéndome una tortilla de verdura. No tener cortinas en el ventanal que oficia de pared de mi living era un tema absolutamente evitable, ya que las mismas, color verde, regaladas por mi propia madre, descansaban dentro de un ropero, esperando que me animara a usar una aguejereadora prestada y las instalara.


Llegó el día. Abrí la caja de herramientas facilitada por un caballero amable, saqué la agujereadora, tomé la mecha más pequeña y fui a la ferretería. “Dame 3 tornillos que entren cuando yo haga este agujerito”, dije. El señor se rió. Al explicarle que debía agujerear la pared, colgar dos barrales y sus cortinas, me dijo: “Esa mecha es muy pequeña, llevate una de 6”. Lo primero que pensé fue cómo identificar a “la de 6” dentro de la caja de cuarenta y dos mil mechitas. Me dijo también que llevara 3 “tarugos”. Me salió una carcajada, nunca había visto un tarugo y tenía nombre chistoso. Nadie pareció entender mi gracia. Me dijo que todo eso salía 35 centavos. Yo había llevado 50 pesos para pagar. Entonces le pedí un destornillador, ya acumulo 3 en casa por motivos similares…

Volví al departamento con mi bolsita y, por alguna razón, comencé a atornillar los tornillos en los tarugos, hasta que un rapto de lucidez me arrebató una neurona activa y me dije: “¿Para qué, Mel?”. Los desatornillé y decidí hacer algo más útil, como poner la mecha en la agujereadora. Tardé unos 12 minutos en darme cuenta que debía ponerla dentro del piquito y luego hacer girar una rosquita para que quede ajustada. Lo hice y la enchufé. La levanté con las dos manos y me subí a la silla para hacer el primer agujero. Me sentía como una versión pobre de una Barbie guerrillera. Apreté el gatillo de esa máquina del infierno, apoyé la mecha en la pared, el humo comenzó a salir, el ruido era cada vez más intenso y no pude evitar gritar. Taquicardia. Nervios. Tengo que poder.

Volví a tomar la agujereadora. Me caía sudor por el cuello, por la espalda, sentía el bóxer pijama empapado. Nuevamente apoyé la máquina en la pared y decidí usar mi grito para aplacar el sonido perforador. Grité y grité, hasta el punto del vómito… y perforé por primera vez. De pronto me sentí capaz de matar un Bambi sin un ápice de culpa. Como una Laura Novoa con flequillo, pateé la silla y volví a perforar. Me faltaba el “Nene Carrizo” para terminar mejor la noche, nada más. Mi cara estaba cubierta de polvo de pared y mi ropa tenía trocitos de cemento, pero no me importaba. Al hacer el tercer agujero, todo mi interior se encontró revitalizado.

Tomé entonces los barrales, les puse las arandelas, les colgué las cortinas verdes y los ubiqué sobre el ventanal. Apreté la agujereadora varias veces más, ya sin gritar, confieso. Sentir que una puede penetrar una pared con tan solo la fuerza del dedo índice no tiene comparación.

Lo lamento por mi verdulero, por mis vecinos, por todos los que disfrutaron de mi 90 de busto con espalda chiquita mientras me secaba el cuerpo en el medio del living. Lo lamento en el alma. Prometo no presentar objeción si alguno me toca el timbre para recordar viejos tiempos. Mejor un polvo vivo que una masturbación anónima. Bienvenidas cortinas verdes. Siéntanse cómodas en su casa.

lunes, mayo 03, 2010

Balanza

(Nota publicada en MAVIROCK REVISTA)
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Es miércoles, todavía no me funciona la tele, el calefón me tiene inscripta en un eterno juego de ingenio y me estoy preparando unas empanadas de atún. Es como si de pronto todos los conocimientos culinarios que ignoré por pereza estos últimos años me golpearan la nuca obligándome a tomar provecho de ellos.

Corto medio morrón y media cebolla. Me rebano un poco un dedo y me arde. Lo lavo, le envuelvo en papel de cocina y sigo. Escucho la programación romántica retro de una conocida radio de largo alcance. De paso, estreno descorchador en las fauces de un shiraz-cabernet, le pongo un hielo y me siento realizada.

Me mudé finalmente. Miro los muebles perfectamente dispuestos a mi antojo, los sillones a los que falta tapizar y rellenar (sí, anoto), miro todas las cosas que compré en Carrefour el lunes mientras diluviaba. Me sonrío y sigo apoyando una a una las empanaditas sobre la asadera plateada. También de estreno, claro. Cortesía de mi tarjeta de crédito recién violada furiosamente (Saldo actual: $23).

Fue el primer departamento que vi el que terminé alquilando. El tipo de la inmobiliaria abrió la puerta y automáticamente mi cerebro ubicó como fichas de ruleta, una a una mis pertenencias a lo largo y ancho de los 36 metros cuadrados. Cuatro garantes movilizados de zona sur a zona norte, un ahorro repentino y varios cabos sueltos pegaditos con cera en un instante. Por primera vez en casi 5 lustros, nada puedo reprocharle a la suerte.

Pasa media hora de las nueve de la noche, el viento mueve al árbol que es dueño indiscutido de mi vereda de en frente y varios oficiales de la comisaría del barrio desfilan en automóviles de civil. Justo entonces, cuando el espacio se chupa el ruido ambiente del mundo, un estruendo hace mover la pared de mi cocina. Mi muro hecho de vidrio oficia de oreja y unos gritos trepan por las seis ranuritas de la ventilación. Voz de varón ruge desde lo profundo de un estómago: “Desaparecé., ¿querés?”. Los gritos se acompañan de un berrinche lloroso, de un golpe y otro estruendo. Y de nuevo, tiembla la pared de mi cocina.

Un petizo de unos 13 corretea de lado a lado de su departamento. Lo corre el varón con ojos desencajados, cinto en mano y a los gritos. Se me muere la garganta. Se me cierra la panza. Me callo. “No hacés nada durante todo el puto año, ahora si no te gusta estudiar ¡jodete!”. Planteo acertado. Lo dudoso es el método. Hay olor a susto. Tengo el Campo VIP de la pesadilla del petizo, que se limpia la cara y corre zigzagueando como liebre, como codorniz. Me ahogo en la sangre que le cae de la nariz.

Llora el pibe y corre y rebota de lado a lado. Una viejita se para frente a la casa y me mira. Caigo en cuenta de que la luz de mi living está encendida, yo no tengo cortinas, es de noche y estoy parada frente a mi ventana balcón. Se toma la boca la vieja. Hace como que mira la escena y se cubre la cara. Vuelve a mirarme. Yo no puedo moverme ni para asentir que yo también, sí, señora, yo también lo estoy viendo y no estoy haciendo nada.

Sale el petizo en cuero a la calle, a mi vereda, ahora lo sigue una madre. Otra más que llora en esta noche que de tan linda deja ver las luces del hipódromo a lo lejos, detrás de algunas antenas. El morochito abre un auto, estacionado en diagonal a su casa y se sienta adelante, solo para pasarse atrás y acostarse. La madre le grita, le pide que se baje, que vuelva, que ya está. Le dice que papá guardó el cinto, que ya pasó. Pero el pibe está en una cápsula de 4 trabas, se cruza de brazos y cierra los ojos. Esta noche, al menos esta noche, va a poder dormir.

lunes, marzo 15, 2010

Infumable

8:25 de la mañana - Lunes 15 de marzo, 2010 - Colectivo 314
Reciente madre con incontinencia verbal


“Gasto por mes 800 pesos en leche. Ochocientos. No tengo 800 pesos para gastar en leche. Y van recién seis meses. Seis. Yo no me imagino lo que voy a gastar en un año. Aparte no tengo leche, sino le doy la teta. Yo era tan feliz cuando estaba embarazada, era la embarazada más feliz de todas. Ahora se me cae el pelo. Mirá, pelo por todos lados, es insoportable, se me pega en la ropa, en la cama, pierdo el pelo por cualquier cosa. Eso pasa cuando tenés un hijo. Y no pasaron ni seis meses, viste que te dije seis, bueno, no, ni seis meses pasaron. Y todavía estoy pagando el bautismo. Tres mil pesos. En doce cuotas, claro. Lo voy a matar a Martín porque él me dijo “sí, tenemos la plata, gorda, quedate tranquila”, pero no teníamos toda la plata junta, teníamos menos de la mitad, un re poquitito y viste cómo soy yo. Me emociono en seguida. Y cuando fuimos a ver la decoración de la fiesta de bautismo yo quería hasta ponerle funda a las sillas, me re emociono, es increíble. Fue una fiesta hermosa igual. Mil quinientos pesos en comida y quinientos en gaseosa. Odio la gaseosa, pero había que tener gaseosa. Y ahora viene la fiesta del primer año. Yo no le iba a hacer el festejo, pero todas sus amiguitas están haciéndola y no quiero que sea la única que se quede sin el recuerdo. Igual no es cara. El salón, alquilarlo me sale 300 pesos nada más. En cuotas también o puedo empezar a pagarlo desde ahora. Igual, obvio que mi hermano me hace las invitaciones virtuales, así ahorro en invitaciones y las puedo mandar 6 meses antes para que nadie pueda poner ninguna excusa. Es el 18 de septiembre, agendátelo ya vos también eh… es la mejor época, no es primavera ni invierno, te ponés un saquito y estás bárbara. Ai, ¿vés como se me cae el pelo? Uh, acá nos bajamos. Obvio que tengo que aprovechar a mi hermano que es diseñador, le voy a decir que haga también los carteles y las servilletas del cumple con la cara de la gordita…”

Por esta gente es que me asusta tanto ser madre.

martes, enero 26, 2010

Talón Mojado

La soltería me arrojó de cabeza en la casa de una tía abuela de 78 años, de nombre “Tía Carmen”. Mi cuarto es un espacio al fondo de su casa sobre la calle Pasco, con una puerta, una radio, una tele de 39 canales, un ropero y una mesa con una máquina de coser.
Durante mi ausencia, el lugar de 4 x 3 se transforma en el cuarto de costura de la tía Carmen. Una ventana ubicada sobre la puerta permite el acceso ininterrumpido de arañas, polillas y mosquitos, los cuales acechan desde lo alto, esperando el momento preciso en que me entrego a los placeres de la cama de una plaza, para picotear mi cuello, talones y partes íntimas.

La tía Carmen me plancha, me cocina y me prepara el desayuno. Si mi horario de llegada supera las 2 de la mañana me pregunta si cogí. Si comparto la comida, me pregunta si cojo con quien la comparto.

Dos noches atrás tuve ganas de hacer pis a eso de las 3 de la madrugada. El baño está fuera de mi pieza, cruzando el pasillo y el cuarto de la tía. Para acceder al preciado inodoro debo atravesar el pasillo, una puerta metálica pesada, despertarla, despertar a Colita, la pequinesa que duerme a los pies de su cama, esperar que prenda el velador, shushee a la perra y sentarme a largar el cloro con la culpa de haber perturbado su plácido sueño.

Al principio evité cualquier tipo de bebida después de las 21:30, horario en el cual la tía se acuesta a mirar Tinelli. Esto no funcionó. Me encontré despertando a las 2 de la mañana día tras día, aguantando el pis hasta largar una partecita en la bombacha. Me dolió la vejiga durante días enteros. Pero una noche la situación se me fue de las manos.

Había tomado medio litro de Coca Cola, de postre sandía y me había llevado un vaso con agua a mi cuarto, por las dudas. Como la cena había constado de pizza y anchoas, la sed estaba fija en mi boca como el sarro de mis dientes inferiores. Hice mi regular pis de las 21.20, miré tele hasta las 23.50 y me dispuse a dormir. Pasaron menos de 3 horas cuando me levanté desesperada por evacuar la “porta meo”. Tenía la panza hinchada, las piernas estiradas y aún así, el pis no dejaba de pujar contra mi chula. Decidí que no podría dejar de despertar a mi tía esa noche. Decidí atravesar el pasillo, una puerta metálica pesada, despertarla, despertar a la perra que duerme a los pies de su cama, esperar que prenda el velador y shushee a la perra. Pero un inesperado obstáculo se sucedió en el proceso: la puerta metálica, la siempre abierta puerta metálica, estaba esa noche cerrada.

Me senté en la cama con las rodillas entrelazadas y pensé todos los objetos dentro de los cuales podría mear: El balde tenía dentro ropa y jabón, por lo que quedaba descartado. Cacerolas y bowls me generaban asco: sentí que cada vez que mi tía Carmen cocinara dentro de alguno de ellos, una arcada se suscitaría por mi tráquea hasta mutar en vomitito. Miré con cariño a mi botellita personal de agua, pero la sola idea de mancharme las manos en el intento de emboque del chorrito me dio frío y, nuevamente, objeto descartado. Fue entonces cuando mis ojos se cruzaron con la alcantarilla del patiecito interno…

Apagué todas las luces de la casa y tomé el celular para alumbrar mi camino. Con la vista fija en la puerta metálica, apoyé la espalda contra la pared, quedando en posición de sentada, pero sin silla, como en el aire. El primer chorro de pis salió de mi vejiga como impulsado por una catarata de chinos escapa tifón, mojando enteros mis talones. Intenté por todos los medios contener mis paredes vaginales, intentando hacer menos potente al eterno disparo de meo, pero ya era demasiado tarde. Al caer mi pis en la alcantarilla y hacer contacto con la mugre que allí moraba desde 1952, un olor nauseabundo empezó a teñir el aire. Fue en ese instante y gracias a la pantalla de mi celular, cuando vi las cucarachas saliendo de mi eventual pelela. Trepaban por las rejas de la alcantarilla, todas empapadas por mi meo y corrían despavoridas con rumbo incierto. Una de ellas chocó contra mi talón, lo que ocasionó que saltara, cagada del miedo, y mojara con pis naranja las botamangas de mi pijama gris. Ahora mis talones no eran los únicos con evidencias de la difícil noche.

Segundos más tarde, todo el líquido había desalojado mi vejiga y siendo las 3.07 de la madrugada, me dispuse a dormir en paz. A la mañana, mientras desayunaba café con leche instantáneo con Criollitas y mermelada, mi tía Carmen, mientras prendía un espiral para los setenta y cuatro mil doscientos dos mosquitos que nos acechaban, exclamó: “¡Qué olor! Esta perra de mierda seguro meó en el patio”. Mal o bien, yo también culpé a Colita.

COLUMNA PUBLICADA EN LA EDICIÓN DE ESTE MES DE "MAVIROCK REVISTA"

domingo, enero 17, 2010

Renacer

Mi padre está maldito. Hace poco le robaron su maltrecho Fiat 1 manchado de aerosol y atormentado por el granizo. Cuando el seguro iba a disponer del dinero para compensarlo, encontraron casi entero al auto del infierno, dando origen al único caso en el mundo en el que un Fiat Uno no es desmantelado, desintegrado y reducido en menos de 45 minutos. A los pocos días le robaron el estéreo.


La oportunidad lo arrojó de frente a un corsa blanco vendido por uno de mis primos, nuevo, divino. Con estéreo. Llegamos a la conclusión mística de que al Fiat 1 le había ido tan mal por no haberlo llevado a bendecir a Luján, como a todos los autos familiares previos a ese. Con una semana de anticipación comencé a torturar la mente de mi padre con mensajes de estilo “el domingo vamos a Luján, no rompas mi ilusión”. El sábado me quedé a dormir en tierras quilmeñas, solo para despertarme el domingo a las 11 y partir rumbo a esta gran sede de catolicidad extrema.

Partimos 11 y cuarto. El calor me derretía las suelas de las ojotas, me despegaba el protector diario de la bombacha… aún cuando el aire acondicionado estaba creando estalactitas en las gotas de sudor que le chorreaban a mi padre por la pelada. Decidimos que la FM Hit con todo su pop reggeatonero feliz y amigable para viaje sería una emisora lo suficientemente impactante para emprender la hora de camino. Hicimos varios kilómetros cantando partes de temas mal recordados, hablando banalidades y festejando que por primera vez en años podíamos viajar con aire acondicionado. No podíamos evitar quejarnos por la cantidad de autos que habían decidido tomar esa misma ruta un domingo a la mañana. Ni en las peores predicciones hubiéramos imaginado al camino tan atestado. La visión era la de un rompecabezas de mil piezas desparramadas sin orden sobre el asfalto.

Entonces, sin un segundo de mentalización, el vehículo que venía frente a nosotros se detuvo como pija post inyección de viagra. David Bisbal estaba en la radio cantando ese tema idiota en el que le cuenta a su pareja actual que no para de pensar en su ex. Mi viejo volanteó hacia la derecha y el auto comenzó a girar descontrolado. Durante la primera vuelta recuerdo haber preguntado, desde una inagotable paz mental: “¿Qué está pasando, pa?”. Papá sostenía el volante y los dos nos sosteníamos del asiento. Las decenas de autos que nos secundaban nos esquivaban casi en un acto ensayado con Tom Cruise y todo el elenco de Misión putamente Imposible. El segundo trompo me dejó ver de frente a los acompañantes de los demás autos, llevando sus manos a la boca, sorprendidos de que no estuviéramos de cabeza en la ruta, destripados como codornices en las fauces de un bretón.

Luego de los giros, nos pegamos de espalda contra el guardarraíl y cabeceamos hacia adelante. Nos miramos, estábamos blancos, en silencio. Salimos a ver los daños que el auto se había hecho: eran nulos. Solo un raspón. El tema de David Bisbal había terminado. Le dije a mi padre que si moríamos llevando el auto a bendecir, iba a ir al Cielo a comenzarle un juicio político a Dios por practicarnos terrible paradoja. Pasamos unos minutos sentados al lado de la ruta viendo pasar a la gente. “Analicemos lo que acaba de pasar”, le sugerí a mi viejo, muriendo de risa: “No era el día para morir”.

Veinte minutos después, la Basílica de Luján nos recibió. Mi escepticismo se diluyó como tomates hervidos en colador y en seguida acepté el rosario pulsera que mi papá me regalaba. Compramos santos para toda la familia, colgamos un llavero del Sagrado Corazón en la llave del auto y un pequeño rosarito del espejo. Cuando llegamos a casa abrimos una cerveza, volvimos a mirarnos y sonreímos. Hoy, 17 de enero del año del mundial, mi padre y yo volvimos a nacer.

miércoles, diciembre 30, 2009

2.0.1.0

Nuevamente, mientras evito hacer el balance de fin de año, la atroz pelotudez de catalogar momentos y situaciones, englobarlas y deprimirme o brindar por ellas, caigo en la cuenta de lo gomoso, tedioso y activo que este 2009 fue y me nace desde las vísceras una necesidad imperante de compartir algunas conclusiones:

1- Quedarte sola un tiempo, te da ganas de estar sola.

2- Cuando los tipos tienen exceso de amor es porque mientras pulen tu estatua de bronce, te están moldeando una cabeza de toro: “Mejor pirata conocido, que amoroso demostrativo”.

3- Como escribí hace un tiempo: “Confiar que las cosas pueden salir bien es bueno de vez en cuando”.

4- Mudarte cerca del trabajo, siempre será una buena opción.

Quiero aprovechar este solemne acto de estupidez humana para agradecer a todos los que de alguna manera estuvieron presentes en estos momentos bisagra que me desconcharon la brújula de la monotonía.

Brindo con todos para despedir a este año pedorro.

Apostemos a uno mejor... o que al menos nos agarre mejor parados.

Feliz 2010.

PD: Se vienen las crónicas de soltería en la casa de la Tía Abuela Carmen… respiren hondo y aguarden.

jueves, diciembre 17, 2009

Araña en la Pared

¡Oh por Dios!: Una araña en la pared.

Seis centímetros de largo,
patas flacas y es marrón

Se encuentra arriba de la puerta
mirando al techo con firmeza
y moviendo sus carnitas con dolor

Está a dos metros para arriba
y yo sin raid ni red,
tampoco un buen insecticida
que la queme como a un papel

Entonces una idea
de palo, elástico y ojota.
Esta última encadenada al primero,
pegoteados por un nudo fabricado con el segundo:
un aplasta arañas de pared.

Y salto y golpeo y erro
Y marco un cuarto creciente color gris en la pared

Y salto y golpeo y erro
y el bicho del infierno se mueve;
me cubro la cabeza y pausa.

Y ahora sí:
salto y golpeo y aplano
achicharro, desprendo y mato
a mi araña en la pared.

Cae rendida en una bolsa,
con sus patas entregadas,
el cuerpo frío... sí. Murió.

Una servilleta y un coraje,
la entierro entre los dedos,
(el papel amortigua el tacto)
y a su tumba la regalo,
en el tacho, en la cocina,
en lo más alto de la bolsa.
Chau araña del infierno,
chau mi bicho en la pared.

viernes, diciembre 11, 2009

Hermandad

El día que naciste yo estaba con la Nani ordenando lo que iba a ser tu cajonera. Apilábamos pañales y yo, con mis 6 años de hija única, doblaba tu ropa pequeñísima para que la Nani la agarrara un segundo después y la volviera a doblar. De pronto sonó el teléfono y avisaron que habías nacido. Tenía un hermanito.

Íbamos a ponerte “Bianca” si eras mujer. A pedido mío, claro, solo porque amaba a una ratona que llevaba ese nombre en el mundo de los dibujitos. No sabía si quería tener un hermanito. Menos que fuera varón. Era una competencia absoluta por el amor de nuestros padres. De todos modos fui feliz a la clínica. Eras violeta y tenías las bolas negras y gigantes. Las tuyas, querido hermano, fueron las primeras pelotas de hombre que vi. Y te llamamos Franco.
Empezaste el jardín de infantes cerca de casa y me emocionaba irte a buscar, a vos te daba lo mismo. Nos llevábamos como el culo, yo abusaba de mi tamaño y vos cedías ante mi desespero por usarte como a un juguete. Te hice personaje de mis tardes de te con peluches, de mis obras de teatro de títeres y hasta te pegué con el pañal puesto solo para escuchar el ruido apagado que hacía sin que siquiera lloraras. Ahora sí podía afirmarlo: me gustaba tener un hermanito.
Verte con el uniforme del colegio el primer día de tu primer grado fue divertido. No nos cruzábamos mucho en el colegio, pero a veces me quedaba un ratito más para verte entrar y huevear entre los tuyos. La mochila te quedaba enorme sobre tu espaldita, eras petizo y tenías noventa millones de rulos perfectamente amoldados sobre tu cabeza. Mamá te peinaba con raya al costado para disimularlos, pero nada menos disimulable que un niño color mota con pelo lacio achatado.
De pronto estoy preparándome para ir a tu fiesta de egresado del secundario. De pronto creciste. Y es raro cómo funciona el tema de la “hermandad”… ese amor incondicional por personas que, si uno se pone a pensar, no ve tan seguido como a algunos amigos, novios, chongos, lo que sea. Pero los hermanos están siempre. Y en esos momentos tan importantes de la vida, o tan intrascendentes, por qué no, queremos abrazar a un hermano. Nos enorgullecen los logros de los hermanos como no lo hacen los de los amigos, nos inflan el pecho. Sufrimos a través de sus heridas y reímos con sus triunfos y primeras borracheras.
Aprovecho entonces este momento importante. Lo hago mío porque te vi crecer, hacerte la persona que sos, con tus fallas, tus ataques de histeria, tu frenética canalización de estrés golpeando tu cabeza contra la pared. Hago mío este momento porque lo merezco luego de que arruinaste casi la totalidad de mis muñecas pintándoles los ojos con fibra roja simulándoles sangre. De más está decir todo lo que te quiero, pero igual lo hago. Y te felicito, hermano. Te felicito por haber crecido.