Hace unos cuantos años alguien me dijo algo que mucho más tarde tuvo sentido: “No podemos arrastrar en una bolsa a toda la gente que conocemos en la vida, el tiempo nos hace ir cortando sogas y arrastrando solo las más fuertes”.
A Sam la conocí en el jardín de infantes, en sala verde. Estaba yo en la trepadora de colores colgada de mis brazos eternos cuando la señorita Myriam me la acercó a la cara y pronunció su nombre por primera vez: “Melisa, ella es Samanta”. Le dije “hola, Sami” y sellamos el comienzo de mi amistad más antigua. De todas las cosas que me acuerdo de ella, es imposible sacarme de la mente la tarde que su ovejero alemán me mordió el brazo cuando yo tenía solo 10 años. O menos quizá. Era un perro enorme. Habíamos estado jugando toda la tarde entre el patio y el cuarto de Sami. Ella tenía un teléfono público, de esos antiguos, podíamos estar cien mil años simulando las conversaciones que de más adultas salieron sin premeditarlas. Sami también tenía un peluche que era un gato que ronroneaba. Siempre te lo envidié, amiga. Quiero que lo sepas.
Volviendo al perro, me acuerdo que me corrió por el patio, hizo que me subiera a una pared presa del pánico y me arrebató el brazo. No pude esconderlo. La abuela de Sami me tiraba alcohol sobre la herida. Fue mi primer shock de la infancia.
Dani conformaba una sociedad secreta con Peque. El día que empezó a hablarme yo ya tenía tetas y aparentaba ser un marimacho agresivo. Todavía no conocía los beneficios del corpiño con aro o de la crema para peinar. Con Daniela confesé toda mi vida mientras inflábamos un colchón para dormir en el living. Un dato curioso que ella no conoce es que cada vez que me quedaba en su departamento a pasar la noche, siempre con alguna peli de por medio, yo tenía ataques de pedos. Era algo fijo. Mi teoría personal es que el abuso de la Coca Cola me jugaba en contra. Como mi madre no la compraba, cada vez que tenía la chance me la inyectaba cual suero comatoso.
Con Juli nos hicimos un lugar en la vida cuando ya éramos adolescentes. Siempre pensé que mi nombre no ocupaba un puesto en sus amigos más cercanos del corazón, pero el tiempo me demostró lo equivocada que estaba. Julieta es la que más veces me ha escuchado llorar en una línea telefónica. Una noche de boliche decidí acostarme en su casa. Armamos la cama, pusimos las sábanas y me prestó una almohada. Antes de cerrar los ojos ella creyó que era el mejor momento para contarme que en su hogar, justo en la puerta de su cuarto, frente a un espejo, su hermana había visto un fantasma. Desde ese momento, preferí cagarme encima y limpiarme con las medias antes de levantarme a medianoche en la casa de Julieta.
El futuro me sorprendió con amistades perseverantes. Conocí a Anita, a Nati, a Pupi, a Marivi, a Gise, a Diego, a Chelo, Horace, Hugo, Ser... Es raro como, pese a advertirles de mis malos atributos como amiga, ellos siempre están. Curiosa es la forma de la amistad. Algunas amigas son como el pulso. A veces saltan hasta el techo y a veces no se ven, otras tantas se mantienen estables, pero forman parte de una vida inconstante llena de idas y pocos regresos.
Otros tantos colegas devenidos a amigos me regaló la facultad, cuando la coraza de hielo más a flor de piel se arrastraba. Ellos vieron lo mejor y lo peor, la envidia y la felicitación, la frustración y la moral inflada. Leo, Fede, Martín, María. Sin palabras.
Los amigos de la vida no necesitan mantenimiento. Su presencia se huele en los momentos trascendentes, en los contados instantes que uno elige compartir sin preguntarse si es el mejor momento para hacerlo.
Hoy es un día que detesto, pero que, como mala amiga que soy, me sirve para vomitar todas las cosas que en soledad le escribí al diario íntimo durante tantos años. Sami, de vos aprendí la valentía cuando fuimos pebetas. Me enseñaste a superar un divorcio de mierda, solo viendo cómo vos habías salido airosa y galopante. Dani, hoy sos el pulso inestable de mi corazón, pero lo que te quiero no tiene un nivel máximo. Sos la armonía, el equilibrio. Juli, Juli. Qué decirte. Me enseñaste que perdonar de corazón es posible. Gise, vos cada día que pasa me mostrás un mundo sin prejuicios y que realmente una mujer puede tener más cojones que cualquier mogólico en anabólicos.
También hoy es un día para agradecerle a la persona que más allá de llenarme el corazón como una bolsa de agua caliente, me acompaña en esta ruta llena de baches y alambres de púa. Mi novio, mi amigo, mi compañero en el asiento de adelante. Te amo Lu.
A todos los que nombré y a todos los que nombro en mi cabeza, a los amigos de la noche y a los que perdí en algún momento, cuando el lastre de pasado se me tornó demasiado pesado. Al fin y al cabo, como esa vez me dijeron, sobrevivieron los más fuertes.
lunes, julio 20, 2009
lunes, junio 22, 2009
El Traje
(Columna publicada en la edición Nº 12 de la Revista Mavirock)
"Ponete el traje de Barney que te preparé ahí en el vestidor. Tenés 20 minutos, ya te pedí el remis. Más te vale no arruinarla, Melisa porque es la última vez que te confío un evento tan grande".
Me acerqué al cuarto rodeado de biombos y disfraces. Envolví mi pelo en una gorra de natación, así le gustaba a la dueña del salón, una señora que era la versión diabólica de la cerdita insulsa de los Muppets. Pelo de muñeca, ojos de tornado de espinas. La vieja se escondía en la cocina a comer la comida de los cumpleaños de los infantes que ahí se sucedían.
El Salón para el que trabajaba hacía menos de 4 meses era reconocido en el partido de Quilmes como uno de los más completos de todos: disfraces de Disney originales, damiselas danzantes que festejaban los chistes de los padres pajeros, inocencia pululando por los baños y los rincones. Recuerdo hasta haberle limpiado el culo a una nena gorda que usaba doble medibacha.
Estaba acostumbrada a encarnar diversos personajes, aunque la vieja tendía a ubicarme en los roles de brujas maliciosas, quizá influenciada por mi nariz y mi pelo largo florecido y sin forma. Pero esta vez, el desafío había subido la apuesta. El traje que me esperaba colgado de dos perchas era el de un gran amigo de los niños, un ser odiado por el grupo adulto. Un personaje que cuenta con una dosis de pelotudez altamente elevada para los parámetros animados que corren en la actualidad. Ese sábado no animaría un cumpleaños en la piel de Minnie, mucho menos en la de Donalds. Esta semana encarnaría al dinosaurio Barney.
“Te pongo la música mientras te vestís así vas practicando los bailes”, me sugirió la muy maldita. Con el pelo recogido parecía el dedo gordo de los helados Patalín. Me saqué la ropa que llevaba puesta, otras animadoras me habían advertido acerca del calor sofocante que esperaba dentro del disfraz violeta y verde de brazos cortitos. Me dejé el corpiño, una musculosa y una bombacha culote a modo de short.
Primero puse las piernas. La goma espuma se iba adhiriendo a mi piel como un preservativo en pito cubierto de miel. Me di cuenta de que los brazos no entraban extendidos, sino que solo cabían hasta el codo y de este modo siempre quedaban levantaditos, como si fuera yo una suricata con artrosis. Intenté mantener la calma cuando me calcé la cabeza y noté que mis ojos verían a través de la boca de Barney, que mi boca real estaría inmersa en material babeado por cumpleaños anteriores y que la punta enorme de mi nariz no tendría lugar suficiente para mirar hacia el frente, por lo que estaría plegada casi totalmente sobre mi pómulo derecho.
Con la cabeza apresada y los ojos viendo a través de dientes de tul negro, unas manos me guiaron hacia el remis. Eran cerca de las seis de la tarden cuando apoyé mi esponjoso nuevo ano sobre el asiento trasero del auto. Como no podía flexionar las piernas porque sentía como si tuviera setenta y dos almohadas atadas a las rodillas, tuve que acostarme y apoyar la nuca sobre el vidrio. Debíamos ir desde el centro de Quilmes hasta La Plata, tardaríamos cerca de 1 hora. Lo único que imploraba era que el remisero no quisiera charlar durante el viaje, la sola idea de comenzar desde temprano a descargar energía hacía ver al fantasma de la deshidratación cada vez más nítido. No hubo trayectos mayores a una cuadra sin escuchar un “Barney forro tirame la goma”, que podía alternarse con “Barney putoooo”, con muchas “O”.
Cuando llegamos al cumpleaños recuerdo que varias personas se acercaron para sacarme del coche. Me tomaron de la cabeza y tiraron, sin recordar que por dentro había tetas, ojos y cuerpo blando. Me ofrecieron un vaso de agua que solo podría haber ingerido por el ojete, pero preferí evitar la imagen nefasta en los ojos de los infantes.
Tuve que quedarme parada un rato hasta que el sonido nauseabundo de “te quiero yo y tu a mi” irrumpió en el salón. Una caravana de gritos agudos vomitó sobre mis tímpanos. Una madre feliz me tomó del bracito y al segundo me encontré a mí misma parada en el centro de un salón, debajo de una bola de boliche. La oscuridad hacía muy difícil la visión a través de la boca del adefesio púrpura, pero tenía frente a mí a un espejo gigante que cubría toda una pared, eso hacía que pudiera seguir la coreografía sin exagerar los movimientos panzales.
Todo se sucedía con normalidad entre los pequeños caníbales de 6 años: bailoteaban a mi alrededor, tomaban mis manecitas y me pedían que les hiciera upa, algo que era técnicamente imposible ya que no podía agacharme bajo ningún medio. Tenía calor. Las gotas post baile me chorreaban sobre la boca, el gusto a sal comenzó a darme impresión después de los dos primeros tragos a boca llena. Fue entonces cuando se desató la debacle.
Desde las mesas del fondo del salón de La Plata empezaron a llegar adolescentes de entre 12 y 16 años. Mi cuerpo estaba apresado dentro de esa masa agredible, mi voz no era escuchada por nadie más que mis propios oídos. Fue entonces cuando se ubicaron en ronda, dejándome como centro y uno a uno comenzaron a golpearme la panza, luego a darme patadas en las piernas y cachetadas en la cara gigante. Esto último era lo peor ya que mis brazos no llegaban lo suficientemente alto como para permitirme efectuar una defensa digna. Era triste.
Pocos segundos después de iniciada la guerra de la extinción de Barney, caí rendida al piso. Cual aspiradora, me arrastraban por el suelo agarrándome de las patitas. Podía verme en el espejo mientras viajaba cara arriba por todos los pasillos del cumpleaños al grito de “ayúdenme, estoy viva por dentro”.
Alrededor de dos horas pasaron hasta que el cumpleaños terminó y me dejaron en paz. Los padres del enviado del mal que había dado comienzo a la tortura reían a carcajadas mientras repasaban la filmación de mi cuerpo apaleado por los jerbos gigantes. De la misma forma en la que viajé hasta La Plata volví a Quilmes. Al llegar al salón de la señora bajé del coche, crucé la entrada y al tiempo que me sacaba el traje, ella analizaba la espalda violeta. El silencio hacía su propia fiesta en los vestidores esa noche. Varios minutos pasaron hasta que las miradas se detuvieron, la señora levantó la vista, me miró a los ojos con una mueca antipática y sentenció: “La verdad Melisa que no puedo pagarte por el evento de esta noche. El muñeco está todo sucio de torta atrás, lo voy a tener que mandar a la tintorería”. La señora nunca me pagó, Barney sigue colgado en el vestidor de su casa de fiestas. En la actualidad se encuentra limpio y huele a lavanda.
"Ponete el traje de Barney que te preparé ahí en el vestidor. Tenés 20 minutos, ya te pedí el remis. Más te vale no arruinarla, Melisa porque es la última vez que te confío un evento tan grande".
Me acerqué al cuarto rodeado de biombos y disfraces. Envolví mi pelo en una gorra de natación, así le gustaba a la dueña del salón, una señora que era la versión diabólica de la cerdita insulsa de los Muppets. Pelo de muñeca, ojos de tornado de espinas. La vieja se escondía en la cocina a comer la comida de los cumpleaños de los infantes que ahí se sucedían.
El Salón para el que trabajaba hacía menos de 4 meses era reconocido en el partido de Quilmes como uno de los más completos de todos: disfraces de Disney originales, damiselas danzantes que festejaban los chistes de los padres pajeros, inocencia pululando por los baños y los rincones. Recuerdo hasta haberle limpiado el culo a una nena gorda que usaba doble medibacha.
Estaba acostumbrada a encarnar diversos personajes, aunque la vieja tendía a ubicarme en los roles de brujas maliciosas, quizá influenciada por mi nariz y mi pelo largo florecido y sin forma. Pero esta vez, el desafío había subido la apuesta. El traje que me esperaba colgado de dos perchas era el de un gran amigo de los niños, un ser odiado por el grupo adulto. Un personaje que cuenta con una dosis de pelotudez altamente elevada para los parámetros animados que corren en la actualidad. Ese sábado no animaría un cumpleaños en la piel de Minnie, mucho menos en la de Donalds. Esta semana encarnaría al dinosaurio Barney.
“Te pongo la música mientras te vestís así vas practicando los bailes”, me sugirió la muy maldita. Con el pelo recogido parecía el dedo gordo de los helados Patalín. Me saqué la ropa que llevaba puesta, otras animadoras me habían advertido acerca del calor sofocante que esperaba dentro del disfraz violeta y verde de brazos cortitos. Me dejé el corpiño, una musculosa y una bombacha culote a modo de short.
Primero puse las piernas. La goma espuma se iba adhiriendo a mi piel como un preservativo en pito cubierto de miel. Me di cuenta de que los brazos no entraban extendidos, sino que solo cabían hasta el codo y de este modo siempre quedaban levantaditos, como si fuera yo una suricata con artrosis. Intenté mantener la calma cuando me calcé la cabeza y noté que mis ojos verían a través de la boca de Barney, que mi boca real estaría inmersa en material babeado por cumpleaños anteriores y que la punta enorme de mi nariz no tendría lugar suficiente para mirar hacia el frente, por lo que estaría plegada casi totalmente sobre mi pómulo derecho.
Con la cabeza apresada y los ojos viendo a través de dientes de tul negro, unas manos me guiaron hacia el remis. Eran cerca de las seis de la tarden cuando apoyé mi esponjoso nuevo ano sobre el asiento trasero del auto. Como no podía flexionar las piernas porque sentía como si tuviera setenta y dos almohadas atadas a las rodillas, tuve que acostarme y apoyar la nuca sobre el vidrio. Debíamos ir desde el centro de Quilmes hasta La Plata, tardaríamos cerca de 1 hora. Lo único que imploraba era que el remisero no quisiera charlar durante el viaje, la sola idea de comenzar desde temprano a descargar energía hacía ver al fantasma de la deshidratación cada vez más nítido. No hubo trayectos mayores a una cuadra sin escuchar un “Barney forro tirame la goma”, que podía alternarse con “Barney putoooo”, con muchas “O”.
Cuando llegamos al cumpleaños recuerdo que varias personas se acercaron para sacarme del coche. Me tomaron de la cabeza y tiraron, sin recordar que por dentro había tetas, ojos y cuerpo blando. Me ofrecieron un vaso de agua que solo podría haber ingerido por el ojete, pero preferí evitar la imagen nefasta en los ojos de los infantes.
Tuve que quedarme parada un rato hasta que el sonido nauseabundo de “te quiero yo y tu a mi” irrumpió en el salón. Una caravana de gritos agudos vomitó sobre mis tímpanos. Una madre feliz me tomó del bracito y al segundo me encontré a mí misma parada en el centro de un salón, debajo de una bola de boliche. La oscuridad hacía muy difícil la visión a través de la boca del adefesio púrpura, pero tenía frente a mí a un espejo gigante que cubría toda una pared, eso hacía que pudiera seguir la coreografía sin exagerar los movimientos panzales.
Todo se sucedía con normalidad entre los pequeños caníbales de 6 años: bailoteaban a mi alrededor, tomaban mis manecitas y me pedían que les hiciera upa, algo que era técnicamente imposible ya que no podía agacharme bajo ningún medio. Tenía calor. Las gotas post baile me chorreaban sobre la boca, el gusto a sal comenzó a darme impresión después de los dos primeros tragos a boca llena. Fue entonces cuando se desató la debacle.
Desde las mesas del fondo del salón de La Plata empezaron a llegar adolescentes de entre 12 y 16 años. Mi cuerpo estaba apresado dentro de esa masa agredible, mi voz no era escuchada por nadie más que mis propios oídos. Fue entonces cuando se ubicaron en ronda, dejándome como centro y uno a uno comenzaron a golpearme la panza, luego a darme patadas en las piernas y cachetadas en la cara gigante. Esto último era lo peor ya que mis brazos no llegaban lo suficientemente alto como para permitirme efectuar una defensa digna. Era triste.
Pocos segundos después de iniciada la guerra de la extinción de Barney, caí rendida al piso. Cual aspiradora, me arrastraban por el suelo agarrándome de las patitas. Podía verme en el espejo mientras viajaba cara arriba por todos los pasillos del cumpleaños al grito de “ayúdenme, estoy viva por dentro”.
Alrededor de dos horas pasaron hasta que el cumpleaños terminó y me dejaron en paz. Los padres del enviado del mal que había dado comienzo a la tortura reían a carcajadas mientras repasaban la filmación de mi cuerpo apaleado por los jerbos gigantes. De la misma forma en la que viajé hasta La Plata volví a Quilmes. Al llegar al salón de la señora bajé del coche, crucé la entrada y al tiempo que me sacaba el traje, ella analizaba la espalda violeta. El silencio hacía su propia fiesta en los vestidores esa noche. Varios minutos pasaron hasta que las miradas se detuvieron, la señora levantó la vista, me miró a los ojos con una mueca antipática y sentenció: “La verdad Melisa que no puedo pagarte por el evento de esta noche. El muñeco está todo sucio de torta atrás, lo voy a tener que mandar a la tintorería”. La señora nunca me pagó, Barney sigue colgado en el vestidor de su casa de fiestas. En la actualidad se encuentra limpio y huele a lavanda.
jueves, mayo 21, 2009
Mi Pajero Incondicional
Tener admiradores callejeros fijos es, más allá de lo incómodo y desagradable, bastante interesante. Una sin premeditarlo comienza a preparar su vestimenta motivada por el calor que despierta al andar por determinadas cuadras del trayecto diario. También se va mirando por los vidrios de los negocios para verificar que la cabellera está donde debe y que el delineador no se haya corrido del lugar en donde lo aplicó esta mañana antes de salir a enfrentar a la plebe.
Mi admirador desde hace unos cuantos meses es un guardia de seguridad que habita desde la mañana y hasta alrededor del mediodía en una garita del barrio de Martínez. El hombre, de más de 50 años, tiene esa facha de militar retirado que cometió alguna indecencia: un pequeño robo, una pequeña violación, un pequeño asesinato múltiple. Su garita, su pequeño hogar-oficina de 1 metro cuadrado, apesta a olor a pedo. Pasar por la puerta entreabierta de este cubículo techado deja oler en todo su esplendor al compilado de pedorreadas mañaneras que este fiel cristiano desplegó durante las primeras horas del día, producto de algún café con leche instantáneo o, por qué no, de algún mate cocido con bizcochos de grasa. Algún resabio de limpieza debe hospedar en sus genes, ya que suele ventilar el espacio al tiempo que sacude la alfombra donde apoya sus piecitos y lava su mate en el agua que corre por el cordón de la vereda.
La primera vez que el ex militar canoso y algo negrito decidió comentar acerca de mi subjetiva belleza, lo hizo de la manera más tosca que podía. Asomó su cabeza entre mis tetas y gritó: “Buen día mi amor”. Yo, con la vergüenza elevada al cubo, miré hacia el costado y me focalicé en un grupo de palomas que se procreaban sobre un chalet. Durante esa semana, la emoción de ver a alguien con tetas tan temprano en la mañana logró que mi fan gaseoso no perdiera la atención: además del buen día mi amor pegado a mis auriculares blancos, el hombre comenzó a limpiar el cordón por el que yo transitaba. Ubicaba un trapito y me miraba mientras pasaba por encima. Al pasar por sobre la tela, comentaba en voz alta: “Sí, pisámelo todo”.
La situación comenzó a descontrolarse cuando además de él, un amigo recolector de residuos se sentaba a esperar que yo atravesara la esquina. Ambos, a coro, gritaban ante mi paso: “Buen día mi amor. Te cojo toda.” Las miradas lujuriosas, el olor a mate desprendido de cada piropo, la masturbación que imaginaba dentro del cubículo a minutos de mi paso, el charco de leche colgando de la pared, pegoteando las hojas del calendario… la recreación que se adueñaba de mi mente era nauseabunda.
Descubrí que no importaba cuán lejos de su garita yo pudiera pasar, mi admirador caliente siempre se ubicaría en el lugar preciso para verme pasar, saludarme y mirarme las tetas. Noté que su interés decaía con el invierno. A más ropa, menos ganas de pelar la garompa en plena cuadra. A más ropa, menos escote visible, más campera, igual a escena no erótica. Aunque todavía hacía calor, comencé a usar pañuelos que disimularan las formas. El efecto duró una semana hasta que los comentarios cachondos volvieron. “Buen día mi amor, ¿no me vas a saludar?”, preguntaba ansioso cada vez. De tanto esquivarlo con la mirada, comencé a realmente interesarme por las palomas del chalet. Eran blancas y grises, una de ellas grande como un pollo. Me pregunté si comería carne o a otras palomas, o a murciélagos. Descubrí su nido, sus crías. Llevaba una cuenta mental de cuántos pichones habitaban el techo, de cuántos charcos de mierda habían en la pared de ladrillos y pude ver una mañana cómo un exterminador de palomas colocaba una trampa asesina para aniquilar a los bichos, para que quedaran clavados al techo, impidiéndoles cagar, reproducirse y vivir.
Hace 4 días opté por un camino alternativo al trabajo para evitar cruzarme al gediento amigo cincuentón. Una cuadra antes de su esquina, doblo a la derecha y camino 4 cuadras al pedo para llegar a destino. Sus piropos ya no me hacen feliz. Su saludo mañanero ya no levanta mi autoestima. He perdido la motivación para el vestuario, para el cabello y el maquillaje, pero hoy, por primera vez en 6 meses, el miedo a ser violada repetidas veces dentro de una garita con olor a pedo desapareció de mi mente.
Mi admirador desde hace unos cuantos meses es un guardia de seguridad que habita desde la mañana y hasta alrededor del mediodía en una garita del barrio de Martínez. El hombre, de más de 50 años, tiene esa facha de militar retirado que cometió alguna indecencia: un pequeño robo, una pequeña violación, un pequeño asesinato múltiple. Su garita, su pequeño hogar-oficina de 1 metro cuadrado, apesta a olor a pedo. Pasar por la puerta entreabierta de este cubículo techado deja oler en todo su esplendor al compilado de pedorreadas mañaneras que este fiel cristiano desplegó durante las primeras horas del día, producto de algún café con leche instantáneo o, por qué no, de algún mate cocido con bizcochos de grasa. Algún resabio de limpieza debe hospedar en sus genes, ya que suele ventilar el espacio al tiempo que sacude la alfombra donde apoya sus piecitos y lava su mate en el agua que corre por el cordón de la vereda.
La primera vez que el ex militar canoso y algo negrito decidió comentar acerca de mi subjetiva belleza, lo hizo de la manera más tosca que podía. Asomó su cabeza entre mis tetas y gritó: “Buen día mi amor”. Yo, con la vergüenza elevada al cubo, miré hacia el costado y me focalicé en un grupo de palomas que se procreaban sobre un chalet. Durante esa semana, la emoción de ver a alguien con tetas tan temprano en la mañana logró que mi fan gaseoso no perdiera la atención: además del buen día mi amor pegado a mis auriculares blancos, el hombre comenzó a limpiar el cordón por el que yo transitaba. Ubicaba un trapito y me miraba mientras pasaba por encima. Al pasar por sobre la tela, comentaba en voz alta: “Sí, pisámelo todo”.
La situación comenzó a descontrolarse cuando además de él, un amigo recolector de residuos se sentaba a esperar que yo atravesara la esquina. Ambos, a coro, gritaban ante mi paso: “Buen día mi amor. Te cojo toda.” Las miradas lujuriosas, el olor a mate desprendido de cada piropo, la masturbación que imaginaba dentro del cubículo a minutos de mi paso, el charco de leche colgando de la pared, pegoteando las hojas del calendario… la recreación que se adueñaba de mi mente era nauseabunda.
Descubrí que no importaba cuán lejos de su garita yo pudiera pasar, mi admirador caliente siempre se ubicaría en el lugar preciso para verme pasar, saludarme y mirarme las tetas. Noté que su interés decaía con el invierno. A más ropa, menos ganas de pelar la garompa en plena cuadra. A más ropa, menos escote visible, más campera, igual a escena no erótica. Aunque todavía hacía calor, comencé a usar pañuelos que disimularan las formas. El efecto duró una semana hasta que los comentarios cachondos volvieron. “Buen día mi amor, ¿no me vas a saludar?”, preguntaba ansioso cada vez. De tanto esquivarlo con la mirada, comencé a realmente interesarme por las palomas del chalet. Eran blancas y grises, una de ellas grande como un pollo. Me pregunté si comería carne o a otras palomas, o a murciélagos. Descubrí su nido, sus crías. Llevaba una cuenta mental de cuántos pichones habitaban el techo, de cuántos charcos de mierda habían en la pared de ladrillos y pude ver una mañana cómo un exterminador de palomas colocaba una trampa asesina para aniquilar a los bichos, para que quedaran clavados al techo, impidiéndoles cagar, reproducirse y vivir.
Hace 4 días opté por un camino alternativo al trabajo para evitar cruzarme al gediento amigo cincuentón. Una cuadra antes de su esquina, doblo a la derecha y camino 4 cuadras al pedo para llegar a destino. Sus piropos ya no me hacen feliz. Su saludo mañanero ya no levanta mi autoestima. He perdido la motivación para el vestuario, para el cabello y el maquillaje, pero hoy, por primera vez en 6 meses, el miedo a ser violada repetidas veces dentro de una garita con olor a pedo desapareció de mi mente.
viernes, mayo 01, 2009
Prejuiciosa, prejuiciosa yo
Circulando por el barrio de La Boca
un muchacho detuvo el bondi:
tenía la piel negrita y zapatillas gigantes,
unos rulos despeinados
y medias blancas, pero grises
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Se sentó a mi lado en el último asiento del colectivo
(el resto del lugar estaba vacío)
Yo llevaba un bolso transparente
él una campera cubriéndole un brazo entero;
la campera era de corderito
y repito: le cubría un brazo entero.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que me roba que me roba que me roba
Que me va a robar
Que tarde o temprano me va a robar
Mejor me guardo el documento en el bolsillo
Y la tarjeta
Y la llave también
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que se para y me arranca el bolso
Que se para y me lo va a arrancar
Mejor lo abrazo bien fuerte y lo escondo.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Mejor me cambio de asiento
o me bajo ya mismo, acá
“pero si me bajo ya mismo me violan, me violan acá
y encima me van a robar”
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Upa algo está pasando: se bajó y no me robó.
Devolví mis cosas al bolso,
todavía me tiembla un pulmón
Prejuiciosa, ¿prejuiciosa yo?
(Posteo viejo, pero siempre vigente. Publicado por primera vez en http://pobresyanonimos.blogspot.com)
un muchacho detuvo el bondi:
tenía la piel negrita y zapatillas gigantes,
unos rulos despeinados
y medias blancas, pero grises
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Se sentó a mi lado en el último asiento del colectivo
(el resto del lugar estaba vacío)
Yo llevaba un bolso transparente
él una campera cubriéndole un brazo entero;
la campera era de corderito
y repito: le cubría un brazo entero.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que me roba que me roba que me roba
Que me va a robar
Que tarde o temprano me va a robar
Mejor me guardo el documento en el bolsillo
Y la tarjeta
Y la llave también
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Que se para y me arranca el bolso
Que se para y me lo va a arrancar
Mejor lo abrazo bien fuerte y lo escondo.
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Mejor me cambio de asiento
o me bajo ya mismo, acá
“pero si me bajo ya mismo me violan, me violan acá
y encima me van a robar”
Prejuiciosa, prejuiciosa yo…
Upa algo está pasando: se bajó y no me robó.
Devolví mis cosas al bolso,
todavía me tiembla un pulmón
Prejuiciosa, ¿prejuiciosa yo?
(Posteo viejo, pero siempre vigente. Publicado por primera vez en http://pobresyanonimos.blogspot.com)
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