Cuando me empezó a gustar el fútbol empecé a querer ser varón. Recién estaba aprendiendo a menstruar, eso de ser mujer me resultaba doloroso y como todavía ni siquiera me depilaba, me sentía una especie mutante definiéndome entre colocador o colocada.
Me compraron una camiseta de Boca trucha, de las clásicas que parecen de nylon, la azul y
amarilla del tricampeonato del 2003. No me la saqué nunca más. Cada remera que yo usara, abajo portaba la casaca Xeneize.
Tuve la (dudosa) suerte de que mi madre estuviera buenísima y sea, aún hoy, un icono de lomos de la zona sur del conurbano bonaerense, lo cual hacía todavía más incómoda la vida adolescente. Era imposible no caer en la comparación: “Mirá lo bestia que es la madre, y el desastre que salió la nena”. Por eso, cada vez más, seguí camuflándome en camisetas amplias, bermudas gigantes con la cara de Ciro de A77AQUE, gorritas de Boca con trenzas largas y zapatillas deportivas. Un caramelito.
El problema era salir a la calle con mi madre, tolerar que cada camionero de cada camión quisiera garchársela y lo expresara livianamente a los gritos mientras nosotras comprábamos berenjenas en la verdulería. El problema en sí era salir a la calle con mi madre, y ser una sombra amorfa que no recibía un piropo siquiera de algún desesperado linyera. Nada.
Una parte de mí disfrutaba de la tranquilidad de no generar erotismo en el género masculino,
mientras que otra parte de mí se frustraba y se miraba desnuda en el espejo preguntándose:
“¿Tan mal está todo esto?”. Y no es que estaba “mal”, sino que era como el patito feo antes de
transformarse en cisne, el proceso de mutación hacia algo más aceptable se estaba haciendo
demasiado lento.
Cuando me empezaron a crecer las tetas, todo se volvió confuso. Notaba que aunque me pusiera la camiseta de Boca era imposible disimularlas. Fue entonces cuando le robé a mi mamá la primera tanga. Yo sé que está mal, que las bombachas no se comparten, pero la idea de ir, con la vestimenta que tenía en aquella época, a comprar una micro-mini-tanga al local de la señora que me vio crecer… no me cerraba. Prefería robarla y empezar a transitar la adaptación a la femineidad en la más atroz de las soledades.
Mi primer corpiño también se lo robé a mi madre, porque los que tenía me hacían tetas de
perrito y no me gustaban. Aparte cuando caminaba o corría se movían demasiado. Lo interesante de estos robos es que se sucedían semana tras semana porque, luego de ser lavados, la tanga y el corpiño volvían al cajón de mi madre y yo tenía que volver a hurgar entre su ropa íntima para reencontrarme con mis nuevas prendas favoritas y llevarlas así a mi cuarto.
Ya con 14 años, tetas, tangas y corpiños nuevos, casi que había abandonado a la camiseta de
Boca bajo todas las prendas. Ya no quería ser varón constantemente, solo durante el año, pero en verano me convertía en más nena que nunca. Me había enamorado de un hincha de River que trabajaba como cajero en el COTO de Mar de Ajó y me pasaba de marzo a diciembre pensando cómo conquistarlo.
El primer verano el pibe me adoptó como un hermanito menor, creo que porque todavía no usaba bikinis. El segundo verano, ya a punto de cumplir los 15 años, me aseguré de que entendiera que quería chapármelo. Dejé de hablarle de fútbol y de agarrarme la entrepierna para festejar los goles en clásicos de primera quincena de enero. Creo que quedó claro, porque la noche de mis 15, algo sucedió.
Primero cené, me puse mis mejores ropas, las más escotadas. De cábala usé la tanga robada de mi madre. Mi amor salía de su puesto de trabajo en el supermercado a eso de las 23 y llegaba todo chivado, en bicicleta, alrededor de las 23.30. Lo esperé en la puerta del departamento de Mar de Ajó, mientras toda mi familia dormía. De regalo me trajo un leberwurst porque sabía que me gustaba, por suerte yo tenía unas tostadas. Untamos, picamos, cené por segunda vez en la noche.
Fue entonces cuando me dijo que era bastante linda sin la camiseta de Boca y que estos últimos años había crecido. Yo sé que lo único que había crecido en mí eran las tetas, por eso simplemente acepté el comentario con algo de pudor y me levanté el escote del vestido. Pasaron escasos segundos hasta que apoyó una mano en mi tetita derecha y me dio un beso. Fue tan violento el cabezazo que me hizo golpear contra la pared y fue tan brusco el beso que comenzaron a sangrarme las comisuras de los labios. Después de esa vez, no hubo más veces.
A partir de esa noche entendí que los varones son brutos y que las nenas nos dejamos. Que las tangas robadas no son cábala de nada, que la magia de los 15 años es la mentira más grande de la historia. Aprendí también que el amor puede ayudarte a cambiar de ropa, aunque me arrepiento de no haber gritado los goles ese verano. En definitiva, nunca más quise ser varón y aprendí que lo importante no es ser mujer. Lo que garpa es tener tetas.
Columna publicada en Mavirock Revista
viernes, febrero 15, 2013
miércoles, diciembre 19, 2012
Seguro de Vida
El vendedor
de seguros de vida es un tipo que tiene que convencerte de que te podés morir
de prepo y en un accidente. No es que te dice que te vas a enfermar, que podés
ir deteriorándote… No. El vendedor de seguros de vida te advierte que en varias
plazas de la Ciudad hay árboles a punto de caer. Y que si salís en la hora
pico, en Microcentro hay calles que son en subida y que capaz, por esas malas
casualidades de la vida y claro, Dios no quiera que pase, podés cruzar mal y
que en un intento de acelere, un auto te pase por arriba como a un ñoqui a la
inversa. Eso es el vendedor de seguros de vida.
Hace poco
vino uno a visitarme al trabajo nuevo. Comenzó contándome los beneficios de mi
flamante obra social, de la amplia cobertura, lo genial de que por fin en la
historia del mundo la ortodoncia está cubierta en un ciento por ciento. Me
alegré genuinamente e intenté en vano recordar el apellido de mi último
dentista. Fue esa pausa de mi mente la que Alberto usó para introducir arriba
de la mesa una carpetita con gente sonriente.
“Si te toca
irte, lo mejor sería que los que se quedan estén aunque sea un poquito mejor,
¿no?”, me dijo, señalando a una señora que tomaba el té junto a otras señoras
en la tapa de la carpetita. No entendí. Prosiguió: “Encima que les toca
quedarse llorando tu partida, por lo menos estaría bueno darles algo para que
no estén tan, tan tristes”. Creí entender, pero la clarificación estaba cerca:
“Desde una cuota de menos de 5 pesos mensuales podés asegurarle varios miles a
tu familia en caso de tu deceso por causas ajenas a la naturalidad, igual yo no
recomiendo pagar menos de cien pesos, con eso les asegurás dos años de
vacaciones”. Se rió. “A mí me toca el
trabajo difícil”, continuó Alberto: “Venir con una persona sana y fuerte como
vos y hacerle entender que la desgracia puede estar a la vuelta de la esquina…
No es fácil.”
Cuando el
miedo me acercaba a la lapicera, los papeles y el acuerdo, mi vendedor de
seguros de vida decidió contarme que vivía con su madre, un ovejero alemán y un
gato. Éste último había sido regalo suyo a su progenitora, todavía no lo había
castrado, el animal vivía frotándose a almohadones y escobillones. Alberto se
preguntaba por qué el pobre gatito vivía con diarrea, cuando no dejaba de darle
leche en las dos raciones de alimento diarias.
Sacó el
celular y empezó a mostrarme fotos. Me contó que su madre nunca quiso al gato,
que varias veces lo había acercado a su ovejero alemán con la enferma fantasía
de que le picase justo el bagre y le entrara al pobre felino sin pena ni
gloria. Dichosa la muerte que no quiso ser ninguna de esas oportunidades,
alargándole un poco más la expectativa de vida de “Oliver” (sí, sí, ahora
también hablábamos del gato con nombre propio).
Las fotos
seguían pasando hasta que de pronto y sin alarma una del ovejero alemán
abrazado a él, sin remera y sin pantalón, pero sí con bóxer blanco y anteojos
de sol, se antepuso a mis pupilas ahora dilatadas armando un radio de 5
milímetros. Nos miramos, su celular seguía ahí evidenciando esa foto revelada
por el mismísimo Infierno. Nos seguimos mirando. Cerró el celular.
Yo intenté volver al tema de los seguros, le
dije que hasta cien pesos no me quería estirar, pero que cuando creyera estar
oliendo a la muerte iba a pegarle un llamado. No le importó ni eso ni nada, de
pronto Alberto se puso de pie, guardó la carpetita sonriente y dijo “permiso”.
Intenté acompañarlo hasta la puerta de la oficina, le ofrecí un caramelo de
dulce de leche, pero corría dos pasos delante de los míos. “Castralo al gato, hacelo
por tu vieja”, fue lo último que le grité antes de que se cerrara la puerta del
ascensor. Creo que no me escuchó. Ojalá no borre las fotos de su celular,
realmente estaban lindas…
Columna publicada originalmente en MAVIROCK Revista
miércoles, noviembre 21, 2012
Papá tiene Novia
Mamá y Papá se separan y Mamá se pone de novia.
Tiene una hija primero, otra hija después. De pronto dos hermanas mujeres más
que caen en tu casa cuando la adolescencia te está comiendo viva. A la primera
te la bancás, no sabés bien cómo va a ser la mano, pero tenés la experiencia de
un hermano más, aunque de tu mismo papá, pero bueno, es cuestión de que salga
de la panza, aprenda a llevarte la contra o a pedirte ropa y verás qué tanta
necesidad de que otra familia la adopte tenés.
A la segunda de las nenas ya no la podés creer… la mirás a tu vieja, le preguntás si realmente era necesario cuatro pibitos saliendo de ella, si con tres estábamos tan bien, y ni ponerte a recordar lo bien que estaban siendo solo dos, para qué masoquearnos la memoria. Le consultás a tu propia madre con algo de violencia, cómo puede ser que con ella sola fallen todos los métodos de anticoncepción del mundo entero.
Salís a la calle a los gritos, histérica, típica quinceañera. Hiperventilás en la puerta de un cotillón, te dan arcadas delante de todos los varones de tu mismo colegio que la casualidad puede juntar frente a una persona, volvés a tu casa (el odio a tu madre por esa segunda nueva hermanita sigue intacto, pasarán muchos años hasta darte cuenta de lo pelotuda que fuiste), te cuentan que cuando te adaptes a la idea lo que quieren es proponer que seas la madrina. Y los querés mandar a la mierda, pero la noticia te hace mariconear por dentro. Aceptás.
Entonces mamá y papá se separan, mamá se pone de novia y tiene dos hijas más. Pasan como 15 años y papá sigue de fiesta, solo por el mundo. Papá se abre un Facebook porque lo obligamos a estar en contacto por Internet, aunque en realidad no evaluamos el riesgo de saber qué cosas Papá comenta, qué fotos Papá MeGustea y, mucho menos, con qué mujeres Papá se hace el gato. Pero hay algo para lo que ninguna Hija Mayor está preparada y eso es enterarse por Facebook que Papá está de novio.
De pronto mi Papá que es mío, ahora también es Papito de otra. Ahora resulta que no está siempre disponible para cenar o almorzar un fin de semana. Y parece que se conecta a Internet más seguido y ahora entiende cómo usar el Facebook. Y ves sus interacciones del último tiempo y hay una muchacha que se repite y se repite, y no entendés, realmente eso es lo más grave, no entendés cómo se te pasó ver esto antes.
Y entrás a ver quién es esta mina… y es linda. La putísima madre que nos parió a todos. Es linda. Y es joven. Te agarrás de su edad para tirar los primeros dardos por celular. Tu papá se ríe, te dice que a ver cuándo se conocen, que por qué te referís a ella como “esa gila”, de manera tan despectiva. Reafirmás que “porque es una gila, Papá”, aunque no tenés un solo maldito argumento para hacerlo.
Criticás su foto de perfil, Papá se sigue riendo, terminás haciendo una escena que incluye la frase “a mí nunca me contestás las publicaciones que hago en tu Muro”, entonces tus 26 años parecen convertirse en cortos, cortísimos 6 y cortás el teléfono. Lo cortás porque Papá se está riendo de vos, no de la situación y porque seguramente vaya y le cuente a su Novia que su Hija está celosa y ambos se reirán y se mirarán con cara de intimidad cuando todo esto sea recordado en público de acá a unos 5 años si es que esta relación prospera.
Y pensás, pensás, pensás cómo sacarte esto de adentro, con quién charlar de esto cuando cada varón al que le contás que Papá tiene Novia te dice: “Se lo merece, tenés que estar contenta con la felicidad de tu Padre”. La felicidad de una Hija por ver Feliz a su Padre termina cuando la Novia del Padre es de la misma edad que la Hija. Y se hace la luz, ya sabés con quién hacer catarsis sobre este tema, la única que entenderá el odio que te da que te robe a tu Papá una chica linda y joven… tu abuela, quien comparte casa con tu propio Padre: “Hola, Nona. Tenemos un trabajo que hacer. Hay que recuperar a Papá”, y la Nona, con un color esperanza pintado a fuego sobre su frente, arruina todos mis planes: “¿Encontró una? Dejaaaalo tranquiiiiiilo, Melisa, no le rompas las bolas”. Papá tiene Novia, nada que hacer.
miércoles, abril 11, 2012
La Rubia, el Viejo y Yo
Estaba en una de las dos cintas del gimnasio sudando como un camello en sesión de drenaje linfático, cuando una rubia se puso a caminar a mi lado. A caminar, literalmente. La velocidad elegida era hasta emocionante. Nunca creí que un humano pudiera llegar a ejercitarse de forma tan pajera.
Unos cuarenta años tenía la rubia, pelo muuuuuy largo y liso colgando sobre el hombro derecho. Le tapaba una teta y llegaba hasta la pelvis. Cuando la vi entrar noté que estaba con un señor mayor. Pero, mayor, mayor. Una onda a Richard Gere licuado con un abuelo estándar y un Papá Noel de shopping. Un caballero de chomba y shortcito que apuesto sin una duda que cargaba con unas 7 décadas encima, como mínimo.
Mientras yo tenía hasta el último pelo del flequillo pegado a la frente por la transpiración, la rubia paseaba sobre la cinta a mi izquierda cual reina del otoño y, mientras tanto, le mandaba piquitos al señor mayor que hacía bici justo frente a nosotras. Lo bueno de los espejos de gimnasio es que te dejan ver cuán ridícula imagen estás proyectando al mundo exterior mientras hacés tu rutina. Lo malo es que también te obligan a ver a tus compañeros de lado.
Vi a la rubia tirar piquitos a su señor mayor, chuparse el labio para él, mimarse el pelo y, claro que sí, saludarlo tímidamente desde la cinta moviendo la manito en un plano bajo, pegada a la pierna, sabiendo que es una estupidez, pero que el amor no te ayuda a evitar caer en hacerlo.
Cuando creí que la ñoñez había vencido sobre la vergüenza ajena, el señor mayor se bajó de la bici, fue a comprarle un agua a la rubia, se la trajo a la cinta y chaparon mientras ella todavía caminaba con una actitud entre cámara lenta y gatuna, digna de quien solo se puso la ropa de gimnasia para calentar al viejo a ver si de casualidad las zapatillas plateadas le despertaban algún fetiche. Vi todo. A través del espejo.
Fue entonces cuando la pesadilla me arañó la frente. Vi al señor mayor decirle algo al oído, la vi a ella mirarme mientras yo seguía sudando con cara de “odio estar en tu película, rubia”, los vi reírse. Él volvió a la bici y ella me hizo una consulta: “¿No es divino?”. Pff. La verdad que no. Pero responderle eso sería complicado de soportar por una ñoña. “Te cuida mucho, como corresponde”, dije, con la esperanza de que ese fuera el final de la charla… pero no.
“Es terrible, encima”, siguió ella: “Recién me vino a decir que estaba viéndome en la cinta y no pudo evitar verte también a vos y que se le despertara esa fantasía de la rubia y la morocha”. Me sentí morir por dentro. No solo porque un abuelo quisiera entrarme, sino porque sé profundamente que desde este momento y hasta que muera el viejo, me habré convertido en material masturbatorio de la tercera edad.
La rubia no paraba de reírse, y yo… yo quería pararme sobre un tubito verde de los de Mario Bross, apretar la flecha que va para abajo y aparecer en otro mundo lleno de monedas y dispersión. El viejo nos miraba con ojos de “aguante este zoológico”, yo me sentía como una pobre foca corrida por dos tiburones blancos. “Ah, bueno”, atiné finalmente a decirle: “Tenés suerte que en este gimnasio hay muchas morochas”.
Ella siguió en su cinta, yo escapé sin delicadeza y pasé al escalador, rezando porque por fin alguien alguna vez invente el cosito de Men in Black que con dos luces frente a los ojos te borra los recuerdos de mierda. Si lo ven antes que yo, avisen.
miércoles, marzo 14, 2012
Recién ahí
No acepto no poder,
ni que hay quien pudiendo, no quiere.
No creo en la igualdad de los días,
Ni que la vida va tan rápido que no nos damos cuenta.
Nunca me dijeron que no podía,
pero siempre recomendaron que no llegara tarde:
Que nunca sabía cuántos más podían igual que yo,
pero unos segundos antes.
No acepto no recordar mis sueños
ni por qué elijo pararme donde me paro.
Si hasta acá llego es porque hasta acá intento
Y si quiero más lejos, caminaré más tiempo.
O remaré.
O me arrastraré hasta que de las rodillas me nazcan anclas,
y ahí,
recién ahí,
me quedaré donde pude.
ni que hay quien pudiendo, no quiere.
No creo en la igualdad de los días,
Ni que la vida va tan rápido que no nos damos cuenta.
Nunca me dijeron que no podía,
pero siempre recomendaron que no llegara tarde:
Que nunca sabía cuántos más podían igual que yo,
pero unos segundos antes.
No acepto no recordar mis sueños
ni por qué elijo pararme donde me paro.
Si hasta acá llego es porque hasta acá intento
Y si quiero más lejos, caminaré más tiempo.
O remaré.
O me arrastraré hasta que de las rodillas me nazcan anclas,
y ahí,
recién ahí,
me quedaré donde pude.
miércoles, febrero 08, 2012
Todas Putas
Columna publicada en la edición de enero de Revista Mavirock
La mayor de mis hermanas menores tiene ahora 11 años. Hace dos, en un cumple feliz, una pelota con la que estaba jugando se le queda trabada en una esquina del techo del salón de fiestas. Automáticamente me acerqué, intenté bajarla de un salto, pero no llegué. Entonces le dije: “Linda, ¿te hago upa así la bajás vos?”, y antes que llegara a agarrarla de la cintura para elevarla hasta buscar el juguete, la pendeja me miró con ojos venenosos y dijo: “No, Mel, estoy esperando que venga a hacerme upa el animador”, un pendejo de unos 18 años, ojos celestes, vestido con una chomba de Mickey y aureolas de transpiración marcadas bajo la axila. En ese momento la imaginé tirando piolas a los 12 y, para mí, fue el fin de la inocencia.
La mayor de mis hermanas menores tiene ahora 11 años. Hace dos, en un cumple feliz, una pelota con la que estaba jugando se le queda trabada en una esquina del techo del salón de fiestas. Automáticamente me acerqué, intenté bajarla de un salto, pero no llegué. Entonces le dije: “Linda, ¿te hago upa así la bajás vos?”, y antes que llegara a agarrarla de la cintura para elevarla hasta buscar el juguete, la pendeja me miró con ojos venenosos y dijo: “No, Mel, estoy esperando que venga a hacerme upa el animador”, un pendejo de unos 18 años, ojos celestes, vestido con una chomba de Mickey y aureolas de transpiración marcadas bajo la axila. En ese momento la imaginé tirando piolas a los 12 y, para mí, fue el fin de la inocencia.
Mi primera depilación fue a los doce, obligada, porque tenía un acto escolar al aire libre, quería ponerme bermudas y mi vieja me dijo “¿Melisa vos pensás ir a desfilar esos cardos?”. Me presentó a una maquinita de afeitar y arranqué con media pierna, dos tajos y pelos de la rodilla para arriba. Es que era muy complicado sacar todo el acumulado de miles de meses. Tenía los cuádriceps aptos para ser trenzados, pero realmente no me importaba… la chance de que alguien se acercara a acariciarme la gamba era menos factible que aprender a tejer usando fideos de arroz.
De pendeja me tocaba frotándome con una almohada. Era todo un evento. Primero me apretaba velozmente y con dedicación un buen rato y, para terminar, al no conocer aún el orgasmo, el fin del acto correspondía meramente a la agitación y la taquicardia. En ese instante final varios pares de medias y un peluche eran ubicados bajo mi remera pijama y simulaba un embarazo posterior al acto masturbatorio. Hoy solo puedo confirmar que he crecido porque mi única constancia es para con la toma de pastillas anticonceptivas. Hasta me toco con guantes para evitar que se inspire cualquier Espíritu Santo.
Mi primer beso fue a los 15 y mi primer polvo a los 18, en un jeep naranja, al costado de una plaza. El segundo en un polo blanco y con otra persona. Quizás era una señal para dedicarme al automovilismo, pero igual me hice periodista. Y lo primero que investigué fue la prostitución en el barrio de Flores y Floresta. Para ese entonces, como mucho, tenía en mi haber unos 4 revolcones con desconocidos (y contando los 2 anteriores).
Hoy, las pendejas vienen putas desde antes. Algunos le echan la culpa a la tele, otros a la ropa, otros le echan uno, dos, los que pueden y después van presos. O no. Las minas de 25 ya no competimos entre pares, la que trata de cagarnos un novio es una putilla de 16. Porque tampoco tienen códigos, mucha solidez, mucha tirapete precoz, pero hay que pegarles un sopapo en la mano cuando te quieren robar el plato de comida que tanto venís remando para mantener caliente.
Es una realidad y reitero: Las nenas vienen putas. Entonces, si usté tiene una hija, una sobrina, una sub 12 a la que aprecia, foméntele el lesbianismo y evite riesgos. Enséñele los beneficios del mejor método anti embarazo del mundo: no coger y, sobre todo, enciérrela sin Internet, solo vístala con joggings y remerones y, ante cualquier duda, use la frase “los pitos te harán llorar”. No piense solo en su bien, ni en el de ella. Piense en todas nosotras.
jueves, octubre 20, 2011
Solidificación o Muerte
Las luces dicroicas son unas hijas de puta, pero gracias a ellas noté que la flacidez estaba colonizando mis piernas con la velocidad en la que un velociraptor alcanza y destruye un trencito de tíos borrachos comandados por un Nono en un cumpleaños de quince. Si a eso le sumamos vacaciones en Brasil en temporada de Carnaval con novio y amigos de novio, la conclusión es clara: O solidificación o muerte.
Entré a Google y escribí “Gimnasio + Olivos”, se abrió una especie de mapita con varios puntos marcados y, oh fortuna, uno de esos puntitos estaba a tan solo ocho cuadras de mi departamento. Más fácil que eso fue comprar una bici fija que usé seis veces en un año. Decidido, empiezo. Una estadística personal indica que si me determino a arrancar algo un lunes, el margen de abandono antes de llevar a cabo la acción es de un 98%, por eso mismo decidí empezar el jueves siguiente.
Salí del trabajo, pasé por casa, cargué una botellita de Sprite con agua de la canilla del baño y elegí mi vestimenta. Tengo tetas y no corpiño deportivo. Arranqué entonces por los pies, para no complejizarme de entrada: zapatillas regaladas por mi abuelo, blancas y dos números más grandes. Pero no hablamos de un 38 calzando 36, hablamos de un 42 calzando 40. Enormes, cada una podría servir de casa quinta para una familia de hombres papa. Soquetes y calzas negras, una camperita tapando la desgracia de esa tela elástica pedorra encastrada entre mis carnes anales y, ahora sí, a vestir el torso.
Me puse el corpiño que más chico me quedaba, cosa de no andar revoleando los pechos por el mundo. Arriba un top, el único que tengo, a rayas blanco y negro. Más arriba una musculosa color azul eléctrico, apretada, como segunda contención en caso que el top no tolerara tanta presión. Y, como última capa, una musculosa de Topper heredada de cuando mi papá jugaba al tennis hace unos 15 años. Cabe recordar que no tengo espejo, y que cuando salí a la calle y vi mi primer reflejo en una vidriera quise esconderme debajo de un puesto de tortas fritas que estaba levantando su toldito justo en el instante que pasaba.
No importa, seguí adelante, total ocho cuadras de ridículo no se le niegan a ningún espectador. Me había enganchado el MP3 en una tira elástica en el brazo para poder escuchar música durante la actividad, tenía el pelo atado tirante para que no estorbara en mi rostro, estaba totalmente preparada. Vi el cartel del lugar desde la mano de en frente, crucé determinada a ejercitarme como un bajonero a su Burger King, subí las escaleras y largué el: “hola, me vengo a anotar para empezar hoy”. “Dale”, me dice la señora: “¿qué vas a estar haciendo?”. “Y, cola y piernas principalmente... aparatos”, respondí instantáneamente, justo antes de recibir la gran decepción de la tardenoche: “Ah, pero acá no tenemos aparatos”.
Un manto de odio circundó mis ovarios. Por un instante mis muslos se tensionaron. La señora me acercó un papelito con clases extrañas, me habló de pelotas, colchonetas, almohadas… yo solo quería hacer una brochette con sus pezones. Me fui. Caminé unas cuadras, llamé a mi papá y le dije que realmente me había tocado el único gimnasio sin aparatos de la historia del mundo. Se rió. Y en la mitad de su carcajada, divisé otro espacio solidificador.
Con emoción entré, saludé, pedí lista de precios y pregunté si había aparatos. Habrá pensado que soy medio pelotuda el recepcionista, porque su “obvio” tuvo un dejo de daiquiri de conchudez y pena que me hizo sentir no del todo a gusto. Me dio una llavecita por si quería cambiarme. Le dije que así había venido de casa. Hubo un silencio. Dejé mi carterita, agarré la botella de Sprite recargada con agua de baño y saludé a Dany, mi nuevo entrenador, el forro que me dijo que anduviera en esa bici hasta que la rayita dejara de titilar. Hoy voy a tener pesadillas con esos puntitos de mierda iluminándolo todo eternamente…
Terminé cada uno de mis ejercicios. Al final de la hora le pedí a Dany un aplauso, para mí es importante el reconocimiento. Me miró fijo y prometió que cuando hiciera algo con peso y sin preguntarle constantemente sería el primero en aplaudirme. Ya tengo rutina en una ficha prolijamente completada, cené desde la cama y me duele desde el culo hasta más allá del sol. Las señales son optimistas. Auguro que llegará febrero sin abandono, ¿se animan a apostar?
lunes, octubre 03, 2011
S.O.S. Bombachas
Nunca invertí lo necesario en ropa interior. Me doy cuenta ahora, a los 25 años, que lavo las bombachas en la ducha, no por vergüenza de llevarlas al lavadero, sino porque no tengo para ponerme al día siguiente.
Ahora bien: Necesito comprarme una bombacha, pero no quiero el corpiño.
Y si tengo que comprar un conjunto, tampoco quiero gastar más de cien pesos.
La bombacha sola me sale 35 mangos… me dicen que si quiero una por menos que vaya a la feria.
Pero si la llevo con corpiño aplica la promoción, me jura la vendedora, mientras sostiene un conjunto que supera tres billetes de 50 juntos.
Necesito una bombacha hoy, no tengo ferias de barrio cerca y quiero que vuelvan las ofertas de tres tangas por diez pesos, pero en todos los locales del mundo.
Me dicen que me fije las promos, que hay para “todo tipo de bombachas”, a saber:
- La vedetina: Es la que usan las chicas bien. No se te mete tanto en el orto y los costados te ayudan a tapar los rollos. Una por 15, tres por 40.
- La tanga: Tiene como objetivo meterse entre tus carnes y mientras más finita sea a los costados, mejor. A las que nos gusta este tipo de bombachas nos justificamos diciendo que las usamos para que no se marquen en la ropa. Una por 18, tres por 45.
- El culotte: Definitivamente es para las que tienen la cola dura. En cachetes anales flácidos, lo único que logra es la deformación total de la parte. Ni averiguo precios. Necesito seguir teniendo sexo unos años más.
- Las bombachas de vieja: Esas de tela brillante con encajes adelante y mini moñito, suelen ser color caqui y altas hasta arriba del pupo. No están en oferta, solo esperan al acecho, en la oscuridad de una esquina debajo de los camisones con mangas.
Me decido por las tangas y son talle único. Seguro me deforman o tengo que hacerles un tajito a los costados, como a las medibachas, y después se terminan abriendo hasta abajo. Es comprar para arruinar.
Siento mis objetivos nublados… yo ya me imaginaba toda divina estrenando una bombacha esta noche, saliendo del baño tapándome las lolas con las manos y haciendo gala de mi nueva tanga frente a mi propio novio. Y no. La nueva imagen que tengo de mí misma en ese momento incluye también un deshabillé para tapar los rollos que me hace esta bombacha hija de puta solo porque el creador de la misma no contempló que el talle único no generaliza la cadera del común de las mujeres.
La vendedora ahora me dice que las bombachas que vienen con el corpiño tienen distintos talles que van del 1 al 4. Para las de vieja se suma el talle 5, que es como una carpa scout para 12 personas, con moños.
Pienso mientras sigo revolviendo las ofertas de bombachas huérfanas de partes de arriba. La mayoría de las tangas baratas tienen inscripciones del estilo “Matame potro”. Me quejo en voz alta y me preguntan qué esperaba de una bombacha a 18 pesos. No respondo. En mi mundo deberían regalarse.
Me llevo el conjunto de 119 pesos sabiendo que nunca usaré ese corpiño.
Mi próxima mudanza solo contemplará una cosa: estar cerca de una feria.
Columna original publicada en MAVIROCK Revista
sábado, mayo 21, 2011
Es mutuo
Odio a mi gato. Que me haya cagado toda la casa ayuda a que pueda confesarlo sin culpa materna. Me había ido dejándolo con su alimento abundante y doble ración de agua. Sabía que iba a ser una ausencia de cerca de 37 horas. Irme de casa implica que Fran es dueño absoluto de mis dos ambientes. Tira de los estantes todo lo acomodado, mutila la colección de entradas que guardo bajo una alcancía, come las puntas de cada libro de la biblioteca y hace un montón de ropa con mis prendas para poder echarse. Al lado de su cuna, claro. Porque tiene una cuna. Y un sapo-cama aparte por si le pinta dormir fuera del living, pero no: usa mi ropa.
Toma agua de la pileta del baño como si los 18 pesos gastados en su bebedero fueran totalmente inútiles. Como un reo. Chupa de la canilla con lengüetazos, deja sus huellas marcadas en mugre negra en toda la cerámica. Se lava las patas y se peina ahí mismo, por un par de centímetros no llega a mirarse en el espejo. Todo lo que hace es con saña. Y esta vez no iba a ser la excepción.
Mientras subía la escalera para llegar a mi 2º C sentí un olor extraño y asumí que alguien había sacado la basura minutos antes que yo entrara al edificio. Eran cerca de las 10 de la noche cuando abrí la puerta, prendí el ventilador y una bocanada de tragedia se adueñó de mis papilas gustativas.
Encendí la luz y ahí estaba Fran, vivo sobre su sillón, lo que evidenciaba que no se trataba de su cuerpo descompuesto el olor que estaba infestando el entorno. Corrí la vista hacia el centro de living y vi las dos primeras bostas. La primera estaba casi seca, frente a la computadora, otra en el medio de todo, bajo el ventilador que esparcía su reciente tibieza. Sin querer descubrí dos montañas más, color marrón clarito clarito, de consistencia blanda y sosa, a los costados del escritorio y la mesa de la tele. Fran seguía mirándome desde el sillón donde reposa en horas de siesta, inalterable.
Pasé a mi cuarto a sacarme los zapatos y nunca pensé que lo peor no había sido visto todavía. Lo primero que noté fue el sorete-waffle sobre mi acolchado verde. Las palabras no me salían de la boca, solo recuerdo que sentía los ojos como fuera de órbita, desprendidos hacia adelante. Fran seguía retorcido de fiaca en el sillón. Agarré la manta con una mano y la doblé en cuantas partes fueron necesarias hasta dejar de ver la mancha acuosa. Y en ese instante el centro de la cama quedó expuesto, cubierto por dos lagunas de mierda marrón oscuras, adheridas absolutamente al cubrecama, sábana y colchón.
Todavía en shock, saqué la sábana. Chorreaba. La exilié de la habitación y la puse en una doble bolsa junto al cubre cama. Volví al cuarto. Fran decidió levantarse de la siesta y romper la bolsa donde había guardado la sábana cagada con su mierda. Solo hizo falta una mirada para que entendiera que estaba a dos microsegundos de ser cocinado al vapor y luego feteado con dos hojas de afeitar para ser el primer vittel tonné naranja del mundo.
Reconozco que no utilicé el máximo de mi potencial de odio hasta tanto no vi que también había cagado MI almohada. La mía. Tengo 4. Dos son nuevas, negras y blancas. Otra está sin usar prácticamente, solo la toco para abrazarla en invierno si me da flojera levantarme a buscar una manta. Y cagó la mía, la que uso cada noche. Una bosta exactamente en el medio, donde está el molde de mi cabeza.
Di vuelta el colchón, compré sábanas nuevas y lavé la almohada a mano en la terraza. De noche, para que nadie me viera. Las sábanas del horror siguen en la bolsa, hechas un bollo. Es que en casa no tengo lavarropas y realmente me da vergüenza llevar al lavadero un juego de mantas totalmente cagadas y no decirle una palabra a la señora que las recibe. Mínimo debería advertirle que esa bolsa contiene residuos olorosos de un gatito vengativo… ¿pero quién me creería que sí, que fue el gato naranja de botitas y no yo quién cagó las sábanas? Y a partir de esa tarde (los chismes son eficientes) el barrio me reconocería como “la loca de la diarrea”. Y no, no estoy dispuesta a asumir ese papelón por culpa de un gato que con menos de un año supera mis tácticas de venganza por varios cuerpos de distancia. Reafirmo que lo detesto, que si no supiera lo mal que huele su estómago estaría mutándolo a mollejas con un tramontina robado, pero no cabe en mí la duda, ni por un instante lo cuestiono, quizá por eso me permito aborrecerlo… El odio que yo siento no es tan solo mío, es mutuo.
Nota publicada originalmente en Mavirock Revista
martes, marzo 08, 2011
Una gota
Tenía 12 años y estaba pasando el jueves en lo de mis abuelos Nani y Nono cuando me indispuse por primera vez. En la tele estaban pasando “Hombre de Mar” con Gabriel Corrado. Me encantaba su barba, su pinta de indigente y esa onda portuaria que tenía el programa.
Todas las tardes que dormía en su casa, mi abuela me daba de merendar dos sándwiches de tomate con mayonesa en pan francés, pero con la cáscara quitada a cuchillo, por lo cual lo que terminaba merendando eran dos pedazos de miga mágicamente embebidos en mayonesa y jugo de tomate fresco. Pensé que el dolor de panza era una incipiente necesidad de hacer lugar para la cena, pero rápidamente descubrí que la molestia era más abajo del pupo, más a la derecha. Me hice bolita para intentar eyectar al apéndice, pero pronto me encontré en el baño.
Estaba color amarilla, tenía ojeras y me sentía como una bolsa de agua caliente. Me senté en el inodoro y trabé con llave desde adentro. De pronto una contracción y di a luz a la primera gota de mi indisposición original. Ahora puedo diferenciar esa gota de una hemorragia y establecer un paralelismo entre los más de cien meses siguientes, pero en ese instante me espanté e hice un chequeo sobre mis últimas comidas: ¿Qué podría estar detonando el sangramiento interno? No había Google para buscar los síntomas y determinar la causa.
Encontré una bolsa de algodón, saqué un sustancial pedazo y lo puse sobre la bombacha. Aterrorizada, bajé las escaleras que me separaban de mi Nani, lista para cenar por última vez. Entonces sonó el teléfono, era mi madre que llamaba a ver cómo estaba. Nunca imaginó que en su breve ausencia, la nena sangraría como una sopa de remolacha. “Mel, te hiciste señorita”, dijo mamá frente a mi llanto. Mi Nani festejó y me abrazó. A mí me seguía doliendo considerablemente la panza.
Pocos segundos pasaron hasta que mi abuelo dejó de verme como una adorable criatura para comentar qué tanto me crecerían las tetas ahora que ya era mujercita. Los juguetes fueron reemplazados por una bolsa de protectores con alas. Al principio se las cortaba hasta que una mancha en el pantalón me hizo revalorizarlas. Mi Nani me dijo que el dolor se pasaría si me abrigaba. Esa noche de octubre dormí con pijama, doble bombacha y frazada. El viernes fui al colegio en equipo de gimnasia azul, no fuera cosa de terminar manchando el banquito ante el desconocimiento de los demás doceañeros no menstruantes.
Desde ese año comencé a usar delineador y me depilé las cejas por primera vez. Muté de bombacha a tanga y me regalaron mi primera bikini. Empecé a tardar más de 8 minutos en prepararme para salir, eliminé la camiseta de Boca del podio de prenda obligatoria bajo cualquier vestuario, lloré con letras de los Backstreet Boys y fui feliz con mi primer vestido. No tengo más que agradecerle a esa bendita gota por haber ayudado a la definición de mi género. Feliz día para todas. Revaloricemos el sangrado.
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