La playa está próxima, ya huelo el mar y avisto a las viejas carroñeras en la orilla destruyendo caracoles cada vez que depositan el orto en la arena para mear sin que el guardavidas les vea caer el chorro. Mar de Ajó está a días de distancia, tengo que prepararme.
Mi última visita a la playa estuvo marcada por ampollas, ronchas y una hinchazón hasta en el clítoris que el sol me había causado en sus horas no recomendables. Como este año el sol eterno que tenemos los argentinos cada vez pica más, decidí no solo comprarme bronceador factor 1000 y crema de aloe vera post fritura, sino también darme una base de cama solar.
Era mi desvirgación dentro de esa máquina de la muerte, por eso llevé a mi hombre alado para que me acompañara en el sentimiento. Grande fue mi pesar cuando supe que solo podríamos entrar de a uno.
La chica que me atendió dentro del "solarium", como le llaman las gronchas, tenía el color exacto con el que una teme quedar al salir de dicho espacio. No era naranja, sino más bien color sambayón con cerezas. Primero me comentó las módicas sumas a las que debía enfrentarme en cada sesión, luego se sinceró y afirmó: "A vos te recomiendo que empieces con una baja intermedia de 6 minutos". Claro, porque soy verde. Está queriendo decir que soy verde esta hija de puta, la odio.
La muchacha sambayón me dijo que la siguiera porque me iba a explicar cómo debía comportarme dentro del tubo del horror y lo más importante, cómo debía accionarlo. La cama horizontal donde uno se asa tipo colita de cuadril estaba rota, así que me indicaron una especie de transportador espacial vertical en donde yo debía pararme sin mover el culo para no quemármelo con unas luces violetas y sostenerme sin soltarme nunca de unas manijas que colgaban del cielo. Para que todo arrancara, debía toquetear un botón negro.
Después de este primer instructivo, esta misma yegua me dijo que me "preparara" en otro cuarto, lo que yo entendí como ponerme en bolas antes de asarme, pero no. Era desmaquillarme. Me saqué un poco el delineador, tomé los anteojos verdes antiparrescos que me habían dado como protección y salí a enfrentar al sol de mentira.
No quería tener marcas de malla ni de bombacha por lo que realmente me quedé desnuda. Desnuda, con un rodete y los anteojos verdes. Estaba lista para volar a Marte para ser fecundada por un ganso. Me paré ahí adentro, tomé las manijitas, cerré la puerta y toqué el botón. Automáticamente unas turbinas de calor comenzaron a escupirme su violácea fragancia a verano que no es. Empecé a sudar casi al tiempo que la radio que ponen para que uno no se desespere pasaba un tema de Mika que me hace delirar a puntos extremos.
Un contador de minutos marcaba el ritmo descendiente de los 600 segundos que debía tolerar antes de salir con un bronceado casi estupendo. Una especie de desmayo me quiso atacar, pero no lo permití, ahora sonaba Diego Torres y no quería sucumbir ante su canto. Cuando faltaban segundos para terminar, el tubo solar conmigo dentro quedó a oscuras. Sentí que me cagaba, las turbinas ahora tiraban aire fresco que me entraba por la cachucha y me la congelaba. Lo que me faltaba era salir con cistitis. Por alguna razón, seguía aferrada a la manija.
El viento, los anteojos, el miedo de que un peluquero desorbitado me entrara a chupar un pezón chivado… todo comenzó a girar en la oscuridad y de pronto: pffffffffffffffff. El contador de segundos llegó a su fin. La puerta se destrabó y yo, desnuda, transpirada y sin maquillaje me miré al espejo para descubrir que nuevamente y como antes, seguía siendo color verde musgo.
jueves, enero 31, 2008
viernes, enero 25, 2008
Abrime el agujero
Los días antes de las vacaciones con como una cinta de caminar eterna que nunca se detiene, que nunca te hace perder calorías, que te hace chivar y le suma puntos al mal humor habitual. De pronto, a 5 días de correr despavorido a oler almejas, te ves a vos mismo desde las alturas odiando hasta a las Vaquitas de San Antonio, esos bichos de mierda que habría que denunciar por calumnias porque jamás en su puta existencia me han cumplido un mísero deseo.
Esperando estaba cuando decidí que me había hartado de respirar con un solo agujero de la nariz. Sí. Exacto. Nunca creí que las personas tuvieran decisiones de ese tipo, pero las tienen, las tuve. Me pedí un turno en el otorrinolaringólogo y lo anoté en mi agenda para nunca olvidarme.
Cuando llegó el día me invadió una sensación rara, parecida a la vergüenza. Una persona con nariz importante, prominente, impactante (todos sinónimos que le dan menos carácter auto discriminatorio) es feliz siempre y cuando nadie se detenga a mirar su nariz. Es simple: si alguien tiene una verruga con pelos erectos en el cachete y una se pone a mirarlo como esperando que la salude, una cierta sensación de extraña vergonzocidad atrapa al portador de dicha deformidad. De igual modo sucede con el órgano olfateador. De pequeña solía incomodarme cuando la maestra explicaba el sentido del olfato, de más grande al hablar de perfil laboral. Hoy me siento adaptada a mi parte, pero al ver mi respiración afectada quise ver qué solución existía…
El otorrino gracias a la Virgen Santa de los Párpados Caídos era una mujer. Al momento en que ingresé en el consultorio me dijo “¿cuándo querés operarte?”. Epa, cálmese señora, pensé, y acto seguido me encontraba en una camilla con la vieja chota hurgando en mi napia como si fuera un fenómeno del circo de los deformes. Me mandó a hacerme una tomografía. La tortura recién comenzaba…
Entré a la clínica sin darle paso a una embarazada y arrojándole la puerta encima a un decrépito con bastón. Realmente no fue a propósito, pero para todos los que me vieron me convertí en el peor ser humano que jamás se había hecho una tomografía computada. Mientras esperaba solo pensaba una cosa: me van a sacar fotos de la nariz, nada podría ser peor. Me imaginaba a decenas de doctores rodeándome con martillos, peleando por destruir mi tabique, sentía los flashes de las fotos quemándome las fosas nasales como con cloro. Sentí cosas horribles… hasta que llegó mi turno.
Mi tomografiante era alto, gordo y amigable. Me miraba la nariz, eso es claro, pero también me miraba las tetas, por lo que no me preocupé ya que no me catalogaba como un ser asqueroso. Hablamos de mi tabique, de mis accidentes en la pileta, de mi poca respiración y de los ronquidos que nunca tuve, pero debería tener. Me metió en un tubo ruidoso y me hizo sacar la hebilla del pelo.
Minutos más tarde volvió, yo esperaba acostada a que me diera la orden de levantarme. Cuando lo hizo me paré, me dijo que el lunes retirara el estudio, acotó que mis agujeritos napiales eran hiper pequeños, que seguro todo iba a salir bien y que se había olvidado de preguntarme si estaba embarazada, que no lo hizo porque no parecía estarlo. Le agradecí por el cumplido aunque sabía que tenía las tetas hinchadas por la premenstrualización. Lo saludé con un apretón de manos, me indicó el camino y salí a la calle. Mi lección del día es que nada es tan malo como ir al dentista.
Esperando estaba cuando decidí que me había hartado de respirar con un solo agujero de la nariz. Sí. Exacto. Nunca creí que las personas tuvieran decisiones de ese tipo, pero las tienen, las tuve. Me pedí un turno en el otorrinolaringólogo y lo anoté en mi agenda para nunca olvidarme.
Cuando llegó el día me invadió una sensación rara, parecida a la vergüenza. Una persona con nariz importante, prominente, impactante (todos sinónimos que le dan menos carácter auto discriminatorio) es feliz siempre y cuando nadie se detenga a mirar su nariz. Es simple: si alguien tiene una verruga con pelos erectos en el cachete y una se pone a mirarlo como esperando que la salude, una cierta sensación de extraña vergonzocidad atrapa al portador de dicha deformidad. De igual modo sucede con el órgano olfateador. De pequeña solía incomodarme cuando la maestra explicaba el sentido del olfato, de más grande al hablar de perfil laboral. Hoy me siento adaptada a mi parte, pero al ver mi respiración afectada quise ver qué solución existía…
El otorrino gracias a la Virgen Santa de los Párpados Caídos era una mujer. Al momento en que ingresé en el consultorio me dijo “¿cuándo querés operarte?”. Epa, cálmese señora, pensé, y acto seguido me encontraba en una camilla con la vieja chota hurgando en mi napia como si fuera un fenómeno del circo de los deformes. Me mandó a hacerme una tomografía. La tortura recién comenzaba…
Entré a la clínica sin darle paso a una embarazada y arrojándole la puerta encima a un decrépito con bastón. Realmente no fue a propósito, pero para todos los que me vieron me convertí en el peor ser humano que jamás se había hecho una tomografía computada. Mientras esperaba solo pensaba una cosa: me van a sacar fotos de la nariz, nada podría ser peor. Me imaginaba a decenas de doctores rodeándome con martillos, peleando por destruir mi tabique, sentía los flashes de las fotos quemándome las fosas nasales como con cloro. Sentí cosas horribles… hasta que llegó mi turno.
Mi tomografiante era alto, gordo y amigable. Me miraba la nariz, eso es claro, pero también me miraba las tetas, por lo que no me preocupé ya que no me catalogaba como un ser asqueroso. Hablamos de mi tabique, de mis accidentes en la pileta, de mi poca respiración y de los ronquidos que nunca tuve, pero debería tener. Me metió en un tubo ruidoso y me hizo sacar la hebilla del pelo.
Minutos más tarde volvió, yo esperaba acostada a que me diera la orden de levantarme. Cuando lo hizo me paré, me dijo que el lunes retirara el estudio, acotó que mis agujeritos napiales eran hiper pequeños, que seguro todo iba a salir bien y que se había olvidado de preguntarme si estaba embarazada, que no lo hizo porque no parecía estarlo. Le agradecí por el cumplido aunque sabía que tenía las tetas hinchadas por la premenstrualización. Lo saludé con un apretón de manos, me indicó el camino y salí a la calle. Mi lección del día es que nada es tan malo como ir al dentista.
lunes, enero 14, 2008
Perseguidos
Siento como de a poco se va friendo mi culo en el asiento del colectivo. Percibo como las gotas de transpiración le sirven de aceite y me dibujan la espalda llena de hongos, la surcan, la contornean, la mojan con una capa grasa que conjuga mugre, desodorante, crema sedal para los rulos y cuero del bondi.
Leo un libro de Saramago mientras los días pasan. Tengo que leer las carillas dos veces para entender qué carajo quiere decirme con su modo de viejo ancestral rebuscado, pero una vez que lo capto realmente me intereso y hasta recomiendo su lectura. Se llama “Las intermitencias de la muerte”.
Como siempre, como cada día banal que pasa, me subo al 60 a la salida del reclutamiento laboral, me siento en el espacio disponible u observo con detenimiento a las primeras filas y me ubico próxima al que más movimientos corporales esté haciendo, o a la que esté guardando el celular, o acomodándose las tetas, todos esos son actos que un ser hace cuando está por bajar del colectivo. En este viernes particular yo elegí bien a mi presa, era un señor de bastón que estaba casi parado para el momento en que llegué, le goteaba lagaña por la cara y miraba como llorando a todo el mundo, como pidiendo un Lexotanil. Me senté y abrí mi libro en la página 98 en la que me había quedado después del subte.
Pocos minutos pasaron hasta que las sirenas de tres patrulleros y un camión me dejaron los oídos sangrando y acto seguido el colectivero hizo un giro brusco y estacionó sobre la Panamericana, parecía como si de pronto Sandra Bullock hubiera tomado el volante y todos fuéramos a morir impactados contra un local de panchos en el Unicenter. Los patrulleros de pronto estaban alrededor del colectivo, los 4 señores bronceados por la naturaleza que más últimos habían subido al 60 estaban agolpados contra el vidrio de adelante y las viejas, adolescentes y generación con auriculares estaban blancos, cagados o cagándose encima esperando que alguien explicara por qué tanto quilombo.
Antes de los motivos que esperábamos, los hombres de la ley fueron subiendo al colectivo gritando, corriendo, saltando como Heidis terroristas y repitiendo la siguiente frase: “Abajo las cabezas y arriba los bolsos”.
Si bien una podría pensar que estos individuos venían a robarnos hasta los tampones chorreantes que nos colgaban de la entrepierna, realmente intentaban hacernos el bien. Con las escopetas que cada uno de los polis tenía, tocaban las mochilas erectas para ver qué llevábamos adentro, casi como si hubiéramos estado en contacto con la bulba de Shakira en su etapa de piojos más feroces.
Los morenos del vidrio de adelante pecaban por portación de rostro. Pobrecitos, primero sonreían hasta que notaron que tenían todas las de perder, o ganar, ya a esta altura todos pensábamos que solo podía ser peor estar escuchando a Ricardo Montaner cantar alguna melodía feliz.
Resulta que los señores buscaban a un ladrón maléfico que había huido con una camioneta roja y un bolso negro y se había subido a un 60 (de los mil que circulan por Panamericana a esa hora) por la puerta de atrás. Imagínese la cara de la señora ahora que sabía que había entre nosotros un mal viviente que en cualquier momento podía empezar a los tiros desde el fondo, dejándonos a nosotros a su merced, haciendo con esto el hecho más memorable del 2008 para todos los viajantes, o al menos para los que lograran sobrevivir…
Con la mochila alta y las tetas goteando naranjú, los policías me perdonaron. Nos perdonaron a todos. El ladrón no era uno de los nuestros, ni siquiera había tocado con la punta del pito una ventanilla de nuestro transporte.
Un gran operativo para los años de milicia. Un golpe desacertado para los tiempos que corren...
Leo un libro de Saramago mientras los días pasan. Tengo que leer las carillas dos veces para entender qué carajo quiere decirme con su modo de viejo ancestral rebuscado, pero una vez que lo capto realmente me intereso y hasta recomiendo su lectura. Se llama “Las intermitencias de la muerte”.
Como siempre, como cada día banal que pasa, me subo al 60 a la salida del reclutamiento laboral, me siento en el espacio disponible u observo con detenimiento a las primeras filas y me ubico próxima al que más movimientos corporales esté haciendo, o a la que esté guardando el celular, o acomodándose las tetas, todos esos son actos que un ser hace cuando está por bajar del colectivo. En este viernes particular yo elegí bien a mi presa, era un señor de bastón que estaba casi parado para el momento en que llegué, le goteaba lagaña por la cara y miraba como llorando a todo el mundo, como pidiendo un Lexotanil. Me senté y abrí mi libro en la página 98 en la que me había quedado después del subte.
Pocos minutos pasaron hasta que las sirenas de tres patrulleros y un camión me dejaron los oídos sangrando y acto seguido el colectivero hizo un giro brusco y estacionó sobre la Panamericana, parecía como si de pronto Sandra Bullock hubiera tomado el volante y todos fuéramos a morir impactados contra un local de panchos en el Unicenter. Los patrulleros de pronto estaban alrededor del colectivo, los 4 señores bronceados por la naturaleza que más últimos habían subido al 60 estaban agolpados contra el vidrio de adelante y las viejas, adolescentes y generación con auriculares estaban blancos, cagados o cagándose encima esperando que alguien explicara por qué tanto quilombo.
Antes de los motivos que esperábamos, los hombres de la ley fueron subiendo al colectivo gritando, corriendo, saltando como Heidis terroristas y repitiendo la siguiente frase: “Abajo las cabezas y arriba los bolsos”.
Si bien una podría pensar que estos individuos venían a robarnos hasta los tampones chorreantes que nos colgaban de la entrepierna, realmente intentaban hacernos el bien. Con las escopetas que cada uno de los polis tenía, tocaban las mochilas erectas para ver qué llevábamos adentro, casi como si hubiéramos estado en contacto con la bulba de Shakira en su etapa de piojos más feroces.
Los morenos del vidrio de adelante pecaban por portación de rostro. Pobrecitos, primero sonreían hasta que notaron que tenían todas las de perder, o ganar, ya a esta altura todos pensábamos que solo podía ser peor estar escuchando a Ricardo Montaner cantar alguna melodía feliz.
Resulta que los señores buscaban a un ladrón maléfico que había huido con una camioneta roja y un bolso negro y se había subido a un 60 (de los mil que circulan por Panamericana a esa hora) por la puerta de atrás. Imagínese la cara de la señora ahora que sabía que había entre nosotros un mal viviente que en cualquier momento podía empezar a los tiros desde el fondo, dejándonos a nosotros a su merced, haciendo con esto el hecho más memorable del 2008 para todos los viajantes, o al menos para los que lograran sobrevivir…
Con la mochila alta y las tetas goteando naranjú, los policías me perdonaron. Nos perdonaron a todos. El ladrón no era uno de los nuestros, ni siquiera había tocado con la punta del pito una ventanilla de nuestro transporte.
Un gran operativo para los años de milicia. Un golpe desacertado para los tiempos que corren...
lunes, enero 07, 2008
Caballo Regalado
“Mel, teléfono… para vos”, dijo mi hombre agitado después de correr por el pasillo en vano.
Lo peor de cumplir años es la cantidad de llamados no deseados que uno debe atender. Lo negativo en cuestión es que uno no puede no atender, porque así arruina el vínculo nulo en algunos casos que mantenía con el tercero del otro lado de la línea. Un cumpleañero siempre debe estar dispuesto a mantener conversaciones poco trascendentales a partir de las 9 de la mañana, horario perfecto escogido por los abuelos.
Este llamado en particular estaba llegando alrededor de las 4 de la tarde del sábado 5 de enero.
-Hola, ¿quién habla?
-¿Señora Sansotta?
-Correcto, quién llama
-Le hablamos de la Pizzería La Continental, tenemos agendado su cumpleaños en el día de hoy…
-Correcto
-Queríamos regalarle una pizza grande de muzzarella. ¿Quiere aceptarla?
Pregunto: ¿Quién en su sano juicio no aceptaría una pizza gratis?
-¡¡¡¡¡¡Obvio!!!!!!!
-Muy bien. ¿Quisiera acompañarla con algún postre o gaseosa?
-(Cerebro piensa: “¿Será gratis también?”… Por las dudas…) - No, gracias
-¿La quiere en algún horario en particular?
-Y… mandamelá a eso de las 8 y media (“jijijiji” por dentro)
Hora: 20:30:07
Timbre
-Señora, de La Continental a traerle la pizza por su cumpleaños
-Ahí bajo
Mientras bajaba con la llave de mi concubino pensaba lo molesto que debía ser para el pobre delivery boy el estar trayéndome una pizza por la cual no recibiría ni un centavo. Pensé en darle 5 pesos de propina, pero con el correr de los pisos se transformaron en 2.
Bajé. Era un morocho robusto. Muy robusto. Tenía transpiración goteándole de la nariz y un gorrito rojo, descolorido por el chivo cabezal. Mientras me acercaba a la puerta, él se acercaba a su moto y sacaba la pizza humeante. Llave en la puerta. Fuerza. Más fuerza. No gira. Qué pasa que no gira esta conchuda llave. El robusto me miraba con la pizza en la mano. Giro de muñeca, giro de dedo, dedo rojo. No gira. Qué carajo pasa que no gira esta llave del demonio. El morocho lleva la pizza a la moto. ¡No! ¡No te la lleves, esperá un minuto! Subo al ascensor, corro dejando las puertas abiertas de la casa, tomo mi otra llave, revoleo la de mi concubino y arremeto al botón de planta baja. El morocho, tieso como una Barbi me esperaba odiando cada centímetro de mi flequillo.
-Tomá, así está bien
-Gracias… servite (le dí los 2 pesos)
-Ah… bueno. Feliz Cumpleaños.
Por solo 2 pesos, un saludo de cumpleaños sincero.
La pizza estaba riquísima. Gracias La Continental.
Lo peor de cumplir años es la cantidad de llamados no deseados que uno debe atender. Lo negativo en cuestión es que uno no puede no atender, porque así arruina el vínculo nulo en algunos casos que mantenía con el tercero del otro lado de la línea. Un cumpleañero siempre debe estar dispuesto a mantener conversaciones poco trascendentales a partir de las 9 de la mañana, horario perfecto escogido por los abuelos.
Este llamado en particular estaba llegando alrededor de las 4 de la tarde del sábado 5 de enero.
-Hola, ¿quién habla?
-¿Señora Sansotta?
-Correcto, quién llama
-Le hablamos de la Pizzería La Continental, tenemos agendado su cumpleaños en el día de hoy…
-Correcto
-Queríamos regalarle una pizza grande de muzzarella. ¿Quiere aceptarla?
Pregunto: ¿Quién en su sano juicio no aceptaría una pizza gratis?
-¡¡¡¡¡¡Obvio!!!!!!!
-Muy bien. ¿Quisiera acompañarla con algún postre o gaseosa?
-(Cerebro piensa: “¿Será gratis también?”… Por las dudas…) - No, gracias
-¿La quiere en algún horario en particular?
-Y… mandamelá a eso de las 8 y media (“jijijiji” por dentro)
Hora: 20:30:07
Timbre
-Señora, de La Continental a traerle la pizza por su cumpleaños
-Ahí bajo
Mientras bajaba con la llave de mi concubino pensaba lo molesto que debía ser para el pobre delivery boy el estar trayéndome una pizza por la cual no recibiría ni un centavo. Pensé en darle 5 pesos de propina, pero con el correr de los pisos se transformaron en 2.
Bajé. Era un morocho robusto. Muy robusto. Tenía transpiración goteándole de la nariz y un gorrito rojo, descolorido por el chivo cabezal. Mientras me acercaba a la puerta, él se acercaba a su moto y sacaba la pizza humeante. Llave en la puerta. Fuerza. Más fuerza. No gira. Qué pasa que no gira esta conchuda llave. El robusto me miraba con la pizza en la mano. Giro de muñeca, giro de dedo, dedo rojo. No gira. Qué carajo pasa que no gira esta llave del demonio. El morocho lleva la pizza a la moto. ¡No! ¡No te la lleves, esperá un minuto! Subo al ascensor, corro dejando las puertas abiertas de la casa, tomo mi otra llave, revoleo la de mi concubino y arremeto al botón de planta baja. El morocho, tieso como una Barbi me esperaba odiando cada centímetro de mi flequillo.
-Tomá, así está bien
-Gracias… servite (le dí los 2 pesos)
-Ah… bueno. Feliz Cumpleaños.
Por solo 2 pesos, un saludo de cumpleaños sincero.
La pizza estaba riquísima. Gracias La Continental.
sábado, enero 05, 2008
jueves, diciembre 27, 2007
A punto de acabar
Listo. Papá Noel ya pasó por la chimenea, dejó cajas rotas, papeles violados y un moño desgarrado pegado con sus últimas fuerzas a la bolsa de residuo. Hoy ya nadie se acuerda del viejo gordo que lo entregó y la emoción del regalo pasó a una nueva fase: la del acostumbramiento.
Particularmente no esperaba nada de Santa por ser casi mayor, pero siempre me sorprende con algún camisón repetido de esos que jamás usaré, pero que extrañamente sigo acumulando en un ropero por si algún día llegara el momento en que alguien demande ver cómo me queda. El 5 de enero de todos modos es mi cumpleaños, espero correr con mejor suerte, sino tendré un mega colapso cerebran y quedaré como Tévez en sus momentos de lucidez. Jebús me ampare.
Con la llegada de esta semana en la que la gente está nostálgica o armando valijas, se tienden a hacer balances a nivel personal, grupal, parejal y por qué no, mundial. Los balances a mi entender son simples listas de supermercado clausurado: ítems e ítems que nunca se tildarán, que dormirán en una sombra de frustración hasta el diciembre próximo en que se junten con una nueva lista y propongan un suicidio colectivo ingiriendo capuchones de lapiceras BIC.
Si yo tuviera que hacer mi propio balance, podría decir que vomité color negro una vez, el resto fueron normales, pero gracias a esa oportunidad aprendí a no desayunar con Coca Cola. También fui adicta al Ibuprofeno, a tal punto que me hice inmune a su efecto y aprendí otros métodos para bajar la fiebre como por ejemplo mentalizarme de que nunca la tuve y que es solo paranoia.
También aprendí a superar los celos y toleré con total normalidad situaciones que el año pasado me cerraron el orto de la histeria: la fiesta de trabajo de mi novio, su recital y sus encuentros con su ex mujer. Digamos que soy un buen Pokemón evolucionador.
Algo que me enorgullece es haber aprendido a hacer un paty con quedo cheddar y no quemarlo. También probé un nuevo formato de arroz que ahora me produce placer comer y descubrí que las galletitas Okebón, Pamela David y yo podemos convivir en perfecta armonía en mi baño o en donde sea.
Si tuviera que elegir una sola acción para imprimir en una remera sería: “Aprendí a prender el calefón”. Antes esta situación me provocaba llanto, gotitas de pis nervioso y despertadas a mi caballero a horas de la madrugada por querer bañarme. Ahora, como buena ciudadana, aprendí que el Magiclick es realmente un buen invento y que no necesariamente debe explotar y asarme al espiedo con el primer chispeo.
Sí, este fue un buen año. Hasta puedo decir que me mantuve estable en áreas como educación y trabajo, espacios en los que suelo permaneces un máximo de 3 meses corridos. En el primero llevo 2 años completos y en el segundo voy por el bebé virtual.
Para ir cerrando aprovecho para agradecer a la constancia de los lectores, realmente admiro cómo el estómago les permite seguir ingresando a este portal. Me comprometo a mejorar el aspecto de esta página, comprometiendo así a mi pareja estable a ayudarme con el cometido.
Sin más para decir les auguro un feliz fin de año. Intenten no arrancarse los dedos con un chasquibum ni incendiar un rancho con los globos de los deseos, esos “fuegos de artificio” que tienen menos onda que esperar que los Reyes Magos hagan una porno heterosexual. Disfruten junto a sus seres queridos o quieran a un ser por un rato al menos, hagan la buena obra del año y eviten el balance, puede costarles sesiones de terapia o hasta la misma muerte.
Particularmente no esperaba nada de Santa por ser casi mayor, pero siempre me sorprende con algún camisón repetido de esos que jamás usaré, pero que extrañamente sigo acumulando en un ropero por si algún día llegara el momento en que alguien demande ver cómo me queda. El 5 de enero de todos modos es mi cumpleaños, espero correr con mejor suerte, sino tendré un mega colapso cerebran y quedaré como Tévez en sus momentos de lucidez. Jebús me ampare.
Con la llegada de esta semana en la que la gente está nostálgica o armando valijas, se tienden a hacer balances a nivel personal, grupal, parejal y por qué no, mundial. Los balances a mi entender son simples listas de supermercado clausurado: ítems e ítems que nunca se tildarán, que dormirán en una sombra de frustración hasta el diciembre próximo en que se junten con una nueva lista y propongan un suicidio colectivo ingiriendo capuchones de lapiceras BIC.
Si yo tuviera que hacer mi propio balance, podría decir que vomité color negro una vez, el resto fueron normales, pero gracias a esa oportunidad aprendí a no desayunar con Coca Cola. También fui adicta al Ibuprofeno, a tal punto que me hice inmune a su efecto y aprendí otros métodos para bajar la fiebre como por ejemplo mentalizarme de que nunca la tuve y que es solo paranoia.
También aprendí a superar los celos y toleré con total normalidad situaciones que el año pasado me cerraron el orto de la histeria: la fiesta de trabajo de mi novio, su recital y sus encuentros con su ex mujer. Digamos que soy un buen Pokemón evolucionador.
Algo que me enorgullece es haber aprendido a hacer un paty con quedo cheddar y no quemarlo. También probé un nuevo formato de arroz que ahora me produce placer comer y descubrí que las galletitas Okebón, Pamela David y yo podemos convivir en perfecta armonía en mi baño o en donde sea.
Si tuviera que elegir una sola acción para imprimir en una remera sería: “Aprendí a prender el calefón”. Antes esta situación me provocaba llanto, gotitas de pis nervioso y despertadas a mi caballero a horas de la madrugada por querer bañarme. Ahora, como buena ciudadana, aprendí que el Magiclick es realmente un buen invento y que no necesariamente debe explotar y asarme al espiedo con el primer chispeo.
Sí, este fue un buen año. Hasta puedo decir que me mantuve estable en áreas como educación y trabajo, espacios en los que suelo permaneces un máximo de 3 meses corridos. En el primero llevo 2 años completos y en el segundo voy por el bebé virtual.
Para ir cerrando aprovecho para agradecer a la constancia de los lectores, realmente admiro cómo el estómago les permite seguir ingresando a este portal. Me comprometo a mejorar el aspecto de esta página, comprometiendo así a mi pareja estable a ayudarme con el cometido.
Sin más para decir les auguro un feliz fin de año. Intenten no arrancarse los dedos con un chasquibum ni incendiar un rancho con los globos de los deseos, esos “fuegos de artificio” que tienen menos onda que esperar que los Reyes Magos hagan una porno heterosexual. Disfruten junto a sus seres queridos o quieran a un ser por un rato al menos, hagan la buena obra del año y eviten el balance, puede costarles sesiones de terapia o hasta la misma muerte.
lunes, diciembre 24, 2007
Navidad
Estamos aquí reunidos para celebrar la Navidad. Corre la abuela a buscar al Niñito Jesús que escondía bajo la cama, empolvado y sin ojos, corre la sobrina a cambiarse el protector diario de la bombacha rosa antes de que sea demasiado tarde para brindar, o coger o rezar y llega, finalmente llega, ese pan dulce horrible, con esas frutas barnizadas que los años increíblemente no permiten olvidar. Todo pasa, todo cambia, pero el pan dulce del horror se mantiene estable, igual que esa torta de turrón blanco que alguien alguna vez debe haber hecho y dicho luego: “Nadie va a comer esto, es el sobrante duro del sabor a nada”. Pero no. La Navidad no solo nos une a la gente sino que también nos reencuentra con la comida bizarra.
Los mensajes de texto festivos comenzaron prevenidos hace casi una semana. Esto solo hace que la Navidad nos invada, nos aceche como una puta hambreada. El celular se bloquea porque está harto de los mensajes pelotudos. Imagínense ustedes mismos siendo los emisores de deseos extraños como “no tomes mucho” o “Papá Noel te va a traer todo lo que quieras”… realmente es para colapsar y morir en una eterna arcada.
A partir de hoy comienza el otro fenómeno de la comunicación veloz: el email. En este formato se permite volar un poco más, ya con más chances de caracteres de dibujos de colores de fondo de Power Points que nadie abrirá porque dicen ni más ni menos que la misma cursilería hippie que todos los años anteriores. Uno se empalaga de tal forma que hasta le salen puntos negros en el orto con cuernos de reno. Definitivamente nos obligan a ser cristianos. Nos obligan a estar felices y a no arruinar un día como hoy, lleno de algarabía, nieve y pelotudos. Sobre todo eso, mucho forro dando vueltas: vas a la parada del colectivo y tenés un grupo de monjas con un gorro de Papá Noel. Vas a la verdulería y el bolivariano te da un pepino con un moño que solo pensás cómo metérselo en el orto sin quedar como un antipático, el chino (¡el chino¡) te grita “felí napitá” mientras te guarda un mantecol en la bolsa, hasta destornudar delante de un desconocido es un “salú felice fiesta”. Todos poseídos por el espíritu santo, ese que busca una segunda víctima, pura como María, pero con su misma capacidad de enfieste silencioso.
Uffffffffffff….
Hoy será Noche Buena. Mañana será Navidad. Hagamos lo mejor que podamos por salir de estos días con un mínimo de dignidad.
Otras Navidades en este blog:
24
Festejemos
Los mensajes de texto festivos comenzaron prevenidos hace casi una semana. Esto solo hace que la Navidad nos invada, nos aceche como una puta hambreada. El celular se bloquea porque está harto de los mensajes pelotudos. Imagínense ustedes mismos siendo los emisores de deseos extraños como “no tomes mucho” o “Papá Noel te va a traer todo lo que quieras”… realmente es para colapsar y morir en una eterna arcada.
A partir de hoy comienza el otro fenómeno de la comunicación veloz: el email. En este formato se permite volar un poco más, ya con más chances de caracteres de dibujos de colores de fondo de Power Points que nadie abrirá porque dicen ni más ni menos que la misma cursilería hippie que todos los años anteriores. Uno se empalaga de tal forma que hasta le salen puntos negros en el orto con cuernos de reno. Definitivamente nos obligan a ser cristianos. Nos obligan a estar felices y a no arruinar un día como hoy, lleno de algarabía, nieve y pelotudos. Sobre todo eso, mucho forro dando vueltas: vas a la parada del colectivo y tenés un grupo de monjas con un gorro de Papá Noel. Vas a la verdulería y el bolivariano te da un pepino con un moño que solo pensás cómo metérselo en el orto sin quedar como un antipático, el chino (¡el chino¡) te grita “felí napitá” mientras te guarda un mantecol en la bolsa, hasta destornudar delante de un desconocido es un “salú felice fiesta”. Todos poseídos por el espíritu santo, ese que busca una segunda víctima, pura como María, pero con su misma capacidad de enfieste silencioso.
Uffffffffffff….
Hoy será Noche Buena. Mañana será Navidad. Hagamos lo mejor que podamos por salir de estos días con un mínimo de dignidad.
Otras Navidades en este blog:
24
Festejemos
miércoles, diciembre 12, 2007
Evolución
- Voy a tener una banda – me dijo feliz y campante.
- No. No estoy preparada para esto, no sirvo para ser la novia de un rockstar – respondí, mientras un hilito de mierda me desfilaba por la bombacha de la histeria.
La banda nació. De pronto me copaba los espacios de los martes a la noche y me regresaba a mi amante, a mi caballero de armas plenamente borracho a altas horas de la madrugada y yo solo pensaba una cosa: “me está cagando. La banda es solo una pantalla”.
Con el correr del tiempo comencé a pensar otra serie de cosas de igual categoría, pero diferentes en su esencia, como por ejemplo: “Ahora me va a dejar por una fan”, “ya no va a tener tiempo para mí”, “cuando le tome el gustito a la joda de nuevo me abandona, me tira como una berruga arrancada con los dientes bajo la luna llena” y demás frases que denotan en mí una obsesión creciente que tendía a exasperar hasta a mi propia conciencia, a mi propia alma desgarrada por la paranoia fulminante de una mente enferma.
Otra de mis preocupaciones era la influencia amistosa de los amigos de la banda a quienes no conocía. Yo solo registraba a dos: grandes personas, uno con una tendencia al descontrol lujurioso y endiablado y otro que toda mujer desea que sea amigo de su novio, que destila paz y buena fortuna. Los dos integrantes restantes eran una incógnita. El miedo me afloraba y solo pensaba en charlas en las que los desconocidos incitaban a mi propio novio al pecado, a la traición para con su novia adolescente.
El psicólogo Dr. Humberto no me daba turno y la concha de su madre. Necesitaba alguien en quien apoyarme para dejar correr la bola de la locura. Nadie me seguía la corriente y solo podía comerme los sentimientos y simular seguridad. Era imposible.
Con el paso de los meses me adapté rápidamente a la idea de la soledad de los martes, pero para mi pesar, ese fue el momento en el que otra etapa se iniciaba, ahora venía la era real: el primer concierto.
Ahora se venía el contacto personal con las yeguas roba macho, con las fanáticas enfermas, las que, según mi cerebro afectado, emputecen cualquier antro para destruir las relaciones estables. Mi caballero es cantante, las miradas estarían puestas en él indiscutiblemente. Mi alma estaba seca cual ojo de vieja lectora del diario La Nación.
Llegó el día, era domingo. Mi primer comentario fue: “Qué día de mierda para tocar eh, realmente, es para gente que no tiene un carajo que hacer”. Con esto, yo solo intentaba desmotivarlo, hacerle sacar esa idea maliciosa de su alma, desprenderla y enseñarle otras cosas como horticultura, panadería, limpieza de poros caninos o hasta a cortarle los cabitos a las chauchas, hermosa actividad para hacer en conjunto… pero no. Realmente él quería hacerlo y tuve que aceptarlo, aprovechando claro para conocer a los “otros” individuos que no conocía, pero que imaginaba como los demonios que cabalgan al lado del Tío Rico del Pato Donald.
Entré al recital como quien firma su acta de defunción, con la cara gacha, tarareando con lágrimas lagañosas los temas que ya conocía, esperando ver solo hombres o mujeres de la tribu del congo con sífilis, con hongos pululantes y piernas con escamas bordó.
De pronto, sin quererlo ni pensarlo el pánico desapareció al tiempo que crucé la puerta resguardada por un patovica negro y redondo, sudante, perfecto participante del sindicato de taxistas desempleados y sin agua. La paranoia se esfumó, tomé una cámara de fotos y me dediqué a retratar la oscuridad y las luces de neón, me senté delante del micrófono como quien reclama lo que es suyo, o más bien, lo da por hecho por primera vez en la vida, me sentí confiada, quizás por el push up que enaltecías las pochas o el flequillo que levanta la moral cuando está bien peinado, quién sabe.
Ahora, con todo lo que he sufrido, voy a hacer algo que quizás pueda generarme más trastornos. Es probable que con esto esté abriendo las puertas de todas las muchachas de tanga de chocolate comestible para que se acerquen al fotolog de la banda. Si es así, olvídenlo. La puerta tiene llave y la guardo entre las tetas.
Los dejo acompañados de The Plagios, ya sin miedo ni esquizofrenia, con la banda completa que resultó ser un grupo de buenos muchachos, o al menos, aparentan serlo.
Fotolog de The Plagios
My Space de The Plagios
- No. No estoy preparada para esto, no sirvo para ser la novia de un rockstar – respondí, mientras un hilito de mierda me desfilaba por la bombacha de la histeria.
La banda nació. De pronto me copaba los espacios de los martes a la noche y me regresaba a mi amante, a mi caballero de armas plenamente borracho a altas horas de la madrugada y yo solo pensaba una cosa: “me está cagando. La banda es solo una pantalla”.
Con el correr del tiempo comencé a pensar otra serie de cosas de igual categoría, pero diferentes en su esencia, como por ejemplo: “Ahora me va a dejar por una fan”, “ya no va a tener tiempo para mí”, “cuando le tome el gustito a la joda de nuevo me abandona, me tira como una berruga arrancada con los dientes bajo la luna llena” y demás frases que denotan en mí una obsesión creciente que tendía a exasperar hasta a mi propia conciencia, a mi propia alma desgarrada por la paranoia fulminante de una mente enferma.
Otra de mis preocupaciones era la influencia amistosa de los amigos de la banda a quienes no conocía. Yo solo registraba a dos: grandes personas, uno con una tendencia al descontrol lujurioso y endiablado y otro que toda mujer desea que sea amigo de su novio, que destila paz y buena fortuna. Los dos integrantes restantes eran una incógnita. El miedo me afloraba y solo pensaba en charlas en las que los desconocidos incitaban a mi propio novio al pecado, a la traición para con su novia adolescente.
El psicólogo Dr. Humberto no me daba turno y la concha de su madre. Necesitaba alguien en quien apoyarme para dejar correr la bola de la locura. Nadie me seguía la corriente y solo podía comerme los sentimientos y simular seguridad. Era imposible.
Con el paso de los meses me adapté rápidamente a la idea de la soledad de los martes, pero para mi pesar, ese fue el momento en el que otra etapa se iniciaba, ahora venía la era real: el primer concierto.
Ahora se venía el contacto personal con las yeguas roba macho, con las fanáticas enfermas, las que, según mi cerebro afectado, emputecen cualquier antro para destruir las relaciones estables. Mi caballero es cantante, las miradas estarían puestas en él indiscutiblemente. Mi alma estaba seca cual ojo de vieja lectora del diario La Nación.
Llegó el día, era domingo. Mi primer comentario fue: “Qué día de mierda para tocar eh, realmente, es para gente que no tiene un carajo que hacer”. Con esto, yo solo intentaba desmotivarlo, hacerle sacar esa idea maliciosa de su alma, desprenderla y enseñarle otras cosas como horticultura, panadería, limpieza de poros caninos o hasta a cortarle los cabitos a las chauchas, hermosa actividad para hacer en conjunto… pero no. Realmente él quería hacerlo y tuve que aceptarlo, aprovechando claro para conocer a los “otros” individuos que no conocía, pero que imaginaba como los demonios que cabalgan al lado del Tío Rico del Pato Donald.
Entré al recital como quien firma su acta de defunción, con la cara gacha, tarareando con lágrimas lagañosas los temas que ya conocía, esperando ver solo hombres o mujeres de la tribu del congo con sífilis, con hongos pululantes y piernas con escamas bordó.
De pronto, sin quererlo ni pensarlo el pánico desapareció al tiempo que crucé la puerta resguardada por un patovica negro y redondo, sudante, perfecto participante del sindicato de taxistas desempleados y sin agua. La paranoia se esfumó, tomé una cámara de fotos y me dediqué a retratar la oscuridad y las luces de neón, me senté delante del micrófono como quien reclama lo que es suyo, o más bien, lo da por hecho por primera vez en la vida, me sentí confiada, quizás por el push up que enaltecías las pochas o el flequillo que levanta la moral cuando está bien peinado, quién sabe.
Ahora, con todo lo que he sufrido, voy a hacer algo que quizás pueda generarme más trastornos. Es probable que con esto esté abriendo las puertas de todas las muchachas de tanga de chocolate comestible para que se acerquen al fotolog de la banda. Si es así, olvídenlo. La puerta tiene llave y la guardo entre las tetas.
Los dejo acompañados de The Plagios, ya sin miedo ni esquizofrenia, con la banda completa que resultó ser un grupo de buenos muchachos, o al menos, aparentan serlo.
Fotolog de The Plagios
My Space de The Plagios
sábado, diciembre 08, 2007
Operaciones peligrosas
Mercado Libre nos había llevado tras la pista de un volante de auto vibrador, esos con los que una mujer puede entretenerse por más de 7 minutos y hasta puede considerar darle una oportunidad a la Play Station 2, el juego del demonio, pero no, pronto se da cuenta esa sabia mujer de que aquello es una ilusión del maldito manubrio para tenernos apresadas bajo su pantalla de carrera de autos hermosos, disfrazada de una actividad romántica en conjunto, cuando no lo es y ni siquiera se le acerca.
En fin, estaba yendo a retirar de su dueño, el Sr. Mercado Libre, al volante que había adquirido.
Antes de aventurarnos, comimos en un lugar cuyas mesas son del tamaño de las que habitaban en la casa de los enanos de Blancanieves, esas pequeñas y bajitas en las que se garchaban a la princesa cuando caía inconciente después de las manzanas contaminadas, según contaba mi papá en sus cuentos distorsionados. Estaba rico, tomamos limonada con jengibre y creo que hasta el balance sol-nube era perfecto.
Quince minutos más tarde llegamos a la dirección de entrega y aún cuando ni siquiera habíamos terminado de confirmar que el cartel de la puerta nos estaba introduciendo al local indicado, ya la reja de paredes vidriadas se abría para dejarnos ver qué se escondía detrás de nuestro propio reflejo.
El local era un cuarto de unos 3 metros de ancho por 5 de largo. Había a un lado del espacio una vitrina con precios en dólares para cada producto de tecnología que se exhibía. Otra de las paredes la ocupaba una mujer joven, morocha, que hablaba con un micrófono, aún cuando lo que nos separaba eran 4 palitos de flota flota. Nos gritó cuál era el número de la reserva de mi volante que, bajo presión, le di mal, lo cual retrasó indiscutiblemente la operación.
La última pared era la más misteriosa. De ella salía una caja de metal en la que alguien alojado detrás de la pared había metido nuestro producto recién comprado. Nuestro trabajo consistía en velozmente abrir la caja, chequear el producto y abonar cautelosamente y sin mirar a la persona de la caja. Cuando nos disponíamos a sentarnos a esperar nuestra orden, entró un gordo morza que poseía una panza que brotaba desde abajo de su remera corta, inundando la cintura de su pantalón, asfixiando al botón del jean bajo una catarata de pelos y sudor ombligal.
Se sentó a mi lado, el banco se movió. El gordo tenía dólares. Cientos de ellos, venía a buscar algo que, como nosotros, había encontrado en Mercado Libre. Yo solo pensaba el correr y correr, alejarme del gordo, de la cajera invisible y de la recepcionista gritona. La caja metálica transportadora de bienes hizo un ruido que hizo gemir al candado de la entrada. Algo cayó fuerte en su interior, recé porque no fuera nuestro volante, la sola idea de volver por la garantía me daba ganas de comer langostinos de chino sin habilitación. Era el volante.
Nos paramos, fuimos hacia la caja y limpiamos la mugre almacenada en la tapa de la bendita metálica como si fuera un cofre del tesoro gratuito, cuando en realidad ya llevábamos invertidos 150 pesos. Levantamos la bolsa que estaba acostada en el interior de la caja transportadora, comenzamos a abrirla para chequear que era nuestro nuevo volante y no un rulero parapelosdelojete lo que nos estábamos llevando. Así era. Perfecto y redondo como un volante debe ser.
Hicimos dos pasos hacia la libertad y ocurrió la tensión. La bolsa se había roto dejando el juguete al descubierto y a la vista de los cientos de posibles hurtadores que habitan las calles de Palermo. Teníamos que volver a la mujer sin rostro y pedirle otra bolsa, arriesgándonos a que, pasado nuestro turno, no quisiera ni siquiera referirse a nosotros jamás.
Gritamos por acerca de 5 minutos para que alguien nos prestara otra bolsa, el gordo nos ayudó con golpes en la pared, le danzaba la barriga de la ansiedad. Sin palabras, la caja metálica nuevamente se movió. Algo latió en su interior. “Abraaaaannnnn”, ordenaron desde algún lugar. Abrimos el cofre metálico y encontramos nuestras dos bolsas blancas. Apenas las tomamos, el timbre de la puerta nos obligó a salir sin saludar, apurándonos, como si hubiéramos visto de más o como si quisieran quedarse a solas con el gordo. Lo miramos por última vez, estaba sudando y tenía un rizo negro recorriéndole las mejillas. El gordo nos meneó la mano esperando el rescate, pero él aún tenía su producto detrás de la cajera transparente. Tuvimos que dejarlo a su propia suerte, solo con su barriga, los dólares y una vitrina repleta.
En fin, estaba yendo a retirar de su dueño, el Sr. Mercado Libre, al volante que había adquirido.
Antes de aventurarnos, comimos en un lugar cuyas mesas son del tamaño de las que habitaban en la casa de los enanos de Blancanieves, esas pequeñas y bajitas en las que se garchaban a la princesa cuando caía inconciente después de las manzanas contaminadas, según contaba mi papá en sus cuentos distorsionados. Estaba rico, tomamos limonada con jengibre y creo que hasta el balance sol-nube era perfecto.
Quince minutos más tarde llegamos a la dirección de entrega y aún cuando ni siquiera habíamos terminado de confirmar que el cartel de la puerta nos estaba introduciendo al local indicado, ya la reja de paredes vidriadas se abría para dejarnos ver qué se escondía detrás de nuestro propio reflejo.
El local era un cuarto de unos 3 metros de ancho por 5 de largo. Había a un lado del espacio una vitrina con precios en dólares para cada producto de tecnología que se exhibía. Otra de las paredes la ocupaba una mujer joven, morocha, que hablaba con un micrófono, aún cuando lo que nos separaba eran 4 palitos de flota flota. Nos gritó cuál era el número de la reserva de mi volante que, bajo presión, le di mal, lo cual retrasó indiscutiblemente la operación.
La última pared era la más misteriosa. De ella salía una caja de metal en la que alguien alojado detrás de la pared había metido nuestro producto recién comprado. Nuestro trabajo consistía en velozmente abrir la caja, chequear el producto y abonar cautelosamente y sin mirar a la persona de la caja. Cuando nos disponíamos a sentarnos a esperar nuestra orden, entró un gordo morza que poseía una panza que brotaba desde abajo de su remera corta, inundando la cintura de su pantalón, asfixiando al botón del jean bajo una catarata de pelos y sudor ombligal.
Se sentó a mi lado, el banco se movió. El gordo tenía dólares. Cientos de ellos, venía a buscar algo que, como nosotros, había encontrado en Mercado Libre. Yo solo pensaba el correr y correr, alejarme del gordo, de la cajera invisible y de la recepcionista gritona. La caja metálica transportadora de bienes hizo un ruido que hizo gemir al candado de la entrada. Algo cayó fuerte en su interior, recé porque no fuera nuestro volante, la sola idea de volver por la garantía me daba ganas de comer langostinos de chino sin habilitación. Era el volante.
Nos paramos, fuimos hacia la caja y limpiamos la mugre almacenada en la tapa de la bendita metálica como si fuera un cofre del tesoro gratuito, cuando en realidad ya llevábamos invertidos 150 pesos. Levantamos la bolsa que estaba acostada en el interior de la caja transportadora, comenzamos a abrirla para chequear que era nuestro nuevo volante y no un rulero parapelosdelojete lo que nos estábamos llevando. Así era. Perfecto y redondo como un volante debe ser.
Hicimos dos pasos hacia la libertad y ocurrió la tensión. La bolsa se había roto dejando el juguete al descubierto y a la vista de los cientos de posibles hurtadores que habitan las calles de Palermo. Teníamos que volver a la mujer sin rostro y pedirle otra bolsa, arriesgándonos a que, pasado nuestro turno, no quisiera ni siquiera referirse a nosotros jamás.
Gritamos por acerca de 5 minutos para que alguien nos prestara otra bolsa, el gordo nos ayudó con golpes en la pared, le danzaba la barriga de la ansiedad. Sin palabras, la caja metálica nuevamente se movió. Algo latió en su interior. “Abraaaaannnnn”, ordenaron desde algún lugar. Abrimos el cofre metálico y encontramos nuestras dos bolsas blancas. Apenas las tomamos, el timbre de la puerta nos obligó a salir sin saludar, apurándonos, como si hubiéramos visto de más o como si quisieran quedarse a solas con el gordo. Lo miramos por última vez, estaba sudando y tenía un rizo negro recorriéndole las mejillas. El gordo nos meneó la mano esperando el rescate, pero él aún tenía su producto detrás de la cajera transparente. Tuvimos que dejarlo a su propia suerte, solo con su barriga, los dólares y una vitrina repleta.
miércoles, noviembre 28, 2007
Anti
Todavía hay purpurina volando por los aires de la Navidad pasada, pero ya las bolas de la temporada nueva nos ahorcan hasta en las vidrieras de la farmacia. Uno no termina de entender por qué todos quieren currar con las guirnaldas y el árbol de la muerte, pero hasta el odontólogo pone un stand que vende muelas con inscripciones navideñas que al mes ya te estás metiendo en el orto lo más acomodadito que puedas para evitar ensuciarte la ropa.
De pronto comienza la semana en la que se presentan las fiestas de la empresa de la cual uno es parte. Ahí se presenta el dilema entre ir y pasarla como el ojete o no ir y ser tildado como el antisocial-antifiesta-antidiversión, todo porque uno no quiere compartir más tiempo que el necesario junto a la gente con la que uno trabaja, y con quien no tiene ánimos ni tema para hablar, salvo que sea de reportes, chismes del programa de anoche o empleados ineficientes.
Las fiestas de la empresa son algo que aborrezco, sinceramente. Me molesta en primer lugar que sean un día de la semana. Todo eso para hacerse los cool porque al otro día los “fiesteros” entran tarde, mientras los antifiesta a la misma hora de siempre, con la nube negra meándole las cejas, como siempre.
Es cool hacer un pizza party. Mucho más cool es hace fiestas separadas para jefes y empleaduchos. No sea cosa que los empleaduchos terminen comiendo más que los jefes, sería inaceptable.
Generalmente estas ocasiones terminan desvirtuándose al tiempo que la secretaria se garcha al de seguridad sobre la mesa de las pizzas, la que limpia se encara al jefe de área soñando que es Talía Piel Morena, de pronto y sin darte cuenta terminás solo en una esquina mientras el sexo a tu alrededor es cada vez más impactante, te adherís a los gemidos que terminan siendo un símil ringtone y le pedís al Jebús Men in Black que traiga ese puto aparatejo que te hace olvidar lo vivido con una lucecita de mierda.
La mala noticia es que el futuro no podrá evitarse. Días, meses, años después de la fiesta seguirán recordando las andanzas no laborales con efusividad, alegría y emoción, sentimientos que uno, si fue, solo desea que dejen de recordárselos, y si no fue, se siente más pelotudo que al inicio, cuando se debatía entre aparecer o fugarse del mundo hasta que todo termine… si termina.
Recemos:
Jebús de las alturas
Jebús de las bajezas
Jebús del medio… adentro
Que pase diciembre rápido
Que se corte la luz del mundo
Que Chávez censure las fiestas
Que las fiestas me ignoren a mí
Que la invitación la trague el correo
Y que cumplan muy feliz
Amén
De pronto comienza la semana en la que se presentan las fiestas de la empresa de la cual uno es parte. Ahí se presenta el dilema entre ir y pasarla como el ojete o no ir y ser tildado como el antisocial-antifiesta-antidiversión, todo porque uno no quiere compartir más tiempo que el necesario junto a la gente con la que uno trabaja, y con quien no tiene ánimos ni tema para hablar, salvo que sea de reportes, chismes del programa de anoche o empleados ineficientes.
Las fiestas de la empresa son algo que aborrezco, sinceramente. Me molesta en primer lugar que sean un día de la semana. Todo eso para hacerse los cool porque al otro día los “fiesteros” entran tarde, mientras los antifiesta a la misma hora de siempre, con la nube negra meándole las cejas, como siempre.
Es cool hacer un pizza party. Mucho más cool es hace fiestas separadas para jefes y empleaduchos. No sea cosa que los empleaduchos terminen comiendo más que los jefes, sería inaceptable.
Generalmente estas ocasiones terminan desvirtuándose al tiempo que la secretaria se garcha al de seguridad sobre la mesa de las pizzas, la que limpia se encara al jefe de área soñando que es Talía Piel Morena, de pronto y sin darte cuenta terminás solo en una esquina mientras el sexo a tu alrededor es cada vez más impactante, te adherís a los gemidos que terminan siendo un símil ringtone y le pedís al Jebús Men in Black que traiga ese puto aparatejo que te hace olvidar lo vivido con una lucecita de mierda.
La mala noticia es que el futuro no podrá evitarse. Días, meses, años después de la fiesta seguirán recordando las andanzas no laborales con efusividad, alegría y emoción, sentimientos que uno, si fue, solo desea que dejen de recordárselos, y si no fue, se siente más pelotudo que al inicio, cuando se debatía entre aparecer o fugarse del mundo hasta que todo termine… si termina.
Recemos:
Jebús de las alturas
Jebús de las bajezas
Jebús del medio… adentro
Que pase diciembre rápido
Que se corte la luz del mundo
Que Chávez censure las fiestas
Que las fiestas me ignoren a mí
Que la invitación la trague el correo
Y que cumplan muy feliz
Amén
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