El medio aguinaldo se manifestó con la fuerza del Dios de las Vírgenes Peladas y esparció felicidad al estilo Hare Krishna por cada rincón de la ciudad. Hay quienes dicen que las vacaciones tienen el mismo impacto, pero yo difiero completamente con ellos: al mes siguiente, las vacaciones se descuentan mientras el medio aguinaldo es un regalo a los cuerpos cansados, frío y muertos que ya en Junio solo piden a la vida un descanso, algo por lo que seguir latiendo sin necesidad de matar canarios para satisfacerse.
De cualquier modo, nunca es completa la felicidad. En mi mente perturbada flotaba la idea de un aguinaldo millonario, rebalsado de billetes de cualquier color, con el que iba a cambiar mi vida, comprarme ropa decente, un corpiño que no ceda con el peso tetal, un pullover de calaveritas que ya luzco felizmente mientras los que me ven pasar dudan ahora si la muerte existe o soy solo una ilusión y, además de todo lo mencionado, compraría un MP3 para alivianar, aunque sea un poco, los viajes matinales, las tardes de 60 o los viajes a Quilmes a visitar a la familia (una tiene un lado sensible, vieron).
Como siempre, Mercado Libre me ofreció la mayor cantidad de variedades existentes en la categoría tecnológica que buscaba y hasta me llevó un paso hacia adelante, hacia la evolución: el MP4. En el tiempo que tardé en percatarme de la diferencia que residía entre en 3 y el 4 podría haber visto Arma Mortal 1, 2, 3 y 4 de atrás para adelante y buscado mensajes satánicos en "El Capo" del mediodía. Finalmente comprendí: el MP4 tiene videos.
El precio suculento me llevó a comprar impulsivamente, sin siquiera chequear el stock de colores. En el camino hacia el local pensé las opciones. Me imaginé portando un aparato verde, o amarillo o peor, rosado. Me ví luchando contra su maldito manual en la mirada de todos los pasajeros del subte, pegándole a la tecla de MENÜ de modo compulsivo en un ritual cavernícola que terminaría con la muerte solitaria y penosa de mi dedo índice.
Llegué al local a dos cuadras de mi casa. Bendita la cercanía. Subí una escalera dudosa y me recibieron unas diez personas con caras de miedo y gestos de "nosoypoliciayesperoquevostampoco". Unas muchachas rolingas educaban a cada cliente sobre cómo usar éstos delgados piringundines. Un viejo gritaba una frase sin respirar: "Dice noudiscnoudisc". La chicuela lo consolaba en su ignorancia y le explicaba cómo formatear de manera sencilla.
Recé para no ser yo la próxima en gritar. Quince minutos más tarde, me atendían a mí. Varios nenes molestos jugaban con autos y hacían ese ruido que los pendejos asocian con ruido de motores y los adultos no olvidamos jamás: rumruuuuuummmm rrrrrummmm. La violencia está a flor de piel.
Mi vendedora me ofreció todos los aparatos que tenía, intentó convencerme de que hablaban, contaban chistes como Matías Alé (el hombre a quien más aborrezco desde que Baby Etchecopar ya no es tan popular) y hasta que chupaban entrepiernas. Mi NO era rotundo, me convertí en su pesadilla, en una lucha personal por venderme algo más caro. No lo logró.
Me dio mi MP4 en color negro. Me pidió casi llorando que guardara bien la garantía escrita a mano y con un mail de hotmail como contacto, como toda empresa seria (...) y que no le quitara los plásticos transparentes a la pantalla. Arruinó la mejor sensación de una nueva compra: sacar ese plástico de mierda que huele tan bien. La odié con la misma energía que a Alé.
Esta mañana, luego de una tardenoche de absorver conocimientos sobre el aparato, me lo colgué al cuello, sintonicé la radio porque aún no le injerté temas grabados, me lo metí entre las tetas para dificultar su robo y caminé feliz hacia el subte. De más está decir que en el subte la radio no funcionó, pero el solo hecho de tener los auriculares blancos (para que se vea mejor la cerita desprendida) adornando mis hombros hizo de éste jueves un placer absoluto.
jueves, junio 28, 2007
martes, junio 26, 2007
Circuito eterno
Mañana es el último día para que emitan sus votos a éste blog. Les recuerdo el procedimiento mis queridos: Un PUTO click en el cuadradito que está a la derecha de su pantalla, arriba y dice VOTAME!. Agradeceré su colaboración.
Ahora sí, lean. Es un posteo corto, como pito de sodero.
Ahora sí, lean. Es un posteo corto, como pito de sodero.
Quizás motivada por la reciente muerte del Doctor Sokolinsky o por el frío incesante, el viento sudoroso o el choque de Catherine Fullop en la Panamericana, me dispongo a volver, a retornar al sistema entre mocos, tos, parásitos anales y un dejo de olor a huevos que me persigue desde que un viejo extraño se sentó a mi lado en el subte.
Tras el robo de mi billetera, celular, llaves e inocencia de hace un par de semanas, debí cancelar mis tarjetas de débito y ésta semana era mi obligación moral con el Banco Standard pegarles un llamadete para ver la situación actual del trámite por mi nuevo plástico:
- Standard Bank, buenos días
- Hola... sí... llamaba para ver qué pasó con mi tarjeta... tenía que llamar a ver si ya estaba en el correo para arreglar la entrega en mi casa en un horario en que pueda estar...
- Qué tarjeta? (Esta frase denota que la muchacha se quedó a dos palabras de mi frase anterior, por lo que seguramente tendré que repetirme)
- La de débito
- Ok, ¿Qué es lo que debe chequear señora?
- Señorita. Tengo que ver si ya estaba en el correo para arreglar la entrega en mi casa en un horario en que pueda estar...
- Muy bien, la transfiero a denuncias.
- Standard Bank, buenos días
- Hola... sí... llamaba para ver qué pasó con mi tarjeta... tenía que llamar a ver si ya estaba en el correo para arreglar la entrega en mi casa en un horario en que pueda estar...
- ¿Usted recuerda su clave Banking Hola?
- Mi what? Qué carajo tiene que ver eso con la vida?
- .... tiene 4 dígitos.
- Ehh... No me acuerdo
- Segura?
- Sí, ¿necesitás que me lo tatúe en las tetas para que me creas?
- Ok, la transfiero al servicio Hola así cambia la dirección. Tiene que ingresar con su clave.
- (ansias de freirle el clítoris a temperatura máxima) No lo recuerdo
- Póngala mal 3 veces así sale un operador
- Dale, no hay problema, me gusta ser forro de alguien de vez en cuando.
- "Bienvenido al servicio HOLA"
- Clave mal 1
Clave mal 2
Clave mal 3
- cri cri.... cri cri.... cri cri....
Aún no tengo mi tarjeta.
miércoles, junio 13, 2007
Meame que me gusta
Pienso en la Virgen María, en su garche mental con el Espíritu Santo. Pienso cómo pudo no haberse dado cuenta de que Jebús estaba entrando poco a poco por cu cachufla, cómo José no notó que su mujer gozaba por primera vez en su matrimonio y cómo ningún vecino vió un halo de luz entrar a la casa pobre del carpintero para provocar sin más, el adulterio. Todos estos interrogantes no tenían respuesta… hasta hoy.
No sé ni cómo ni cuándo, ni dónde ni por qué, alguien se llevó mi billetera, mis llaves y mi celular horrible de pantalla azul. De pronto me encontré en Martínez, trabajando y sin un centavo en la mochila.
Es interesante remarcar que mi billetera no tenía ni siquiera polillas, mis llaves tenían un llavero bellísimo y mi celular, repito, era una garcha.
El odio irrefrenable hacia los punguistas, hacia esos hábiles violamochilas me tiene apresada, indignada y hasta premenstrual sin necesidad de estarlo.
Las tarjetas deben ser canceladas, la de débito debe ser eliminada con rapidez al mismo tiempo que la cabeza maquina y maquina “seguro ya compraron vibradores a mi nombre sin siquiera presentar el DNI que sabiamente no guardo en la billetera”.
El carnet de la obra social debe estar tirado por algún buzón, sucio y embarazado de delito. Es el único testigo… junto a la tarjeta de Coto, un bien altamente preciado cuando las bolsas pesan mucho para ser llevadas a mano.
Mi pase del subte descansaba en mi bolsillo, por ende no fue hurtado y me permite al menos completar la segunda mitad de mi viaje, pero no evitan la necesidad de poner cara de limosna y apretar los cantos del ojete para que los amigos laborales colaboren con el pasaje del 60. Qué colectivo de mierda. Si hoy fuera el día del Juicio Final, el momento en que las cuplas son saldadas, los pecados castigados y los premios otorgados, mi máximo placer sería incendiar la Terminal del 60. Más tarde, iría a Congreso de Tucumán y cagaría sobre la escalera mecánica luego de comer verdura. Finalmente, entraría al supermercado chino y me robaría un paté. En ese momento, precisamente en ese instante, volvería la felicidad a mis pechos.
No sé ni cómo ni cuándo, ni dónde ni por qué, alguien se llevó mi billetera, mis llaves y mi celular horrible de pantalla azul. De pronto me encontré en Martínez, trabajando y sin un centavo en la mochila.
Es interesante remarcar que mi billetera no tenía ni siquiera polillas, mis llaves tenían un llavero bellísimo y mi celular, repito, era una garcha.
El odio irrefrenable hacia los punguistas, hacia esos hábiles violamochilas me tiene apresada, indignada y hasta premenstrual sin necesidad de estarlo.
Las tarjetas deben ser canceladas, la de débito debe ser eliminada con rapidez al mismo tiempo que la cabeza maquina y maquina “seguro ya compraron vibradores a mi nombre sin siquiera presentar el DNI que sabiamente no guardo en la billetera”.
El carnet de la obra social debe estar tirado por algún buzón, sucio y embarazado de delito. Es el único testigo… junto a la tarjeta de Coto, un bien altamente preciado cuando las bolsas pesan mucho para ser llevadas a mano.
Mi pase del subte descansaba en mi bolsillo, por ende no fue hurtado y me permite al menos completar la segunda mitad de mi viaje, pero no evitan la necesidad de poner cara de limosna y apretar los cantos del ojete para que los amigos laborales colaboren con el pasaje del 60. Qué colectivo de mierda. Si hoy fuera el día del Juicio Final, el momento en que las cuplas son saldadas, los pecados castigados y los premios otorgados, mi máximo placer sería incendiar la Terminal del 60. Más tarde, iría a Congreso de Tucumán y cagaría sobre la escalera mecánica luego de comer verdura. Finalmente, entraría al supermercado chino y me robaría un paté. En ese momento, precisamente en ese instante, volvería la felicidad a mis pechos.
viernes, junio 08, 2007
Un travesti gaseoso
Mi culo redondo está sentado en el subte entre medio de dos palos metálicos. Ya no me molesta, puedo adaptarme a eso, a tener a un tipo sentado sobre el palo apoyándome el bulto en la nariz y hasta puedo adaptarme al olor a perro mojado con semen de Sandro que tiene la señora que está sentada al lado mío.
Facultad de Medicina está tan lejos aún...
Un travesti se para delante mío. Tiene la bragueta abierta, por lo que puede verse claramente su falta de concha y su abundancia de matambre casero guardado en la entrepierna.
No puedo dejar de mirar sus cachetes. Parece que almacenara litros de leche descremada en sachet en cada pared interna de la boca. Además, algo que me resulta incríble es la blandura que transmiten. Tengo la certeza, la absoluta seguridad de que un dedo apoyado sobre ese flácido cachete será absorvido hasta salir su punta por el ojete del traba, succionado como nunca, o como siempre, con total placer.
De pronto un sonido como de pedo. Otro. Y otro. Y... otro más. "Es extraño que el olor no se haga notar... suena caldoso, caliente y hasta baboso", pensé. Mi vista se fijó nuevamente en los cachetes del travesti. Qué feo era. Y, por lo visto, también ruidoso.
Me percaté de que el androide emanaba pedos por la boca, hacía constantes sonidos babeantes y se limpiaba la saliva excedente de sus costados labiales en lo que parecía ser un polar de manga larga plenamente desagradable.
Cada vez que creía que había cesado, los gases bucales volvían a comenzar con más y más fuerza. Pensé que quizás cagaría también por la boca. Imaginé mares de mierda apoyados en su lengua, usándola de tobogán para deslizarse hacia afuera y caer, pesada, olorosa, en mi cabeza y luego en el piso del subte. Creé una imagen mental del travesti cagándose mierda encima, pedeando por su boca y cubriéndose a sí mismo en caquita blanda, lo imaginé untándose sus pechos gordos y carnosos, sus pezones peludos... todo lleno de mierda.
La dama sentada al lado mío me miraba cómplice, sonriente, sin saber cómo disimular la gracia que le causaba el esperpento pedante que nos tapaba la sombra y mientras tanto disulaba las ganas de cagar que le despertaba el sujeto con sus soniditos hincha pelotas. Amagó ella a pararse y temí por quién ocuparía su lugar. Le rogué que se quedara un rato más, que no se levantara porque de hacerlo, Gasman tomaría su lugar, en consecuencia los ruidos sonarían más cerca de mi oreja y eso llevaría a la desgraciada muerte del travesti en mis manos con guantes negros, perfectos para el crimen.
Pueyrredón llegó de pronto y así sin más me quitó su sonido, su erótico cabello de muñeca vieja, su bragueta abierta y su polar horrible. Extrañé su presencia, sus peditos, su imagen en mi cabeza. Lo vi irse con su bolsa de COTO abrazada a la axila. Seguía pedeando con gracia y estilo. El travesti gaseoso se merece mis respetos.
Amén.
Facultad de Medicina está tan lejos aún...
Un travesti se para delante mío. Tiene la bragueta abierta, por lo que puede verse claramente su falta de concha y su abundancia de matambre casero guardado en la entrepierna.
No puedo dejar de mirar sus cachetes. Parece que almacenara litros de leche descremada en sachet en cada pared interna de la boca. Además, algo que me resulta incríble es la blandura que transmiten. Tengo la certeza, la absoluta seguridad de que un dedo apoyado sobre ese flácido cachete será absorvido hasta salir su punta por el ojete del traba, succionado como nunca, o como siempre, con total placer.
De pronto un sonido como de pedo. Otro. Y otro. Y... otro más. "Es extraño que el olor no se haga notar... suena caldoso, caliente y hasta baboso", pensé. Mi vista se fijó nuevamente en los cachetes del travesti. Qué feo era. Y, por lo visto, también ruidoso.
Me percaté de que el androide emanaba pedos por la boca, hacía constantes sonidos babeantes y se limpiaba la saliva excedente de sus costados labiales en lo que parecía ser un polar de manga larga plenamente desagradable.
Cada vez que creía que había cesado, los gases bucales volvían a comenzar con más y más fuerza. Pensé que quizás cagaría también por la boca. Imaginé mares de mierda apoyados en su lengua, usándola de tobogán para deslizarse hacia afuera y caer, pesada, olorosa, en mi cabeza y luego en el piso del subte. Creé una imagen mental del travesti cagándose mierda encima, pedeando por su boca y cubriéndose a sí mismo en caquita blanda, lo imaginé untándose sus pechos gordos y carnosos, sus pezones peludos... todo lleno de mierda.
La dama sentada al lado mío me miraba cómplice, sonriente, sin saber cómo disimular la gracia que le causaba el esperpento pedante que nos tapaba la sombra y mientras tanto disulaba las ganas de cagar que le despertaba el sujeto con sus soniditos hincha pelotas. Amagó ella a pararse y temí por quién ocuparía su lugar. Le rogué que se quedara un rato más, que no se levantara porque de hacerlo, Gasman tomaría su lugar, en consecuencia los ruidos sonarían más cerca de mi oreja y eso llevaría a la desgraciada muerte del travesti en mis manos con guantes negros, perfectos para el crimen.
Pueyrredón llegó de pronto y así sin más me quitó su sonido, su erótico cabello de muñeca vieja, su bragueta abierta y su polar horrible. Extrañé su presencia, sus peditos, su imagen en mi cabeza. Lo vi irse con su bolsa de COTO abrazada a la axila. Seguía pedeando con gracia y estilo. El travesti gaseoso se merece mis respetos.
Amén.
lunes, junio 04, 2007
El secreto mejor guardado
La mañana del domingo me despertó con estrellas aún saludando desde las alturas y la almohada en la perfecta posición y blandura, como siempre, como cada mañana que debemos abandonarla mientras odiamos la vida, el despertador y al profesor que hace que trabajes un domingo, su madre y todas las figuras femeninas que lo rodeen en éste momento.
Las elecciones ya eran el tema de charla de canal 26, por lo que asumí que si a las 7 ya estaban a pleno como Wandanara en la revista Hombre (se abre los cantos cuasi como Naza Vélez con el caño santo de la gronchez), el resto del día sería bastante monotemático.
Con la velocidad que caracteriza mis levantadas matinales, me vestí, caché el grabador y, acompañada por mi caballero fiel, me fui a sentar a la puerta de la escuela 26, en pleno Palermo, rodeada de la mejor crema pastelera del país, con ponchos cool y un aire bostero encubierto.
Mi objetivo máximo era el encuentro con la diva, la increíble Mirtha Legrand, dueña de los almuerzos, de la historia argentina del cholulaje y de la ropa más brillante del mundo entero. Desde sus 18 años Mirthita votó en la 26, siempre a la mañana, razón por la que éramos más de 5 los pelotudos cagados de frío esperándola.
La señora no estaba en el padrón, pero rápidamente un guardia de seguridad me informó que quizás por sus influencias no aparecía, es demasiado grosa para verse en un cartel rosa pedorro pegado en una pared.
Mirtha no llegaba, pero prontamente se me acopló un guardia de la policía federal. Un tipo de bigote y un aire a Marcelo Mazzarello, pero sin la nariz. Me contó que la señora en una denuncia por unas joyas robadas tuvo que confesarle su edad, tuvo que darle el dato más preciado de la farándula argentina y ahora él cargaba con el secreto.
Alrededor de las 9 de la mañana, tuve el encuentro más esperado. Camilo, el ex notero de Intrusos apareció con una botella de agua que bien podría meterse en el orto y circuló por el colegio a modo de estrella fugaz (estrellada y hecha pija contra el asfalto de la Panamericana).
La mañana avanzaba lentamente y las viejas con jorobas abundaban. Autos lujosos amagaban con traer a Mirtha, pero siempre caíamos en la desilusión. Un fotógrafo abusó de mi cara de “nuevaenesto” y me pasó su teléfono para avisarle el momento preciso en que llegara la vieja blonda, él iba a ir a esperarla a su casa, a 4 cuadras del lugar. Allí me quedé. El viento le daba espesor a mis mocos verdes que iban asomando cual pelos por los agujeros de mi napia. Por minutos no sentí el culo y creí que ya nunca podría cagar en un inodoro sintiendo el calor en mis cachas, era tan lejano… necesitaba tanto un café.
El policía conocedor de la Legrand quiso ser mi amigo y se acercó varias veces a hacerme algún chiste del estilo “es un sobaco de tortuga la Mirtha, está llena de arrugas”. Al momento me sonreí, pero por dentro solo quería hundirle las pelotas en miel y servírselas en bandeja a una jauría de abejas viciosas.
Cuando ya la mañana, el mediodía y la vida se pasaban ante mis ojos frustrados y la señora seguía sin aparecer, me dije a mí misma que quizás estaba garchando salvajemente con el fotógrafo o quizás habría muerto antes de votar, lo cual giraría por completo mi relato posterior. Pero no. La señora estaba en Pilar, en una quinta y en ningún momento se acercaría a elegir a Macri.
Ahí entonces, decidí atacar a mi policía de confianza. Zambrini sabía la edad de Mirtha, eso que ni Rial, ni Ventura, ni Moria Casán saben, pero Zambrini sí. Mirtha, la misma que hoy no votó, la misma que comió en la misma mesa con Victoria Onetto en su máximo apogeo, esa misma señora arrugada y de piel tirante… tiene 87 años.
Grande Mirtha. Gracias Zambrini.
Las elecciones ya eran el tema de charla de canal 26, por lo que asumí que si a las 7 ya estaban a pleno como Wandanara en la revista Hombre (se abre los cantos cuasi como Naza Vélez con el caño santo de la gronchez), el resto del día sería bastante monotemático.
Con la velocidad que caracteriza mis levantadas matinales, me vestí, caché el grabador y, acompañada por mi caballero fiel, me fui a sentar a la puerta de la escuela 26, en pleno Palermo, rodeada de la mejor crema pastelera del país, con ponchos cool y un aire bostero encubierto.
Mi objetivo máximo era el encuentro con la diva, la increíble Mirtha Legrand, dueña de los almuerzos, de la historia argentina del cholulaje y de la ropa más brillante del mundo entero. Desde sus 18 años Mirthita votó en la 26, siempre a la mañana, razón por la que éramos más de 5 los pelotudos cagados de frío esperándola.
La señora no estaba en el padrón, pero rápidamente un guardia de seguridad me informó que quizás por sus influencias no aparecía, es demasiado grosa para verse en un cartel rosa pedorro pegado en una pared.
Mirtha no llegaba, pero prontamente se me acopló un guardia de la policía federal. Un tipo de bigote y un aire a Marcelo Mazzarello, pero sin la nariz. Me contó que la señora en una denuncia por unas joyas robadas tuvo que confesarle su edad, tuvo que darle el dato más preciado de la farándula argentina y ahora él cargaba con el secreto.
Alrededor de las 9 de la mañana, tuve el encuentro más esperado. Camilo, el ex notero de Intrusos apareció con una botella de agua que bien podría meterse en el orto y circuló por el colegio a modo de estrella fugaz (estrellada y hecha pija contra el asfalto de la Panamericana).
La mañana avanzaba lentamente y las viejas con jorobas abundaban. Autos lujosos amagaban con traer a Mirtha, pero siempre caíamos en la desilusión. Un fotógrafo abusó de mi cara de “nuevaenesto” y me pasó su teléfono para avisarle el momento preciso en que llegara la vieja blonda, él iba a ir a esperarla a su casa, a 4 cuadras del lugar. Allí me quedé. El viento le daba espesor a mis mocos verdes que iban asomando cual pelos por los agujeros de mi napia. Por minutos no sentí el culo y creí que ya nunca podría cagar en un inodoro sintiendo el calor en mis cachas, era tan lejano… necesitaba tanto un café.
El policía conocedor de la Legrand quiso ser mi amigo y se acercó varias veces a hacerme algún chiste del estilo “es un sobaco de tortuga la Mirtha, está llena de arrugas”. Al momento me sonreí, pero por dentro solo quería hundirle las pelotas en miel y servírselas en bandeja a una jauría de abejas viciosas.
Cuando ya la mañana, el mediodía y la vida se pasaban ante mis ojos frustrados y la señora seguía sin aparecer, me dije a mí misma que quizás estaba garchando salvajemente con el fotógrafo o quizás habría muerto antes de votar, lo cual giraría por completo mi relato posterior. Pero no. La señora estaba en Pilar, en una quinta y en ningún momento se acercaría a elegir a Macri.
Ahí entonces, decidí atacar a mi policía de confianza. Zambrini sabía la edad de Mirtha, eso que ni Rial, ni Ventura, ni Moria Casán saben, pero Zambrini sí. Mirtha, la misma que hoy no votó, la misma que comió en la misma mesa con Victoria Onetto en su máximo apogeo, esa misma señora arrugada y de piel tirante… tiene 87 años.
Grande Mirtha. Gracias Zambrini.
martes, mayo 29, 2007
Fresco pa' chomba
“Y todos aquellos que fervientemente se quejaron de los taxistas y remiseros, terminaron hablando del mismo tema que ellos: el clima”, Valeria Lynch borracha comiendo mariscos.
Imposible evitarlo, aplacarlo, masturbarlo, el frío hace estragos en mis nudillos, en mis rodillas y me frunce el orto complicando aún más el sexo invernal. Tanto habíamos pedido que la ola de calor acabara, que los mosquitos finalmente murieran y el viento soplara, tanto rompimos soberanamente los huevos que ahora vomitamos hielo por el culo en forma de cebras miniatura al ritmo que se nos entumecen las tetas y dejan de rebotar.
Las manos son las principales afectadas en las situaciones en que los guantes aún no fueron comprados. Comienzan poniéndose blancas y las venas se marcan en azul o violeta, luego comienza a encogerse los dedos y los anillos se caen sin pedir permiso, generando una sensibilidad molesta en las palmas de las manos.
Usted verá que la situación ya no mejora dentro del bolsillo como en otras épocas. Parecen inmunes o amantes de su estado putamente congelado. También notará que al ingresar a un sitio caliente como el subte, un almacén, una concha, la mano comienza a arderle, a quemarle como si estuviera usted traspasando al infierno de a partes, pero a no ilusionarse, es solo un estado temporal que se irá luego de minutos.
Los pies son más boludos para el frío. Encima que uno los necesita indefectiblemente para ir de un lugar a otro, para esperar al 60 o para patear caracoles, los forros se entumecen más que las manos, creando un efecto similar a caminar con el calzón cagado de la mano del pato Donald.
Días después usted verá cómo los pies comienzan a deformarse y a procrear bultitos a sus costados, bolas rojizas que pican como un pubis sifiloso al principio y duelen como un culo angosto recién penetrado más tarde.
Serán partícipes del nacimiento de juanetes (al lado del dedo gordo) y juanetillos (al lado del dedo chiquito) que violarán su pie hasta el final del invierno y harán dificultoso cualquier intento de usar botas o zapatos en punta.
Notará un cambio rotundo en la capacidad del colectivo y la del subte ya que ahora el ingreso de cada ciudadano viene acompañado de pullovercamperabufandagorritoPOLAR. Maldito polar. Maldito material suave y con bolitas hecho para colcha hasta que un amante de la vitina decidió hacerlo indumentaria y condenar a la humanidad a verse como frazada. El polar no merece ser considerado "ponible" bajo ningún concepto, bajo ningún clima. El polar sirve para albergar perros en el living o gatos en la cama, no para pullover, chaleco o bufanda. Basta de hacer de esa tela algo elemental y básico.
Este texto acaba de convertirse en repudio al polar. Únase o comprelo al por mayor y métaselo en el orto.
Amén y feliz fresquete.
Imposible evitarlo, aplacarlo, masturbarlo, el frío hace estragos en mis nudillos, en mis rodillas y me frunce el orto complicando aún más el sexo invernal. Tanto habíamos pedido que la ola de calor acabara, que los mosquitos finalmente murieran y el viento soplara, tanto rompimos soberanamente los huevos que ahora vomitamos hielo por el culo en forma de cebras miniatura al ritmo que se nos entumecen las tetas y dejan de rebotar.
Las manos son las principales afectadas en las situaciones en que los guantes aún no fueron comprados. Comienzan poniéndose blancas y las venas se marcan en azul o violeta, luego comienza a encogerse los dedos y los anillos se caen sin pedir permiso, generando una sensibilidad molesta en las palmas de las manos.
Usted verá que la situación ya no mejora dentro del bolsillo como en otras épocas. Parecen inmunes o amantes de su estado putamente congelado. También notará que al ingresar a un sitio caliente como el subte, un almacén, una concha, la mano comienza a arderle, a quemarle como si estuviera usted traspasando al infierno de a partes, pero a no ilusionarse, es solo un estado temporal que se irá luego de minutos.
Los pies son más boludos para el frío. Encima que uno los necesita indefectiblemente para ir de un lugar a otro, para esperar al 60 o para patear caracoles, los forros se entumecen más que las manos, creando un efecto similar a caminar con el calzón cagado de la mano del pato Donald.
Días después usted verá cómo los pies comienzan a deformarse y a procrear bultitos a sus costados, bolas rojizas que pican como un pubis sifiloso al principio y duelen como un culo angosto recién penetrado más tarde.
Serán partícipes del nacimiento de juanetes (al lado del dedo gordo) y juanetillos (al lado del dedo chiquito) que violarán su pie hasta el final del invierno y harán dificultoso cualquier intento de usar botas o zapatos en punta.
Notará un cambio rotundo en la capacidad del colectivo y la del subte ya que ahora el ingreso de cada ciudadano viene acompañado de pullovercamperabufandagorritoPOLAR. Maldito polar. Maldito material suave y con bolitas hecho para colcha hasta que un amante de la vitina decidió hacerlo indumentaria y condenar a la humanidad a verse como frazada. El polar no merece ser considerado "ponible" bajo ningún concepto, bajo ningún clima. El polar sirve para albergar perros en el living o gatos en la cama, no para pullover, chaleco o bufanda. Basta de hacer de esa tela algo elemental y básico.
Este texto acaba de convertirse en repudio al polar. Únase o comprelo al por mayor y métaselo en el orto.
Amén y feliz fresquete.
jueves, mayo 24, 2007
Noche de tetas y estrellas
Mientras Buenos Aires nos revela su faceta fría y nos presenta a una nueva generación de mosquitos que serán pronto de nuestro mismo tamaño y querrán violarnos y convertirnos cual vampiros en parte de su especie, mis ovarios trinan y sangran dejándome pálida, molesta y mojada. Empapada. Odiando la vida, la muerte, a Tinelli y a Mariana Fabiani por ser poseedora de unas costillas que dan hambre y ganas de rascarle la escasa carne con los dientes y un poco de sal.
Caminando por Corrientes una noche de un sábado, noté unos tacos que sonaron cerca de mis congeladas orejas (festín para los de VIVEN). Caminaban arrastrados por los pies de su poseedora, casi como una infante que se disfraza o una pelotuda que no sabe caminar.
Mi cabeza buscó el sonido con ansias y lo ubicó bajo un culo que absorbía con fuerza la calza que lo cubría, casi como si la succionara adaptándola a su flácida forma. Vi pelo largo negro, una campera y esos tacos ruidosos. Me acerqué para ver su cara, para comprender cómo alguien solo por andar podía molestarme tanto.
Su cuello denotaba la pintura en su cara, la contrastaba de tal modo que la hacía naranja. Su campera estaba cerrada hasta el cuello, lo que realmente me sorprendió ya que mejor que aquél culo era mejor mostrar cualquier cosa. Ahí estaba… Griselda de Gran Hermano.
Sus tetas, también admiradas por mi pareja estable aunque no de modo tan obsesivo como las de la yegua venezolana de Pamela David, ya que al menos la Playboy de Griselda no descansa en mi baño a la espera de maratones de leche en polvo, no eran del tamaño que mis pesadillas las relataban. El alivio fue grandísimo. Mi mente eliminó un complejo.
Su estatura con tacos me raspaba el hombro al punto de hacerme sentir ganas de pisarla con la fuerza que Cacho Castaña se coje adolescentes viciosas.
Me paré a su lado, comenzamos una charla interesante en la que fui una corresponsal madrileña trabajando para el exterior, lo que me ayudó al momento de saber que a partir del lunes pasado comenzaba a trabajar con mi amigo personal y cara de jabón en polvo, detergentes y cualquier producto que requiera testeo profesional, Fabián Gianola.
Los minutos y las cuadras pasaron y de pronto abandoné la poco interesante charla y me aboqué a mirar el Obelisco. Qué pedazo de poronga realmente para ser nuestro símbolo nacional. Los granos de Amalia Granata son más vistosos y sin embargo ahí están decenas de personas disfrutando de la vista y sacando fotos a la gran pija blanca para luego llevarlas a sus respectivos países y reírse en silencio de su error.
Volví a Corrientes. Un auto largo y negro se me cruzó en medio de la vereda buscando el estacionamiento y ahí tuve mi segundo momento mágico de la noche. Una mujer nuevamente, pero esta vez todo mi cholulismo Rialesco anidado en el clítoris se despertó de golpe y a los gritos acertó:
- MORIAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!! MORIAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!-
El miedo invadió a la diva de tal modo que la obligó a bajar el vidrio y hacer entrever sus grandísimos lentes negros que trabajan arduamente por no dejar ver las autopistas arrugales ni las garras de gallo que duermen al costado de sus ojos.
Me miró sorprendida y sonriente, esperando que la bese, le pregunte, la acose o le muestre las tetas y le diga: “Gracias Moria, por vos disfruto de las tetas grandes”, pero no. Nuevamente la corresponsal madrileña apareció en escena y habló con la diva casi de modo fluído mientras el meo nervioso me circulaba la entrepierna y la birome me tembraba frenéticamente en medio de la agenda.
- “Saludos a Andy!” – arrojó la diva antes de cerrar el vidrio.
- Claro, serán dados Moria.
Andy aún espera los saludos, Moria aún cree que soy madrileña. Yo aún siento que tengo más tetas que Griselda.
Caminando por Corrientes una noche de un sábado, noté unos tacos que sonaron cerca de mis congeladas orejas (festín para los de VIVEN). Caminaban arrastrados por los pies de su poseedora, casi como una infante que se disfraza o una pelotuda que no sabe caminar.
Mi cabeza buscó el sonido con ansias y lo ubicó bajo un culo que absorbía con fuerza la calza que lo cubría, casi como si la succionara adaptándola a su flácida forma. Vi pelo largo negro, una campera y esos tacos ruidosos. Me acerqué para ver su cara, para comprender cómo alguien solo por andar podía molestarme tanto.
Su cuello denotaba la pintura en su cara, la contrastaba de tal modo que la hacía naranja. Su campera estaba cerrada hasta el cuello, lo que realmente me sorprendió ya que mejor que aquél culo era mejor mostrar cualquier cosa. Ahí estaba… Griselda de Gran Hermano.
Sus tetas, también admiradas por mi pareja estable aunque no de modo tan obsesivo como las de la yegua venezolana de Pamela David, ya que al menos la Playboy de Griselda no descansa en mi baño a la espera de maratones de leche en polvo, no eran del tamaño que mis pesadillas las relataban. El alivio fue grandísimo. Mi mente eliminó un complejo.
Su estatura con tacos me raspaba el hombro al punto de hacerme sentir ganas de pisarla con la fuerza que Cacho Castaña se coje adolescentes viciosas.
Me paré a su lado, comenzamos una charla interesante en la que fui una corresponsal madrileña trabajando para el exterior, lo que me ayudó al momento de saber que a partir del lunes pasado comenzaba a trabajar con mi amigo personal y cara de jabón en polvo, detergentes y cualquier producto que requiera testeo profesional, Fabián Gianola.
Los minutos y las cuadras pasaron y de pronto abandoné la poco interesante charla y me aboqué a mirar el Obelisco. Qué pedazo de poronga realmente para ser nuestro símbolo nacional. Los granos de Amalia Granata son más vistosos y sin embargo ahí están decenas de personas disfrutando de la vista y sacando fotos a la gran pija blanca para luego llevarlas a sus respectivos países y reírse en silencio de su error.
Volví a Corrientes. Un auto largo y negro se me cruzó en medio de la vereda buscando el estacionamiento y ahí tuve mi segundo momento mágico de la noche. Una mujer nuevamente, pero esta vez todo mi cholulismo Rialesco anidado en el clítoris se despertó de golpe y a los gritos acertó:
- MORIAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!! MORIAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!-
El miedo invadió a la diva de tal modo que la obligó a bajar el vidrio y hacer entrever sus grandísimos lentes negros que trabajan arduamente por no dejar ver las autopistas arrugales ni las garras de gallo que duermen al costado de sus ojos.
Me miró sorprendida y sonriente, esperando que la bese, le pregunte, la acose o le muestre las tetas y le diga: “Gracias Moria, por vos disfruto de las tetas grandes”, pero no. Nuevamente la corresponsal madrileña apareció en escena y habló con la diva casi de modo fluído mientras el meo nervioso me circulaba la entrepierna y la birome me tembraba frenéticamente en medio de la agenda.
- “Saludos a Andy!” – arrojó la diva antes de cerrar el vidrio.
- Claro, serán dados Moria.
Andy aún espera los saludos, Moria aún cree que soy madrileña. Yo aún siento que tengo más tetas que Griselda.
lunes, mayo 21, 2007
Catarsis
¿Por qué nos gusta tanto que nos toquen el culo? ¿Qué razón aparente hay para que como usuarios, como personas, no nos levantemos a arrojar latas de Sprite a todos aquellos que hacen de nuestros días un suplicio?
Día a día circulamos por esta bella ciudad como vacas cagadas, apretadas, meándonos unas sobre otras, enredándonos el pelo en camperas ajenas y oliendo pedos calientes de desconocidos. Tardes enteras pasamos viajando en esos vagones destruídos que paran 4 minutos entre estaciones para no chocarse con el que viene de frente o no agotar toda la energía de las redes subterráneas involucionadas. El subte sirve más para pegar afiches que para su labor cotidiana. ¿A quién no le resulta como una ola de alcohol en la axila tener que mirarle la cara a todos los que nos prometen un lindo viaje mientras uno a uno los subtes pasan cargados hasta el coxis (si es que pasan)?
Todos los días una demora. Nos callamos, nos sentamos con el ojete en los pasillos y esperamos tranquilos. Alguno que otro murmura bajito, el resto se calla.
El subte decide nuevamente que para sus servicios porque se ve que $2800 para los peones o $3500 para las boleteras no les alcanza en sus 6 horas de trabajo. Vamos a dejarnos de joder.
Y ahí vamos los porteños chocándonos contra las paredes, luchando por los colectivos que nos pasan de largo, llorando a las nueve de la noche porque seguimos a la deriva y no tenemos idea de a qué hora llegaremos al destino pactado, a casa, a la facultad o a rascarnos la concha en todo nuestro derecho de hacernos surcos en nuestra tarde libre.
Somos comprensivos, sí. Hasta que nos tocan el culo por demás y termina en hemorroides sangrantes. Leía en el diario Clarín que avisan ahora que el miércoles o jueves habrá paro para que "el usuario tome sus recaudos", me pregunto sinceramente hasta cuándo vamos a seguir aguantando, hasta cuándo vamos a frenar una situación como la de Constitución el otro día en la que tildaron a la gente de vándalos, a los usuarios de trenes como "piqueteros sorpresa", gente sin educación que reacciona mal ante los reclamos, gente que no entiende, que no se pone en el lugar del otro.
¿Cuánto más podemos ponernos en lugar del otro? ¿En nuestro lugar quién se pone? ¿Macri? ¿Telerman? ¿Santo Biasati?
Es hora de que alguien nos entienda a nosotros, es hora de que dejen de hacernos enemas que no pedimos ni necesitamos. Personalmente, estoy cansada de entender.
PD: El sentido del humor está volviendo a mi cuerpo. Pronto... pronto... ya lo siento... ¿o es un gas?
Día a día circulamos por esta bella ciudad como vacas cagadas, apretadas, meándonos unas sobre otras, enredándonos el pelo en camperas ajenas y oliendo pedos calientes de desconocidos. Tardes enteras pasamos viajando en esos vagones destruídos que paran 4 minutos entre estaciones para no chocarse con el que viene de frente o no agotar toda la energía de las redes subterráneas involucionadas. El subte sirve más para pegar afiches que para su labor cotidiana. ¿A quién no le resulta como una ola de alcohol en la axila tener que mirarle la cara a todos los que nos prometen un lindo viaje mientras uno a uno los subtes pasan cargados hasta el coxis (si es que pasan)?
Todos los días una demora. Nos callamos, nos sentamos con el ojete en los pasillos y esperamos tranquilos. Alguno que otro murmura bajito, el resto se calla.
El subte decide nuevamente que para sus servicios porque se ve que $2800 para los peones o $3500 para las boleteras no les alcanza en sus 6 horas de trabajo. Vamos a dejarnos de joder.
Y ahí vamos los porteños chocándonos contra las paredes, luchando por los colectivos que nos pasan de largo, llorando a las nueve de la noche porque seguimos a la deriva y no tenemos idea de a qué hora llegaremos al destino pactado, a casa, a la facultad o a rascarnos la concha en todo nuestro derecho de hacernos surcos en nuestra tarde libre.
Somos comprensivos, sí. Hasta que nos tocan el culo por demás y termina en hemorroides sangrantes. Leía en el diario Clarín que avisan ahora que el miércoles o jueves habrá paro para que "el usuario tome sus recaudos", me pregunto sinceramente hasta cuándo vamos a seguir aguantando, hasta cuándo vamos a frenar una situación como la de Constitución el otro día en la que tildaron a la gente de vándalos, a los usuarios de trenes como "piqueteros sorpresa", gente sin educación que reacciona mal ante los reclamos, gente que no entiende, que no se pone en el lugar del otro.
¿Cuánto más podemos ponernos en lugar del otro? ¿En nuestro lugar quién se pone? ¿Macri? ¿Telerman? ¿Santo Biasati?
Es hora de que alguien nos entienda a nosotros, es hora de que dejen de hacernos enemas que no pedimos ni necesitamos. Personalmente, estoy cansada de entender.
PD: El sentido del humor está volviendo a mi cuerpo. Pronto... pronto... ya lo siento... ¿o es un gas?
martes, mayo 15, 2007
Aspirando flujos
El 60 me sorprendió lleno como cada viernes a las 6 de la tarde. El mismo olor a culo recalcitrado y sin bañar desde el miércoles no molesta tanto como un lunes, si el colectivero frena abruptamente puedo llegar a perdonarlo y si de pronto una vieja me pide el espacio para agarrarse de mi palo, se lo daría con gusto... es viernes, un gran día.
Me ubiqué agarrada a un asiento deficiente en el que se sentaba un laburante que se sacaba los mocos como si su vida dependiera de ello, como si la materia prima que de ahí dentro sacaba fuera a servirle para construir las paredes de su casa en Las Toninas. Miraba los mocos esperando sacar algo más verde o más duro, pero no. Seguían saliendo mocos mediocres.
Ubiqué prontamente a la mujer que sería sujeto de mi envidia. Una bella adolescente estudiante de Marketing que estaba parada a mi derecha. Han pasado 21 años desde que nací, pero no puedo acostumbrarme a la emoción que a mucha gente le produce escuchar marcha. Convengamos que el coro de cacerolas que tanto nos molesta cuando es usado para despertarnos, es como un autoflagelo para los oídos, y hasta para el mismo cuerpo que se mueve frenéticamente al compás de vaya Jebús a saber qué ritmo drogadicto de algún extraterrestre homosexual.
La chica escuchaba marcha. Apasionadamente marcaba los compases y leía sus apuntes resaltados en verde. Su pelo estaba perfectamente teñido de miles de colores, tenía nariz de princesa prostituta de Koreoa del Norte y un pantalón que sigue apareciendo en mis sueños.
De pronto se liberó un asiento y mi culo cuando ve que hay un espacio es como si cobrara vida y buscara alimentarse de butacadebondi, se me dilata de la emoción y no tengo otra salida que ir a donde sea que esté el espacio y reclamar lo que es mío, nuestro.
La mala leche de búfalo hizo que la muchacha se sentara al lado mío. Yo seguía anonadada con su belleza mágica hasta el momento en que comencé a escuchar sus gargajos viajando de la narizal estómago. Oí como los mocos nasales eran enviados deliberadamente a la garganta y luego tragados por esta conchuda sucia. El ruido comenzó a erizarme los pelos de la frente. Claro está que ella no se escuchaba a sí misma por la maldita música del infierno a la que estaba sometida. Los minutos pasaban y el ruido gargajeal no cesaba. Se limpiaba con la manga y volvía a aspirar, se tocaba con el dedo y volvía a aspirar. Agua mocal, moco verde, todo. La hija de puta aspiraba todo.
Mis neuronas ya no podían tolerarlo. Intenté concentrarme en las orejas prominentes de un chico ratón, en la cadera africana de una gorda hipopótamo del este, pero nada desviaba mi atención focal del ruido de líquidos verdes circulando por la dama bonita. Pensé en sacar una carilina para mí y ofecerle gentilmente una. Si no la aceptaba, se la metería por la concha hasta que le saliera el desagote por la tráquea. Junté coraje. Iba a hacerlo.
Teléfono.
- hola maaa, sí... estoy hecha mierda... me tomé un Resfrianex (primer momento de lástima)... sí... tengo fiebre (pobre, quise abrazarla)... y ustedes qué onda? están en LA o en New York? (Odio, irrefrenable odio)... cómprenmeNNN el "jipnotik"... JIP NO TIK maa, el de frasquito rojo (moco que entra nuevamente aspirado como un pete maestro)... bueno maaaa preguntá al menos no seas wacha... dale... bye... cómprenme muchas cosas.
Conchuda pendeja de mierda. Por mí que muera sin carilina, que los mocos se le resbalen desde los más profundo de su flujo y tenga que comerlos en tarta los días contiguos.
La damita cerró su libro de apuntes. Congreso de Tucumán ya era visible desde el 60. Abrió su bolso, guardó su música para aeróbics, ahondó más de 7 minutos y desde el fondo de su cartera, a 25 minutos de comenzado el viaje ruidoso, la muy conchuda adinerada sacó un paquete entero de pañuelos descartables. Se sonó con ganas. Sonrió.
Ya no tiene mocos, pero tendrá muchos regalos. Maldita.
Me ubiqué agarrada a un asiento deficiente en el que se sentaba un laburante que se sacaba los mocos como si su vida dependiera de ello, como si la materia prima que de ahí dentro sacaba fuera a servirle para construir las paredes de su casa en Las Toninas. Miraba los mocos esperando sacar algo más verde o más duro, pero no. Seguían saliendo mocos mediocres.
Ubiqué prontamente a la mujer que sería sujeto de mi envidia. Una bella adolescente estudiante de Marketing que estaba parada a mi derecha. Han pasado 21 años desde que nací, pero no puedo acostumbrarme a la emoción que a mucha gente le produce escuchar marcha. Convengamos que el coro de cacerolas que tanto nos molesta cuando es usado para despertarnos, es como un autoflagelo para los oídos, y hasta para el mismo cuerpo que se mueve frenéticamente al compás de vaya Jebús a saber qué ritmo drogadicto de algún extraterrestre homosexual.
La chica escuchaba marcha. Apasionadamente marcaba los compases y leía sus apuntes resaltados en verde. Su pelo estaba perfectamente teñido de miles de colores, tenía nariz de princesa prostituta de Koreoa del Norte y un pantalón que sigue apareciendo en mis sueños.
De pronto se liberó un asiento y mi culo cuando ve que hay un espacio es como si cobrara vida y buscara alimentarse de butacadebondi, se me dilata de la emoción y no tengo otra salida que ir a donde sea que esté el espacio y reclamar lo que es mío, nuestro.
La mala leche de búfalo hizo que la muchacha se sentara al lado mío. Yo seguía anonadada con su belleza mágica hasta el momento en que comencé a escuchar sus gargajos viajando de la narizal estómago. Oí como los mocos nasales eran enviados deliberadamente a la garganta y luego tragados por esta conchuda sucia. El ruido comenzó a erizarme los pelos de la frente. Claro está que ella no se escuchaba a sí misma por la maldita música del infierno a la que estaba sometida. Los minutos pasaban y el ruido gargajeal no cesaba. Se limpiaba con la manga y volvía a aspirar, se tocaba con el dedo y volvía a aspirar. Agua mocal, moco verde, todo. La hija de puta aspiraba todo.
Mis neuronas ya no podían tolerarlo. Intenté concentrarme en las orejas prominentes de un chico ratón, en la cadera africana de una gorda hipopótamo del este, pero nada desviaba mi atención focal del ruido de líquidos verdes circulando por la dama bonita. Pensé en sacar una carilina para mí y ofecerle gentilmente una. Si no la aceptaba, se la metería por la concha hasta que le saliera el desagote por la tráquea. Junté coraje. Iba a hacerlo.
Teléfono.
- hola maaa, sí... estoy hecha mierda... me tomé un Resfrianex (primer momento de lástima)... sí... tengo fiebre (pobre, quise abrazarla)... y ustedes qué onda? están en LA o en New York? (Odio, irrefrenable odio)... cómprenmeNNN el "jipnotik"... JIP NO TIK maa, el de frasquito rojo (moco que entra nuevamente aspirado como un pete maestro)... bueno maaaa preguntá al menos no seas wacha... dale... bye... cómprenme muchas cosas.
Conchuda pendeja de mierda. Por mí que muera sin carilina, que los mocos se le resbalen desde los más profundo de su flujo y tenga que comerlos en tarta los días contiguos.
La damita cerró su libro de apuntes. Congreso de Tucumán ya era visible desde el 60. Abrió su bolso, guardó su música para aeróbics, ahondó más de 7 minutos y desde el fondo de su cartera, a 25 minutos de comenzado el viaje ruidoso, la muy conchuda adinerada sacó un paquete entero de pañuelos descartables. Se sonó con ganas. Sonrió.
Ya no tiene mocos, pero tendrá muchos regalos. Maldita.
martes, mayo 08, 2007
Efervescencia
Desde el fin de semana uno viene proyectando lo malo que será el lunes. No es que uno sea negativo, que no le guste ocuparse laboralmente, que esté menstruando sangre con grumos negros, sino que simplemente es la nula motivación para entrar a depositar el orto unas 9 horas, leer cada diario de Argentina y el mundo para terminar haciendo alguna encuesta sobre si estoy o no de acuerdo con el ganador de Gran Hermano, ganadora mejor dicho, la gorda más traicionera que pisó la tele desde la hija no hija de Perón (esa la hizo bien, se parecía hasta en la papada la hija de puta).
Ya el sábado había opacado mi tarde cuando mientras me disponía a mirar felizmente El Hombre Araña 3 en todos sus ángulos posibles, un grupo de doceañeras se dedicó a arruinar mi velada. Las ví acercarse a la fila de mis espaldas, las observé mientras se sentaban rebalsando pochoclos humeantes con olor a virgen, coca, caramelos, tetitas aún no desarrolladas y escasos pelos púbicos para finalmente comenzar a dialogar. Pensé que pronto terminarían, que era la emoción del comienzo, la exitación de ser pelotudas, de que te paguen la entrada para no tenerte inflando las pelotas en casa o la lejana idea de que yendo al cine a simular ser mayor de 13 les da mas chances de cojerse de paradas a un boletero con acné. Pero no. Prontamente las risas comienzan a elevarse, las charlas comienzan a irritarme como jamás nadie me irritó, (salvo Portal con su amor extraño por los perros callajeros que creo jamás comprenderé), los momentos románticos ya no tienen el mismo efecto porque una tal Barbarita dice que a ella los pochochos no le importan y que no le hace falta que le conviden, Marianita, la más conchuda de todas, patea y patea mi asiento como si estuviera garchándose a un jabalí de 6 patas por el orto con un embudo de metal. Todo se desvirtúa, el cine se vuelve una caja molesta con un cartel verde garzo de avenida que no podemos dejar de mirar pidiéndole a Jebús que un rayo se cuele por la entrepierna de la vieja de al lado y se le incruste a la forra de Marianita, o a Barbarita o a la puta madre que las parió.
Como si el fin de semana no hubiera sido estresante, el lunes nuevamente el subte porteño se encargó de ser fundador de mis penurias. Ya no comprendo realmente cómo es el mecanismo con el que se decide detener el aparato, o, como ellos prefieren decir: Interrumpirlo. De pronto la máquina del infierno se para como si hubiera tomado una infusión nasal de Viagra, los boleteros desaparecen de sus cuevas estafadoras y son reemplazados por una mujer con muchos boletos que será a partir de ahora, la figura en la que caerán los insultos, escupidas, y robo de boletos a discreción.
Claro está que al salir, la populada calle Figueroa Alcorta se carga a 500 forros más que veníamos cagados de calor sudando leche por el pupo y ahora viene la parte divertida: subirse a un colectivo a las 6 de la tarde, que es casi tan imposible como no ver a un villero que se pajea en la ventana de tu casa y te acaba en la mesada. La cola del 29 es de una cuadra, no tengo la Guía T y si es por mí que muera ya mismo Telerman y que se le haga un homenaje en la película de los Coneheads simulando ser un recién nacido demasiado alto al que se lo viola Jhon Travolta con la misma violencia que el Babmino Veira.
Mientras tanto, lluvia ácida sobre la ciudad, solo espero que me cure las caries y me lave los piojos que vengo criando desde sala celeste. Los hongos en la espalda se esparcen como baba de caracol. Antibióticos. Fiebre, me broto. Estómago inflado. No es un bebé, es diarrea. Vómitos en la calle. Vómitos en el subte, la gente es muy asquerosa. Meo en las paredes de gente que ve películas de Beatríz Salomón. Palomas de mierda, qué bichos inútiles. Ellos mataron a mis bichos bolita.
Esta semana se vino con todo. Mejor me tomo un Redoxon... con vodka.
Ya el sábado había opacado mi tarde cuando mientras me disponía a mirar felizmente El Hombre Araña 3 en todos sus ángulos posibles, un grupo de doceañeras se dedicó a arruinar mi velada. Las ví acercarse a la fila de mis espaldas, las observé mientras se sentaban rebalsando pochoclos humeantes con olor a virgen, coca, caramelos, tetitas aún no desarrolladas y escasos pelos púbicos para finalmente comenzar a dialogar. Pensé que pronto terminarían, que era la emoción del comienzo, la exitación de ser pelotudas, de que te paguen la entrada para no tenerte inflando las pelotas en casa o la lejana idea de que yendo al cine a simular ser mayor de 13 les da mas chances de cojerse de paradas a un boletero con acné. Pero no. Prontamente las risas comienzan a elevarse, las charlas comienzan a irritarme como jamás nadie me irritó, (salvo Portal con su amor extraño por los perros callajeros que creo jamás comprenderé), los momentos románticos ya no tienen el mismo efecto porque una tal Barbarita dice que a ella los pochochos no le importan y que no le hace falta que le conviden, Marianita, la más conchuda de todas, patea y patea mi asiento como si estuviera garchándose a un jabalí de 6 patas por el orto con un embudo de metal. Todo se desvirtúa, el cine se vuelve una caja molesta con un cartel verde garzo de avenida que no podemos dejar de mirar pidiéndole a Jebús que un rayo se cuele por la entrepierna de la vieja de al lado y se le incruste a la forra de Marianita, o a Barbarita o a la puta madre que las parió.
Como si el fin de semana no hubiera sido estresante, el lunes nuevamente el subte porteño se encargó de ser fundador de mis penurias. Ya no comprendo realmente cómo es el mecanismo con el que se decide detener el aparato, o, como ellos prefieren decir: Interrumpirlo. De pronto la máquina del infierno se para como si hubiera tomado una infusión nasal de Viagra, los boleteros desaparecen de sus cuevas estafadoras y son reemplazados por una mujer con muchos boletos que será a partir de ahora, la figura en la que caerán los insultos, escupidas, y robo de boletos a discreción.
Claro está que al salir, la populada calle Figueroa Alcorta se carga a 500 forros más que veníamos cagados de calor sudando leche por el pupo y ahora viene la parte divertida: subirse a un colectivo a las 6 de la tarde, que es casi tan imposible como no ver a un villero que se pajea en la ventana de tu casa y te acaba en la mesada. La cola del 29 es de una cuadra, no tengo la Guía T y si es por mí que muera ya mismo Telerman y que se le haga un homenaje en la película de los Coneheads simulando ser un recién nacido demasiado alto al que se lo viola Jhon Travolta con la misma violencia que el Babmino Veira.
Mientras tanto, lluvia ácida sobre la ciudad, solo espero que me cure las caries y me lave los piojos que vengo criando desde sala celeste. Los hongos en la espalda se esparcen como baba de caracol. Antibióticos. Fiebre, me broto. Estómago inflado. No es un bebé, es diarrea. Vómitos en la calle. Vómitos en el subte, la gente es muy asquerosa. Meo en las paredes de gente que ve películas de Beatríz Salomón. Palomas de mierda, qué bichos inútiles. Ellos mataron a mis bichos bolita.
Esta semana se vino con todo. Mejor me tomo un Redoxon... con vodka.
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