lunes, julio 20, 2009
Feliz Día
A Sam la conocí en el jardín de infantes, en sala verde. Estaba yo en la trepadora de colores colgada de mis brazos eternos cuando la señorita Myriam me la acercó a la cara y pronunció su nombre por primera vez: “Melisa, ella es Samanta”. Le dije “hola, Sami” y sellamos el comienzo de mi amistad más antigua. De todas las cosas que me acuerdo de ella, es imposible sacarme de la mente la tarde que su ovejero alemán me mordió el brazo cuando yo tenía solo 10 años. O menos quizá. Era un perro enorme. Habíamos estado jugando toda la tarde entre el patio y el cuarto de Sami. Ella tenía un teléfono público, de esos antiguos, podíamos estar cien mil años simulando las conversaciones que de más adultas salieron sin premeditarlas. Sami también tenía un peluche que era un gato que ronroneaba. Siempre te lo envidié, amiga. Quiero que lo sepas.
Volviendo al perro, me acuerdo que me corrió por el patio, hizo que me subiera a una pared presa del pánico y me arrebató el brazo. No pude esconderlo. La abuela de Sami me tiraba alcohol sobre la herida. Fue mi primer shock de la infancia.
Dani conformaba una sociedad secreta con Peque. El día que empezó a hablarme yo ya tenía tetas y aparentaba ser un marimacho agresivo. Todavía no conocía los beneficios del corpiño con aro o de la crema para peinar. Con Daniela confesé toda mi vida mientras inflábamos un colchón para dormir en el living. Un dato curioso que ella no conoce es que cada vez que me quedaba en su departamento a pasar la noche, siempre con alguna peli de por medio, yo tenía ataques de pedos. Era algo fijo. Mi teoría personal es que el abuso de la Coca Cola me jugaba en contra. Como mi madre no la compraba, cada vez que tenía la chance me la inyectaba cual suero comatoso.
Con Juli nos hicimos un lugar en la vida cuando ya éramos adolescentes. Siempre pensé que mi nombre no ocupaba un puesto en sus amigos más cercanos del corazón, pero el tiempo me demostró lo equivocada que estaba. Julieta es la que más veces me ha escuchado llorar en una línea telefónica. Una noche de boliche decidí acostarme en su casa. Armamos la cama, pusimos las sábanas y me prestó una almohada. Antes de cerrar los ojos ella creyó que era el mejor momento para contarme que en su hogar, justo en la puerta de su cuarto, frente a un espejo, su hermana había visto un fantasma. Desde ese momento, preferí cagarme encima y limpiarme con las medias antes de levantarme a medianoche en la casa de Julieta.
El futuro me sorprendió con amistades perseverantes. Conocí a Anita, a Nati, a Pupi, a Marivi, a Gise, a Diego, a Chelo, Horace, Hugo, Ser... Es raro como, pese a advertirles de mis malos atributos como amiga, ellos siempre están. Curiosa es la forma de la amistad. Algunas amigas son como el pulso. A veces saltan hasta el techo y a veces no se ven, otras tantas se mantienen estables, pero forman parte de una vida inconstante llena de idas y pocos regresos.
Otros tantos colegas devenidos a amigos me regaló la facultad, cuando la coraza de hielo más a flor de piel se arrastraba. Ellos vieron lo mejor y lo peor, la envidia y la felicitación, la frustración y la moral inflada. Leo, Fede, Martín, María. Sin palabras.
Los amigos de la vida no necesitan mantenimiento. Su presencia se huele en los momentos trascendentes, en los contados instantes que uno elige compartir sin preguntarse si es el mejor momento para hacerlo.
Hoy es un día que detesto, pero que, como mala amiga que soy, me sirve para vomitar todas las cosas que en soledad le escribí al diario íntimo durante tantos años. Sami, de vos aprendí la valentía cuando fuimos pebetas. Me enseñaste a superar un divorcio de mierda, solo viendo cómo vos habías salido airosa y galopante. Dani, hoy sos el pulso inestable de mi corazón, pero lo que te quiero no tiene un nivel máximo. Sos la armonía, el equilibrio. Juli, Juli. Qué decirte. Me enseñaste que perdonar de corazón es posible. Gise, vos cada día que pasa me mostrás un mundo sin prejuicios y que realmente una mujer puede tener más cojones que cualquier mogólico en anabólicos.
También hoy es un día para agradecerle a la persona que más allá de llenarme el corazón como una bolsa de agua caliente, me acompaña en esta ruta llena de baches y alambres de púa. Mi novio, mi amigo, mi compañero en el asiento de adelante. Te amo Lu.
A todos los que nombré y a todos los que nombro en mi cabeza, a los amigos de la noche y a los que perdí en algún momento, cuando el lastre de pasado se me tornó demasiado pesado. Al fin y al cabo, como esa vez me dijeron, sobrevivieron los más fuertes.
lunes, junio 22, 2009
El Traje
"Ponete el traje de Barney que te preparé ahí en el vestidor. Tenés 20 minutos, ya te pedí el remis. Más te vale no arruinarla, Melisa porque es la última vez que te confío un evento tan grande".
Me acerqué al cuarto rodeado de biombos y disfraces. Envolví mi pelo en una gorra de natación, así le gustaba a la dueña del salón, una señora que era la versión diabólica de la cerdita insulsa de los Muppets. Pelo de muñeca, ojos de tornado de espinas. La vieja se escondía en la cocina a comer la comida de los cumpleaños de los infantes que ahí se sucedían.
El Salón para el que trabajaba hacía menos de 4 meses era reconocido en el partido de Quilmes como uno de los más completos de todos: disfraces de Disney originales, damiselas danzantes que festejaban los chistes de los padres pajeros, inocencia pululando por los baños y los rincones. Recuerdo hasta haberle limpiado el culo a una nena gorda que usaba doble medibacha.
Estaba acostumbrada a encarnar diversos personajes, aunque la vieja tendía a ubicarme en los roles de brujas maliciosas, quizá influenciada por mi nariz y mi pelo largo florecido y sin forma. Pero esta vez, el desafío había subido la apuesta. El traje que me esperaba colgado de dos perchas era el de un gran amigo de los niños, un ser odiado por el grupo adulto. Un personaje que cuenta con una dosis de pelotudez altamente elevada para los parámetros animados que corren en la actualidad. Ese sábado no animaría un cumpleaños en la piel de Minnie, mucho menos en la de Donalds. Esta semana encarnaría al dinosaurio Barney.
“Te pongo la música mientras te vestís así vas practicando los bailes”, me sugirió la muy maldita. Con el pelo recogido parecía el dedo gordo de los helados Patalín. Me saqué la ropa que llevaba puesta, otras animadoras me habían advertido acerca del calor sofocante que esperaba dentro del disfraz violeta y verde de brazos cortitos. Me dejé el corpiño, una musculosa y una bombacha culote a modo de short.
Primero puse las piernas. La goma espuma se iba adhiriendo a mi piel como un preservativo en pito cubierto de miel. Me di cuenta de que los brazos no entraban extendidos, sino que solo cabían hasta el codo y de este modo siempre quedaban levantaditos, como si fuera yo una suricata con artrosis. Intenté mantener la calma cuando me calcé la cabeza y noté que mis ojos verían a través de la boca de Barney, que mi boca real estaría inmersa en material babeado por cumpleaños anteriores y que la punta enorme de mi nariz no tendría lugar suficiente para mirar hacia el frente, por lo que estaría plegada casi totalmente sobre mi pómulo derecho.
Con la cabeza apresada y los ojos viendo a través de dientes de tul negro, unas manos me guiaron hacia el remis. Eran cerca de las seis de la tarden cuando apoyé mi esponjoso nuevo ano sobre el asiento trasero del auto. Como no podía flexionar las piernas porque sentía como si tuviera setenta y dos almohadas atadas a las rodillas, tuve que acostarme y apoyar la nuca sobre el vidrio. Debíamos ir desde el centro de Quilmes hasta La Plata, tardaríamos cerca de 1 hora. Lo único que imploraba era que el remisero no quisiera charlar durante el viaje, la sola idea de comenzar desde temprano a descargar energía hacía ver al fantasma de la deshidratación cada vez más nítido. No hubo trayectos mayores a una cuadra sin escuchar un “Barney forro tirame la goma”, que podía alternarse con “Barney putoooo”, con muchas “O”.
Cuando llegamos al cumpleaños recuerdo que varias personas se acercaron para sacarme del coche. Me tomaron de la cabeza y tiraron, sin recordar que por dentro había tetas, ojos y cuerpo blando. Me ofrecieron un vaso de agua que solo podría haber ingerido por el ojete, pero preferí evitar la imagen nefasta en los ojos de los infantes.
Tuve que quedarme parada un rato hasta que el sonido nauseabundo de “te quiero yo y tu a mi” irrumpió en el salón. Una caravana de gritos agudos vomitó sobre mis tímpanos. Una madre feliz me tomó del bracito y al segundo me encontré a mí misma parada en el centro de un salón, debajo de una bola de boliche. La oscuridad hacía muy difícil la visión a través de la boca del adefesio púrpura, pero tenía frente a mí a un espejo gigante que cubría toda una pared, eso hacía que pudiera seguir la coreografía sin exagerar los movimientos panzales.
Todo se sucedía con normalidad entre los pequeños caníbales de 6 años: bailoteaban a mi alrededor, tomaban mis manecitas y me pedían que les hiciera upa, algo que era técnicamente imposible ya que no podía agacharme bajo ningún medio. Tenía calor. Las gotas post baile me chorreaban sobre la boca, el gusto a sal comenzó a darme impresión después de los dos primeros tragos a boca llena. Fue entonces cuando se desató la debacle.
Desde las mesas del fondo del salón de La Plata empezaron a llegar adolescentes de entre 12 y 16 años. Mi cuerpo estaba apresado dentro de esa masa agredible, mi voz no era escuchada por nadie más que mis propios oídos. Fue entonces cuando se ubicaron en ronda, dejándome como centro y uno a uno comenzaron a golpearme la panza, luego a darme patadas en las piernas y cachetadas en la cara gigante. Esto último era lo peor ya que mis brazos no llegaban lo suficientemente alto como para permitirme efectuar una defensa digna. Era triste.
Pocos segundos después de iniciada la guerra de la extinción de Barney, caí rendida al piso. Cual aspiradora, me arrastraban por el suelo agarrándome de las patitas. Podía verme en el espejo mientras viajaba cara arriba por todos los pasillos del cumpleaños al grito de “ayúdenme, estoy viva por dentro”.
Alrededor de dos horas pasaron hasta que el cumpleaños terminó y me dejaron en paz. Los padres del enviado del mal que había dado comienzo a la tortura reían a carcajadas mientras repasaban la filmación de mi cuerpo apaleado por los jerbos gigantes. De la misma forma en la que viajé hasta La Plata volví a Quilmes. Al llegar al salón de la señora bajé del coche, crucé la entrada y al tiempo que me sacaba el traje, ella analizaba la espalda violeta. El silencio hacía su propia fiesta en los vestidores esa noche. Varios minutos pasaron hasta que las miradas se detuvieron, la señora levantó la vista, me miró a los ojos con una mueca antipática y sentenció: “La verdad Melisa que no puedo pagarte por el evento de esta noche. El muñeco está todo sucio de torta atrás, lo voy a tener que mandar a la tintorería”. La señora nunca me pagó, Barney sigue colgado en el vestidor de su casa de fiestas. En la actualidad se encuentra limpio y huele a lavanda.
jueves, mayo 21, 2009
Mi Pajero Incondicional
Mi admirador desde hace unos cuantos meses es un guardia de seguridad que habita desde la mañana y hasta alrededor del mediodía en una garita del barrio de Martínez. El hombre, de más de 50 años, tiene esa facha de militar retirado que cometió alguna indecencia: un pequeño robo, una pequeña violación, un pequeño asesinato múltiple. Su garita, su pequeño hogar-oficina de 1 metro cuadrado, apesta a olor a pedo. Pasar por la puerta entreabierta de este cubículo techado deja oler en todo su esplendor al compilado de pedorreadas mañaneras que este fiel cristiano desplegó durante las primeras horas del día, producto de algún café con leche instantáneo o, por qué no, de algún mate cocido con bizcochos de grasa. Algún resabio de limpieza debe hospedar en sus genes, ya que suele ventilar el espacio al tiempo que sacude la alfombra donde apoya sus piecitos y lava su mate en el agua que corre por el cordón de la vereda.
La primera vez que el ex militar canoso y algo negrito decidió comentar acerca de mi subjetiva belleza, lo hizo de la manera más tosca que podía. Asomó su cabeza entre mis tetas y gritó: “Buen día mi amor”. Yo, con la vergüenza elevada al cubo, miré hacia el costado y me focalicé en un grupo de palomas que se procreaban sobre un chalet. Durante esa semana, la emoción de ver a alguien con tetas tan temprano en la mañana logró que mi fan gaseoso no perdiera la atención: además del buen día mi amor pegado a mis auriculares blancos, el hombre comenzó a limpiar el cordón por el que yo transitaba. Ubicaba un trapito y me miraba mientras pasaba por encima. Al pasar por sobre la tela, comentaba en voz alta: “Sí, pisámelo todo”.
La situación comenzó a descontrolarse cuando además de él, un amigo recolector de residuos se sentaba a esperar que yo atravesara la esquina. Ambos, a coro, gritaban ante mi paso: “Buen día mi amor. Te cojo toda.” Las miradas lujuriosas, el olor a mate desprendido de cada piropo, la masturbación que imaginaba dentro del cubículo a minutos de mi paso, el charco de leche colgando de la pared, pegoteando las hojas del calendario… la recreación que se adueñaba de mi mente era nauseabunda.
Descubrí que no importaba cuán lejos de su garita yo pudiera pasar, mi admirador caliente siempre se ubicaría en el lugar preciso para verme pasar, saludarme y mirarme las tetas. Noté que su interés decaía con el invierno. A más ropa, menos ganas de pelar la garompa en plena cuadra. A más ropa, menos escote visible, más campera, igual a escena no erótica. Aunque todavía hacía calor, comencé a usar pañuelos que disimularan las formas. El efecto duró una semana hasta que los comentarios cachondos volvieron. “Buen día mi amor, ¿no me vas a saludar?”, preguntaba ansioso cada vez. De tanto esquivarlo con la mirada, comencé a realmente interesarme por las palomas del chalet. Eran blancas y grises, una de ellas grande como un pollo. Me pregunté si comería carne o a otras palomas, o a murciélagos. Descubrí su nido, sus crías. Llevaba una cuenta mental de cuántos pichones habitaban el techo, de cuántos charcos de mierda habían en la pared de ladrillos y pude ver una mañana cómo un exterminador de palomas colocaba una trampa asesina para aniquilar a los bichos, para que quedaran clavados al techo, impidiéndoles cagar, reproducirse y vivir.
Hace 4 días opté por un camino alternativo al trabajo para evitar cruzarme al gediento amigo cincuentón. Una cuadra antes de su esquina, doblo a la derecha y camino 4 cuadras al pedo para llegar a destino. Sus piropos ya no me hacen feliz. Su saludo mañanero ya no levanta mi autoestima. He perdido la motivación para el vestuario, para el cabello y el maquillaje, pero hoy, por primera vez en 6 meses, el miedo a ser violada repetidas veces dentro de una garita con olor a pedo desapareció de mi mente.
viernes, mayo 01, 2009
Prejuiciosa, prejuiciosa yo
un muchacho detuvo el bondi:
tenía la piel negrita y zapatillas gigantes,
unos rulos despeinados
y medias blancas, pero grises
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Se sentó a mi lado en el último asiento del colectivo
(el resto del lugar estaba vacío)
Yo llevaba un bolso transparente
él una campera cubriéndole un brazo entero;
la campera era de corderito
y repito: le cubría un brazo entero.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que me roba que me roba que me roba
Que me va a robar
Que tarde o temprano me va a robar
Mejor me guardo el documento en el bolsillo
Y la tarjeta
Y la llave también
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que se para y me arranca el bolso
Que se para y me lo va a arrancar
Mejor lo abrazo bien fuerte y lo escondo.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Mejor me cambio de asiento
o me bajo ya mismo, acá
“pero si me bajo ya mismo me violan, me violan acá
y encima me van a robar”
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Upa algo está pasando: se bajó y no me robó.
Devolví mis cosas al bolso,
todavía me tiembla un pulmón
Prejuiciosa, ¿prejuiciosa yo?
(Posteo viejo, pero siempre vigente. Publicado por primera vez en http://pobresyanonimos.blogspot.com)
martes, abril 28, 2009
Sin humo en la cocina
Una vez acostumbrada a la manera de ingresar la poronga metálica que funciona a modo de críquet dentro de la chula, dispuesta a que determinados dedos peludos le toqueteen a una los pechos, justo en el momento en el que la comodidad y, por qué no, la satisfacción comienzan a ser una unidad de la mano del profesional… una ve que el apellido no figura en la nueva cartilla.
La esperanza de estar buscando mal nunca desaparece. Se empieza buscándolo por apellido, luego por domicilio y finalmente se termina mirando cada renglón a ver si hubo un error de ordenamiento y estamos pagando las consecuencias. Este proceso podemos hacerlo alrededor de 6 veces, siempre para verificar que realmente no está en la hoja 4, línea 17, como siempre. Es entonces cuando, movidas por la desesperación, decidimos ir a la primera guardia.
Después de haber probado 40 tipos de ovulitos diferentes para calmar la micosis y 5 antibióticos alternativos para mejorar la infección urinaria, determinamos que no podemos seguir boyando por consultorios externos y necesitamos un nuevo ginecólogo de cabecera.
Abrí la cartilla y comencé la búsqueda en base a cercanía. Ninguno podía ser mejor que mi anterior médico, quien vivía a una cuadra y seis metros de mi cama. Sabiendo que tendría que caminar, tomé la determinación de que fuera lo mínimo indispensable. Llegué entonces a un centro ubicado a 4 cuadras de mi casa en el que atendía un médico de apellido norteamericano. Al ser una clínica especializada, imaginé que los profesionales saldrían hasta de los lockers de la pared, por ende todo funcionaría de manera puntual y aplicada.
El primer lunes que pedí un turno fue para las 17:15. Llegué a las 17, padeciendo un problema agudo de puntualidad obsesiva. Me registré con la recepcionista, una señora que superaba los 45 años e intentaba por todos los medios posibles ser la comediante del suelo. El poco éxito que lograba su humor sano generaba una picazón anal incómoda y alguna que otra náusea. Me pidió mi celular, mi edad y mi fecha de menstruación, ese dato tan minúsculo que jamás recuerdo y para el que debo sacar la tableta de mis pastillas anti bebé, más el calendario y comenzar, en vivo, a hacer la cuenta mental que nunca jamás será la correcta.
Al pasar a la sala de espera tuve mi primer escalofrío. Los bebés encapsulados eran el menú en oferta y todos tenían uno, menos yo. Por varios minutos no supe dónde sentarme, era un mundo de lavarropas vivientes, de retoños en gestación. “¿Será contagioso?”, pensé. Me ubiqué de manera de poder seguir disfrutando de la tele chimentera de la tarde. Todo era disfrute hasta que miré el reloj. Mi turno de las 17:15 había sido claramente superado. Eran ahora las 17:50 y yo tenía un evento importante a las 18:30. Me paré y asigné un turno para el lunes siguiente. Esta vez sería a las 17 y con otro profesional.
Llegué nuevamente 15 minutos antes. Esta vez las preñadas se habían multiplicado por 500. Le pregunté a la comediante de poca monta cuántos fetos evolucionados tenía adelante y me dijo que yo era la siguiente. Me sentí feliz hasta que una embarazada conflictiva cruzó las escaleras.
(NOTA: Ubicar escaleras en un lugar frecuentado por bombos de 8 meses genera un stress aparte. Cada vez que una de estas mujeres la baja o la sube, una cierra a medias un ojo para evitar ver el momento en que cae y el crío sale despedido cual diarrea estival por el medio del huesito dulce de la pobre mula-madre.)
La conflictiva llegó sosteniéndose la cachufla, blanca y del brazo de su madre. Cuando la oí pedir por mi médico, quise pegarle en las tetas como si fueran sommiers recién estrenados. Imaginé que serían veinte minutos de demora, pero al superar la hora y media, nuevamente, me levanté, pedí un turno con otro profesional y me fui puteando bajito.
Hace 4 lunes que visito durante aproximadamente dos horas el consultorio de los ginecólogos. Cada cita lleva a la creación de una ficha diferente. Ya llevo 4 fichas con distintos ginecólogos sin haberles visto jamás la cara. La recepcionista cada lunes me saluda, me mira un largo rato con pena y me dice: “Hoy seguro te atiende”. Conclusión: embarázate y no te tomarán más de forra.
miércoles, abril 01, 2009
La Intrusa II
Los días siguieron su curso natural y la cantidad de mierda de Mickis aumentaba considerablemente con el paso de las noches. Los triangulitos verdes de veneno sabor a muerte ya estaban secos y nunca supimos cómo poner la trampera.
Acudí a la ferretería, esta vez al borde del llanto. Estaba dispuesta a gastar lo que fuera necesario, requería lo más letal que hubiera en las góndolas. Me ofrecieron un veneno color rosa, una bolsita llena de pelotitas tiernas que dicen despertar el instinto sexual de la laucha, para hacerla comer hasta cagar por los ojos y luego morir seca en su madriguera. Lo adquirí y esa misma tarde esparcí puñaditos de 10 venenitos por diversos lugares de la cocina.
Al otro día, parte del veneno había desaparecido, pero la impresión mayor se dio cuando, la noche subsiguiente, hasta el polvo restante había sido chupado por este animal del infierno. Fue entonces cuando temimos lo peor: Micki tiene hermanitos e hijos. En ese instante tomé una decisión: “Voy a cerrar la puerta de la cocina, entonces no va a poder entrar”. Algo tan simple como aislarla del cuarto cocinador iba a determinar mi triunfo, después de haber agotado casi todos los recursos.
El día después, el horror atacó mis pupilas: no solo la puerta de la cocina seguía cerrada, sino que la muy hija de una rata famélica había elaborado un túnel a través de la pared, que conectaba el cuarto donde pasa sus días, con mi cocina. Al ver destruida la pared y los escombros apilados prolijamente uno al lado del otro, me sentí estafada. Humillada por un pequeño roedor al que ahora quería asesinar con un arpón hecho de tenedores. Imaginé una brochote de Mickis a las brasas y hasta confieso que me despertó un singular hambre.
Mi padre recomendó que siguiera vertiendo veneno en los lugares que lo había hecho la primera vez. Decidí no darle más chances de vivir y en lugar de 10 venenitos, coloqué puñados de 50, esperando confiada que los cuerpos fritos de esos animales estuvieran en las próximas horas decorando los zócalos de todo el hogar. Al otro día, el desastre se hizo presente: todo el veneno, las más de 250 bolitas rosas, habían sido chupadas del suelo, absorbidas como flujo menstrual en tampón XL, como shot de vino para un alcohólico en el medio del desierto de Uganda.
Llamé a un fumigador y, tras explicar hondamente la situación, fue terminante: “Las ratas vienen de afuera, probablemente de un inodoro que tenés en desuso. Tenés que tapar esa tubería con cemento”. Luego remató: “Estás intentando exterminar a todas las ratas de Once, es imposible”.
Esa misma noche, acudí a la cocina a buscar un postre, un simple Danette de chocolate aburrido y congelado. Al abrir la puerta, pedí a mi caballero alado que prendiera la luz para verificar la sanidad del área. “Está todo bien”, dijo. Al apoyar un pie, 3 lauchas pasaron corriendo desde atrás de la heladera y hacia el túnel. Una de ellas se escondió en el horno y al día de hoy sigue cagando mis asaderas.
Ayer, nuevamente fui a la cocina, el lugar que se ha convertido en el menos transitado del edificio. Tenía que hornear una pizza yo sola. Mientras colocaba la muzzarella con cuidado de que ningún pedazo cayera al suelo y alimentara a los bisnietos de Micki, oí un ruido. Miré hacia el lava platos. La cortina se movía, pero debía seguir cocinando. Fui por mis botas altas. El silencio predecía lo peor. De pronto, un culo gordo y negro con una colita adosada apareció al costado del horno, quedando trabado entre la pared metálica y la de yeso. La rata del mal no podía llegar a su túnel, estaba desesperada, obesa y asustada hasta las tripas. Me quedé mirándola un largo rato. Ella seguía luchando. Sentí que por un instante ella también me observaba como reconociéndome. Entonces, aunque intenté, no pude pensar otra cosa: “Cómo creció mi mascota”.
* En la actualidad se desconoce el número de Mickis viviendo en la cocina.
* Los intentos de extermino han fallado y los roedores siguen visitándonos asiduamente.
* En consecuencia, la Administración ha determinado: Adopción total de las lauchas y sus respectivas/os sucesores y el aislamiento parcial de la cocina y su pasillo aledaño.
jueves, enero 22, 2009
La intrusa
Debido a esta distribución geográfica de la cocina es que muchas veces peleamos batallas con polillas, moscas gigantes o hasta pajaritos que vienen en busca de migas de criollita que quedaron varadas luego de la apertura indecente de algún paquete. Pero esta vez, la batalla no sería fácil de superar…
Necesitaba tomar Cepita fría. Era sábado a la noche y el calor me hacía desintegrar las bolitas de caspa de mi cabellera. Me levanté de la cama dejando un cuerpo marcado en chivo sobre la sábana y me dirigí a la cocina en busca del jugo.
En puntas de pie para no ensuciarme las patas, abrí la heladera y justo en ese instante escuché algo extraño. Era como si tuviera a alguien lijando un plástico cerca de mi oreja, pero despacito, con insistencia… entonces la ví. Estaba en dos patas, paradita sobre una escalera que descansa al lado de la heladera. Era una laucha asesina, de 7 centímetros de largo más la cola, gris como la ceniza volcánica putrefacta de las playas chilenas, sucia como el alma de María Leal. La laucha estaba en mi cocina y yo tomé una decisión: nunca más entraría hasta no erradicarla.
Pasó un día hasta que la necesidad de enfriar una Pepsi y lavar platos golpeó la puerta. Llegamos a la conclusión de que durante la tarde el roedor no merodeaba la zona, sino que estaba oculto en algún lugar de la cocina. Este lugar aún no había sido descubierto, por lo cual el bicho, al que ahora llamamos Micky, podía salir de cualquier lugar, sorprendernos en cualquier momento y hacernos lamentar estar pagando un viaje a Brasil en lugar del cerramiento de la cocina.
Me puse las botas altas de lluvia y me até el pelo para hacerle frente al momento. Entré junto a mi caballero al espacio contaminado por la laucha y me acerqué al lavaplatos, pero el miedo pudo más que mi traje antirocelauchal y tuve que irme hacia atrás. Había dado dos pasos cuando escuché “¡hola Micky! Al fin te conozco”. Lucas había hecho contacto con la intrusa. Yo ya corría hacia la cama y cerraba las ventanas en caso de que el animal decidiera saltar y hacer cucharita conmigo.
Cuando mi hombre volvió al cuarto parecía feliz de haber experimentado el encuentro. Estaba entusiasmado, pleno. Me sentí estafada y tomé otra decisión: vamos a exterminarla.
Al otro día, como buenos mercenarios, teníamos lista toda la artillería para eliminar a la laucha invasora. Por un lado una trampera intimidante que sin duda partiría a la mitad al pobre animal, destripándolo y decorando las baldosas de la cocina, salpicando quizás la heladera. Por otro lado unos triangulitos con sabor a muerte, todos verdes, que había que maniobrar con guantes de goma y ubicar estratégicamente en la puerta de la morada del bicho y en los lugares que frecuenta, marcados por su mierda o por sus pisadas grasosas, las que primero había que descubrir.
Tiramos 3 cuadraditos de muerte por la cocina, uno en donde pensamos que vivía, otro bajo el lavaplatos y otro en el medio del ambiente. La esperanza de amanecer y ver a Micky muerta al lado del veneno nos hizo dormir como angelitos.
Eran las 6 de la mañana cuando me desperté ansiosa como la Parca. Esperé a después de bañarme para ir a chequear el estado de descomposición del bicho porque todavía no había demasiada luz solar, pero cuando me asomé por la puerta, la sorpresa no pudo haber sido mayor: no solo no había muerto, sino que había empujado los venenos lejos de los lugares en donde los habíamos ubicado, burlándose de nuestro sistema, avergonzando hasta el límite nuestros espíritus amargados.
Hoy, la laucha sigue lijando los elementos de mi cocina. El veneno ha pasado dos noches sin siquiera haber sido olido por ella. El paso dos será la trampera, las tripas y una muerte funesta. Micky, allá vamos.
Continuará…
viernes, enero 02, 2009
2009: Sueño Nº 1
Por algún motivo que desconozco, George me resultaba interesante en el sueño, lo observaba con detenimiento por la ventana. En un determinado segundo él me devolvió los ojos y yo alcé la mano saludándolo. Bush y yo estábamos intercambiando movimientos de mano.
Seguí curioseando hasta que su conferencia finalizó y repentinamente sonó el teléfono del cuarto en el que yo estaba.
- Hola
- Hola. Usted tiene una llamada del Señor George Bush. Presione 1 si acepta ir a cenar con él. Presione 2 si no acepta ir a cenar con él.
Recuerdo haber presionado la opción 2. No deseaba ir a cenar con Bush, de eso estaba segura. Automáticamente el cielo se nubló y alguien golpeó a mi puerta. Por el agujerito de la llave vi que era el ex presidente de Estados Unidos quien cacheteaba la madera insistentemente. Me insultó y se arrodilló. Rogaba que lo acompañara en una salida, en una cita. Seríamos Bush y yo en una mesa de 2. Nada más nauseabundo.
Volví a negarme, esta vez con más énfasis. Bajé al lobby del edificio y le pedí encarecidamente a un portero vestido de marinero que no dejara entrar más a Bush a mi piso, porque estaba haciéndome daño.
Minutos después, el maldito George había enviado un OVNI a la ventana de mi departamento para tener control de todos mis movimientos. No tenía cortina en mi sueño, por lo que me resultaba complicado escurrirme del maldito mirón.
Los siguientes minutos de sueño transcurrieron de manera borrosa. Bush volvió a llamarme, yo nunca más atendí y eso trajo malas consecuencias: para el momento de despertarme estaba yo siendo apresada por unos guardias que salían del OVNI vigilante. Bush coreaba canciones felices de las que solo me acuerdo una parte: “inmigrante ilegal inmigrante ilegal”. Me ataron las manos y las piernas alrededor de una silla y una vez más, las opciones funestas resonaron en mi cabeza: “Usted tiene una llamada del Señor George Bush. Presione 1 si acepta ir a cenar con él. Presione 2 si no acepta ir a cenar con él.” Tanto en sueño como en vida útil, prefiero morir atada a la silla.
martes, diciembre 16, 2008
Ya no son lo que eran...
NOTA: El primer hombre que realice un comentario de dudoso cariño con respecto a mis hermanas, sufrirá la maldición de la Virgen de la Pampa Seca: se le encogerá la pija a límites no conocidos hasta transformársele en un nuevo pupo, al que para hacer acabar habrá que apretar como a un acné hasta ver desprenderse la puntita amarilla.
Eran las 11 de la mañana de un domingo que vomitaba sol. Subí junto a mi pareja estable al 159 que sale del Correo Central y a mitad de viaje comencé a recordar que no sabía cómo llegar al salón de fiestas. Solo tenía la certeza de que el nombre del lugar hacía alusión a un pato… las variantes eran infinitas: Pato Felíz, Pato Ñato, Patolandia, Pato Félix, Pato Román, Pato Catrasca...
Cuando los 45 mensajes de texto a mi madre, mi hermano y mi padre no arrojaron resultados certeros sobre la locación del evento, decidí apelar al pedido desesperado: “Pa, me bajo en Las Flores y Mitre, ¿me pasás a buscar?”.
Llegué a la fiestita con dos paquetes bajo el brazo. Uno, el más grande, para mi hermana cumpleañera. Ella había pedido una Barbie Mariposa, esa a la que se le destraban las alas sin encanto ni delicadeza, pero que gusta por ser rubia, por tener tetotas y brillitos en la cara que justifican el abono de más de 120 pesos. El otro paquete, el pequeño, tenía un Pequeño Pony de color rosa para mi segunda hermana, la que simplemente liga por tener cachetes apretables y cara de triste si no le llevo nada.
Arrojé mi regalo en un cofre de madera y al instante una ola de niñas apareció frente a mí. Tenían preguntas complejas como “¿por qué sos hermana de Ailén si tu papá no es su papá?”, “¿por qué no la visitás mucho a tu hermana? Ella te extraña” o “¿vos estás casada?, porque me dijo tu hermana que vivís con tu novio”. El miedo me invadió. Las nenas no son las que eran, las que jugaban a la casita, a la boutique, a la Juliana Maestra. Tampoco son las que cantan “en Cocolandia vivo yo con flores alrededor”, ni disfrutan con Bob el Constructor o con los maravillosos Ositos Cariñosos.
De pronto, casi sin darme tiempo a responder sus interrogantes, las infantes de 9 años volaron hacia el medio de la pista, al grito de “YO ADELANTEEEEE”. No entendía bien qué ocurría hasta que Casi Ángeles se hizo presente al tiempo que una máquina escupía espuma sobre los pelos de las nenas. Todas las niñas de pronto se prostituyeron y comenzaron a mostrar movimientos pélvicos, bordeando lo erótico, en coreografías hechas para gente con tetas, o al menos gente que ya menstrúa. Por un segundo tuve miedo de que mi hermana de 9 años me robara a mi novio de 31. Luego el miedo se disipó cuando pude observar a los varones del mismo curso jugando al supermercado en otra esquina del salón, totalmente deserotizados. Esto puede ser bueno: no tendrán sexo temprano dentro de su propia aula. También puede ser malo: tendrán sexo temprano fuera de su propia aula con profesores, preceptores o alumnos de quinto año.
Pasé las siguientes dos horas sentada al lado de una ventana, comiendo chips, palitos y sándwiches de matambre. Todo parecía demostrar que nada cambiaría su rumbo... hasta que mi hermana me nombró capitana de su equipo de juego y tuve que pararme, ponerme un gorro de colores y correr a los empujones con mi hermano (el capitán de los varones) para ver quién se sentaba primero en una silla donde ni siquiera me entraba el ojete, y adivinaba el tema que sonaba de fondo. Adiviné dos, la Pantera Rosa y Los Pitufos. Confundí El Chavo con Blancanieves y al Inspector Gadget con el Súper Agente 86. Chivé por cien, me caían gotas de la frente, me empujaron violentamente más de 3 veces y encima se me despeinó el flequillo de manera atroz. Cuando mis pulmones ya eran esponjas patito negras, le pasé la posta a mi madre y, minutos después, nuestro equipo perdió. Ella hizo lo posible, pero no pudo contra la sapiencia de miles de nenas agrupadas buchoneándole a su contrincante. Ni ella ni yo volveremos a ser Capitanas, una verdadera pena hereditaria.
jueves, octubre 16, 2008
Momento Egocéntrico
1- El suplemento NO del diario Página 12 de hoy tiene una nota de mi autoría, jeje. Se llama Ecuación Perfecta y habla de la 9na fecha del Pepsi Music.
2- A partir de Noviembre comienza a salir mi columna de nombre "Complicada e Histérica" en una revista llamada MAVIROCK.
Tiro ambas bombas y prometo, juro sobre el cadáver de mi propio óvulo menstruado que esta semana subo un post decente y explicativo de ambas cuestiones.
Gracias a todos por leer y seguir leyendo, pese a la inconstancia de los últimos meses.