El viejo se tambaleaba
dibujando un eterno berrinche del Chavo con sus piernas y brazos,
un pichón de pato,
un mal bailarín robótico.
Triste.
Las piernas se le enroscaron como cables anudados,
el torso desnucado hacia el frente
doblado como una tostadora
(la bolsa de los mandados seguía atrapada a su brazo izquierdo)
Tambaleó intensamente, babeaba…
El suelo y su cara se conocieron de pronto.
Chichón rosa.
El viejo convulsionaba
se estrujaba en el suelo,
se hacía bolita y volvía a extenderse
como una píldora de esponja en aguas histéricas.
Sostenía su pecho con el brazo sin bolsa
nadie sostenía sus lentes,
le goteaban por la nariz
rotos.
Mis auriculares cantaban My Sweet Lord
compás feliz con presagio funesto,
la combinación perfecta para un adiós memorable.
El 60 no se detuvo, era la hora pico.
Nadie se detuvo. Zombis rutinarios.
Murió solo;
babeando;
abrazado por sus propios brazos.
Por fin el berrinche había cesado.
“Really want to see you, lord
Really want to see you, lord
But it takes so long, my lord
Hallelujah”
lunes, agosto 25, 2008
viernes, agosto 15, 2008
Un tostado, por favor
Le chorreaba pus por la mano. Las gotas amarillas con reflejos verdes y anaranjados le recorrían la muñeca a la vieja de 80 mil años que recién subía al subte y ella, con una delicadeza enfermante, las secaba con una servilleta Susex que para esta altura tenía el color de las agendas de papel reciclado que uno compra para sentirse mejor persona.
La señora traía una cartera enorme pegada a la barriga, se sentó a mi lado, agarrándose del palo metálico y dejando en él una marca asquerosa y húmeda con todos sus desechos purulentos.
No podía evitar mirarle la mano. En lo que sería el muslo del dedo gordo, ese espacio que solemos apoyar en la mesa para tipear en el teclado, esta vieja tenía una ampolla en la que podía bañarse un chihuaha de pelo corto, totalmente repleta de jugo infectado. La solución que la señora se había encomendado era la de apretar los alrededores de la ampolla para que ésta vomitara todo el líquido que ahora seguía chorreándole por la muñeca. La apretaba y la exprimía sin siquiera mostrar una mueca de dolor o una arcada desagradable. Recé a todos los santos porque la muy conchuda sacara una curita y acabara con el sufrimiento de los curiosos que no podían siquiera quitar los ojos de su fuente de pus virgen.
La piel de los bordes ahora estaba siendo arrancada por la vieja. Lentamente peló la ampolla, dejándola rosada y amarilla, a la vista de todos. Tranquilamente esa imagen podía compararse al relleno de un tostado de jamón y fiambrín bien derretido y sin el pan. Claro que en caso de ser comido, el pus no mentiría sobre su consistencia, diferenciándose recién ahí de la buena feta de fiambre.
Con la mano que le quedaba libre, la pusulenta abrió la cartera y sacó una crema. El subte estaba lleno y expectante. Abrió el pomo con violencia y descargó abundantemente su contenido blanco sobre el charco de fiambrín derretido. La sensación de ardor me causó una especie de tirón conchal que solo logré calmar apretando bien fuerte la costura del jean contra mi entrepierna. Mi mirada seguía los actos de la vieja con el interés que solo me genera jugar a El Gran DT.
Con la crema puesta en forma de tubo sobre la ampolla desarmada, la señora comenzó ahora a masajearse la mano logrando que por primera vez apartara la vista de su proceso de curación, no podía tolerarlo. Frotaba y frotaba ensuciando de amarillo a todo el resto de su manopla, que ahora estaba color patito deprimido portador de HIV. El olor a pus y diprogenta se estaba esparciendo ferozmente por el vagón. Con el dedo índice la añeja dama presionaba fuerte el centro del dolor, empastando bien todo el agujero ampollado, terminando la limpieza sin dejar un solo espacio sin crema.
Ahora esa mano no podía sostener la cartera, entonces la cambió de mano en el preciso momento en que le tocaba bajar. Sus piernas viejas no tenían la fortaleza suficiente como para levantarse del asiento sin una ayuda extra, así que apenas el subte estacionó, la mujer cruzó su mano asquerosa por delante de mi nariz, tomó el palo metálico nuevamente, dejando otra vez su huella impúdica marcada a base de crema en el subte. Logró al fin levantar el orto, las piernas y su propia vida, y se alejó del subte, ya no chorreando ni desgarrando su piel como un jerbo enfurecido, pero dejando abandonado el recuerdo firme de su propio masoquismo en mi mente perturbada y mórbida. Ahora al menos tengo claro que nunca comeré un tostado de fiambrín en mi putísima vida.
La señora traía una cartera enorme pegada a la barriga, se sentó a mi lado, agarrándose del palo metálico y dejando en él una marca asquerosa y húmeda con todos sus desechos purulentos.
No podía evitar mirarle la mano. En lo que sería el muslo del dedo gordo, ese espacio que solemos apoyar en la mesa para tipear en el teclado, esta vieja tenía una ampolla en la que podía bañarse un chihuaha de pelo corto, totalmente repleta de jugo infectado. La solución que la señora se había encomendado era la de apretar los alrededores de la ampolla para que ésta vomitara todo el líquido que ahora seguía chorreándole por la muñeca. La apretaba y la exprimía sin siquiera mostrar una mueca de dolor o una arcada desagradable. Recé a todos los santos porque la muy conchuda sacara una curita y acabara con el sufrimiento de los curiosos que no podían siquiera quitar los ojos de su fuente de pus virgen.
La piel de los bordes ahora estaba siendo arrancada por la vieja. Lentamente peló la ampolla, dejándola rosada y amarilla, a la vista de todos. Tranquilamente esa imagen podía compararse al relleno de un tostado de jamón y fiambrín bien derretido y sin el pan. Claro que en caso de ser comido, el pus no mentiría sobre su consistencia, diferenciándose recién ahí de la buena feta de fiambre.
Con la mano que le quedaba libre, la pusulenta abrió la cartera y sacó una crema. El subte estaba lleno y expectante. Abrió el pomo con violencia y descargó abundantemente su contenido blanco sobre el charco de fiambrín derretido. La sensación de ardor me causó una especie de tirón conchal que solo logré calmar apretando bien fuerte la costura del jean contra mi entrepierna. Mi mirada seguía los actos de la vieja con el interés que solo me genera jugar a El Gran DT.
Con la crema puesta en forma de tubo sobre la ampolla desarmada, la señora comenzó ahora a masajearse la mano logrando que por primera vez apartara la vista de su proceso de curación, no podía tolerarlo. Frotaba y frotaba ensuciando de amarillo a todo el resto de su manopla, que ahora estaba color patito deprimido portador de HIV. El olor a pus y diprogenta se estaba esparciendo ferozmente por el vagón. Con el dedo índice la añeja dama presionaba fuerte el centro del dolor, empastando bien todo el agujero ampollado, terminando la limpieza sin dejar un solo espacio sin crema.
Ahora esa mano no podía sostener la cartera, entonces la cambió de mano en el preciso momento en que le tocaba bajar. Sus piernas viejas no tenían la fortaleza suficiente como para levantarse del asiento sin una ayuda extra, así que apenas el subte estacionó, la mujer cruzó su mano asquerosa por delante de mi nariz, tomó el palo metálico nuevamente, dejando otra vez su huella impúdica marcada a base de crema en el subte. Logró al fin levantar el orto, las piernas y su propia vida, y se alejó del subte, ya no chorreando ni desgarrando su piel como un jerbo enfurecido, pero dejando abandonado el recuerdo firme de su propio masoquismo en mi mente perturbada y mórbida. Ahora al menos tengo claro que nunca comeré un tostado de fiambrín en mi putísima vida.
viernes, julio 11, 2008
El Ganso
Estábamos enfrentados en el anteúltimo vagón del subte. Ambos en el asiento del medio de los apoya anos de 3. Eran las 7 y 20 de la mañana y había olor a fiambrería que pasó la noche sin luz.
El ganso tenía el pelo lasio, de color Balá, que le caía a los costados de las mejillas. Eran pelos finitos y brillantes, era claro que esta mañana se había bañado y quizás hasta planchado cada mecha con una molesta delicadeza.
Su piel era anaranjada para los 45 años que seguramente se le acumulaban a modo de arrugas en el esfínter anal. Tenía ojos color avellana y daba esa extraña sensación de poder ser un villero así como un productor de soja caramelizada.
El ganso traía puestos unos pantalones deportivos verdes, unas zapatillas que prácticamente rebotaban por la cantidad excesiva de resortes que tenían en la suela y una campera asquerosa a tono con el pantalón. También traía un bolsito de mano bastante triste y desteñido que lo hacía parecerse a un profesor de educación física de séptimo grado, esos que los alumnos torturan y torturarán hasta el fin de los tiempos por ser justamente unos relajados amantes del buen vivir y fanáticos del programa de Mónica y César en su quinta de bananas.
Pasaron dos estaciones y el ganso se paró de su asiento para mirar unos papeles que estaban pegados en la pared del vagón. Claro está que ni 2 segundos después de haberse ido a Sevilla, alguien le cagó su silla de manera estrepitosa. Ese alguien era una muchacha de bufanda violeta que siempre supo que el fulano no iba a bajarse, pero sin embargo cerró los ojos y emprendió su mala acción del día.
Despojado de su espacio, el ganso se paró en la puerta del subte y decidió que era un buen momento para descargar las calorías sumadas con la cena de anoche. Comenzó a realizar una apertura de piernas de 180º, de puerta a puerta, intentando rozar el suelo con las bolas colgantes, algo imposible dada su altura y su poca elasticidad. Así parado, con las piernas abiertas apretadas por el pantalón que ahora estaba por encima de los tobillos y dejaba ver unas medias color caqui que daban náuseas, se quedó un par de estaciones.
Minutos después este fracaso hiperactivo hacía flexiones contra la misma puerta, y descansaba haciendo trotecitos cada vez que el subte hacía pie en alguna estación.
Un ejercicio que repitió varias veces fue el de colgarse de los palos que rodean al asiento de las embarazadas. Una vez que se sostenía con una mano, se dejaba caer hacia atrás y luego cambiaba de brazo y hacía su trotecito de descanso. Era tan idiota toda la escena, que varios pasajeros estábamos en estado de shock.
Sin siquiera un preaviso, la pasajera que viajaba a mi lado se paró y bajó, dejando el asiento libre. El ganso vino hacia él como atraído por un estante repleto de pornografía animal y pósters de Mónica Farro vestida. Se acercó trotando y revoleando su bolso, sus pelos finitos y sus ropas deportivas y arrojó sobre él todo su cuerpo sudado para dar finalmente inicio al peor de todos sus movimientos: la rotación de cuello.
Sentada a su izquierda, sentía su melena rotar cada 5 segundos de manera idéntica cada vez y dejando sentir un “UFFFFFFF” de aire calentito exhalado al finalizar cada serie. Me daba tanto asco sentir sus ojos miel en mi cachete que opté por usar su rotación para rotar yo también de igual manera, evitando así todo tipo de contacto visual con este ente grasoso. Parecía que el final no llegaría nunca y aún me quedaban varias estaciones hasta llegar a Juramento. La rotación obligada que estaba haciendo me estaba mareando y los recuerdos de Balá de mi infancia me atormentaban a cada instante. Cuando el colapso nervioso estaba por desbordarme e ideas como cortarle con un cuchillo de plástico el talón de Aquiles al ganso, quemarlo con sal cual babosa persistente o denunciarlo con el dios de la educación física se acumulaban despacito en mi cabeza, el ganso se paró, trotó un segundo en la puerta y se fue. Solo quedó de él la sensación de asco con que lo miraba la dama de bufanda violeta y un olor a jabón neutro que aún ahora, a la distancia, me despierta diarrea líquida.
El ganso tenía el pelo lasio, de color Balá, que le caía a los costados de las mejillas. Eran pelos finitos y brillantes, era claro que esta mañana se había bañado y quizás hasta planchado cada mecha con una molesta delicadeza.
Su piel era anaranjada para los 45 años que seguramente se le acumulaban a modo de arrugas en el esfínter anal. Tenía ojos color avellana y daba esa extraña sensación de poder ser un villero así como un productor de soja caramelizada.
El ganso traía puestos unos pantalones deportivos verdes, unas zapatillas que prácticamente rebotaban por la cantidad excesiva de resortes que tenían en la suela y una campera asquerosa a tono con el pantalón. También traía un bolsito de mano bastante triste y desteñido que lo hacía parecerse a un profesor de educación física de séptimo grado, esos que los alumnos torturan y torturarán hasta el fin de los tiempos por ser justamente unos relajados amantes del buen vivir y fanáticos del programa de Mónica y César en su quinta de bananas.
Pasaron dos estaciones y el ganso se paró de su asiento para mirar unos papeles que estaban pegados en la pared del vagón. Claro está que ni 2 segundos después de haberse ido a Sevilla, alguien le cagó su silla de manera estrepitosa. Ese alguien era una muchacha de bufanda violeta que siempre supo que el fulano no iba a bajarse, pero sin embargo cerró los ojos y emprendió su mala acción del día.
Despojado de su espacio, el ganso se paró en la puerta del subte y decidió que era un buen momento para descargar las calorías sumadas con la cena de anoche. Comenzó a realizar una apertura de piernas de 180º, de puerta a puerta, intentando rozar el suelo con las bolas colgantes, algo imposible dada su altura y su poca elasticidad. Así parado, con las piernas abiertas apretadas por el pantalón que ahora estaba por encima de los tobillos y dejaba ver unas medias color caqui que daban náuseas, se quedó un par de estaciones.
Minutos después este fracaso hiperactivo hacía flexiones contra la misma puerta, y descansaba haciendo trotecitos cada vez que el subte hacía pie en alguna estación.
Un ejercicio que repitió varias veces fue el de colgarse de los palos que rodean al asiento de las embarazadas. Una vez que se sostenía con una mano, se dejaba caer hacia atrás y luego cambiaba de brazo y hacía su trotecito de descanso. Era tan idiota toda la escena, que varios pasajeros estábamos en estado de shock.
Sin siquiera un preaviso, la pasajera que viajaba a mi lado se paró y bajó, dejando el asiento libre. El ganso vino hacia él como atraído por un estante repleto de pornografía animal y pósters de Mónica Farro vestida. Se acercó trotando y revoleando su bolso, sus pelos finitos y sus ropas deportivas y arrojó sobre él todo su cuerpo sudado para dar finalmente inicio al peor de todos sus movimientos: la rotación de cuello.
Sentada a su izquierda, sentía su melena rotar cada 5 segundos de manera idéntica cada vez y dejando sentir un “UFFFFFFF” de aire calentito exhalado al finalizar cada serie. Me daba tanto asco sentir sus ojos miel en mi cachete que opté por usar su rotación para rotar yo también de igual manera, evitando así todo tipo de contacto visual con este ente grasoso. Parecía que el final no llegaría nunca y aún me quedaban varias estaciones hasta llegar a Juramento. La rotación obligada que estaba haciendo me estaba mareando y los recuerdos de Balá de mi infancia me atormentaban a cada instante. Cuando el colapso nervioso estaba por desbordarme e ideas como cortarle con un cuchillo de plástico el talón de Aquiles al ganso, quemarlo con sal cual babosa persistente o denunciarlo con el dios de la educación física se acumulaban despacito en mi cabeza, el ganso se paró, trotó un segundo en la puerta y se fue. Solo quedó de él la sensación de asco con que lo miraba la dama de bufanda violeta y un olor a jabón neutro que aún ahora, a la distancia, me despierta diarrea líquida.
sábado, julio 05, 2008
¿Te pica?
Me sentía como el culo. No sabía si era fiebre, si eran anginas, si era gripe, incubación, bronquilitis o dengue. Me latía la frente desde la mañana como si por dentro hubiera una maratón de liendres estallando descontroladamente en piojos.
En frente de casa tengo una farmacia que no pertenece a ninguna cadena, salvo a la de sus dueños, 4 sujetos fácilmente identificables: un viejo pelado de cara deprimente y ojeras blanditas, otro viejo de iguales condiciones, pero más avejentadas y dos mujeres mayores, claramente madre e hija. Ambas rubionas de pelo corto, una de ellas no entiende muy bien lo que la realidad le ofrece día a día y la otra la lleva un poco mejor. Todos los dueños podrían tranquilamente morir hoy y nadie diría que se fueron muy jóvenes.
En fin. Entré a la farmacia a comprar ibuprofeno 600 y un termómetro. El último me explotó cuando lo reboté contra la mesa mientras intentaba bajarle la temperatura. Tuve bolitas de metal hasta en el orto durante casi una semana. Cuando estaba en plena transacción entró un muchacho de pelo melenita morocho, vestido con ropa deportiva y una mochila. Volvía de laburar como cualquier cristiano. Se acercó al más joven de los viejos pelados de caras deprimentes y ojeras blanditas y le susurró en idioma argentino bajo:
- ¿Tené algo paá acá bajo? - señalándose la zona pélvica – poque me salió como un sarpullido, pero blanco y arrugado y etá por toda partes.
El farmacéutico tuvo su emoción del día. Si bien le dio pudor mirar el pindongo del caballerito, no pudo evitar bajar la cabeza cuando se le indicó por dónde venía la mano. Ahora era medio homosexual y toda su familia lo sabía o suponía.
En seguida, ante la evidente tensión, me alejé más hacia el sector de la caja, donde las dos viejas me miraban casi congeladas, o muertas, aún hoy es difícil distinguir la diferencia. Mi termómetro llegó desde el fondo de la farmacia y lo último que escuché fue que el farmacéutico preguntó:
- Y… ¿Te pica?
- Mucho – respondió el cliente, dando a entender con sus ojos que ni siquiera bañándose en una pelopincho llena con Caladril puro lograría detener el ardor.
El farmacéutico entonces corrió a otro sector privado del lugar, escarbó entre los estantes y sacó un frasco amarillento y unas pastillas. “A la mañana y a la tarde”, dijo cómplice, imaginando mientras los herpes purulentos saliendo de la maraña peluda de la entrepierna del pibe. Tampoco podía olvidar que había por allí una prostituta solitaria y abandonada, también portadora de tremendos adornos contagiados.
Yo le pagué a la señora más vieja de las viejas un segundo después que el muchacho y caminé hasta la puerta. Me topé con la balanza gratuita, esas viejas que te hacen sentir batata cuando te pesás y en las que siempre, una vez abajo, decís “igual sin las zapatillas son dos kilos menos”. Quedé conforme con lo que indicaba la flecha. Ahora realmente no me sentía tan mal.
La última vez que lo busqué con la mirada, el flaco ya estaba cruzando Corrientes con la bolsita del remedio bailando enroscada en su muñeca. Estaba feliz. Y ahora yo podía tomarme la fiebre.
En frente de casa tengo una farmacia que no pertenece a ninguna cadena, salvo a la de sus dueños, 4 sujetos fácilmente identificables: un viejo pelado de cara deprimente y ojeras blanditas, otro viejo de iguales condiciones, pero más avejentadas y dos mujeres mayores, claramente madre e hija. Ambas rubionas de pelo corto, una de ellas no entiende muy bien lo que la realidad le ofrece día a día y la otra la lleva un poco mejor. Todos los dueños podrían tranquilamente morir hoy y nadie diría que se fueron muy jóvenes.
En fin. Entré a la farmacia a comprar ibuprofeno 600 y un termómetro. El último me explotó cuando lo reboté contra la mesa mientras intentaba bajarle la temperatura. Tuve bolitas de metal hasta en el orto durante casi una semana. Cuando estaba en plena transacción entró un muchacho de pelo melenita morocho, vestido con ropa deportiva y una mochila. Volvía de laburar como cualquier cristiano. Se acercó al más joven de los viejos pelados de caras deprimentes y ojeras blanditas y le susurró en idioma argentino bajo:
- ¿Tené algo paá acá bajo? - señalándose la zona pélvica – poque me salió como un sarpullido, pero blanco y arrugado y etá por toda partes.
El farmacéutico tuvo su emoción del día. Si bien le dio pudor mirar el pindongo del caballerito, no pudo evitar bajar la cabeza cuando se le indicó por dónde venía la mano. Ahora era medio homosexual y toda su familia lo sabía o suponía.
En seguida, ante la evidente tensión, me alejé más hacia el sector de la caja, donde las dos viejas me miraban casi congeladas, o muertas, aún hoy es difícil distinguir la diferencia. Mi termómetro llegó desde el fondo de la farmacia y lo último que escuché fue que el farmacéutico preguntó:
- Y… ¿Te pica?
- Mucho – respondió el cliente, dando a entender con sus ojos que ni siquiera bañándose en una pelopincho llena con Caladril puro lograría detener el ardor.
El farmacéutico entonces corrió a otro sector privado del lugar, escarbó entre los estantes y sacó un frasco amarillento y unas pastillas. “A la mañana y a la tarde”, dijo cómplice, imaginando mientras los herpes purulentos saliendo de la maraña peluda de la entrepierna del pibe. Tampoco podía olvidar que había por allí una prostituta solitaria y abandonada, también portadora de tremendos adornos contagiados.
Yo le pagué a la señora más vieja de las viejas un segundo después que el muchacho y caminé hasta la puerta. Me topé con la balanza gratuita, esas viejas que te hacen sentir batata cuando te pesás y en las que siempre, una vez abajo, decís “igual sin las zapatillas son dos kilos menos”. Quedé conforme con lo que indicaba la flecha. Ahora realmente no me sentía tan mal.
La última vez que lo busqué con la mirada, el flaco ya estaba cruzando Corrientes con la bolsita del remedio bailando enroscada en su muñeca. Estaba feliz. Y ahora yo podía tomarme la fiebre.
viernes, junio 13, 2008
Sorpresa
A la tarde mi viejo se acostaba siempre en el sillón doble del living. Yo no tenía permitido sociabilizar en esos horarios, tenía 5 o 6 años y mi obligación era dormir la siesta mientras mi madre daba clases de inglés en el garage de casa que ahora es un Instituto. Hacer ruidos no era una opción.
Esa tarde yo no quise dormir mi siesta. Bajé las escaleras caracol con la delicadeza de un arreglador de triciclos y llegué al “precipicio”, una especie de agujero en la pared, a la altura de la mitad de la escalera, por el que mi padre podía verme desde el sillón, huyendo de mi cama obligada. Tenía que ser muy cuidadosa, mi Nani también debía estar vigilándome por algún lugar recóndito de la casa. Recuerdo que en el silencio solo escuchaba a mi mamá cantando en inglés una canción con sus alumnos, pero los oía lejos… Entonces junté coraje y espié por el precipicio. Papá seguía acostado, la tele estaba de perfil a mí, no podía ver la pantalla. Sentí de pronto esa sensación de estar a punto de ser pescada, atrapada en pleno acto vandálico. Volví un paso atrás. De verdad no quería dormir la siesta, ya estaba lista para colaborar con el equipo portándome bien sin necesidad de hacerlo roncando.
Yo tenía puesto el pijama, unas medias blancas que resbalaban como el carajo y superaban ampliamente el largo de mi pie y estaba literalmente a dos pasos de saltar ese maldito agujero, bajar el resto de la escalera y sobornar a mi padre para que por favor me dieran mis Lincoln, un café con leche y me dejaran hoy, por esta vez, alejarme de la almohada. Tomé un paso de distancia, me subí las medias hasta que quedaran bien ajustadas al juanete que ya desde chica se gestaba junto a mi dedo gordo, me volví a atar el firulo del pelo y salté.
Salté alto y en el preciso instante en que mi papá se elevaba en el aire desde el sillón cual zombi regenerado al grito de “GOOOOOOOOOOOOOOOOOLL”. Mi cerebro de 5 años no supo manejar el peligro: rodé 4 escalones y sin llegar a incorporarme me arrastré nuevamente hasta arriba con un miedo que me atravesaba el cuerpo y me erizaba los pelos del costado de la frente. Me sentía un hámster suelto y desesperado. Ahí arriba, a punto de entrar a mi cuarto estaba mi Nani. Era raro porque yo lloraba del miedo y ella se reía, había visto toda mi lamentable (aunque tierna) actuación y me miraba intentando disimularlo, pero no podía.
Me preguntó “¿Qué pasó Meli?”, y no supe qué responderle. Cualquier cosa que dijera me llevaría a un castigo. Estaba paralizada, frustrada por no haber logrado el escape, resignada a que en segundos estaría durmiendo la siesta.
Pero papá había escuchado todo también y estaba parado atrás mío. Su mirada era dulce, aunque inevitablemente se leía en sus pupilas que no podía creer cómo estaba entera y sin sangre en la cara después de tremendo porrazo.
Me acuerdo que me agarró a upa y me sentí alta y a salvo de la siesta por primera vez en esa tarde. En realidad me sentía a salvo de todo mirando el mundo desde ahí. De hecho, ya no me molestaba tanto tener que dormir, pero para mi sorpresa papá bajó las escaleras, pasó el precipicio, cruzó la sala del bar que teníamos entre la escalera y el living y me sentó delante de él en el sillón. Ahora sí podía ver la tele, había un partido de fútbol, ahora sí entendía todo… qué lindo haberlo sabido antes.
Feliz día anticipado Pa, te quiero.
Esa tarde yo no quise dormir mi siesta. Bajé las escaleras caracol con la delicadeza de un arreglador de triciclos y llegué al “precipicio”, una especie de agujero en la pared, a la altura de la mitad de la escalera, por el que mi padre podía verme desde el sillón, huyendo de mi cama obligada. Tenía que ser muy cuidadosa, mi Nani también debía estar vigilándome por algún lugar recóndito de la casa. Recuerdo que en el silencio solo escuchaba a mi mamá cantando en inglés una canción con sus alumnos, pero los oía lejos… Entonces junté coraje y espié por el precipicio. Papá seguía acostado, la tele estaba de perfil a mí, no podía ver la pantalla. Sentí de pronto esa sensación de estar a punto de ser pescada, atrapada en pleno acto vandálico. Volví un paso atrás. De verdad no quería dormir la siesta, ya estaba lista para colaborar con el equipo portándome bien sin necesidad de hacerlo roncando.
Yo tenía puesto el pijama, unas medias blancas que resbalaban como el carajo y superaban ampliamente el largo de mi pie y estaba literalmente a dos pasos de saltar ese maldito agujero, bajar el resto de la escalera y sobornar a mi padre para que por favor me dieran mis Lincoln, un café con leche y me dejaran hoy, por esta vez, alejarme de la almohada. Tomé un paso de distancia, me subí las medias hasta que quedaran bien ajustadas al juanete que ya desde chica se gestaba junto a mi dedo gordo, me volví a atar el firulo del pelo y salté.
Salté alto y en el preciso instante en que mi papá se elevaba en el aire desde el sillón cual zombi regenerado al grito de “GOOOOOOOOOOOOOOOOOLL”. Mi cerebro de 5 años no supo manejar el peligro: rodé 4 escalones y sin llegar a incorporarme me arrastré nuevamente hasta arriba con un miedo que me atravesaba el cuerpo y me erizaba los pelos del costado de la frente. Me sentía un hámster suelto y desesperado. Ahí arriba, a punto de entrar a mi cuarto estaba mi Nani. Era raro porque yo lloraba del miedo y ella se reía, había visto toda mi lamentable (aunque tierna) actuación y me miraba intentando disimularlo, pero no podía.
Me preguntó “¿Qué pasó Meli?”, y no supe qué responderle. Cualquier cosa que dijera me llevaría a un castigo. Estaba paralizada, frustrada por no haber logrado el escape, resignada a que en segundos estaría durmiendo la siesta.
Pero papá había escuchado todo también y estaba parado atrás mío. Su mirada era dulce, aunque inevitablemente se leía en sus pupilas que no podía creer cómo estaba entera y sin sangre en la cara después de tremendo porrazo.
Me acuerdo que me agarró a upa y me sentí alta y a salvo de la siesta por primera vez en esa tarde. En realidad me sentía a salvo de todo mirando el mundo desde ahí. De hecho, ya no me molestaba tanto tener que dormir, pero para mi sorpresa papá bajó las escaleras, pasó el precipicio, cruzó la sala del bar que teníamos entre la escalera y el living y me sentó delante de él en el sillón. Ahora sí podía ver la tele, había un partido de fútbol, ahora sí entendía todo… qué lindo haberlo sabido antes.
Feliz día anticipado Pa, te quiero.
martes, junio 03, 2008
Confieso que he cedido
Si veía un capítulo más de Los Simpsons me iba a cortar las venas con el filo de mi Subtecard. El sábado estaba frío y tenía kilos de comida pre-soreteada depositados en la panza sin la mínima intención de digerirse y eliminarse. Mi caballero estaba acostado a mi lado, él manejaba el control remoto mientras escuchaba mis repetidas quejas que variaban entre “otra vez Los Simpsons no” y “esto ya lo vimos”… hasta que en un determinado momento, la situación no dio para más.
- Mel, tenés que aprender a jugar a la Play Station
- Sé jugar al de autos y al Mamme.
- Tenés que aprender a jugar al Winning Eleven.
- … es que tiene muchos botones
Parecía no tener opción. La teoría que mi pareja estable manejaba era que viviendo juntos, no era justo que yo, por un mero capricho e inutilidad para manejar varios botones de funciones específicas a la vez, lo privara a él de disfrutar de un juego que le da placer y en el que le falta práctica. Esto último, claro, por mi culpa.
De pronto, sin siquiera haber asentido aún, en la pantalla podía verse una especie de tutorial que era traducido en palabras simples y amigables por mi caballero DT. Casi sin darme cuenta ya tenía incorporado que el cuadrado servía para patear al arco, que el triángulo era para hacer pases largos, la X se usaba para hacer pases cortos y un botón que está como adelante del joystick, lo toco con el dedo índice y me sirve para que el tipito corra más rápido, aunque con algo de torpeza en sus movimientos (los jugadores comprenderán, las mujeres se sentirán afuera de esto). Un dato elemental fue saber que presionando el botón de la velocidad y la X, mi tipito corría solo e intentaría quitarle la pelota al adversario sin siquiera darme tiempo a haberme ofuscado por haber perdido el balón. El equipo que me tocaría comandar ahora era Brasil porque según mi técnico “es un equipo que juega bien aunque vos juegues mal”. Lo bueno es que ya tenía asumidos los resultados.
Cuando llegó el momento de poner todo en práctica, me di cuenta de cuál era exactamente la limitación de mi cerebro: no podía recordar qué botón hacía qué cosa en el momento que debía recordarlo. Por este motivo es que en muchas oportunidades mis jugadores se quedaban estáticos ante mi grito de “¿Por qué no cooooorreeeeeeennnn?”, y después reparaba que ni siquiera estaba presionando un solo simbolito.
Veinte minutos duraría la tortura. Adentrándonos en el minuto 4 ya me sentía más cómoda, aunque ubicar la pelota adentro del arco parecía una tarea de complicación sin precedentes. Me percaté de que por mucho que corriera, nunca lograba saber hacia dónde debía enviar un pase. Si bien en un inicio solo me preocupaba apretar la X en el exacto segundo en que mi jugador tomaba el balón, ahora quería ganar precisión, llegada, anotación. Por mucho que lo deseaba, el arco parecía estar en una plataforma de juego distinta a la que nunca lograba acercarme.
El partido terminó 0 a 0 y después ocurrió algo que mi hombre alado denominó “Gol de Oro” en donde tenía muy poco tiempo para meter un tanto y encima todos parecían más desesperados que en los minutos iniciales. Mis jugadores parecían vivos y hasta me dio culpa no poder darles la satisfacción del triunfo. Ahora vendrían los penales y yo iba a jugar por ellos, por el honor de los pobres muchachitos animados.
El primer penal fue de práctica. Después de eso, mi arquero atajó dos tantos lanzándose a los palos de manera magnífica gracias a mis precisas indicaciones. El contrario me atajó una bola, pero la otra lo penetró de manera violenta. Quedaban dos oportunidades, una para cada equipo. Mi tipito verde golpeaba los talones contra el césped pixelado y el arquero imagino que deseaba conocer los movimientos de mi joystick. Los nervios y la tensión iban en aumento. Elegí el segundo palo, apreté el cuadrado y GOLLLLLL. Ahora tenía que defender el triunfo. Le tocaba patear al adversario y el papel de arquero estaba en mis botones. Mi oponente se acomodó para entrarle con potencia, para golpearme virilmente en mi primera definición de un partido electrónico de la historia.…. Pero atajé. Atajé con seguridad. Atajé y gané. Vencí a mi maestro y me envicié. Creo que nunca en la historia de mi vida festejé un triunfo de Brasil. Lo bueno es que nunca es tarde.
El segundo partido lo perdí 4 a 0, pero realmente no viene al caso.
- Mel, tenés que aprender a jugar a la Play Station
- Sé jugar al de autos y al Mamme.
- Tenés que aprender a jugar al Winning Eleven.
- … es que tiene muchos botones
Parecía no tener opción. La teoría que mi pareja estable manejaba era que viviendo juntos, no era justo que yo, por un mero capricho e inutilidad para manejar varios botones de funciones específicas a la vez, lo privara a él de disfrutar de un juego que le da placer y en el que le falta práctica. Esto último, claro, por mi culpa.
De pronto, sin siquiera haber asentido aún, en la pantalla podía verse una especie de tutorial que era traducido en palabras simples y amigables por mi caballero DT. Casi sin darme cuenta ya tenía incorporado que el cuadrado servía para patear al arco, que el triángulo era para hacer pases largos, la X se usaba para hacer pases cortos y un botón que está como adelante del joystick, lo toco con el dedo índice y me sirve para que el tipito corra más rápido, aunque con algo de torpeza en sus movimientos (los jugadores comprenderán, las mujeres se sentirán afuera de esto). Un dato elemental fue saber que presionando el botón de la velocidad y la X, mi tipito corría solo e intentaría quitarle la pelota al adversario sin siquiera darme tiempo a haberme ofuscado por haber perdido el balón. El equipo que me tocaría comandar ahora era Brasil porque según mi técnico “es un equipo que juega bien aunque vos juegues mal”. Lo bueno es que ya tenía asumidos los resultados.
Cuando llegó el momento de poner todo en práctica, me di cuenta de cuál era exactamente la limitación de mi cerebro: no podía recordar qué botón hacía qué cosa en el momento que debía recordarlo. Por este motivo es que en muchas oportunidades mis jugadores se quedaban estáticos ante mi grito de “¿Por qué no cooooorreeeeeeennnn?”, y después reparaba que ni siquiera estaba presionando un solo simbolito.
Veinte minutos duraría la tortura. Adentrándonos en el minuto 4 ya me sentía más cómoda, aunque ubicar la pelota adentro del arco parecía una tarea de complicación sin precedentes. Me percaté de que por mucho que corriera, nunca lograba saber hacia dónde debía enviar un pase. Si bien en un inicio solo me preocupaba apretar la X en el exacto segundo en que mi jugador tomaba el balón, ahora quería ganar precisión, llegada, anotación. Por mucho que lo deseaba, el arco parecía estar en una plataforma de juego distinta a la que nunca lograba acercarme.
El partido terminó 0 a 0 y después ocurrió algo que mi hombre alado denominó “Gol de Oro” en donde tenía muy poco tiempo para meter un tanto y encima todos parecían más desesperados que en los minutos iniciales. Mis jugadores parecían vivos y hasta me dio culpa no poder darles la satisfacción del triunfo. Ahora vendrían los penales y yo iba a jugar por ellos, por el honor de los pobres muchachitos animados.
El primer penal fue de práctica. Después de eso, mi arquero atajó dos tantos lanzándose a los palos de manera magnífica gracias a mis precisas indicaciones. El contrario me atajó una bola, pero la otra lo penetró de manera violenta. Quedaban dos oportunidades, una para cada equipo. Mi tipito verde golpeaba los talones contra el césped pixelado y el arquero imagino que deseaba conocer los movimientos de mi joystick. Los nervios y la tensión iban en aumento. Elegí el segundo palo, apreté el cuadrado y GOLLLLLL. Ahora tenía que defender el triunfo. Le tocaba patear al adversario y el papel de arquero estaba en mis botones. Mi oponente se acomodó para entrarle con potencia, para golpearme virilmente en mi primera definición de un partido electrónico de la historia.…. Pero atajé. Atajé con seguridad. Atajé y gané. Vencí a mi maestro y me envicié. Creo que nunca en la historia de mi vida festejé un triunfo de Brasil. Lo bueno es que nunca es tarde.
El segundo partido lo perdí 4 a 0, pero realmente no viene al caso.
viernes, mayo 23, 2008
Decoración natural
Venía caminando enroscada en mi bufanda. Recién había salido del subte, por lo que tenía un poco más de fresco del que en realidad debía sentir. Ya a una cuadra de distancia veía que la cola de espera del 60 superaba las 15 personas, lo que significaba simplemente que si quería viajar sentada iba a tener que dejar pasar unos cuantos colectivitos.
El semirápido justo hizo su aparición cuando estaba ya llegando a la fila, ocasionando una deserción de aproximadamente 5 personas que decidieron viajar con él. La líonea de espera estaba más corta ahora y me paré detrás de una chica que curiosamente siempre llega más tarde que yo. De pronto, una bocanada de aire muerto se impregnó en el aire. Yo no me había cagado y la muchacha parecía demasiado dulce y tierna como para haber disparado un pedo en plena fila de colectivo. Era algo diferente.
De repente reparé en el árbol que tenía a un metro más adelante. Está literalmente plantado sobre la vereda, la gente debe rodearlo para esperar al 60, o parársele al lado. En lo que sería la maceta que rodea sus raíces añejas había un charco de vómito de más de 25 centímetros de diámetro, color salsa rosa, todavía con fideos sin digerir nadando entre su bilis teñida y tapado tímidamente con una baldosa. Si lo intento, puedo ver al pobre santo ahogado en sus chorros de comida, lamiendo el piso con cada arcada, tratando de sentir el viento en la cara sin necesidad de olerse a sí mismo.
Desde chiquita soy vómito-consecuente. Creo que me inicié en esto cuando a los 5 mi madre me llevó en un colectivo a pasear a no sé dónde junto con una compañera de jardín que se llamaba Julieta y su respectiva paridora. Nunca voy a olvidar el momento en que Julieta, que estaba sentada del lado del pasillo, yo del lado de la ventana, me miró y me dijo: “abrí la ventana”. Acto seguido se paró con sus 5 años de inconciencia y me vomitó íntegramente arriba de la cabeza, chorreando todo mi cuerpo con una sustancia ácida y penetrante. Todavía faltaba una hora para llegar a casa. Aguantar mi propia existencia con el vómito de esa hija de puta encima fue lo más trágico que jamás pudo pasarme. Cuando llegué a casa y me bañé, los pedazos de comida hacían barquito en la bañadera, parecían Chococrispies.
Recordando el tema: Me hice vómito consecuente esa vez y desde ese instante cada vez que veo, huelo o escucho a alguien a punto de explotar por la boca, tiendo a replicarlo. No es algo evitable, mucho menos predecible. Mi manera de superarlo es pensando en los verdes prados que rodean a los Ositos Cariñosos.
Cuando me tocó avanzar hasta quedar parada al lado del charco de vómito creí que era mi final. La chica de adelante estaba color blanco y nuevamente no pude evitar imaginarla colaborando con los fideos en salsa rosa con su propia bocanada de sustancias parcialmente digeridas. Las ganas de vomitar estaban lentamente ascendiendo por mi cerebro, pero la que cedió de modo lamentable fue la chica de adelante. No pudo tolerarlo e hizo dos arcadas que intentó confundir con tos, pero eran bastante claras. Yo caminé hacia atrás. Saqué un paquete de Lincoln y comencé a olerlo debajo de mi bufanda. Todavía pensaba en Ositos hablando extrañamente como Teletubbies. A solo cien metros podía verse el 60. Solo restaba aguantar menos de un minuto para estar lejos del vómito. Me paré en la calle, mis ojos estaban desbocados, necesitaba alejarme rápidamente. Subí como con un chasquibum en el clítoris, me senté en un asiento de la ventana y lo último que vi fue a la pobre muchacha agachada sobre la mancha de pasta aportando condimentos para hacerla más vistosa. La pobre se perdió el colectivo. Yo llegué puntual al trabajo.
El semirápido justo hizo su aparición cuando estaba ya llegando a la fila, ocasionando una deserción de aproximadamente 5 personas que decidieron viajar con él. La líonea de espera estaba más corta ahora y me paré detrás de una chica que curiosamente siempre llega más tarde que yo. De pronto, una bocanada de aire muerto se impregnó en el aire. Yo no me había cagado y la muchacha parecía demasiado dulce y tierna como para haber disparado un pedo en plena fila de colectivo. Era algo diferente.
De repente reparé en el árbol que tenía a un metro más adelante. Está literalmente plantado sobre la vereda, la gente debe rodearlo para esperar al 60, o parársele al lado. En lo que sería la maceta que rodea sus raíces añejas había un charco de vómito de más de 25 centímetros de diámetro, color salsa rosa, todavía con fideos sin digerir nadando entre su bilis teñida y tapado tímidamente con una baldosa. Si lo intento, puedo ver al pobre santo ahogado en sus chorros de comida, lamiendo el piso con cada arcada, tratando de sentir el viento en la cara sin necesidad de olerse a sí mismo.
Desde chiquita soy vómito-consecuente. Creo que me inicié en esto cuando a los 5 mi madre me llevó en un colectivo a pasear a no sé dónde junto con una compañera de jardín que se llamaba Julieta y su respectiva paridora. Nunca voy a olvidar el momento en que Julieta, que estaba sentada del lado del pasillo, yo del lado de la ventana, me miró y me dijo: “abrí la ventana”. Acto seguido se paró con sus 5 años de inconciencia y me vomitó íntegramente arriba de la cabeza, chorreando todo mi cuerpo con una sustancia ácida y penetrante. Todavía faltaba una hora para llegar a casa. Aguantar mi propia existencia con el vómito de esa hija de puta encima fue lo más trágico que jamás pudo pasarme. Cuando llegué a casa y me bañé, los pedazos de comida hacían barquito en la bañadera, parecían Chococrispies.
Recordando el tema: Me hice vómito consecuente esa vez y desde ese instante cada vez que veo, huelo o escucho a alguien a punto de explotar por la boca, tiendo a replicarlo. No es algo evitable, mucho menos predecible. Mi manera de superarlo es pensando en los verdes prados que rodean a los Ositos Cariñosos.
Cuando me tocó avanzar hasta quedar parada al lado del charco de vómito creí que era mi final. La chica de adelante estaba color blanco y nuevamente no pude evitar imaginarla colaborando con los fideos en salsa rosa con su propia bocanada de sustancias parcialmente digeridas. Las ganas de vomitar estaban lentamente ascendiendo por mi cerebro, pero la que cedió de modo lamentable fue la chica de adelante. No pudo tolerarlo e hizo dos arcadas que intentó confundir con tos, pero eran bastante claras. Yo caminé hacia atrás. Saqué un paquete de Lincoln y comencé a olerlo debajo de mi bufanda. Todavía pensaba en Ositos hablando extrañamente como Teletubbies. A solo cien metros podía verse el 60. Solo restaba aguantar menos de un minuto para estar lejos del vómito. Me paré en la calle, mis ojos estaban desbocados, necesitaba alejarme rápidamente. Subí como con un chasquibum en el clítoris, me senté en un asiento de la ventana y lo último que vi fue a la pobre muchacha agachada sobre la mancha de pasta aportando condimentos para hacerla más vistosa. La pobre se perdió el colectivo. Yo llegué puntual al trabajo.
martes, mayo 06, 2008
Pequeño y memorable
Todos usaban anillos y pulseras de colores y collares y huevadas, pero yo era bastante machona. No me gustaba tener la vulnerabilidad de las mujeres, quizás el divorcio de mis padres logró ese extraño efecto en mí. Creía que con actitudes de varón al final de cuentas las cosas me iban a doler menos.
Un día caminaba con mi mamá por la calle y desde la vereda de en frente vi en una vidriera cómo brillaba algo que parecía un anillo. Cruzamos para verificarlo, yo llevaba dos pesos en el bolsillo, lo justo para zafar, un hábito que no puedo cambiar hasta el día de hoy. En ese momento tenía 12 años.
Me acerqué, lo miré y le faltaba mi nombre grabado encima: era perfecto para mi dedo, el de al lado del fuck you, que nunca supe ni sabré cómo carajo se llama. En fin, ahí estábamos los 4: el anillo, mi madre, la vendedora y yo.
Era de un poco menos de un centímetro de alto y tenía unas olas que lo circulaban de manera muy cursi, pero de alguna forma tierna que todavía no sé explicar. Mar de Ajó era casi mi segundo hogar, ahí tenía un muchacho que me gustaba, que después se dejó un bigote tipo nutria que me sacó el amor de los intestinos en un santiamén, y me sentía conectada por todo esto con el pequeño circulito hueco. La verdad es que lo quería, pero tenía solo dos pesos.
Mi mamá lo agarró entonces y lo compró. Nunca me gustó pedir nada, así que agradecí creo sin mirarla, cuando por dentro tenía un volcán de emoción explotando cual oruga de árbol alto en suelo de primavera.
Los años pasaron, los mares cambiaron las arenas y el local que vendía mi joya de plata desapareció, pero el anillo siempre siguió pegado a mi dedo. Con el tiempo aprendí a nadar sin sacármelo, a lavarme la cabeza sin riesgo a perderlo y hasta a dormir sosteniéndolo de un modo tal con el nudillo que impidiera salirse bajo la almohada en cualquier momento. Lo hice parte de mi rutina, era mi amuleto de buena suerte, mi canalizador de nervios, mi amoldador de dedo, el único espacio más blanco en mi mano en verano y el más suave en invierno… aunque era solo un anillo de 6 pesos.
Hoy de pronto quise jugar a hacerlo dar vueltas y la realidad me sorprendió. Mi anillo no estaba. Nadie me lo había robado, ni siquiera habían intentado alguna vez hacerlo. Tampoco se me había caído al lavar, de hecho ni siquiera había lavado. Apelé a mis recuerdos matinales y al salir de la ducha, se reflejaba en el espejo, al abrir la puerta lo choqué con mi llavero… todo estaba en el lugar que debía, hasta ahora. Hoy mi anillo se perdió de una manera que nadie conoce, quizás eso era exactamente lo que se merecía: ser recordado de manera fantástica, como un fiel compañero brillante que nació de un regalo y ahora seguramente revivirá en otro dedo de alguien que lo tenga disponible.
(Aunque confieso que dentro, muy dentro mío, donde los sentimientos negros conviven con los grises y turbulentos, deseo que haya caído en una alcantarilla podrida y nadie pueda tocarlo jamás en lo que quede de su historia.)
Un día caminaba con mi mamá por la calle y desde la vereda de en frente vi en una vidriera cómo brillaba algo que parecía un anillo. Cruzamos para verificarlo, yo llevaba dos pesos en el bolsillo, lo justo para zafar, un hábito que no puedo cambiar hasta el día de hoy. En ese momento tenía 12 años.
Me acerqué, lo miré y le faltaba mi nombre grabado encima: era perfecto para mi dedo, el de al lado del fuck you, que nunca supe ni sabré cómo carajo se llama. En fin, ahí estábamos los 4: el anillo, mi madre, la vendedora y yo.
Era de un poco menos de un centímetro de alto y tenía unas olas que lo circulaban de manera muy cursi, pero de alguna forma tierna que todavía no sé explicar. Mar de Ajó era casi mi segundo hogar, ahí tenía un muchacho que me gustaba, que después se dejó un bigote tipo nutria que me sacó el amor de los intestinos en un santiamén, y me sentía conectada por todo esto con el pequeño circulito hueco. La verdad es que lo quería, pero tenía solo dos pesos.
Mi mamá lo agarró entonces y lo compró. Nunca me gustó pedir nada, así que agradecí creo sin mirarla, cuando por dentro tenía un volcán de emoción explotando cual oruga de árbol alto en suelo de primavera.
Los años pasaron, los mares cambiaron las arenas y el local que vendía mi joya de plata desapareció, pero el anillo siempre siguió pegado a mi dedo. Con el tiempo aprendí a nadar sin sacármelo, a lavarme la cabeza sin riesgo a perderlo y hasta a dormir sosteniéndolo de un modo tal con el nudillo que impidiera salirse bajo la almohada en cualquier momento. Lo hice parte de mi rutina, era mi amuleto de buena suerte, mi canalizador de nervios, mi amoldador de dedo, el único espacio más blanco en mi mano en verano y el más suave en invierno… aunque era solo un anillo de 6 pesos.
Hoy de pronto quise jugar a hacerlo dar vueltas y la realidad me sorprendió. Mi anillo no estaba. Nadie me lo había robado, ni siquiera habían intentado alguna vez hacerlo. Tampoco se me había caído al lavar, de hecho ni siquiera había lavado. Apelé a mis recuerdos matinales y al salir de la ducha, se reflejaba en el espejo, al abrir la puerta lo choqué con mi llavero… todo estaba en el lugar que debía, hasta ahora. Hoy mi anillo se perdió de una manera que nadie conoce, quizás eso era exactamente lo que se merecía: ser recordado de manera fantástica, como un fiel compañero brillante que nació de un regalo y ahora seguramente revivirá en otro dedo de alguien que lo tenga disponible.
(Aunque confieso que dentro, muy dentro mío, donde los sentimientos negros conviven con los grises y turbulentos, deseo que haya caído en una alcantarilla podrida y nadie pueda tocarlo jamás en lo que quede de su historia.)
lunes, abril 21, 2008
Tu sangre, mi sangre
El cansancio era terrible. El humo de pastos muertos no me había dejado dormir bien la noche anterior y el trabajo había estado intenso, a diferencia de otros viernes. Había salido tarde de la oficina, por lo que sin quererlo me había tirado de cabeza sobre la hora pico de la hermosa Buenos Aires. Apenas bajé del 60 para meterme en el subte supe lo difícil que sería encontrar un asiento. Corrí por la escalera mecánica, me metí en el segundo vagón y vi dos butacas sin ano esperando la decisión de mis cantos. La butaca que más cerca estaba de mis piernas tenía una mancha encima. Era totalmente reconocible. No había dudas de que una mujer de menos de 50 se había sentado ahí y que su flujo vaginal menstrual era intenso y como consecuencia había desbordado el tampón mal colocado y manchado el asiento de plástico beish dejando una especie de rombo estirado sangriento como firma identificatoria.
A mi entender, esa mancha de cachufla incontinente estaba seca. Mi necesidad de sentarme era desesperante. Me saqué la mochila y ante el subte repleto me ubiqué sobre la butaca.
Segundos después de tener apoyadas las cachas en el plástico sentí una especie de frequito en la zona de la entrepierna. Toqué y efectivamente estaba mojada. Se ve que la mancha no estaba tan seca, la hija de puta debía haberse bajado segundos antes de mi acto de pelotudez absoluto. Intenté poner una servilleta bajo mi culo, pero era una tarea muy compleja porque no tenía que parecer que me había cagado, pero tampoco que me lloraba el clítoris. Decidí tranquilizarme y de hecho lo logré hasta que una idea circuló mi cerebro y se instaló en mi frente trastornando mis pupilas: Cuando me pare, todos van a pensar que la que manchó el asiento con menstruación fresquita fui yo.
Así fue. Llegando a Facultad de Medicina me levanté sin chistar ni mirar hacia atrás, aunque no pude evitar darme cuenta de que nadie se me acercaba ni me rozaba. En un subte repleto de gente, nadie ni siquiera me respiraba cerca, tampoco me miraban, agachaban la vista y, lo más interesante, nadie quería sentarse en mi asiento. Todos estaban mirándolo, con cara de asco mezclada con pena y ganas de darme un tampón XL. Por mi parte, solo quería morir como las cotorritas de Puerto Madero y ser convertida en empanada de acelga.
Las puertas del subte tardaban siglos en abrirse, yo veía en mi nuca las miradas de un yanqui alto que con su novia murmuraban y sonreían, todos amorosos y rosados. La única paz que me mantenía en pie era la de saber que algunos me habían visto sentar en el ya manchado asiento, alguien sabía que no era yo la del culo sangrante, sino la anterior viajante, que había salido libre de culpa y cargo.
Solo quería huir, pensaba que así se acabaría mi sufrimiento…. Pero no. La mancha se había enganchado a mi jean celeste gastado. Ahora yo tenía la sangre de la muerte del óvulo de la fecundación, la tenía pegada al culo, engrapada con flujo, desplegando vergüenza con cada paso. A zancadas llegué a mi casa. El jean todavía está sucio, esperando su turno para el laverrap.
Desde el viernes sé que hay cosas peores que viajar parado.
A mi entender, esa mancha de cachufla incontinente estaba seca. Mi necesidad de sentarme era desesperante. Me saqué la mochila y ante el subte repleto me ubiqué sobre la butaca.
Segundos después de tener apoyadas las cachas en el plástico sentí una especie de frequito en la zona de la entrepierna. Toqué y efectivamente estaba mojada. Se ve que la mancha no estaba tan seca, la hija de puta debía haberse bajado segundos antes de mi acto de pelotudez absoluto. Intenté poner una servilleta bajo mi culo, pero era una tarea muy compleja porque no tenía que parecer que me había cagado, pero tampoco que me lloraba el clítoris. Decidí tranquilizarme y de hecho lo logré hasta que una idea circuló mi cerebro y se instaló en mi frente trastornando mis pupilas: Cuando me pare, todos van a pensar que la que manchó el asiento con menstruación fresquita fui yo.
Así fue. Llegando a Facultad de Medicina me levanté sin chistar ni mirar hacia atrás, aunque no pude evitar darme cuenta de que nadie se me acercaba ni me rozaba. En un subte repleto de gente, nadie ni siquiera me respiraba cerca, tampoco me miraban, agachaban la vista y, lo más interesante, nadie quería sentarse en mi asiento. Todos estaban mirándolo, con cara de asco mezclada con pena y ganas de darme un tampón XL. Por mi parte, solo quería morir como las cotorritas de Puerto Madero y ser convertida en empanada de acelga.
Las puertas del subte tardaban siglos en abrirse, yo veía en mi nuca las miradas de un yanqui alto que con su novia murmuraban y sonreían, todos amorosos y rosados. La única paz que me mantenía en pie era la de saber que algunos me habían visto sentar en el ya manchado asiento, alguien sabía que no era yo la del culo sangrante, sino la anterior viajante, que había salido libre de culpa y cargo.
Solo quería huir, pensaba que así se acabaría mi sufrimiento…. Pero no. La mancha se había enganchado a mi jean celeste gastado. Ahora yo tenía la sangre de la muerte del óvulo de la fecundación, la tenía pegada al culo, engrapada con flujo, desplegando vergüenza con cada paso. A zancadas llegué a mi casa. El jean todavía está sucio, esperando su turno para el laverrap.
Desde el viernes sé que hay cosas peores que viajar parado.
martes, abril 01, 2008
Hubo una vez un pájaro...
Picuca era un canario marrón con algunas plumas amarillas. En los tiempos que vivió, yo ocupaba una cama en mi hogar de Quilmes, con vista al patio. Picuca dormía en una jaula horrible, como todas las jaulas, aunque en realidad dudo que durmiera.
Como todas las mañanas de mis 8 años, me levantaba y antes de desayunar siquiera, iba al patio a ver qué tal mi mascota anti caricias había pasado la noche, le daba alpiste, le sacaba la mierda recalcitrada de debajo de las patas y volvía a la cocina a comer Lincoln mojadas de a 3 en el café con leche.
Una mañana vi desde mi ventana como mi hermanito de 3 años le daba de comer a mi mascota. Se lo veía muy interesado en este proceso, miraba a Picuca como esperando que el pobre bicho le picoteara la garzopa. Recuerdo que bajé las escaleras, fui al jardín y ya desde lejos podía ver la goma de borrar que mi hermano le había depositado dentro de la jaula, ya estaba incompleta porque el pájaro vicioso no paraba de hincarle el pico una y otra vez.
La verdad es que no me animé a meter la mano en la jaula y, debo confesar que la imagen del ave comiendo una goma de esas azules y rojas era bastante impactante. Estaba como hambriento, desesperado, se inflaba y movía las patas como zapateando en pegamento…
Había mojado medio paquete de Lincoln cuando mi hermano gritó. La verdad es que se reía fuertemente, pero eso no viene al caso. No vale la pena revivir batallas del pasado. Dejé mi café con leche, salí y la imagen que la jaula otorgaba era nefasta: Picuca estaba patas para arriba, se había caído del palito que siempre lo sostenía, tieso, con la panza explotada y el piquito abierto. Picuca estaba muerto.
La tristeza me recorrió entera. No había podido siquiera despedirme del pobre emplumado, no le había cambiado el alpiste ni le había quitado la goma. Yo había fomentado su muerte, la había avalado, era una asesina, una cómplice siniestra.
Estaba llorando bajo la jaula desconsoladamente cuando mi mamá entró en escena. No quería resignarme a perder a mi mascota, menos por culpa del pelotudo de mi hermano a quien odiaba más que a los noticieros en ese momento. Fue en ese preciso instante cuando mi madre dijo la frase que revivió a mi corazón:
- No llores hija. Vamos a poner a Picuca en este pañuelo blanco para que se lo lleven los ángeles cuando vayas al colegio. Entonces va a ser como tu ángel de la guarda.
Era feliz finalmente. Le entregué a Picuca a mi mami, me calcé la mochila y corrí al micro que me recogía puntualmente. La anécdota de la muerte no era pesada ya, sino que lo inolvidable era que ahora ¡yo tenía un canario devenido en ángel! Nadie nunca había tenido algo similar. Yo estaba marcando una tendencia.
Volví a casa y me dediqué a limpiar la jaula vacía. Era un hecho el paso de los ángeles porque la goma, o lo poco que quedaba de ella, había desaparecido junto con Picuca. La propuesta de mamá había sido un éxito. Puse el alpiste en una bolsa, fui hacia el tacho de basura, lo abrí y ahí, encima de toda la mierda, Picuca había sido tirado con total desprecio, con total impunidad, sobre dos servilletas de papel sucias y la goma de borrar.
Ese día descubrí que los ángeles no hacen retiros a domicilio.
Como todas las mañanas de mis 8 años, me levantaba y antes de desayunar siquiera, iba al patio a ver qué tal mi mascota anti caricias había pasado la noche, le daba alpiste, le sacaba la mierda recalcitrada de debajo de las patas y volvía a la cocina a comer Lincoln mojadas de a 3 en el café con leche.
Una mañana vi desde mi ventana como mi hermanito de 3 años le daba de comer a mi mascota. Se lo veía muy interesado en este proceso, miraba a Picuca como esperando que el pobre bicho le picoteara la garzopa. Recuerdo que bajé las escaleras, fui al jardín y ya desde lejos podía ver la goma de borrar que mi hermano le había depositado dentro de la jaula, ya estaba incompleta porque el pájaro vicioso no paraba de hincarle el pico una y otra vez.
La verdad es que no me animé a meter la mano en la jaula y, debo confesar que la imagen del ave comiendo una goma de esas azules y rojas era bastante impactante. Estaba como hambriento, desesperado, se inflaba y movía las patas como zapateando en pegamento…
Había mojado medio paquete de Lincoln cuando mi hermano gritó. La verdad es que se reía fuertemente, pero eso no viene al caso. No vale la pena revivir batallas del pasado. Dejé mi café con leche, salí y la imagen que la jaula otorgaba era nefasta: Picuca estaba patas para arriba, se había caído del palito que siempre lo sostenía, tieso, con la panza explotada y el piquito abierto. Picuca estaba muerto.
La tristeza me recorrió entera. No había podido siquiera despedirme del pobre emplumado, no le había cambiado el alpiste ni le había quitado la goma. Yo había fomentado su muerte, la había avalado, era una asesina, una cómplice siniestra.
Estaba llorando bajo la jaula desconsoladamente cuando mi mamá entró en escena. No quería resignarme a perder a mi mascota, menos por culpa del pelotudo de mi hermano a quien odiaba más que a los noticieros en ese momento. Fue en ese preciso instante cuando mi madre dijo la frase que revivió a mi corazón:
- No llores hija. Vamos a poner a Picuca en este pañuelo blanco para que se lo lleven los ángeles cuando vayas al colegio. Entonces va a ser como tu ángel de la guarda.
Era feliz finalmente. Le entregué a Picuca a mi mami, me calcé la mochila y corrí al micro que me recogía puntualmente. La anécdota de la muerte no era pesada ya, sino que lo inolvidable era que ahora ¡yo tenía un canario devenido en ángel! Nadie nunca había tenido algo similar. Yo estaba marcando una tendencia.
Volví a casa y me dediqué a limpiar la jaula vacía. Era un hecho el paso de los ángeles porque la goma, o lo poco que quedaba de ella, había desaparecido junto con Picuca. La propuesta de mamá había sido un éxito. Puse el alpiste en una bolsa, fui hacia el tacho de basura, lo abrí y ahí, encima de toda la mierda, Picuca había sido tirado con total desprecio, con total impunidad, sobre dos servilletas de papel sucias y la goma de borrar.
Ese día descubrí que los ángeles no hacen retiros a domicilio.
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