lunes, diciembre 24, 2007

Navidad

Estamos aquí reunidos para celebrar la Navidad. Corre la abuela a buscar al Niñito Jesús que escondía bajo la cama, empolvado y sin ojos, corre la sobrina a cambiarse el protector diario de la bombacha rosa antes de que sea demasiado tarde para brindar, o coger o rezar y llega, finalmente llega, ese pan dulce horrible, con esas frutas barnizadas que los años increíblemente no permiten olvidar. Todo pasa, todo cambia, pero el pan dulce del horror se mantiene estable, igual que esa torta de turrón blanco que alguien alguna vez debe haber hecho y dicho luego: “Nadie va a comer esto, es el sobrante duro del sabor a nada”. Pero no. La Navidad no solo nos une a la gente sino que también nos reencuentra con la comida bizarra.
Los mensajes de texto festivos comenzaron prevenidos hace casi una semana. Esto solo hace que la Navidad nos invada, nos aceche como una puta hambreada. El celular se bloquea porque está harto de los mensajes pelotudos. Imagínense ustedes mismos siendo los emisores de deseos extraños como “no tomes mucho” o “Papá Noel te va a traer todo lo que quieras”… realmente es para colapsar y morir en una eterna arcada.
A partir de hoy comienza el otro fenómeno de la comunicación veloz: el email. En este formato se permite volar un poco más, ya con más chances de caracteres de dibujos de colores de fondo de Power Points que nadie abrirá porque dicen ni más ni menos que la misma cursilería hippie que todos los años anteriores. Uno se empalaga de tal forma que hasta le salen puntos negros en el orto con cuernos de reno. Definitivamente nos obligan a ser cristianos. Nos obligan a estar felices y a no arruinar un día como hoy, lleno de algarabía, nieve y pelotudos. Sobre todo eso, mucho forro dando vueltas: vas a la parada del colectivo y tenés un grupo de monjas con un gorro de Papá Noel. Vas a la verdulería y el bolivariano te da un pepino con un moño que solo pensás cómo metérselo en el orto sin quedar como un antipático, el chino (¡el chino¡) te grita “felí napitá” mientras te guarda un mantecol en la bolsa, hasta destornudar delante de un desconocido es un “salú felice fiesta”. Todos poseídos por el espíritu santo, ese que busca una segunda víctima, pura como María, pero con su misma capacidad de enfieste silencioso.
Uffffffffffff….
Hoy será Noche Buena. Mañana será Navidad. Hagamos lo mejor que podamos por salir de estos días con un mínimo de dignidad.


Otras Navidades en este blog:
24
Festejemos

miércoles, diciembre 12, 2007

Evolución

- Voy a tener una banda – me dijo feliz y campante.
- No. No estoy preparada para esto, no sirvo para ser la novia de un rockstar – respondí, mientras un hilito de mierda me desfilaba por la bombacha de la histeria.

La banda nació. De pronto me copaba los espacios de los martes a la noche y me regresaba a mi amante, a mi caballero de armas plenamente borracho a altas horas de la madrugada y yo solo pensaba una cosa: “me está cagando. La banda es solo una pantalla”.
Con el correr del tiempo comencé a pensar otra serie de cosas de igual categoría, pero diferentes en su esencia, como por ejemplo: “Ahora me va a dejar por una fan”, “ya no va a tener tiempo para mí”, “cuando le tome el gustito a la joda de nuevo me abandona, me tira como una berruga arrancada con los dientes bajo la luna llena” y demás frases que denotan en mí una obsesión creciente que tendía a exasperar hasta a mi propia conciencia, a mi propia alma desgarrada por la paranoia fulminante de una mente enferma.
Otra de mis preocupaciones era la influencia amistosa de los amigos de la banda a quienes no conocía. Yo solo registraba a dos: grandes personas, uno con una tendencia al descontrol lujurioso y endiablado y otro que toda mujer desea que sea amigo de su novio, que destila paz y buena fortuna. Los dos integrantes restantes eran una incógnita. El miedo me afloraba y solo pensaba en charlas en las que los desconocidos incitaban a mi propio novio al pecado, a la traición para con su novia adolescente.
El psicólogo Dr. Humberto no me daba turno y la concha de su madre. Necesitaba alguien en quien apoyarme para dejar correr la bola de la locura. Nadie me seguía la corriente y solo podía comerme los sentimientos y simular seguridad. Era imposible.
Con el paso de los meses me adapté rápidamente a la idea de la soledad de los martes, pero para mi pesar, ese fue el momento en el que otra etapa se iniciaba, ahora venía la era real: el primer concierto.
Ahora se venía el contacto personal con las yeguas roba macho, con las fanáticas enfermas, las que, según mi cerebro afectado, emputecen cualquier antro para destruir las relaciones estables. Mi caballero es cantante, las miradas estarían puestas en él indiscutiblemente. Mi alma estaba seca cual ojo de vieja lectora del diario La Nación.
Llegó el día, era domingo. Mi primer comentario fue: “Qué día de mierda para tocar eh, realmente, es para gente que no tiene un carajo que hacer”. Con esto, yo solo intentaba desmotivarlo, hacerle sacar esa idea maliciosa de su alma, desprenderla y enseñarle otras cosas como horticultura, panadería, limpieza de poros caninos o hasta a cortarle los cabitos a las chauchas, hermosa actividad para hacer en conjunto… pero no. Realmente él quería hacerlo y tuve que aceptarlo, aprovechando claro para conocer a los “otros” individuos que no conocía, pero que imaginaba como los demonios que cabalgan al lado del Tío Rico del Pato Donald.
Entré al recital como quien firma su acta de defunción, con la cara gacha, tarareando con lágrimas lagañosas los temas que ya conocía, esperando ver solo hombres o mujeres de la tribu del congo con sífilis, con hongos pululantes y piernas con escamas bordó.
De pronto, sin quererlo ni pensarlo el pánico desapareció al tiempo que crucé la puerta resguardada por un patovica negro y redondo, sudante, perfecto participante del sindicato de taxistas desempleados y sin agua. La paranoia se esfumó, tomé una cámara de fotos y me dediqué a retratar la oscuridad y las luces de neón, me senté delante del micrófono como quien reclama lo que es suyo, o más bien, lo da por hecho por primera vez en la vida, me sentí confiada, quizás por el push up que enaltecías las pochas o el flequillo que levanta la moral cuando está bien peinado, quién sabe.
Ahora, con todo lo que he sufrido, voy a hacer algo que quizás pueda generarme más trastornos. Es probable que con esto esté abriendo las puertas de todas las muchachas de tanga de chocolate comestible para que se acerquen al fotolog de la banda. Si es así, olvídenlo. La puerta tiene llave y la guardo entre las tetas.
Los dejo acompañados de The Plagios, ya sin miedo ni esquizofrenia, con la banda completa que resultó ser un grupo de buenos muchachos, o al menos, aparentan serlo.

Fotolog de The Plagios
My Space de The Plagios

sábado, diciembre 08, 2007

Operaciones peligrosas

Mercado Libre nos había llevado tras la pista de un volante de auto vibrador, esos con los que una mujer puede entretenerse por más de 7 minutos y hasta puede considerar darle una oportunidad a la Play Station 2, el juego del demonio, pero no, pronto se da cuenta esa sabia mujer de que aquello es una ilusión del maldito manubrio para tenernos apresadas bajo su pantalla de carrera de autos hermosos, disfrazada de una actividad romántica en conjunto, cuando no lo es y ni siquiera se le acerca.
En fin, estaba yendo a retirar de su dueño, el Sr. Mercado Libre, al volante que había adquirido.
Antes de aventurarnos, comimos en un lugar cuyas mesas son del tamaño de las que habitaban en la casa de los enanos de Blancanieves, esas pequeñas y bajitas en las que se garchaban a la princesa cuando caía inconciente después de las manzanas contaminadas, según contaba mi papá en sus cuentos distorsionados. Estaba rico, tomamos limonada con jengibre y creo que hasta el balance sol-nube era perfecto.
Quince minutos más tarde llegamos a la dirección de entrega y aún cuando ni siquiera habíamos terminado de confirmar que el cartel de la puerta nos estaba introduciendo al local indicado, ya la reja de paredes vidriadas se abría para dejarnos ver qué se escondía detrás de nuestro propio reflejo.
El local era un cuarto de unos 3 metros de ancho por 5 de largo. Había a un lado del espacio una vitrina con precios en dólares para cada producto de tecnología que se exhibía. Otra de las paredes la ocupaba una mujer joven, morocha, que hablaba con un micrófono, aún cuando lo que nos separaba eran 4 palitos de flota flota. Nos gritó cuál era el número de la reserva de mi volante que, bajo presión, le di mal, lo cual retrasó indiscutiblemente la operación.
La última pared era la más misteriosa. De ella salía una caja de metal en la que alguien alojado detrás de la pared había metido nuestro producto recién comprado. Nuestro trabajo consistía en velozmente abrir la caja, chequear el producto y abonar cautelosamente y sin mirar a la persona de la caja. Cuando nos disponíamos a sentarnos a esperar nuestra orden, entró un gordo morza que poseía una panza que brotaba desde abajo de su remera corta, inundando la cintura de su pantalón, asfixiando al botón del jean bajo una catarata de pelos y sudor ombligal.
Se sentó a mi lado, el banco se movió. El gordo tenía dólares. Cientos de ellos, venía a buscar algo que, como nosotros, había encontrado en Mercado Libre. Yo solo pensaba el correr y correr, alejarme del gordo, de la cajera invisible y de la recepcionista gritona. La caja metálica transportadora de bienes hizo un ruido que hizo gemir al candado de la entrada. Algo cayó fuerte en su interior, recé porque no fuera nuestro volante, la sola idea de volver por la garantía me daba ganas de comer langostinos de chino sin habilitación. Era el volante.
Nos paramos, fuimos hacia la caja y limpiamos la mugre almacenada en la tapa de la bendita metálica como si fuera un cofre del tesoro gratuito, cuando en realidad ya llevábamos invertidos 150 pesos. Levantamos la bolsa que estaba acostada en el interior de la caja transportadora, comenzamos a abrirla para chequear que era nuestro nuevo volante y no un rulero parapelosdelojete lo que nos estábamos llevando. Así era. Perfecto y redondo como un volante debe ser.
Hicimos dos pasos hacia la libertad y ocurrió la tensión. La bolsa se había roto dejando el juguete al descubierto y a la vista de los cientos de posibles hurtadores que habitan las calles de Palermo. Teníamos que volver a la mujer sin rostro y pedirle otra bolsa, arriesgándonos a que, pasado nuestro turno, no quisiera ni siquiera referirse a nosotros jamás.
Gritamos por acerca de 5 minutos para que alguien nos prestara otra bolsa, el gordo nos ayudó con golpes en la pared, le danzaba la barriga de la ansiedad. Sin palabras, la caja metálica nuevamente se movió. Algo latió en su interior. “Abraaaaannnnn”, ordenaron desde algún lugar. Abrimos el cofre metálico y encontramos nuestras dos bolsas blancas. Apenas las tomamos, el timbre de la puerta nos obligó a salir sin saludar, apurándonos, como si hubiéramos visto de más o como si quisieran quedarse a solas con el gordo. Lo miramos por última vez, estaba sudando y tenía un rizo negro recorriéndole las mejillas. El gordo nos meneó la mano esperando el rescate, pero él aún tenía su producto detrás de la cajera transparente. Tuvimos que dejarlo a su propia suerte, solo con su barriga, los dólares y una vitrina repleta.

miércoles, noviembre 28, 2007

Anti

Todavía hay purpurina volando por los aires de la Navidad pasada, pero ya las bolas de la temporada nueva nos ahorcan hasta en las vidrieras de la farmacia. Uno no termina de entender por qué todos quieren currar con las guirnaldas y el árbol de la muerte, pero hasta el odontólogo pone un stand que vende muelas con inscripciones navideñas que al mes ya te estás metiendo en el orto lo más acomodadito que puedas para evitar ensuciarte la ropa.
De pronto comienza la semana en la que se presentan las fiestas de la empresa de la cual uno es parte. Ahí se presenta el dilema entre ir y pasarla como el ojete o no ir y ser tildado como el antisocial-antifiesta-antidiversión, todo porque uno no quiere compartir más tiempo que el necesario junto a la gente con la que uno trabaja, y con quien no tiene ánimos ni tema para hablar, salvo que sea de reportes, chismes del programa de anoche o empleados ineficientes.
Las fiestas de la empresa son algo que aborrezco, sinceramente. Me molesta en primer lugar que sean un día de la semana. Todo eso para hacerse los cool porque al otro día los “fiesteros” entran tarde, mientras los antifiesta a la misma hora de siempre, con la nube negra meándole las cejas, como siempre.
Es cool hacer un pizza party. Mucho más cool es hace fiestas separadas para jefes y empleaduchos. No sea cosa que los empleaduchos terminen comiendo más que los jefes, sería inaceptable.
Generalmente estas ocasiones terminan desvirtuándose al tiempo que la secretaria se garcha al de seguridad sobre la mesa de las pizzas, la que limpia se encara al jefe de área soñando que es Talía Piel Morena, de pronto y sin darte cuenta terminás solo en una esquina mientras el sexo a tu alrededor es cada vez más impactante, te adherís a los gemidos que terminan siendo un símil ringtone y le pedís al Jebús Men in Black que traiga ese puto aparatejo que te hace olvidar lo vivido con una lucecita de mierda.
La mala noticia es que el futuro no podrá evitarse. Días, meses, años después de la fiesta seguirán recordando las andanzas no laborales con efusividad, alegría y emoción, sentimientos que uno, si fue, solo desea que dejen de recordárselos, y si no fue, se siente más pelotudo que al inicio, cuando se debatía entre aparecer o fugarse del mundo hasta que todo termine… si termina.

Recemos:

Jebús de las alturas
Jebús de las bajezas
Jebús del medio… adentro
Que pase diciembre rápido
Que se corte la luz del mundo
Que Chávez censure las fiestas
Que las fiestas me ignoren a mí
Que la invitación la trague el correo
Y que cumplan muy feliz

Amén

miércoles, noviembre 21, 2007

Asqueada

El almuerzo en el trabajo me había dejado una inigualable sensación desagradable en el estómago. Después de recalentar el filet y las papas bañadas en una salsa verde biónica, supe en lo profundo de mi ser que nunca debería haber ingerido un bocado.
Apenas llegó la hora de irme, salí disparada de la oficina pensando en llegar al hogar y descansar plácidamente boca arriba con un balde cerca para lanzar con velocidad los pedazos sin digerir de esa papa del demonio.
Me subí al subte después de licuarme parada en el 60. Me senté en uno de los vagones del fondo, la mochila abierta sobre las rodillas por si acaso sentía anticipadas ganas de escupir filet aún estando en viaje, y la mirada fija en la ventana, para evitar así la paranoia.
A los pocos minutos noté que un ciudadano de Bolivia me miraba las tetas desde la altura. No estaba cerca de mí, sino más bien a una o dos personas de distancia, pero era clara la desviación de su mirada a mis pezones recubiertos. El escote que presentaba mi remera era mínimo, aunque escandaloso a su entender. Lentamente su jean comenzó a elevarse a la altura de la entrepierna demostrando los dotes del muchacho que, en ese momento, debía estar imaginando mis pochas embadurnadas con crema arriba de una mesa de luz de vidrio.
Me setí alagada un momento, pero cuando la elevación se comenzó a transformar en una parada de pija descomunal, me dio vergüenza ajena hasta convertirse finalmente en temor y asco.
Como el subte estaba bastante lleno, me paré en la estación Pueyrredón para ya estar cerca de la puerta cuando llegara Facultad de Medicina. Me quedé agarrada del palo, fomentando más la imaginación podrida y parada de mi amigo pajero, hasta que de pronto todo se fue de las manos….
El ciudadano se acercó a mi pierna derecha y usaba el vaivén del subte para refregarme ese miembro independiente de modo que la estimulación ahora corriera por cuenta mía. Ante la situación, decidí primero esperar a ver si realmente alguien podía ser tan villero como para hacer esto en pleno subte sin siquiera inmutarse, chivando con la vena dura y las pupilas dilatadas en forma de clítoris.
Prontamente, el juego se profundizó: Su codo, su antebrazo y su muñeca me rozaban una teta al tiempo que mi pierna seguía siendo abusada. Era como sexo entre palitos de la selva, solo que uno de los palitos estaba realmente al palo.
Por primera vez en mi vida, sentí que mi lengua estaba paralizada, el estómago estaba a cada minuto más revuelto y si hubiera podido, le hubiera dado sus bolas en una bandeja a un monje tibetano para que las feteara y comiera con pimentón.
No podía desprendérmelo, me seguía a cada momento y lo único que me distanciaba de bajarme eran 2 minutos entre estaciones, eternos, desesperados. Rogué porque acabara de una vez, terminando entonces mi suplicio, pero nunca sucedió.
Llegó Facultad de Medicina. Bajé del subte. Me bajó la presión. Llegué a mi casa, gateando, odiando, con la impotencia de quien no puede defenderse, de quien se paraliza del miedo, del asombro, vaya uno a saber de qué mierda. Vomité el filet, las papas y las puteadas atragantadas en el fondo de mi garganta. Si Jebús desea que vuelva a cruzármelo, que le resguarde la poronga.
Viva la vida.

jueves, noviembre 15, 2007

De otro palo

Era una semana como todas en Cuidad Gótica, estaba trabajando, quitándome de la espalda las pulgas que saltan adictas de la alfombra de la empresa, rascándome con fuerza la espalda, el recién estrenado tatuaje y la concha por el aburrimiento incesante que me azota cual lático de puta viciosa día tras día, tarde tras tarde.
Respondí varios saludos, cargué mi vaso con agua y esperé paciente a que la tarde terminara. Una charla con una rubia simpática aceleró los tiempos, hasta me puse feliz dado que suelo ser bastante poco sociable en entornos laborales en los que no me gesté desde un inicio, al punto de llegar a lograr no cruzar un diálogo de más que un buen día con todos mis compañeros, salvo que llueva y ahí sí, me escucharán quejarme, sola, en mi cubículo, como una oveja infeliz, esquilada a mano con tijera y triste.
La rubia me hablaba de un modo en el que hasta puedo decir que me causaba ternura. Decía cosas lindas acerca del mismo jean que uso desde que entré a la empresa. Habló bien de mis zapatillas rojas y hasta de mi sweater de calaveras demacradas. Yo estaba sucia, me sentía incómoda con mi pelo, pero la rubia lo tocaba, me rizaba los rulitos con amor de abuela no senil y me convidaba bizcochos Jorgito, los mejores y más grasosos de la faz de la tierra argentina.
Repentinamente las rubias eran 2, ambas paradas a los lados de mi cubículo. A los pocos minutos, se sumó una morocha, petiza, de pelo corto, bastante híbrida, quien bajo sus tremendas tetas podía esconder la garcha más gigantesca del Festival Erótico de Buenos Aires como la concha menos depilada de África Central.
Me dije a mí misma: “Qué bueno. Tengo amigas”, hasta que de pronto escuché risas a mis espaldas. No comprendía bien a qué se debían. No había chances de estar manchada de sangre menstrual porque no estaba menstruando, tampoco podía haberme cagado ya que conozco bien el sistema de mis pedos, y sé que por más calientes que sean, nunca toman cuerpo y forma. Algo estaba mal y sucedía en mi cubículo.
Las rubias y la morocha iban a ir a almorzar, pero yo no tenía dinero, suelo salir con lo justo y necesario para canalizar el ataque de hambre y quizás, si el calor lo motiva, comprar una de esas ensaladas de fruta que el supermercado crea a base de agua, nervios de naranja y durazno de lata. Las chicas se fueron, yo me quedé.
En ese instante, las risas cesaron y varios de los desconocidos se acercaron a mí con miradas cómplices y molestas. Esas que la gente usa cuando sabe algo que uno desconoce, pero no solo se conforman con mirarte, sino que intentan que uno les ruegue por ese dato que ellos saben, pero uno desconoce, rebajándose, reptando bajo la alfombra pulgosa, todo por ese dato, ese datito que ellos tienen, ese pedazo de información que siempre me había sido intrascendente hasta el momento en que dejé de desconocer su existencia.

-No sabía que eras de ese palo…
-¿Qué es ser de un palo?
-Dale, contame, todo bien
-¿Qué te cuente qué?
-Y… contame desde cuándo sos torta
-.........
-Por tus amiguitas, digo

Mis amiguitas, las muchachas del cubículo, las rubias y la morocha, resulta que comen tortilla sin huevo. Resulta que sopapean diariamente sus cachuflas en el baño de cualquier Mc Donald’s. Resulta que cuando me invitaban a “almorzar”, querían decirme “a comerla toda”. Resulta que tuve miedo. Me sentí observada, intimidada, acorralada en una pileta lésbica con rejas verdes y sin patio. Resulta que mis amigas, no envidiaban mi corpiño, sino que deseaban mis pezones.
Hoy, cuando vengan a saludarme, las seguiré queriendo, pero ya sin portar escote, sin tocada de rulitos ni chances de almuerzo.
Acepto el lesbianismo si tú aceptas mi heterosexualidad. Hoy más que nunca rectifico mi amor incondicional al pito sagrado que Dios sacó de su costilla, se ve que era pequeño, pero siempre elemental.

martes, octubre 30, 2007

El sobre

Mi padre pasó a buscarme con su Fiat 1 polarizado a las 10 de la mañana. Compramos facturas y, con DNI en mano, fuimos a la escuela Nº 21 de Bernal. Como aún no cambié de domicilio, me merezco votar en el culo del mundo. Ni el calor, ni el importante chupón que mi propio padre portaba en el cuello, como marcas de vampiro gediento, vicioso, podían quitarme los nervios que meter ese papelucho en el sobre me producían.
Ya en la puerta del colegio me dieron ganas de cagar. Pero no esas ganas livianas, que permiten al ojete meter el sorullo para adentro como quien chupa un naranjú. No. Ganas de cagar brea dura, consistente y marrón, con fuerza y empeño hasta sentirme vacía. Volvimos entonces a casa, cagué, leí la VIVA y sus maravillosos artículos sobre cerveza negra y a Valeria Mazza opinando sobre cómo lavarse las pestañas con leche de Matías Martin puede mejorar la circulación de flujo vaginal.
Corté frutillas para el postre y noté que no había crema, entonces, como comer frutillas sin crema es una falta de respeto al campo que las parió, salimos nuevamente con mi progenitor al supermercado y de pasada, a votar, total, ya la gente está comiendo y seguro tardamos un minuto.
Las filas estaban al sol. Eran más personas juntas que en la celebración del Día de la Raza en la casa de Hitler, revalsaban los gordos, el suelo retumbaba al paso de las diez mil embarazadas, cosa que aún no entiendo, ¿cómo puede una mujer llenarse de un pendejo sabiendo que va a venir pronto el verano y va a tener que portar toda esa circunferencia pateante con 90 grados centígrados?
La escuela tenía una particularidad: Con cada ráfaga de viento, un olor a bostade caballocomeperromuertodelavilla 31 amenizaba la hilera. El patio apestaba a tal punto que la gente andaba con barbijos y los organizadores caminaban repartiendo sillas porque la gente se descomponía. Era como estar estancado para siempre en el culo diarreico de la Tota Santillán.
Después de 2 horas y 15 minutos, llegó mi turno. Adelante mío había pasado una mujer bastante pelotuda que llevaba en la cartera un peine de dientes anchos para darle forma a su flequillo en todo momento, lo cual, más allá de parecerme algo femenino, me despertó unas ganas de cortarle los dientes al peine y usarlos para penetrarle las bolas oculares una a una hasta matarla desangrada. Su meticulosidad enfermaba hasta a los más sanos kirchneristas.
Entré al cuarto luminoso y habían (como mucho) veinte boletas en TOTAL. Carrió: Presente. Lavagna: Presente. Cristina: Presente Presente Presente. El resto de los candidatos no existían. Las boletas para intendente no estaban, solo se divisaba la opción de la señora K. Tomé una boleta de la gorda y noté lo pequeño que era el sobre. Tan chico era que ni doblada en 5 podía hacerla entrar a la pobre boleta. Era como una virgen emperrada, como un travesti bloqueado. Imposible. La metí igual, hecha un bollo. Tardé escasos 15 segundos, deposité el abultado sobre en la urna y, por un momento, tuve esperanzas, esa sensación de cambio, de oxígeno buceando en Mar de Ajó, de papelitos en Plaza de Mayo. Esperanza que ya no tengo, que murió, que duerme entre los ojos chuecos del presidente y la morocha cabellera de su sucesora.

Feliz votación para todos, he vuelto.

viernes, octubre 26, 2007

Argentina Decide



2º C, Turno Noche, TEA: Ha parido

Queridos amigos y eventuales:

Les dejo a continuación el link de página de cobertura de Elecciones Presidenciales 2007 que hemos hecho sudando la gota gorda con mis compañeros de la facultad, más colaboradores de 1º.
Si bien aún no están subidas todas las secciones por culpa de la inoperancia, me asegura la Virgen de los Tomates que para esta medianoche debería estar todo felizmente arriba...
Si todavía no saben a quién votar, naveguen por ésta: "Argentina Decide"
Si les gusta, recomiendéndenlo, sino... guarden silencio.

jueves, octubre 25, 2007

Vamos al circo...

(Pido de antemano perdón por este descargo, pero necesitaba hacerlo)

Antes de ayer volví de la facultad unos minutos antes de lo habitual y me encontré con Mario Pergolini acompañado de un Eduardo de la Puente barbudo y un Juan Di Natale igual que siempre, que apelaban a nosotros de una manera diferente, ya sin vivezas, sin ironías, sino simplemente desde la desesperación, desde el manotazo de ahogado que toda la gente que tiene la bendita suerte de llegar a tanta cantidad de escuchas/televidentes, debería ejercer.
Pergolini pedía a todos los ciudadanos que votaran. Que no dejaran todo echado a la suerte, que la suerte está en manos nuestras. Que no vayamos a votar sin saber absolutamente nada. Que elijamos, porque podemos elegir. Podemos nosotros tener la posta, aún cuando se nos dice que ya está todo dicho, todo definido y que la señora K ya tiene el trono bajo la concha. Todavía no votamos.
Sinceramente no sé ni yo por qué estoy más preocupada con estas elecciones que con otras en las que he participado. No cabe en mi mente por qué estoy usando el blog para hacer este descargo, pero hay algo que me lo pide adentro.
El domingo las fichas, la banca, la ruleta, todo lo tenemos nosotros. Vamos a elegir algo diferente, abramos los ojos, veamos las cosas que están pasando con esta gestión: las empresas argentinas están desapareciendo, pero nos venden que somos “más exportadores que nunca”, no hubo en 4 años una conferencia de prensa, los casos de corrupción alevosa se pasean delante de nuestras tetas y parecemos zombis, resignados, desintersados como si fuera el país de otro.
Sinceramente, a mí la política me chupa un huevo. Realmente. No entiendo nada, no es lo mío, pero sí me afecta elegir a la persona de la que van a depender las decisiones más importantes del país en los próximos años, porque también es mi país y honestamente, me rompe las bolas que nos garchen y nos desgarren el orto con cada mandato. Son como los músicos del Titanic nuestros políticos, solo que no se hunden cuando el barco naufraga. Los que nos hundimos somos nosotros.
Elijamos el domingo con conciencia, con respeto por nosotros mismos. Hacerle pecho a este día de mierda, es una buena manera de ejercer nuestro derecho y demostrar que aún NADA, pero NADA, está dicho hasta que NOSOTROS no hablemos.

viernes, octubre 12, 2007

La puta y el salame

Me levanté en esta Buenos Aires garuante, puse dos porciones de pizza de provolone y albaca sobrante en un plato pequeño y luego en una bolsa, cualquier cosa que pudiera evitar tener que lavar el mal llamado táper. Tomé un alfajor, lo tiré en el bolsillo de la mochila y salí a enfrentar a la urbe a lo largo de las 5 cuadras que me separan del subte.
Hacía días que ni Pamela David masturbándose en mi baño, ni Guido Suller a los gritos con una zunga de gato siamés llegaban a causar una sensación en mí. Sentí por varios días que mi alma se había disecado, que mi cerebro estaba preso de la política obligada por los parciales y que las orcas pueden servir de colgantes. De pronto hoy me subí al subte y me senté en esos sillones de 3 que están siempre al final del vagón, que están enfrentados a otro grupo de 3, de igual tamaño y forma. Es interesante notar cómo esos asientos rinden de acuerdo al tamaño de ojete que se le siente encima. En el caso de mi asiento, entrábamos 3, en el de en frente también. Eran 3 mejicanos. Un gordo que desafiaba las leyes de la gordura establecidas por la Politi, un hombre que hubiera facilitado las cenas de los chicos de VIVEN y cuyas manos morcilleras parecían asfixiarse entre los anillos celulitosos que los circulaban. A su lado, su mujer. La dama corajuda, con ovarios de plata que se lo garchó y se lo garchó, jugando a encontrar al pitulín en medio de las olas de rollos hasta que llegó a concebir al pequeño mejicanito, el tercero en la fila de sentados, de unos 4 años, peinado con gomina y casi cayendo al suelo por la presión que el culo de su madre, empujado por el de su padre, hacía contra sus pequeñas patitas. La madre tenía como motivación de su vida sacarle el moco duro al nene de la geta, algo que toda madre hizo con cada uno de nosotros, pobres pendejos, que vemos venir esa uña filosa apuntando a nuestro moquito duro, pegado, que nosotros mismos no sacamos por el dolor que le causaría a la napia hacerlo. Perseverante, la mejicana le daba y le daba hasta que papá gordo gritó: ¡Déjalo mujer que es solo un moquito y ni se veeee!”. En ese momento, llegaron a la estación Bulnes y fueron reemplazados por un grupo especial.
Una chica, gorda también, se sentó en una de las puntas y los dos espacios restantes fueron el granizado en el sambayón: Ella, de pelo largo y enroscado, de volados y un pedo negro, se tambaleaba atemorizando a los pasajeros que pensaban que el vómito con trocitos de semen disecado de la noche anterior era inminente. La muchacha, de más de 35 años, era prostituta. Se ganaba la vida desde hacía años y recomendaba a las otras chicas que, según contaba, recién arrancaban, que hicieran la posición perrito, en 4, para evitar el dolor cuando las garompas se alineen para entrarles por el orto. Entre consejo y consejo, la puta (cariñosamente) lloraba y le recriminaba al salame que la acompañaba que la había dejado sola en el subte a la madrugada cuando volvía de hacer el amor por dinero con un viejo sudado.
El salame no tenía orejas. Asombrosamente horrendo, sus lóbulos estaban pegados a su cabeza, haciendo más bien huecos en la sien, más similares a anitos de conejillos de india que a orejas en sí. El tipo aprovechaba cada reclamo de la emborrachada trola para engramparle un beso de lengua, baboso, chorreante, lleno de enfermedades de transmisión babal para canalizar el llanto y evitar el vómito que nunca llegaba, pero todos seguíamos esperando. La gorda de al lado de ambos los miraba, todos los mirábamos, pero la mujer de nada se percataba. El salame le tocaba las tetas y todo era graciosísimo, el salame le contaba cómo sería la cama donde se la cojería hasta por el pupo y todo era perfecto… todo era eróticamente banal y perfecto. Ella arremetía sobre él, le chupaba el lóbulo inexistente, le tocaba la tetilla y se calentaba cual monja sin vocación. Ella se sentía querida.
Bajé en Juramento y el subte se los llevó. Ella todavía lloraba y él se había puesto anteojos de sol naranjas, quizás para no ser reconocido, quizás para tapar las ojeras de una noche de pasión o quizás… simplemente, porque no podía evitar ser un pobre salame que a las 9 de la mañana, todavía se paseaba erecto con una puta borracha del brazo.